El Sagrado Corazón de Jesús: Símbolo de Combatividad y Restauración de la Cristiandad

El vínculo de amistad entre la Sabiduría eterna y el hombre está tan cerca que es incomprensible, nos dice St. Louis de Montfort. Desde el momento en que la Sabiduría Divina asumió una naturaleza humana y murió para redimir al hombre, “la Sabiduría Divina lo ama como un hermano, un amigo, un discípulo, un alumno. El hombre es el precio de su sangre, y el heredero de su reino “. (1)

Una estatua devocional a Nuestro Señor.
En un mundo que ha huido de la sabiduría de la Palabra, esa amistad que buscamos con Nuestro Señor Jesucristo puede parecer difícil de lograr, o incluso de creer. En la sociedad actual, llena de estrés, dominada por el dólar y escasa de tiempo, es facil quedar abrumado por nuestros asuntos diarios y las tumultuosas relaciones humanas.

Paradójicamente, Nuestro Señor decidió darnos una intimidad eterna, suprema y amorosa con Él, no cuando toda la sociedad fue ordenada a Su Ley en la Edad Media, sino en un momento de la historia cuando el corazón del hombre, influenciado por el racionalismo y la visión cartesiana del mundo , se estaba volviendo frío y distante.

A mediados del siglo XVII, Nuestro Señor se le apareció a una simple monja de 24 años de la Orden de la Visitación de Nuestra Señora en Paray-le-Monial. “He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres”, dijo, y a través de Santa Margarita María Alacoque, invitó al mundo entero a regresar a esta intimidad y amistad divinas por medio de la devoción a Su Sagrado Corazón.

Es un mensaje de misericordia y amor. Pero es mucho mas. En este momento de la historia, es interesante observar más de cerca las invitaciones del Sagrado Corazón al hombre. Porque en este mensaje, hay una visión global de la historia, una reiteración de las enseñanzas sociales de la Iglesia, un llamado a la militancia católica, un rechazo al jansenismo, una afirmación de la bondad de la abundancia y la coherencia de la superfluidad, y un invitación a convertirse en los apóstoles de los últimos tiempos.

Plan de devoción al Corazón de Jesús en el curso de la Historia

Adán, rey de la creación, hecho del “limo de la tierra y de haber recibido el aliento de vida de Dios”, fue una imagen y semejanza dignas del Creador. (Génesis 2: 7) Para que pudiera tener un compañero en el paraíso terrenal, Dios le dio un cónyuge. Dios le comunicó a Adán un misterioso sueño profundo, y mientras Adán dormía, tomó una de las costillas cerca de su corazón e hizo a Eva. (Génesis 2: 21-22).

Por lo tanto, mientras el hombre procede del limo de la tierra, la mujer procede de cierta manera del corazón del hombre, si el primero fue creado fuera del Paraíso y se introdujo como un privilegio en él, la segunda, Eva, nació dentro del Paraíso, teniendo como materia prima lo que el hombre tenía de lo más noble, algo cerca de su corazón. Es por eso que la mujer es más refinada y frágil que el hombre. Y el hombre, hecho fuera del Paraíso, es más áspero y más fuerte por naturaleza.

Si Adán hubiera gobernado la Creación de acuerdo con el plan de Dios, Eva habría sido su compañera en la intimidad y le habría dado reposo. A partir de esto, uno puede entender la afirmación de San Pablo (tan odiada e incomprendida por las feministas) de que el hombre “es la imagen y la gloria de Dios; pero la mujer es la gloria del hombre. Porque el hombre no es de la mujer, sino la mujer del hombre. (1.Cor. 11: 7-8) Tal fue el primer borrador del plan que Dios tenía para la primera pareja, y luego, para toda la humanidad.

Después de que el hombre pecó, este plan se alteró. Del rey y la reina de toda la creación, los dos de muchas maneras quedaron sujetos a la tierra: “Con trabajo comerás de ella todos los días de tu vida”. El hombre fue sentenciado a ganarse el pan con el sudor de su frente, y la mujer a dar a luz a los niños. (Génesis 3: 16-19) Estas fueron las oraciones de castigo que Adán y Eva trajeron sobre sí mismos y toda su progenie. Ya no es la gloria de la amistad de Dios, el reinado sobre un paraíso dócil y obediente, sino una creación hostil volcada contra el hombre, y dentro de sí mismo un oscurecimiento de la luz de la gracia, el enturbiamiento de la inteligencia, la rebelión de la voluntad, y el desencadenamiento de las sensibilidades. Este fue el castigo por la desobediencia del hombre a Dios. En breve, Nuestro Señor Jesucristo vino para redimir este pecado y aliviar el sufrimiento. En un segundo “sueño profundo” metafórico, en el misterioso sueño de la Cruz, Dios tomó del Corazón abierto del Segundo Adán ese Esposo perfecto: la Iglesia, que sería para Él la concentración de todos Sus refinamientos, la alegría de Su intimidad, y el compañero perfecto para su reposo: su gloria en esta tierra. Del Sagrado Lado de Cristo, nacería la Santa Iglesia Católica, Esposa Mística del Salvador. El agua y la sangre que fluye de Su Sagrado Corazón lavaría los ojos de los pecadores, abriría las mentes de los hombres a la luz divina y, al caer al suelo, bautizaría la tierra que hasta entonces estaba en posesión del “príncipe de este mundo”. Esta sangre y esta agua darían origen a un río, el río de los sacramentos de donde provienen todas las gracias.

La historia de la redención es la historia de la dificultad del hombre para conquistar las consecuencias del pecado y adaptarse a los deseos de Dios. Incluso ante la debilidad del hombre, el Segundo Adán no abandonó a los hombres que vino a salvar. Al ver su vacilación, su inconstancia, su ingratitud, ofreció una solución para esta debilidad, un estímulo para la lucha. Él vino a abrir al mundo una nueva y sorprendente puerta a la perfección. A medida que la Sabiduría Divina se hizo Hombre para atraer los corazones de los hombres a amarlo e imitarlo, ahora vino a traer Su Sagrado Corazón a los hombres. Y Su Corazón que, en el comienzo de la Historia de la Redención, formó la Esposa Mística de Cristo, ahora, en los últimos tiempos, viene a darle alivio, a prepararse para el apogeo y la glorificación de la Iglesia.

El Corazón de Jesús: una devoción aristocrática queapunta a la restauración de la cristiandad

En las revelaciones de Nuestro Señor a Santa Margarita María Alacoque (1647-1690), hay claras peticiones de que la devoción a Su Sagrado Corazón debería comenzar con el Rey Luis XIV y el Corte francesa, y desde allí se extienden al resto de los reinos de la cristiandad y al mundo entero. En una carta de la Santa a su Superior en 1689, declaró que el Sagrado Corazón tenía “diseños aún mayores” que el primer diseño de ser alabado y conocido por las almas individuales. Ella escribió:

“Él desea, entonces, me parece”, escribió, “entrar con pompa y magnificencia en los palacios de reyes y príncipes, para ser honrado tanto como ha sido despreciado, humillado e indignado en Su Pasión.” (2)

Ella dijo que Nuestro Señor quería recibir “la consagración y el homenaje del Rey y toda su corte”. Fue sobre el corazón del Rey mismo que el Sagrado Corazón deseaba triunfar, y luego, “por su mediación sobre las de los grandes del mundo”. (3)

Es difícil imaginar un plan más eficaz para difundir la devoción al Corazón de Jesús en todo el mundo. La brillantez del reino y la persona de Luis XIV (1638-1715) estaban en su apogeo. Pocas épocas en la historia han visto una personalidad tan fuerte y penetrante como la del Rey Sol, cuyos rayos e influencia penetraron en todas las cortes de Europa. Políticamente hablando, Luis XIV no brilló de manera extraordinaria. Pero en los ámbitos social y cultural, este Rey marcó su siglo como ningún otro.

