Entrevista histórica de Mons. Viganó

sábado, 27 de junio de 2020
EL ARZOBISPO VIGANÒ DE NUEVO ATACA RESUELTAMENTE AL VATICANO II

Entrevista a Mons. Carlo María Viganò por el Doctor Phil Lawler
Fuente
Lawler: En primer lugar, ¿qué dice usted acerca del Vaticano II? Que las cosas han ido cuesta abajo rápidamente desde entonces, es totalmente cierto. Pero si todo el Concilio es un problema, ¿cómo sucedió eso? ¿Cómo reconciliamos eso con lo que creemos sobre la inerrancia del magisterio? ¿Cómo fueron engañados todos los padres del Concilio? Aunque sólo algunas partes del Concilio (por ejemplo, Nostra Aetate, Dignitatis Humanae) son problemáticas, seguimos enfrentándonos a las mismas preguntas. Muchos de nosotros hemos estado diciendo durante años que el “espíritu del Vaticano II” está en error. ¿Está diciendo ahora que este falso “espíritu” liberal refleja con precisión la obra del Concilio?
Arzobispo Viganò: No creo que sea necesario demostrar que el Concilio representa un problema: el simple hecho de que estemos planteando esta cuestión sobre el Vaticano II y no sobre Trento o el Vaticano I, parece confirmar un hecho que es obvio y reconocido por todos. En realidad, incluso aquellos que defienden el Concilio con las espadas desenvainadas lo consideran como algo aparte de todos los otros concilios ecuménicos anteriores, de los que ni siquiera de uno se dijo que fuera un concilio pastoral. Y nótese que lo llaman “el Concilio” por excelencia, como si fuera el único concilio en toda la historia de la Iglesia, o al menos lo consideran como un unicum, ya sea por la formulación de su doctrina o por la autoridad de su magisterio. Es un concilio que, a diferencia de todos los que lo precedieron, se llamó a sí mismo concilio pastoral, declarando que no quería proponer ninguna nueva doctrina, pero que de hecho creó una distinción entre el antes y el después, entre un concilio dogmático y un concilio pastoral, entre cánones inequívocos y frases vacías, entre el anathema sit y guiñar el ojo al mundo.
En este sentido, creo que el problema de la infalibilidad del Magisterio (la inerrancia que usted menciona es propiamente una cualidad de la Sagrada Escritura) ni siquiera se plantea, porque el Legislador, es decir, el Romano Pontífice en torno al cual se convocó el Concilio, afirmó solemne y claramente que no quería utilizar la autoridad doctrinal que podría haber ejercido si hubiera querido. Quisiera hacer la observación de que no hay nada más pastoral que lo que se propone como dogmático, porque el ejercicio del munus docendi en su forma más elevada coincide con la orden que el Señor dio a Pedro de apacentar sus ovejas y corderos. Sin embargo, esta oposición entre dogmático y pastoral fue hecha precisamente por quien, en su discurso de apertura del Concilio, pretendió dar un sentido severo al dogma y un sentido más suave y conciliador a la pastoral. También encontramos el mismo escenario en las intervenciones de Bergoglio, donde identifica la “pastoralidad” como una versión suave de la rígida enseñanza católica en materia de fe y moral, en nombre del discernimiento.
Es doloroso reconocer que la práctica de recurrir a un léxico equívoco, utilizando términos católicos entendidos de manera impropia, invadió la Iglesia a partir del Vaticano II, que es el primer y más emblemático ejemplo del llamado “circiterismo”: el uso equívoco e intencionadamente impreciso del lenguaje. Esto sucedió porque el Aggiornamento, un término en sí mismo promovido ideológicamente por el Concilio como un absoluto, abrazó el diálogo con el mundo como su prioridad por encima de todo.
Hay otro error que debe ser aclarado. Si por un lado Juan XXIII y Pablo VI declararon que no querían comprometer al Concilio en la definición de nuevas doctrinas y querían que se limitara a ser sólo pastoral, por otro lado, es cierto que externamente -mediáticamente o en los medios de comunicación, diríamos hoy- el énfasis dado a sus actos fue enorme. Este énfasis sirvió para transmitir la idea de una presunta autoridad doctrinal, de una infalibilidad magistral implícita, aunque éstas fueron claramente excluidas desde el principio.
