Viganò alaba a Mons Marcel Lefebvre

Respuesta del Arzobispo Viganò al Sitio Catholic Family News.
Estimado Mr. Kokx,
Leo con vivo interés su artículo “Preguntas para Viganò: Su Excelencia acierta sobre el Vaticano II, pero ¿qué piensa que debe hacer un católico ahora?” que fue publicado por el sitio Catholic Family News el 22 de Agosto (liga del artículo). Estoy contento de responder sus preguntas, que abordan asuntos de gran importancia para los fieles.
Pregunta: “¿Cómo se vería, en la opinión del Arzobispo Viganò, ´separarse´ de la Iglesia Conciliar?” Les respondo con otra pregunta: “¿Qué significa el separarse de la Iglesia Católica según los seguidores del Concilio?” Si bien está claro que no es posible ninguna mezcla con aquellos que proponen doctrinas adulteradas del manifiesto ideológico conciliar, se debe notar que el simple hecho de ser bautizados y el ser miembros vivos de la Iglesia de Cristo no implica adhesión al equipo conciliar; esto es cierto sobre todo para todos los simples fieles y también para los clérigos seculares y regulares que, por varias razones, sinceramente se consideran Católicos y reconocen la Jerarquía.
En vez, lo que se necesita clarificar es la posición de quiénes, declarándose Católicos, abrazan las doctrinas heterodoxas que se han extendido a lo largo de estas décadas. con la conciencia que estas representan una ruptura con el Magisterio precedente. En este caso, es lícito dudar de su real adhesión a la Iglesia Católica, en la que, sin embargo, desempeñan roles oficiales que les confieren autoridad. Es una autoridad ilícitamente ejercida si su propósito es forzar a los fieles a aceptar la revolución impuesta desde el Concilio.
Una vez que este punto ha sido clarificado, es evidente que no son los fieles tradicionales -estos son, Católicos verdaderos, en palabras de San Pío X- los que deben abandonar la Iglesia en la que tienen el completo derecho de permanecer y de la cual sería desafortunado separarse; sino los modernistas que usurpan el nombre de Católicos, precisamente porque solo el elemento burocrático les permite no ser considerados a la par de una secta herética. Este reclamo suyo, sirve de hecho para prevenir que terminen entre los cientos de movimientos heréticos que a lo largo de los siglos se han creído capaces de reformar la Iglesia a su propio placer, prefiriendo su orgullo a humildemente guardar la enseñanza de Nuestro Señor. Pero, así como no es posible reclamar la ciudadanía en una patria en la que uno desconoce su idioma, ley, fe y tradición, por eso es imposible que quienes no comparten la fe, la moral, la liturgia y la disciplina de la Iglesia Católica que puedan arrogarse el derecho a permanecer dentro de ella e incluso a ascender los niveles de la jerarquía.
Por lo tanto, no caigamos en la tentación de abandonar -aunque con justificada indignación-la Iglesia Católica, con el pretexto de que ha sido invadida por herejes y fornicadores: son ellos los que deben ser expulsados del recinto sagrado, en una obra de purificación y penitencia que debe comenzar con cada uno de nosotros.
(Claro llamado de Mons. Viganò a evitar el Sedevacantismo, n.b.)

También es evidente que hay extensos casos en los que los fieles encuentran graves problemas para frecuentar su iglesia parroquial, así como cada vez son menos las iglesias donde se celebra la Santa Misa en el Rito Católico. Los horrores que han estado desenfrenados durante décadas en muchas de nuestras parroquias y santuarios hacen imposible (énfasis del blog) incluso asistir a una “Eucaristía” sin ser perturbado y sin poner en riesgo la fe de uno, así como es muy difícil garantizar ahí una educación católica, y que los Sacramentos sean dignamente celebrados, y poder poner una sólida guía espiritual para uno mismo y sus hijos. En estos casos, los laicos fieles tienen el derecho y el deber (énfasis del blog) de encontrar sacerdotes, comunidades e institutos fieles al Magisterio perenne. Y que sepan cómo acompañar la loable celebración de la liturgia en el Antiguo Rito con apego a la sana doctrina y moral, sin ningún compromiso con el frente Conciliar.
(Imposible asistir a la Nueva misa. Deber de los fieles unirse a la Resistencia verdadera fieles a la Tradición doctrinal y sacramental, n.b.)