Luis XIV sentado en medio de sus nobles.
Nuestro Señor quería que Luis XIV usara su prestigio para dar a conocer el Sagrado Corazón en todo el mundo.

Entre los otros monarcas europeos, se destacó y su corte y costumbres fueron imitados en todas partes. Otros miraban, admiraban, copiaban: sus palacios estaban inspirados en el modelo de Versalles. Las ceremonias, vestimentas, muebles, obras de arte, música, bailes y jardines más elegantes y admirados fueron los de la corte francesa. Si hubo un solo hombre en una época que marcó la pauta para toda Europa, esta época fue el Gran Siècle, el siglo XVII, y este hombre fue Louis XIV, el Rey Sol. En este momento, Francia, en palabras de Lord Macaulay, tenía “sobre los países vecinos la ascendencia … que Grecia tenía sobre Roma”. (4)

Nuestro Señor no podría haber diseñado y elegido un instrumento más brillante y eficiente en la esfera secular para difundir la devoción a Su Sagrado Corazón que pedirle al Rey de Francia que lo ayude a crecer y expandirse por todo el mundo. Nuestro Señor deseaba así mover el reino de Francia, y luego, “todos los grandes hombres de la tierra” para que pudiera ser adorado “en los palacios de los Príncipes y los Reyes”. Este era, por lo tanto, el deseo de una devoción que permeará los ambientes más reales y aristocráticos, así como los hogares campesinos más humildes. Así se extendería por todo el cuerpo social.

Este es un principio que parece ser olvidado en nuestra era igualitaria. Muy a menudo, la devoción al Sagrado Corazón, cuando se permite o fomenta, solo se fomenta para las personas o las familias. Hay una verdadera y sincera devoción que se ha desarrollado en torno a las Promesas hechas a las personas que hacen las comuniones de reparación los primeros viernes y que hacen la entronización solemne del Sagrado Corazón en los hogares. Pero este todavía no es el ideal solicitado por Nuestro Señor Jesucristo, quien como Maestro de las partes del cuerpo social, es decir, individuos, familias e incluso instituciones, evidentemente también debe ser el Maestro de toda la sociedad humana.

Todas las naciones también son obra de Dios y le pertenecen, y por lo tanto, Cristo es su Maestro, Señor y Rey. El Corazón de Jesús quiere reinar en el corazón de las naciones, y en primer lugar aquellos que los gobiernan y los representan, quienes deben reconocer este dominio y someterse a él. Esta sumisión debe ser más por amor que por un sentido del deber, no tanto porque Cristo tiene el derecho de exigirlo a los gobernantes, sino porque desean someterse a su amor.

El clamor de Nuestro Señor a Santa Margarita María “Contempla este corazón que ha amado tanto a los hombres que no escatimó nada, incluso llegando a agotarse y consumirse para demostrarles su amor” es un llamado de conversión no solo a los hombres o familias, sino también a las naciones. De cierta manera, fue la restauración de la cristiandad la que se puso al alcance del Rey y la nobleza de Francia. El plan de Nuestro Señor era tocar a todas las naciones y todas las clases sociales, comenzando con Francia, Primera Hija de la Iglesia. Así, el Sagrado Corazón sería la piedra angular de una nueva cristiandad.

El Sagrado Corazón y la lucha armada en defensa de la Fe.

El Sagrado Corazón reveló a Santa Margarita María Alacoque que Él quería que Su Sagrado Corazón “reinara en el palacio del Rey, que fuera pintado sobre sus estandartes y grabado en sus brazos, para hacerlo victorioso sobre todos sus enemigos”. (5) En una carta posterior a su Madre Superiora, la Hermana Margaret Mary reveló que el Corazón Divino deseaba “ser el protector y defensor de su persona sagrada [Luis XIV] contra todos sus enemigos visibles e invisibles. Por medio de esta devoción, Él quiere defenderlo y asegurar su salvación. … Hará que todas sus empresas redunden en Su gloria al otorgar un feliz éxito a sus ejércitos “.

Nuestro Señor no dudó en pedir que el símbolo de su gran amor por el hombre se pintara en los brazos de los guerreros católicos. Esto es bastante diferente de una cantidad de eclesiásticos ecuménicos de hoy que nunca se cansan de pedir perdón a los enemigos de la Iglesia por el uso de armas católicas en defensa de la fe. ¿Cómo explicarían que Nuestro Señor llegó incluso a garantizar Su participación en las batallas que el Rey de Francia debería librar en las guerras religiosas de la época y solicitar que Su Corazón sea pintado en los brazos mismos? Prometió la victoria a esos guerreros católicos, ofreciendo su corazón como un apoyo como un general que trae a sus tropas una nueva arma estratégica invencible.

Lamentablemente, Luis XIV no atendió las peticiones de Nuestro Señor. Y otros lo hicieron. Estos fueron los chouans, esos gloriosos campesinos de Vendée y Bretagne que se levantaron contra la Revolución Francesa en 1793 para luchar por la restauración de la Monarquía. En sus brazos pintaron el Sagrado Corazón de Jesús y en sus cuerpos portaban la insignia del Sagrado Corazón, popularizada por San Juan Eudes. Del mismo modo, los carlistas con sus boinas rojas y el grito de batalla de “Viva Christo Rey” en la Guerra Civil española de la década de 1930 pusieron el emblema del Sagrado Corazón en sus rifles, revólveres, armas pesadas e incluso sus tanques.

Quizás uno de los ejemplos más conmovedores de cómo Nuestro Señor deseaba trabajar a pesar de que un hombre ganara una nación para Su Corazón Amoroso es el caso de Gabriel García Moreno, el Presidente de Ecuador martirizado por los masones en 1875 fuera de la catedral donde acababa de recibió el primer viernes de comunión. Dos años antes de esto, el Presidente de esta República hizo una consagración pública de Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús y promulgó una ley única en la legislación nacional:

Nuestro Señor y su Sagrado Corazón
Ecuador fue consagrado al Sagrado Corazón de Jesús por el presidente García Moreno. Imagen presentada en la Consagración

“Arte. 1: La República del Ecuador se consagra al Sagrado Corazón de Jesús, proclamándolo como Patrón y Protector.

“Arte. 2: La fiesta de ese mismo Sagrado Corazón de Jesús se prescribe como un día de fiesta civil de primera clase, para ser observado en cada catedral de esta República por los prelados diocesanos con todas las ceremonias posibles “.

Las últimas palabras de este magnífico estadista católico fueron “¡Ánimo! ¡Dios nunca muere! (6)

Hay una tendencia en nuestros días a enfatizar la bondad, gentileza y lástima del Magnífico Corazón de Jesús, quien ciertamente se conmueve por la debilidad y la angustia de aquellos a quienes ama. Pero el buen pastor también es un héroe y un guerrero; y su amor es esencialmente un tipo de amor contencioso. El corazón de Cristo anhela ganar una batalla. Como dijo en el Evangelio, no vino a traer paz a la tierra, sino a la espada.