Si se hizo hincapié en ello fue para que las instancias más o menos heterodoxas se percibieran como autorizadas y, por lo tanto, fueran aceptadas por el clero y los fieles. Pero esto bastaría para desacreditar a los autores de un engaño similar, que todavía hoy gritan si alguien toca Nostra Aetate, mientras que permanecen en silencio aunque se niegue la divinidad de Nuestro Señor o la perpetua virginidad de María Santísima. Recordemos que los católicos no veneran un Concilio, ni el Vaticano II ni el de Trento, sino la Santísima Trinidad, el Único Dios Verdadero; no veneran una declaración conciliar o una exhortación postsinodal, sino la Verdad que estos actos del Magisterio transmiten.
Usted me preguntaa: “¿Cómo fueron engañados todos los padres del Concilio?” Respondo aprovechando mi experiencia de esos años y las palabras de mis hermanos con los que discutí en ese momento. Nadie podía imaginar que en el seno del cuerpo eclesiástico existían fuerzas hostiles tan poderosas y organizadas que podían lograr rechazar los esquemas preparatorios perfectamente ortodoxos que habían sido preparados por los cardenales y prelados con una fidelidad inquebrantable a la Iglesia, sustituyéndolos por un conjunto de errores inteligentemente disfrazados detrás de discursos largos y deliberadamente equívocos. Nadie podría haber creído que, justo debajo de las bóvedas de la Basílica Vaticana, se podría convocar a los estados generales que decretarían la abdicación de la Iglesia Católica y la inauguración de la Revolución. (Como ya he mencionado en un artículo anterior, el cardenal Suenens llamó al Vaticano II “el 1789 de la Iglesia”). Los Padres del Concilio fueron objeto de un sensacional engaño, de un fraude que fue ingeniosamente perpetrado recurriendo a los medios más sutiles: se encontraron en minoría en los grupos lingüísticos, excluidos de las reuniones convocadas en el último momento, presionados a dar su placet haciéndoles creer que el Santo Padre lo quería. Y lo que los innovadores no lograron obtener en el aula conciliar, lo lograron en las comisiones y comités, gracias también al activismo de los teólogos y periti [peritos] que fueron acreditados y aclamados por una poderosa maquinaria mediática. Existe una amplia gama de estudios y documentos que atestiguan, por un lado, este sistemático proceder malicioso de algunos de los Padres del Concilio y, por otro, el ingenuo optimismo o descuido de otros Padres del Concilio bienintencionados. La actividad del Coetus Internationalis Patrum [que se opuso a los innovadores] poco o nada pudo hacer, cuando las violaciones de las reglas por parte de los progresistas fueron ratificadas en la misma Mesa Sagrada [por el Papa].
Aquellos que han mantenido que el “espíritu del Concilio” representó una interpretación heterodoxa o errónea del Vaticano II, se comprometieron en una operación innecesaria y dañina, aunque fueron impulsados de buena fe a hacerlo. Es comprensible que un cardenal u obispo quisiera defender el honor de la Iglesia y deseara que no fuera desacreditada ante los fieles y el mundo, por lo que se pensó que lo que los progresistas atribuyeron al Concilio era en realidad una tergiversación indebida, un forzamiento arbitrario. Pero si en aquel entonces era difícil pensar que una libertad religiosa condenada por Pío XI (Mortalium Animos) pudiera ser afirmada por Dignitatis Humanae, o que el Romano Pontífice pudiera ver su autoridad usurpada por un fantasmagórico colegio episcopal, hoy comprendemos que lo que fue astutamente ocultado en el Vaticano II es hoy afirmado ore rotundo en los documentos papales, precisamente en nombre de la aplicación coherente del Concilio.
Por otra parte, cuando hablamos comúnmente del espíritu de un acontecimiento, queremos decir precisamente que constituye el alma, la esencia de ese acontecimiento. Podemos, pues, afirmar que el espíritu del Concilio es el propio Concilio, que los errores del período posconciliar fueron contenidos in nuce [en germen] en las actas conciliares, así como se dice con razón que el Novus Ordo es la Misa del Concilio, aunque en presencia de los Padres del Concilio se celebrara la Misa que los progresistas llaman significativamente preconciliar. Y de nuevo: si el Vaticano II realmente no representó un punto de ruptura, ¿cuál es la razón para hablar de una Iglesia preconciliar y una iglesia posconciliar, como si se tratara de dos entidades diferentes, definidas en su esencia por el propio Concilio? Y si el Concilio estaba verdaderamente en línea con el ininterrumpido e infalible Magisterio de la Iglesia, ¿por qué es el único Concilio que plantea graves y serios problemas de interpretación, demostrando su heterogeneidad ontológica con respecto a otros Concilios?