La situación ciertamente es más compleja para los clérigos, quienes dependen jerárquicamente de su obispo o superior religioso, pero que al mismo tiempo tienen el derecho de permanece Católicos y ser capaces de celebrar de acuerdo al Rito Católico. Por un lado, los laicos tienen más libertad de movimiento para elegir la comunidad a la que acuden para la Misa, los sacramentos y la instrucción religiosa, pero menos autonomía por el hecho de que todavía tienen que depender de un sacerdote; por otro lado, los clérigos tienen menos libertad de movimiento, ya que están incardinados en una diócesis u orden y están sujetos a la autoridad eclesiástica, pero tienen más autonomía por el hecho de que pueden decidir legítimamente celebrar la Misa y administrar los sacramentos en el Rito Tridentino y predicar de acuerdo con la sana doctrina. El Motu Proprio Summorum Pontificum reafirmó que los fieles y sacerdotes tienen el derecho inalienable -que no puede ser negado- de aprovechar la liturgia que expresa más perfectamente su fe católica. Pero este derecho debe usarse hoy, no solo y no tanto para preservar la forma extraordinaria del rito, sino para atestiguar la adhesión al depositum fidei que encuentra correspondencia perfecta sólo en el Rito Antiguo.
(O sea, que SOLO la misa Tridentina, es fiel a la fe. O sea es el único Rito católico ordinario, n.b).

Diariamente, recibo sentidas cartas sentidas de sacerdotes y religiosos que son marginados, transferidos o condenados al ostracismo por su fidelidad a la Iglesia: la tentación de encontrar un ubi consistam (un lugar para quedarse) lejos del clamor de los innovadores es fuerte, pero debemos tomar un ejemplo de las persecuciones que muchos santos han sufrido, incluido San Atanasio, quien nos ofrece un modelo de cómo comportarnos ante la herejía generalizada y la furia perseguidora. Como ha recordado muchas veces mi venerado hermano el obispo Athanasius Schneider, el arrianismo que afligió a la Iglesia en la época del Santo Doctor de Alejandría en Egipto estaba tan extendido entre los obispos que casi nos hace creer que la ortodoxia católica había desaparecido por completo. Pero fue gracias a la fidelidad y al testimonio heroico de los pocos obispos que se mantuvieron fieles que la Iglesia supo volver a levantarse. Sin este testimonio, el arrianismo no habría sido derrotado; sin nuestro testimonio hoy, el Modernismo y la apostasía globalista de este pontificado no serán derrotados.
(Ésta fidelidad y testimonio heróico de San Atanasio fue exitoso gracias a que resistió lejos “del clamor de los innovadores” arrianos. Por ésta razón no debe considerarse como una “tentación fuerte” el resistir lejos de la influencia contaminante de Roma, sino al contrario, debe considerarse esta manera de actuar como una medida prudencial sobrenatural debido a que “no son los inferiores los que hacen a los superiores sino a la inversa” como bien dijera Mons. Marcel Lefebvre, n.b.)

Por lo tanto, no se trata de trabajar desde dentro o fuera de la Iglesia: los enólogos están llamados a trabajar en la Viña del Señor, y es allí donde deben permanecer incluso a costa de sus vidas; los pastores están llamados a pastorear el rebaño del Señor, a mantener a raya a los lobos hambrientos y a expulsar a los mercenarios que no se preocupan por la salvación de las ovejas y los corderos.
Esta obra oculta y muchas veces silenciosa ha sido realizada por la Fraternidad San Pío X, que merece un reconocimiento por no haber permitido que se apagara la llama de la Tradición en un momento en el que celebrar la Misa antigua se consideraba subversivo y motivo de excomunión. Sus sacerdotes han sido una saludable espina en el costado para una jerarquía que ha visto en ellos un punto de comparación inaceptable para los fieles, un reproche constante por la traición cometida contra el pueblo de Dios, una alternativa inadmisible al nuevo camino conciliar. Y si su fidelidad hizo inevitable la desobediencia al Papa con las consagraciones episcopales, gracias a ellas la Fraternidad pudo protegerse del furioso ataque de los Innovadores y por su misma existencia permitió la posibilidad de la liberalización del Rito Antiguo, que hasta entonces estaba prohibido. Su presencia también permitió que emergieran las contradicciones y errores de la secta conciliar, siempre guiñando a los herejes e idólatras, pero implacablemente rígida e intolerante hacia la Verdad Católica.
(Mons. Viganò se refiere obviamente a la antigua FSSPX de los tiempos cuando Mons. Lefebvre todavía vivía. Hay que recordar a los lectores de que la Nueva-FSSPX ha abandonado la fidelidad heroica de Mons. Lefebvre al ya no querer aceptar de manera sistemática tener las apariencias de ser “subversivos” y “desobedientes” a Roma, exigiendo el retiro de las “excomuniones” que nunca existieron, optando por el silencio doctrinal culpable para agradar más a los Conciliares que a Cristo, no protegiendo las almas de las garras del lobo. Ahora la Neo-FSSPX ya son una alternativa “admisible” declarada por Roma misma para aquellos que caminan por el nuevo camino conciliar (i.e. La Neo-FSSPX aceptó el compromiso de poseer el permiso conciliar para poder administrar Sacramentos a cambio de la “amistad” y el silencio culpable).