Cuán admirable es este mandato de Nuestro Señor de pintar Su Sagrado Corazón en los estándares franceses. Es de destacar que en esta época el uso de banderas nacionales todavía no era la costumbre general. Pero desde las primeras épocas, Francia siempre había tenido un estándar sagrado con las tres flores de lis, una que descansaba en el santuario de St. Denis y fue expuesta en horas de peligro o guerra santa. Simbolizaba el alma católica de Francia, y flotaba como una oración sagrada en medio de las banderas de la nación.

Según una hermosa tradición, antes de una batalla crucial contra el feroz Allemani en 496, el rey Clovis de los francos invocó al “Dios de Clotilda”. (Santa Clotilda, su esposa, una princesa de Borgoña instrumental en su conversión.) Pidió protección para la batalla que se avecinaba y si ganaba, prometía convertirse a la fe católica. Durante un momento muy difícil del combate, el símbolo del Rey de los francos, una pancarta con tres ranas, milagrosamente se convirtió en otra con las tres flores de lis. A partir de este momento, la flor de lis fue el símbolo principal de los reyes de Francia.

Es interesante imaginar los resultados fortuitos de la adición del Sagrado Corazón a las delicadas tres flores de lis. Los franceses, ciertamente sin falta de buen gusto ni un sentido refinado de la estética, habrían estado dispuestos naturalmente a tomar este mandato de Nuestro Señor y presentar las expresiones más magníficas del espíritu católico. Lamentablemente, esto no es lo que sucedió. Las palabras de Santa Margarita María en 1689 no fueron escuchadas, y un siglo después se levantó la tormenta que arrasó con las monarquías francesas y, con ello, otras monarquías.

El Sagrado Corazón y la glorificación de lo superfluo.

En el ambiente religioso de los tiempos en que Nuestro Señor eligió hacer Sus revelaciones a Santa Margarita María Alacoque a mediados del siglo XVII, la influencia del jansenismo fue fuerte en los medios religiosos e intelectuales. Los adeptos del jansenismo enfatizaron la justicia y la severidad de Dios con poco énfasis en su voluntad de perdonar o su misericordia divina.

La doctrina jansenista nació de un espíritu de orgullo y autosuficiencia. Sugirió que el hombre no podía recibir nada de Dios sin haberlo merecido moral o intelectualmente. Fue un intento de aprovechar la infinita generosidad de Dios hacia los pequeños confines de justicia y reciprocidad dentro de los límites finitos de la comprensión del hombre.

Nuestro Señor dio el regalo de Su Sagrado Corazón al mundo para contrarrestar este espíritu duro y puritano que ha sobrevivido incluso hasta nuestros días. En el Sagrado Corazón de Jesús el hombre encuentra el perdón por el pasado, la paz por el presente, la esperanza por el futuro. La misericordia de este Corazón, la fuente de todas las aguas vivas, es tan sobreabundante que incluso en las situaciones morales más irreversibles y sin esperanza, el hombre puede encontrar en esta devoción una posibilidad de perdón y un retorno completo a la vida de la gracia. y paz.

Así, Nuestro Señor quería que la humanidad conociera Su excedente de misericordia, un tipo de lujo que supera la economía común de la gracia. Un espíritu infectado con tendencias socialistas podría ver en este exceso de misericordia una disipación o exceso, si no una injusticia. Es el mismo tipo de objeción que tendría frente a lo superfluo, lo magnífico y lo maravilloso en la sociedad secular. Al mirar un castillo magnífico, un signo externo y visible de grandeza y trascendencia, solo pudo reaccionar con indignación: “Pero esto es un desperdicio. Es una injusticia que tal edificio exista cuando hay personas hambrientas en chozas miserables ”. Tales objeciones son fáciles de responder para el hombre con un espíritu católico y jerárquico.

En Cristo estaba la abundancia de la gracia: “Y de su plenitud todos hemos recibido, y gracia por gracia”. (Juan 1:16) Él mereció todas las gracias por nosotros, y las gracias a través de las cuales nuestras almas son santificadas nos llegan y fluyen de la plenitud de la gracia de Cristo. Nuestro Señor, tan extraordinariamente rico y tan deseoso de la salvación del hombre, ha permitido que Su munificencia brille en la multitud de devociones, oraciones, pompa y ceremonia de Su Iglesia. Deseaba establecer esta devoción al Sagrado Corazón como un beneficio adicional y una ayuda para que el hombre logre la salvación. Es una manifestación de superabundancia, superabundancia bastante apropiada para su naturaleza. Así, la devoción a Su Sagrado Corazón podría interpretarse como una legitimación e incluso la glorificación de lo superfluo.

El Sagrado Corazón y los Apóstoles de los Últimos Tiempos:
Confianza ilimitada y deseos ilimitados.

San Juan, el amado apóstol del Corazón de Jesús, apareció en el siglo XIII a uno de los primeros devotos del Sagrado Corazón, San Gertrudis el Grande. La invitó a descansar su cabeza junto a la suya en el Corazón de Jesús. “¿Por qué hablaste tan poco de los secretos amorosos del Corazón de Jesús?” Ella le preguntó. Él respondió: “Mi ministerio en aquellos primeros tiempos de la Iglesia se limitaba a hablar de la Palabra Divina, el Hijo eterno del Padre, algunas palabras de profundo significado sobre las cuales la inteligencia humana podría meditar para siempre, sin agotar sus riquezas. Pero para estos últimos tiempos estaba reservada la gracia de escuchar la voz elocuente del Corazón de Jesús. Con esta voz, el mundo desgastado por el tiempo renovará su juventud, será despertado de su letargo y nuevamente se encenderá con la calidez del amor divino “.

Nuestro Señor le dio la llave al Sagrado Corazón a St. Gertrudis: que todo se puede ganar con ilimitada confianza y deseos ilimitados. Ella entendió que la confianza es la llave que abre los tesoros de la infinita misericordia de Dios. Solo a su confianza, ella atribuyó todos los regalos que recibió. Nuestro Señor mismo le dijo: “Solo la confianza obtiene fácilmente todas las cosas”. Una vez, cuando St. Gertrudis estaba preocupada por la tentación, imploró ayuda divina. Nuestro Señor la consoló con estas palabras:

“Cualquiera que sufra tentaciones humanas, que huye a Mi protección con firme confianza, pertenece a aquellos de quienes puedo decir: ‘Una es Mi paloma, Mi elegida entre miles, que ha atravesado Mi Corazón con una mirada de sus ojos. ‘ Y esta confianza hiere a Mi Corazón tan profundamente que si no pudiera aliviar tal alma, causaría a mi corazón una tristeza que todas las alegrías del Cielo no podrían calmar … La confianza es la flecha que atraviesa Mi Corazón, y hace tanta violencia a Mi amor que nunca puedo abandonarla “.

De la mano con confianza Nuestro Señor desea que seamos hombres y mujeres de gran deseo, un deseo ilimitado para la gloria del Sagrado Corazón de Jesús y María. Santa Gertrudis enseñó el gran secreto para nuestro tiempo: que Nuestro Señor “acepta la voluntad para el hecho”. “La buena voluntad para emprender un trabajo para cumplir Mi deseo, a pesar de la dificultad encontrada, es muy agradable para Mí, y acepto la buena voluntad para el hecho. Incluso si no puede tener éxito, lo recompensaré como si lo hubiera logrado ”, le reveló Nuestro Señor.