Lawler: En segundo lugar, ¿cuál es la solución? El obispo Schneider propone que un futuro Pontífice debe repudiar los errores; el arzobispo Viganò lo encuentra inadecuado. Pero entonces, ¿cómo se pueden corregir los errores, de manera que se mantenga la autoridad de la enseñanza del magisterio?
Arzobispo Viganò: La solución, en mi opinión, reside sobre todo en un acto de humildad que todos nosotros, comenzando por la Jerarquía y el Papa, debemos reconocer la infiltración del enemigo en el corazón de la Iglesia, la ocupación sistemática de puestos clave en la Curia Romana, los seminarios y las escuelas eclesiásticas, la conspiración de un grupo de rebeldes -incluyendo, en primera línea, a la desviada Compañía de Jesús- que ha logrado dar la apariencia de legitimidad y legalidad a un acto subversivo y revolucionario. También debemos reconocer la insuficiencia de la respuesta del bien, la ingenuidad de muchos, el temor de otros y los intereses de los que se han beneficiado gracias a esa conspiración. Después de su triple negación de Cristo en el patio del sumo sacerdote, Pedro “flevit amare”, lloró amargamente. La tradición cuenta que el Príncipe de los Apóstoles tenía dos surcos en sus mejillas por el resto de sus días, como resultado de las lágrimas que derramó copiosamente, arrepintiéndose de su traición. Corresponderá a uno de sus sucesores, el Vicario de Cristo, en la plenitud de su poder apostólico, volver a unir el hilo de la Tradición allí donde fue cortado. Esto no será una derrota sino un acto de verdad, humildad y valentía. La autoridad e infalibilidad del Sucesor del Príncipe de los Apóstoles emergerá intacta y reconfirmada. De hecho, éstas no fueron deliberadamente cuestionadas en el Vaticano II, pero, irónicamente, estarán ahí en ese día futuro en el que un Pontífice corregirá los errores que ese Concilio permitió, bromeando con el equívoco de una autoridad que oficialmente negó tener, pero que toda la Jerarquía subrepticiamente dio a entender a los fieles que tenía, comenzando justamente por los Papas del Concilio.
Deseo recordar que para algunas personas lo expresado anteriormente puede sonar excesivo, porque parecería cuestionar la autoridad de la Iglesia y de los Romanos Pontífices. Sin embargo, ningún escrúpulo impidió la violación de la Bula Quo primum tempore de San Pío V, aboliendo de un día para otro toda la Liturgia Romana, el venerable tesoro milenario de la doctrina y la espiritualidad de la Misa tradicional, el inmenso patrimonio del canto gregoriano y de la música sagrada, la belleza de los ritos y de las vestiduras sagradas, desfigurando la armonía arquitectónica incluso en las basílicas más distinguidas, quitando balaustradas, altares monumentales y tabernáculos: todo fue sacrificado en el altar de la renovación conciliar del coram populo [cara al pueblo], con el agravante de haberlo hecho sólo porque esa Liturgia era admirablemente católica e irreconciliable con el espíritu del Vaticano II.
La Iglesia es una institución divina, y todo en ella debe comenzar con Dios y volver a Él. Lo que está en juego no es el prestigio de una clase dirigente, ni la imagen de una empresa o de un partido: se trata de la gloria de la Majestad de Dios, de no anular la Pasión de Nuestro Señor en la Cruz, de los sufrimientos de su Santísima Madre, de la sangre de los Mártires, del testimonio de los Santos, de la salvación eterna de las almas. Si por soberbia o desafortunada obstinación no sabemos reconocer el error y el engaño en que hemos caído, tendremos que dar cuenta a Dios, que es tan misericordioso con su pueblo cuando se arrepiente como implacable en la justicia cuando sigue a Lucifer en su non serviam.
Querido Doctor Lawler, para usted y sus lectores, le envío cordialmente mis saludos y la bendición de nuestro Señor, por la intercesión de Su y nuestra Madre Santísima.

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