Considero al Arzobispo Lefebvre un confesor ejemplar de la fe, y creo que a estas alturas es evidente que su denuncia del Concilio y la apostasía modernista es más relevante que nunca. No hay que olvidar que la persecución a la que fue sometido Monseñor Lefebvre por la Santa Sede y el episcopado mundial sirvió sobre todo de disuasión para los católicos que se resistían a la revolución conciliar.
También estoy de acuerdo con la observación de Su Excelencia el Obispo Bernard Tissier de Mallerais sobre la copresencia de dos entidades en Roma: la Iglesia de Cristo ha sido ocupada y eclipsada por la estructura conciliar modernista, que se ha establecido en la misma jerarquía y utiliza la autoridad de sus ministros para prevalecer sobre la Esposa de Cristo y Nuestra Madre.
La Iglesia de Cristo- que no solo subsiste en la Iglesia Católica, pero que es exclusivamente la Iglesia Católica- sólo es oscurecida y eclipsada por una extraña y extravagante Iglesia establecida en Roma, según la visión de la Beata Ana Catalina Emmerich. Coexiste, como el trigo con la cizaña, en la Curia romana, en las diócesis, en las parroquias. No podemos juzgar a nuestros pastores por sus intenciones, ni suponer que todos ellos sean corruptos en la fe y la moral; por el contrario, podemos esperar que muchos de ellos, hasta ahora intimidados y en silencio, entenderán, a medida que la confusión y la apostasía continúen extendiéndose, el engaño al que han sido sometidos y finalmente se sacudirán de su sueño. Hay muchos laicos que están alzando la voz; otros seguirán necesariamente, junto con buenos sacerdotes, ciertamente presentes en cada diócesis. Este despertar de la Iglesia militante – me atrevería a llamarlo casi una resurrección – es necesario, urgente e inevitable: ningún hijo tolera que su madre sea ultrajada por los sirvientes, o que su padre sea tiranizado por los administradores de sus bienes. El Señor nos ofrece, en estas dolorosas situaciones, la posibilidad de ser sus aliados en esta santa batalla bajo su estandarte: el Rey vencedor del error y la muerte nos permite compartir el honor de la victoria triunfal y la recompensa eterna que se deriva de ella, después de haber perseverado y sufrido con él.
Pero para merecer la gloria inmortal del Cielo estamos llamados a redescubrir- en una época castrada y desprovista de valores como el honor, la fidelidad a la palabra y el heroísmo- un aspecto fundamental de la fe de todo bautizado: la vida cristiana es una milicia, y con el sacramento de la Confirmación estamos llamados a ser soldados de Cristo, bajo cuya insignia debemos luchar. Por supuesto, en la mayoría de los casos se trata esencialmente de una batalla espiritual, pero a lo largo de la historia hemos visto con qué frecuencia, ante la violación de los derechos soberanos de Dios y la libertad de la Iglesia, también fue necesario tomar las armas: esto nos lo enseña la enérgica resistencia para repeler las invasiones islámicas en Lepanto y en las afueras de Viena, la persecución de los Cristeros en México, de los Católicos en España, y aún hoy por la cruel guerra contra los Cristianos en todo el mundo. Nunca como hoy podremos entender el odio teológico proveniente de los enemigos de Dios, inspirados por Satanás. El ataque a todo lo que recuerda la Cruz de Cristo- sobre la virtud, sobre lo bueno y lo bello, sobre la pureza-debe impulsarnos a levantarnos, en un acto de orgullo, para reclamar nuestro derecho no solo a no ser perseguidos por nuestros enemigos externos, sino también y sobre todo a tener pastores fuertes y valientes, santos y temerosos de Dios, que harán exactamente lo que sus predecesores han hecho durante siglos: predicar el Evangelio de Cristo, convertir personas y naciones, y expandir el Reino del Dios vivo y verdadero por todo el mundo.
(Esperamos que Mons. Viganò haga mención en algún futuro cercano acerca de la adulteración grave sufrida por los sacramentos de Confirmación, del Orden Sacerdotal, y de la Extremaunción que dudosos a los nuevos sacramentos, n.b.)

Todos estamos llamados a hacer un acto de Fortaleza – virtud cardinal olvidada, que no por casualidad en griego recuerda la fuerza viril, ἀνδρεία – en saber cómo resistir a los modernistas: una resistencia que tiene sus raíces en la Caridad y la Verdad, que son atributos de Dios.
(La Resistencia se realiza por motivos de caridad y de la verdad. O sea que no se puede llamar Resistencia cuando no se lucha por estos dos motivos como absoluta prioridad, n.b.)