Nuestro Señor nos invita a venerar su Sagrado Corazón
Con el Sagrado Corazón, todo se puede ganar con una confianza ilimitada y deseos ilimitados.

Nuestro Señor cumplió los deseos de sus amigos en proporción a su seriedad e intensidad. Él acepta los deseos de sus amigos como si se hubieran realizado. Esta es una clave para los últimos días, cuando los hombres, debilitados por el pecado y abrumados por los problemas y el caos que los confrontan desde todas las direcciones, se sienten incapaces de una acción proporcional a la necesidad.

Otra devota del Sagrado Corazón, la gran Santa Catalina de Siena, pronunció estas palabras proféticas, tal vez en anticipación de nuestros días: “Oh Dios mío, ¿cómo podrás en estos tiempos infelices para satisfacer las necesidades de Tu Iglesia? ? Sé lo que harás. Tu amor levantará hombres de deseos. Sus obras finitas unidas a deseos infinitos, te harán escuchar sus oraciones por la salvación del mundo “.

Las gracias que se derramaron sobre la Iglesia y el mundo en el siglo XVII con las apariciones de Nuestro Señor a Santa Margarita María Alacoque para difundir la devoción al Sagrado Corazón establecieron una nueva intimidad entre los hombres y Jesucristo, cuyo deleite es más con los hijos de los hombres que para gobernar a los serafines. Esta nueva economía de la gracia ciertamente buscó hacer posible una profunda y fácil intimidad con Nuestro Señor. Un amor por Dios hasta entonces desconocido trae como consecuencia una combatividad hasta entonces desconocida contra los enemigos de la Iglesia de Cristo. Es una relación recíproca indispensable.

Así, esta devoción ha sido dada a la Iglesia para ayudar a formar esos guerreros indomables que vendrán a confrontar al Anticristo y sus seguidores. Estos serán los apóstoles de los últimos tiempos, descritos por San Luis Grignion de Montfort:

“En una palabra, sabemos que serán verdaderos discípulos de Jesucristo, caminando en los pasos de la pobreza, la humildad, el desprecio del mundo, la caridad, enseñando el camino angosto de Dios en verdad pura, de acuerdo con el Santo Evangelio, y no de acuerdo con las máximas del mundo; eliminado de cualquier preocupación humana, sin apego a nadie; ahorrando, temiendo y escuchando a ningún mortal, por muy influyente que sea. Tendrán en la boca la espada de dos filos de la Palabra de Dios. Exhibirán en sus hombros el estandarte sangriento de la Cruz, el Crucifijo en su mano derecha y el Rosario en su izquierda, los Nombres sagrados de Jesús y María en sus Corazones, y la modestia y mortificación de Jesucristo en su propio comportamiento.

“Estos son los grandes hombres que están por venir; pero María es quien, por orden del Altísimo, los modelará con el propósito de extender Su imperio sobre el de los impíos, los idólatras y los musulmanes. ¿Pero cuándo y cómo será esto? Solo Dios lo sabe.

El Sagrado Corazón de Jesús quiere inspirar los corazones de los hombres de nuestros días con una gran combatividad y un gran deseo de llevar a cabo los actos de los cuales puede parecer que ni siquiera somos capaces. Estos serán los hijos e hijas de la Beata María: fue de Su Corazón Inmaculado que Cristo atrajo a Su humanidad. Su corazón comenzó a latir por primera vez dentro del recinto casto del útero virginal de María. Ningún corazón humano estará más en sintonía con el Corazón del Dios-Hombre que el de Su Madre. Y así como las oraciones y los deseos de María aceleraron la venida de Nuestro Señor, las oraciones y los deseos de los justos, al acortar los días de tribulación, acelerarán el triunfo de la Iglesia.

Atila S. Guimarães y Marian T. Horvat

1. St. Louis de Montfort, El amor de la sabiduría eterna (Bayshore, NY: Montfort Publications, 1960), p. 31.
2. Emile Bougard, La vida de Santa Margarita María Alacoque (Rockford: TAN, 1990), p. 268.
3. Ibíd ., Pág. 269
4. Nancy Mitford, The Sun King (Nueva York: Crescent Books, 1966), pág. 32.
5. Bougard, La vida de Santa Margarita María , p. 269.
6. Arthur R. McGratty, SJ, El Sagrado Corazón: ayer y hoy , Nueva York: Benzinger Bros., 1951, pp. 202-3

Sermón 2o. Domingo Pentecostés (2020)

Dios, Nuestro Señor, nos ama, nos aprecia, nos honra, y dispone una cena para nosotros, es decir, nos considera amigos, a los cuales prepara alegrías y consuelos; somos sus hijos, y nos trata con confianza; nos hace sentar a su mesa y nos alimenta con su pan espiritual.

Debemos alegrarnos de estas relaciones tan dulces y honrosas para con nosotros; con sumo gusto debemos tratar y comunicar con Dios, como quien participa en una gran cena.

Hemos de considerar deber nuestro el pertenecerle con todo el corazón, con toda el alma.

Ahora bien, como en la parábola, muchos, cada vez más, hoy por hoy casi todos, rechazan la invitación presentando excusas…

Tres fueron los pretextos que se exhibieron para no asistir.

En la granja comprada se da a conocer el dominio; por eso, el primer castigado es el vicio de la soberbia.

Así, pues, se prescribe al varón de la santa milicia que menosprecie los bienes de la tierra. Porque el que, atendiendo a cosas de poco mérito, compra posesiones terrenas, no puede alcanzar el Reino del Cielo. Por eso dice el Señor: Vende todo lo que tienes y sígueme.

Las cinco yuntas de bueyes representan los cinco sentidos corporales. Se llaman yuntas de bueyes porque, por medio de estos sentidos carnales, se buscan todas las cosas terrenas; y porque los bueyes están inclinados hacia la tierra. Y los hombres que no tienen fe, entregados a las cosas de la tierra, no quieren aceptar, y menos creer, otra cosa sino aquellas que perciben por cualquiera de estos cinco sentidos corporales.

Y como los sentidos corporales no pueden comprender las cosas interiores y sólo conocen las exteriores, puede muy bien entenderse por ellos la curiosidad, que sólo se ocupa de verlo todo por el exterior.

El que ha tomado mujer se goza en la voluptuosidad de la carne, y en eso se ve la pasión carnal que estorba a muchos.

Aunque el matrimonio es bueno y ha sido establecido por la Divina Providencia para propagar la especie, muchos no buscan esta propagación, sino la satisfacción de sus voluptuosos deseos; y, por tanto, convierten una cosa justa en indebida e inmoral.

Se dieron por excusado; prefirieron las cosas materiales y desdeñaron las espirituales.

Ahora bien, hay una diferencia entre las complacencias del cuerpo y las espirituales. Entre las delicias corporales y las espirituales hay, por lo común, este contraste:

– las corporales, antes de disfrutarlas o gozarlas, despiertan un ardiente deseo; mas, después de gustarlas ávidamente, no tardan, por su misma saciedad, en causar hastío.

– las espirituales, por el contrario, causan hastío mientras no se han gustado, parecen desagradables; mas después de gozarlas, se despierta el apetito de estas; y son tanto más apetecidas por el que las prueba, cuanto mayor es el apetito con que las gusta.

Hay, pues, una gran discrepancia entre los goces del mundo y los goces de la religión.

En los deleites mundanos, el deseo agrada, más la posesión desagrada; los religiosos, en cambio, apenas si se desean, mas su posesión es sumamente agradable.

Se ansían ardientemente los materiales antes de que se los posea, porque no se conoce todo su vacío y la impotencia que hay en ellos para hacernos felices; y después de haberlos obtenido con mucha solicitud y penas, traen el fastidio, porque la experiencia hace sentir su vanidad.

Lo contrario sucede con los goces de la religión: antes de gustarlos no se anhelan, porque no se han conocido sus encantos; pero, una vez que se los ha saboreado, que se ha sentido su excelencia y dulzura, se los solicita más vivamente, y cuanto más se degustan, más se los pretende, porque se conoce más su alto precio.

En los placeres carnales, el apetito engendra la saciedad, y la saciedad produce el hastío; pero en los espirituales, el apetito también engendra la saciedad, más la saciedad produce apetito.

Las delicias espirituales al saciar el alma fomentan su apetito, porque cuanto más se percibe el sabor de una cosa, tanto mejor se la conoce, por lo cual se la ama con mayor avidez; por esto, cuando no se han experimentado no pueden estimarse porque se desconoce su sabor.

¿Quién en efecto, puede amar lo que no conoce? He ahí por qué dice el Salmista: “Gustad y ved cuán suave es el Señor”. Como si dijera: No conoceréis su suavidad si no la gustáis; pero tocad con el paladar de vuestro corazón el alimento de vida, para que, experimentando su suavidad, seáis capaces de amarle.
La virtud es tan bella, se aviene tan bien con el alma del hombre que, cuanto más se la practica, más celo hay por ejercitarla. Dice el Libro del Eclesiástico: Los que de mí comen, tienen siempre hambre de mí, y tienen siempre sed los que de mí beben; es decir, que desearán siempre avanzar más en la práctica de la virtud; el mundo y sus falsos goces le serán insípidos y le disgustarán, según esta otra palabra del Señor: Quien beba el agua que yo le daré, no tendrá jamás sed (se entiende, de los vanos placeres de la tierra), sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua surgente para vida eterna.

El contraste entre ambos pasajes contiene una enseñanza magnífica: la sabiduría, al mismo tiempo que quita la sed de vanagloria y el hambre de las bellotas que ofrece el mundo, nos despierta un ansia insaciable por penetrar cada vez más en los pensamientos de Dios que Él nos descubre, y una ambición sin límites por alcanzar su amistad y sus promesas.

El Divino Padre se complace al ver que sus hijos aprecian así sus dones, y entonces los aumenta cada vez más.

Todos sus deseos se dirigirán a los puros goces de la virtud y quedarán a la vez saciados y hambrientos, sedientos y refrigerados; porque tal es la propiedad de los bienes espirituales, que sacian y excitan el hambre, calman y avivan la sed.

Uno se sacia, porque encuentra en Dios todos los bienes; siente hambre, porque, en gustando estos bienes, se les encuentra tan deliciosos, que se les desea siempre más.

El corazón regocijado canta las alabanzas de Dios y de la virtud; pero ello es un cántico siempre nuevo, porque siempre halla nuevas bellezas que admirar y amar.

Juzguemos, pues, por la medida de nuestros deseos en qué grado de virtud estamos.
Pues bien, a este Banquete Celestial hemos sido invitados. Aunque pobres y desgraciados, se ha dignado el Padre recibirnos en su sala. Humillémonos y respondamos agradecidos.

Pero tengamos en cuenta que el afán de riquezas y de placeres es lo que impide la percepción del fruto de este Banquete.

Procuremos, pues, mortificar en esas bajas tendencias. No seamos de los que no pudieron tomar parte en la Gran Cena porque habían comprado una granja o unos bueyes, o porque habían contraído matrimonio.

Seamos de los pobres de espíritu, y así tendremos la dicha de albergar en nuestro corazón al Rey de Cielos y tierra y de poseer el Reino de los Cielos.

Histórica carta de Viganó

“Monseñor” Viganó condena el Concilio Vaticano II y lo coloca como el origen de una nueva y falsa Iglesia paralela “diametralmente opuesta a la religión católica”.

Esta es una carta historica que bien podría pensarse venir de la pluma de Mons Marcel Lefebvre.

Solo le faltaría a Mons. Viganó pedir a los católicos se abstengan de los nuevos Sacramentos promulgados a raíz del Concilio Vaticano II que ya no confieren la gracia y que fueron gravemente modificados.

A continuación la carta de Mons Vigano:

“9 de junio de 2020
San Efrén

He leído con gran interés el ensayo de Su Excelencia, Mons. Athanasius Schneider, publicado en LifeSiteNews el 1 de junio, posteriormente traducido al italiano por Chiesa e post concilio, titulado “No existe la voluntad divina positiva de que haya diversidad de religiones ni hay un derecho natural a dicha diversidad”. El estudio de Su Excelencia resume, con la claridad que distingue las palabras de quienes hablan de acuerdo con Cristo, las objeciones contra la supuesta legitimidad del ejercicio de la libertad religiosa teorizada por el Concilio Vaticano II en contradicción con el testimonio de la Sagrada Escritura y con la voz de la Tradición, y en contradicción también con el Magisterio católico, que es el fiel guardián de ambas.

El mérito del ensayo de Su Excelencia consiste, primero que nada, en su comprensión del vínculo causal entre los principios enunciados -o implícitos- del Concilio Vaticano II y su consiguiente efecto lógico en las desviaciones doctrinales, morales, litúrgicas y disciplinarias que han surgido y se están desarrollando progresivamente hasta el día de hoy.

El monstruo generado en los círculos modernistas podría haber sido, al comienzo, equívoco, pero ha crecido y se ha fortalecido, de modo que hoy se muestra como lo que verdaderamente es en su naturaleza subversiva y rebelde. La criatura concebida en aquellos tiempos es siempre la misma, y sería ingenuo pensar que su perversa naturaleza podría cambiar. Los intentos de corregir los excesos conciliares -invocando la hermenéutica de la continuidad- han demostrado no tener éxito: Naturam expellas furca, tamen usque recurret [“Expulsa a la naturaleza con una horqueta: regresará”] (Horacio, Epist., I, 10, 24). La Declaración de Abu Dhabi -y como Mons. Schneider acertadamente observa, sus primeros síntomas en el panteón de Asís- “fue concebida en el espíritu del Concilio Vaticano II”, como lo afirma Bergoglio, orgullosamente.

Este “espíritu del Concilio” es la patente de legitimidad que los innovadores oponen a sus críticos, sin darse cuenta de que ello es confesar, precisamente, un legado que confirma no sólo la naturaleza errada de las declaraciones presentes, sino también la matriz herética que supuestamente las justifica. Si se mira más de cerca, jamás en la historia de la Iglesia un Concilio se ha presentado a sí mismo como un hecho histórico diferente de todos los concilios anteriores: jamás se ha hablado del “espíritu del Concilio de Nicea” o del “espíritu del Concilio de Ferrara-Florencia” ni, mucho menos, del “espíritu del Concilio de Trento”. Tampoco existió jamás una era “post-conciliar” después del Letrán IV o del Vaticano I.