Si solo celebras la Misa Tridentina y predicas la sana doctrina sin ni siquiera mencionar el Concilio, ¿qué pueden hacerte ellos? Echarte de tus iglesias, tal vez, ¿y luego qué? Nadie puede impedirte nunca renovar el Santo Sacrificio, aunque sea en un altar improvisado en un sótano o un ático, como hicieron los sacerdotes refractarios durante la Revolución Francesa, o como sucede todavía hoy en China. Y si intentan distanciarte, resiste: el derecho canónico sirve para garantizar el gobierno de la Iglesia en la búsqueda de sus propósitos primordiales, no para demolerlo. Dejemos de temer que la culpa del cisma sea de quienes lo denuncian, y no, en cambio, de quienes lo llevan a cabo: ¡los que son cismáticos y herejes son los que hieren y crucifican el Cuerpo Místico de Cristo, no los que lo defienden denunciando a los verdugos!
Los laicos pueden esperar que sus ministros se comporten como tales, prefiriendo a aquellos que prueben que no están contaminados por los errores presentes. Si una Misa se convierte en ocasión de tortura para los fieles, si se ven obligados a asistir a sacrilegios o a sustentar herejías y divagaciones indignas de la Casa del Señor, es mil veces preferible acudir a una iglesia donde el sacerdote celebre dignamente el Santo Sacrificio, en el rito que nos da la Tradición, con predicación conforme a la sana doctrina. Cuando los párrocos y obispos se den cuenta de que el pueblo cristiano exige el Pan de la Fe, y no las piedras y los escorpiones de la neo-iglesia, dejarán de lado sus miedos y cumplirán con las legítimas peticiones de los fieles. Los otros, verdaderos mercenarios, se mostrarán por lo que son y podrán reunir a su alrededor solo a aquellos que comparten sus errores y perversiones. Se extinguirán por sí mismos: el Señor seca el pantano y hace que la tierra en la que crecen las zarzas se vuelva árida; extingue vocaciones en seminarios corruptos y en conventos rebeldes a la Regla.
(Un llamado a la lucha, al martirio, a la persecución inevitable. Es muy llamativo el hecho de que la Neo-FSSPX no apoya a Mons. Viganò, n.b.)

Los fieles laicos tienen hoy una tarea sagrada: consolar a los buenos sacerdotes y a los buenos obispos, reuniéndose como ovejas en torno a sus pastores. Dales hospitalidad, ayúdalos, consuélalos en sus pruebas. Crea comunidad en la que no predomine la murmuración y la división, sino la caridad fraterna en el vínculo de la fe. Y como en el orden establecido por Dios – κόσμος – los sujetos deben obediencia a la autoridad y no pueden hacer otra cosa que resistirla cuando abusa de su poder, no se les imputará culpa alguna por la infidelidad de sus líderes, sobre quienes recae la gravísima responsabilidad por la forma en que ejercen el poder vicario que les ha sido dado. No debemos rebelarnos, sino oponernos; no debemos complacernos con los errores de nuestros pastores, sino orar por ellos y amonestarlos respetuosamente; no debemos cuestionar su autoridad sino la forma en que la usan.
Estoy seguro, con una certeza que me viene de la fe, que el Señor no dejará de premiar nuestra fidelidad, después de habernos castigado por las faltas de los hombres de Iglesia, otorgándonos santos sacerdotes, santos obispos, santos cardenales, y sobre todo un Papa santo. Pero estos santos surgirán de nuestras familias, de nuestras comunidades, de nuestras iglesias: familias, comunidades e iglesias en las que la gracia de Dios debe cultivarse con la oración constante, con la frecuencia de la Santa Misa y los sacramentos, con la ofrenda de sacrificios y penitencias que la Comunión de los Santos nos permite ofrecer a la Divina Majestad para expiar nuestros pecados y los de nuestros hermanos, incluidos los que ejercen la autoridad. Los laicos tienen un papel fundamental en esto, custodiando la Fe en sus familias, de tal manera que nuestros jóvenes, educados en el amor y en el temor de Dios, sean algún día padres y madres responsables, pero también dignos ministros del Señor, sus heraldos en las órdenes religiosas masculinas y femeninas, y sus apóstoles en la sociedad civil.
La cura para la rebelión es la obediencia. La cura para la herejía es la fidelidad a la enseñanza de la Tradición. La cura del cisma es la devoción filial por los Sagrados Pastores. La cura para la apostasía es el amor a Dios y a su Santísima Madre. La cura para el vicio es la práctica humilde de la virtud. La cura para la corrupción de la moral es vivir constantemente en la presencia de Dios. Pero la obediencia no puede pervertirse en un servilismo impasible; el respeto por la autoridad no puede pervertirse en la reverencia del tribunal. Y no olvidemos que si es deber de los laicos obedecer a sus pastores, es aún más grave deber de los pastores obedecer a Dios, usque ad effusionem sanguinis.
+ Carlo Maria Viganò, Archbishop
Septiembre 1, 2020

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