La razón de ello es obvia: estos Concilios fueron todos, sin distinción alguna, expresión unánime de la voz de la Santa Madre Iglesia, y por esta misma causa, voz de Nuestro Señor Jesucristo. Es elocuente que quienes sostienen la novedad del Concilio Vaticano II adhieran también a la doctrina herética que pone al Dios del Antiguo Testamente en oposición al Dios del Nuevo Testamento, como si pudiera existir contradicción entre las Divinas Personas de la Santísima Trinidad. Evidentemente esta oposición, que es casi gnóstica o cabalística, es funcional para la legitimación de un sujeto nuevo, que se quiere diferente y opuesto a la Iglesia católica. Los errores doctrinales casi siempre revelan algún tipo de herejía trinitaria, y por tanto es mediante el regreso a la proclamación del dogma trinitario que las doctrinas que se le oponen pueden ser derrotadas: ut in confessione veræ sempiternæque deitatis, et in Personis proprietas, et in essentia unitas, et in majestate adoretur æqualitas: confesando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las Personas, la unidad en la esencia y la igualdad en la Majestad.

Juan Pablo II en el encuentro ecuménico de Asís de 1986(Foto: Asianews)
Mons. Schneider cita varios cánones de los Concilios Ecuménicos que proponen lo que, en su opinión, son doctrinas difíciles de aceptar hoy, como, por ejemplo, la obligación de diferenciar a los judíos por las ropas, o la prohibición de que los cristianos sirvan a patrones mahometanos o judíos. Entre esos ejemplos existe también la exigencia de la traditio instrumentorum proclamada por el Concilio de Florencia, que fue posteriormente corregida por la Constitución Apostólica Sacramentum Ordinis de Pío XII. Mons. Schneider comenta: “Se puede rectamente esperar y creer que un futuro Papa o Concilio Ecuménico corrija las declaraciones erróneas hechas” por el Concilio Vaticano II. Esto me parece ser un argumento que, aunque hecho con la mejor de las intenciones, debilita el edificio católico desde sus mismos fundamentos. Si de hecho admitimos que puede haber actos magisteriales que, por el cambio en la sensibilidad, son susceptibles de abrogación, modificación o diferente interpretación por el paso del tiempo, caemos inevitablemente en la condenación del Decreto Lamentabili, y terminamos concediendo justificaciones a quienes, recientemente, y precisamente sobre la base de aquel erróneo supuesto, han declarado que la pena de muerte “no es conforme al Evangelio”, enmendando así el Catecismo de la Iglesia Católica. De acuerdo con el mismo principio, podríamos sostener que las palabras del Beato Pío IX en Quanta Cura fueron en cierta forma corregidas por el Concilio Vaticano II, tal como Su Excelencia espera que ocurra con Dignitatis Humanae. +

Ninguno de los ejemplos que ofrece Su Excelencia es, en sí mismo, gravemente erróneo o herético: el hecho de que el Concilio de Florencia declarara que la traditio instrumentorum era necesaria para la validez de las órdenes no comprometió de ningún modo el ministerio sacerdotal en la Iglesia, haciendo que se confirieran órdenes inválidas. No me parece tampoco que se pueda afirmar que este aspecto, a pesar de su importancia, haya conducido a errores doctrinales por parte de los fieles, algo que sí ha ocurrido, por el contrario, sólo en el último Concilio. Y cuando en el curso de la historia se han difundido diversas herejías, la Iglesia siempre ha intervenido prontamente para condenarlas, como ocurrió en el tiempo del Sínodo de Pistoya de 1786, que fue en cierto modo un anticipo del Concilio Vaticano II, especialmente en su abolición de la comunión fuera de la Misa, la introducción de la lengua vernácula, y la abolición de las oraciones del Canon dichas en voz baja, pero especialmente en la teorización sobre el fundamento de la colegialidad episcopal, reduciendo la primacía del Papa a una función meramente ministerial. El releer las actas de aquel Sínodo causa estupor por la formulación literal de los mismos errores que encontramos posteriormente, aumentados, en el Concilio que presidieron Juan XXIII y Pablo VI. Por otra parte, tal como la Verdad procede de Dios, el error es alimentado por el Adversario y se alimenta de él, que odia a la Iglesia de Cristo y su corazón, la Santa Misa y la Santísima Eucaristía.

Llega un momento en nuestras vidas en que, por disposición de la Providencia, nos enfrentamos a una opción decisiva para el futuro de la Iglesia y para nuestra salvación eterna. Me refiero a la opción entre comprender el error en que prácticamente todos hemos caído, casi siempre sin mala intención, y seguir mirando para el otro lado o justificándonos a nosotros mismos.

También hemos cometido, entre otros, el error de considerar a nuestros interlocutores como personas que, a pesar de la diferencia de ideas y de fe, se han movido siempre por buenas intenciones y que estarían dispuestas a corregir sus errores si pudieran convertirse a nuestra Fe. Junto con numerosos Padres Conciliares, concebimos el ecumenismo como un proceso, como una invitación que llama a los disidentes a la única Iglesia de Cristo, a los idólatras y paganos al único Dios verdadero, al pueblo judío al Mesías prometido. Pero desde el instante en que fue teorizado en las comisiones conciliares, el ecumenismo fue entendido de un modo que está en directa oposición con la doctrina previamente sostenida por el Magisterio.

Hemos pensado que ciertos excesos eran sólo exageraciones de los que se dejaron arrastrar por el entusiasmo de novedades, y creímos sinceramente que ver a Juan Pablo II rodeado por brujos sanadores, monjes budistas, imanes, rabíes, pastores protestantes y otros herejes era prueba de la capacidad de la Iglesia de convocar a todos los pueblos para pedir a Dios la paz, cuando el autorizado ejemplo de esta acción iniciaba una desviada sucesión de panteones más o menos oficiales, hasta el punto de ver a algunos obispos portar el sucio ídolo de la pachamama sobre sus hombros, escondido sacrílegamente con el pretexto de ser una representación de la sagrada maternidad.

Juan Pablo II recibe una bendición ritual de parte un chaman durante una de sus visitas a Estados Unidos(Foto: Burbuja)
Pero si la imagen de una divinidad infernal pudo ingresar a San Pedro, fue parte de un crescendo que algunos previeron como un comienzo. Hoy hay muchos católicos practicantes, y quizá la mayor parte del clero católico, que están convencidos de que la Fe católica ya no es necesaria para la salvación eterna: creen que el Dios Uno y Trino revelado a nuestros padres es igual que el dios de Mahoma. Hace veinte años oímos esto repetido desde los púlpitos y las cátedras episcopales, pero recientemente lo hemos oído, afirmado con énfasis, incluso desde el más alto Trono.

Sabemos muy bien que, invocando la palabra de la Escritura Littera enim occidit, spiritus autem vivificat [“La letra mata, el espíritu da vida” (2 Cor 3, 6)], los progresistas y modernistas astutamente encontraron cómo esconder expresiones equívocas en los textos conciliares, que en su tiempo parecieron inofensivos pero que, hoy, revelan su valor subversivo. Es el método usado en la frase subsistit in: decir una semi-verdad como para no ofender al interlocutor (suponiendo que es lícito silenciar la verdad de Dios por respeto a sus criaturas), pero con la intención de poder usar un semi-error que sería instantáneamente refutado si se proclamara la verdad entera. Así, “Ecclesia Christi subsistit in Ecclesia Catholica” no especifica la identidad de ambas, pero sí la subsistencia de una en la otra y, en pro de la coherencia, también en otras iglesias: he aquí la apertura a celebraciones interconfesionales, a oraciones ecuménicas, y al inevitable fin de la necesidad de la Iglesia para la salvación, en su unicidad y en su naturaleza misionera.

Puede que algunos recuerden que los primeros encuentros ecuménicos tuvieron lugar con los cismáticos del Oriente, y muy prudentemente con otras sectas protestantes. Fuera de Alemania, Holanda y Suiza, al comienzo los países de tradición católica no vieron con buenos ojos las celebraciones mixtas en que había juntos pastores protestantes y sacerdotes católicos. Recuerdo que en aquellos años se habló de eliminar la penúltima doxología del Veni Creator para no ofender a los ortodoxos, que no aceptan el Filioque. Hoy escuchamos los surahs del Corán leídos desde el púlpito de nuestras iglesias, vemos un ídolo de madera adorado por hermanas y hermanos religiosos, oímos a los obispos desautorizar lo que hasta ayer nos parecía ser las excusas más plausibles de tantos extremismos. Lo que el mundo quiere, por instigación de la masonería y sus infernales tentáculos, es crear una religión universal que sea humanitaria y ecuménica, de la cual es expulsado el celoso Dios que adoramos. Y si esto es lo que el mundo quiere, todo paso en esa dirección que dé la Iglesia es una desafortunada elección que se volverá en contra de quienes creen que pueden burlarse de Dios. No se puede dar de nuevo vida a las esperanzas de la Torre de Babel, con un plan globalizante que tiene como meta la neutralización de la Iglesia católica a fin de reemplazarla por una confederación de idólatras y herejes unidos por el ambientalismo y la fraternidad universal. No puede haber hermandad sino en Cristo, y sólo en Cristo: qui non est mecum, contra me est.

Es desconcertante que tan poca gente se dé cuenta de esta carrera hacia el precipicio, y que pocos adviertan la responsabilidad de los niveles más altos de la Iglesia que apoyan estas ideologías anti cristianas, como si los líderes de la Iglesia quisieran la garantía de que tendrán un lugar y un papel en el carro del pensamiento correcto. Y es sorprendente que haya gente que persista en la negativa a investigar las causas de fondo de la presente crisis, limitándose a deplorar los excesos actuales como si no fueran la consecuencia inevitable de un plan orquestado hace ya décadas. El que la pachamama haya sido adorada en una iglesia, se lo debemos a Dignitatis Humanae. El que tengamos una liturgia protestantizada y a veces incluso paganizada, se lo debemos a la revolucionaria acción de monseñor Annibale Bugnini y a las reformas postconciliares. La firma de la Declaración de Abu Dabhi, se la debemos a Nostra Aetate. Y si hemos llegado hasta delegar decisiones en las Conferencias Episcopales -incluso con grave violación del Concordato, como es el caso en Italia-, se lo debemos a la colegialidad y a su versión puesta al día, la sinodalidad. Gracias a la sinodalidad nos encontramos con Amoris Laetitia y teniendo que ver el modo de impedir que aparezca lo que era obvio para todos: este documento, preparado por una impresionante máquina organizacional, pretendió legitimar la comunión a los divorciados y convivientes, tal como Querida Amazonia va a ser usada para legitimar a la mujeres sacerdotes (como en el caso reciente de una “vicaria episcopal” en Friburgo de Brisgovia) y la abolición del Sagrado Celibato. Los prelados que enviaron las Dubia a Francisco, a mi juicio, evidenciaron la misma piadosa ingenuidad: pensar que Bergoglio, confrontado con una contestación razonablemente argumentada de su error, iba a comprender, a corregir los puntos heterodoxos y a pedir perdón.

Juan Pablo II besa el Corán(Foto: Pinterest)
El Concilio fue usado para legitimar las más aberrantes desviaciones doctrinales, las más osadas innovaciones litúrgicas y los más inescrupulosos abusos, todo ello mientras la Autoridad guardaba silencio. Se exaltó de tal modo a este Concilio que se lo presentó como la única referencia legítima para los católicos, para el clero, para los obispos, oscureciendo y connotando con una nota de desprecio la doctrina que la Iglesia había siempre enseñado autorizadamente, y prohibiendo la liturgia perenne que había, durante milenios, alimentado la fe de una línea ininterrumpida de fieles, mártires y santos. Entre otras cosas, este Concilio ha demostrado ser el único que ha causado tantos problemas interpretativos y tantas contradicciones respecto del Magisterio precedente, en tanto que no existe ni un solo Concilio -desde el Concilio de Jerusalén hasta el Vaticano I- que no haya armonizado perfectamente con todo el Magisterio o que haya necesitado tanta interpretación.

Confieso con serenidad y sin controversia: fui una de las muchas personas que, a pesar de tantas perplejidades y temores como hoy se ha demostrado ser legítimos, confié en la autoridad de la Jerarquía con incondicional obediencia. En realidad, creo que mucha gente, incluido yo mismo, no consideró en un comienzo la posibilidad de que pudiera haber un conflicto entre la obediencia a una orden de la Jerarquía y la fidelidad a la Iglesia. Lo que hizo tangible esta separación no natural, diría incluso perversa, entre la Jerarquía y la Iglesia, entre la obediencia y la fidelidad, fue ciertamente el presente pontificado.

En la Sala de Lágrimas, adyacente a la Capilla Sixtina, mientras monseñor Guido Marini preparaba el roquete, la muceta y la estola para la primera aparición del Papa “recién elegido”, Bergoglio exclamó: “Sono finite le carnevalate!” [“Se acabó el carnaval”], rehusando desdeñosamente las insignias que todos los Papas hasta ahora habían aceptado, humildemente, como el atuendo del Vicario de Cristo. Pero esas palabras contenían una verdad, aunque dicha involuntariamente: el 23 de marzo de 2013, los conspiradores dejaron caer la máscara, libres ya de la inconveniente presencia de Benedicto XVI y osadamente orgullosos de haber finalmente promovido a un Cardenal que representaba sus ideas, su modo de revolucionar la Iglesia, de hacer maleable la doctrina, adaptable la moral, adulterable la liturgia y desechable la disciplina. Todo esto se consideró, por los mismos protagonistas de la conspiración, como lógica consecuencia y obvia aplicación del Concilio Vaticano II que, según ellos, había sido debilitado por las críticas hechas por Benedicto XVI. La mayor osadía de ese Pontificado fue el permiso para celebrar libremente la venerada liturgia tridentina, cuya legitimidad fue finalmente reconocida, refutando cincuenta años de ilegítimo ostracismo. No es un accidente el que los partidarios de Bergoglio sean los mismos que vieron el Concilio como el primer paso de una nueva Iglesia, antes de la cual había existido una vieja religión con una vieja liturgia.

El papa Francisco junto a una machi mapuche durante su visita a Chile en 2018 (Foto: El País)
No es accidente: lo que estos hombres afirman impunemente, escandalizando a los moderados, es lo mismo que creen los católicos, vale decir, que a pesar de todos los esfuerzos de la hermenéutica de la continuidad, que naufragó miserablemente con la primera confrontación con la realidad de la presente crisis, es innegable que, desde el Concilio Vaticano II en adelante, se construyó una nueva iglesia, superimpuesta a la Iglesia de Cristo y diametralmente opuesta a ella. Esta Iglesia paralela oscureció progresivamente la institución divina fundada por el Señor, reemplazándola por una entidad espuria, que corresponde a la deseada religión universal, teorizada primeramente por la masonería. Expresiones como nuevo humanismo, fraternidad universal, dignidad del hombre, son muletillas del humanitarismo filantrópico que niega al verdadero Dios, de una solidaridad horizontal de inspiración vagamente espiritualista y de un irenismo ecuménico, condenado inequívocamente por la Iglesia. “Nam et loquela tua manifestum te facit [“Tus palabras te ponen en evidencia”]” (Mt 26, 73): este recurrir frecuente, incluso obsesivo, al mismo vocabulario de los enemigos revela la adhesión a la ideología inspirada por ellos. Por otra parte, la renuncia sistemática al lenguaje claro, inequívoco y cristalino de la Iglesia confirma el deseo de separarse no sólo de las formas católicas, sino incluso de su sustancia misma.

Lo que durante años hemos oído proclamar vagamente, sin connotaciones claras, desde el más alto de los Tronos, lo encontramos ahora, elaborado en un verdadero manifiesto propiamente tal, entre los partidarios del presente pontificado: la democratización de la Iglesia, ya no mediante la colegialidad inventada por el Concilio Vaticano II, sino por la vía sinodal inaugurada por el Sínodo de la Familia; la demolición del sacerdocio ministerial mediante su debilitamiento por las excepciones al celibato eclesiástico y la introducción de figuras femeninas con responsabilidades cuasi-sacerdotales; el silencioso tránsito desde un ecumenismo dirigido a los hermanos separados hacia una forma de pan-ecumenismo que reduce la Verdad del Dios Uno y Trino al nivel de las idolatrías y de las más infernales supersticiones; la aceptación de un diálogo interreligioso que presupone un relativismo religioso y excluye la proclamación misionera; la desmitologización del Papado, emprendida por Bergoglio como tema de su pontificado; la progresiva legitimación de todo lo que es políticamente correcto: la teoría de género, la sodomía, el matrimonio homosexual, las doctrinas maltusianas, el ecologismo, el inmigracionismo… Si no reconocemos que las raíces de estas desviaciones se encuentran en los principios establecidos por el último Concilio, será imposible encontrar una cura: si persiste de nuestra parte un diagnóstico que, contra todas las demostraciones, excluye la patología inicial, no podemos prescribir una terapia adecuada.

Esta operación de honestidad intelectual exige una gran humildad, primero que nada, para reconocer que, durante décadas, hemos sido conducidos al error, de buena fe, por personas que, constituidas en autoridad, no han sabido vigilar y cuidar al rebaño de Cristo: algunas de ellas, para poder llevar una vida tranquila, otras debido a que tienen demasiados compromisos, otras por conveniencia y, finalmente, otras de mala fe o incluso con un malicioso propósito. Estas últimas, que han traicionado a la Iglesia, deben ser identificadas, llevadas a un costado e invitadas a corregirse y, si no se arrepienten, deben ser expulsadas de los recintos sagrados. Así es como actúa el Pastor, que tiene en su corazón el bien de las ovejas y que da su vida por ellas. Hemos tenido y todavía tenemos demasiados mercenarios, para quienes la aprobación por parte de los enemigos de Cristo es más importante que la fidelidad a su Esposa.

Tal como, hace sesenta años, honesta y serenamente obedecí cuestionables órdenes, creyendo que representaban la amable voz de la Iglesia, hoy, con la misma serenidad y honestidad, reconozco que he sido engañado. Ser coherente hoy, perseverando en el error, constituiría una desgraciada elección y me convertiría en un cómplice de este fraude. Proclamar que existió claridad de juicio desde el principio no sería honesto: todos supimos que el Concilio iba a ser, más o menos, una revolución, pero no podíamos imaginar que iba a serlo de un modo tan devastador, incluso respecto a la obra de quienes deberían haberla evitado. Y si, hasta Benedicto XVI podíamos todavía pensar que el golpe de estado del Concilio Vaticano II (que el Cardenal Suenens llamó “el 1789 de la Iglesia”) estaba experimentando una desaceleración, en estos últimos años hasta el más ingenuo de entre nosotros ha comprendido que el silencio por temor a causar un cisma, el esfuerzo por remendar los documentos papales en sentido católico para remediar su intencionada ambigüedad, los llamados y dubia dirigidos a Francisco que han quedado elocuentemente sin respuesta, son formas de confirmación de la existencia de la más grave de las apostasías a que están expuestos los más altos niveles de la Jerarquía, en tanto que los fieles cristianos y el clero se sienten desesperadamente abandonados y son vistos por los obispos casi con enfado.

La Declaración de Abu Dhabi es la proclama ideológica de una idea de paz y cooperación entre las religiones que podría posiblemente ser tolerada si proviniera de paganos privados de la luz de la Fe y del fuego de la Caridad. Pero todo el que haya recibido la gracia de ser Hijo de Dios en virtud del Santo Bautismo debería horrorizarse con la idea de construir una versión, moderna y blasfema, de la Torre de Babel, buscando aunar a la única Iglesia de Cristo, heredera de las promesas hechas al Pueblo Elegido, con aquellos que niegan al Mesías y con quienes consideran que la idea misma de un Dios Trino y Uno es una blasfemia. El amor de Dios no tiene límites y no tolera compromisos, porque de otro modo no es, simplemente, Caridad, sin la cual no se puede permanecer en Él: qui manet in caritate, in Deo manet, et Deus in eo [quien permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él] (1 Jn 4, 16). Importa poco que se trate de una declaración o de un documento magisterial: sabemos bien que la mens subversiva de los innovadores juguetea con estas especies de puzzles a fin de difundir el error. Y sabemos bien que la finalidad de estas iniciativas ecuménicas e interreligiosas no es convertir a quienes están lejos de la única Iglesia de Cristo, sino desviar y corromper a quienes todavía creen en la Fe católica, llevándolos a pensar que es deseable tener una gran religión universal que reúna a las tres grandes religiones abrahámicas “en una sola casa”: ¡esto sería el triunfo del plan masónico de preparación del reino del Anticristo! No importa mucho que ello se materialice mediante una bula dogmática, una declaración, o una entrevista con Scalfari en La Repubblica, porque los partidarios de Bergoglio esperan la señal de su palabra, a la cual responderán con una serie de iniciativas que están preparadas y organizadas desde hace ya algún tiempo. Y si Bergoglio no cumple las instrucciones que ha recibido, hay cantidad de teólogos y de clérigos que están preparados para lamentarse de la “soledad del papa Francisco”, a fin de usar esto como premisa para su renuncia (pienso, por ejemplo, en Massimo Faggioli en uno de sus recientes ensayos). Por otra parte, no sería la primera vez que usan al Papa cuando éste actúa según el plan de ellos, y que se deshacen de él o lo atacan tan pronto como no lo hace.

El domingo pasado la Iglesia celebró a la Santísima Trinidad, y en el Breviario se recita el Symbolum Athanasianum, hoy puesto fuera de la ley por la liturgia conciliar, y ya reducido a sólo dos ocasiones en la reforma litúrgica de 1962. Las primeras palabras de ese suprimido Symbolum merecen estar escritas con letras de oro: “Quicumque vult salvus esse, ante omnia opus est ut teneat Catholicam fidem; quam nisi quisque integram inviolatamque servaverit, absque dubio in aeternum peribit [Quien quiera ser salvado, es necesario, antes que nada, que crea en la Fe católica, porque a menos que mantenga esta fe íntegra e inviolada, sin duda perecerá eternamente]”.

+ Carlo Maria Viganò