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Nuestra Señora de Guadalupe y EL IDILIO DEL TEPEYAC

Por monseñor Luis María Martínez, Arzobispo Primado de México, tomado de la obra El Idilio del Tepeyac.

Siempre las cosas divinas llevan en su fondo algo de permanente e inmutable, a pesar de que, cuando se mezclan con nuestra vida humana, están sujetas al tiempo.Por eso, el misterio de Nuestra Señora de Guadalupe está más allá de las vicisitudes humanas. El hecho histórico de las apariciones de la Virgen Santísima a Juan Diego se realizó hace más de 462 años; pero la sustancia del divino misterio perdura aún hoy, y perdurará hasta el fin de los tiempos.El misterio del Tepeyac, no pasa: María Santísima está allí; está cerca de nosotros, nos ama, nos cuida, nos tiene en su regazo.Nosotros estamos en contacto misterioso con Ella. Juan Diego está allí. Juan Diego somos nosotros. El Juan Diego que no muere es el pueblo hispanoamericano, es nuestra raza que se perpetúa en el tiempo.Y nuestra historia, en su fondo, no es otra cosa que la prolongación del diálogo que se entabló sobre esa santa colina.Superficialmente mirada, nuestra historia tiene muchas vicisitudes y mil facetas; si la consideramos profundamente, ella tiene una perfecta unidad: es la miseria de Juan Diego, que recibe de las manos maternales de la Virgen las rosas del milagro, las rosas que se transforman en su imagen bendita.Escuchemos las palabras inmortales de la Guadalupana; ellas nos expresan amor y predilección, nos marcan los senderos de nuestra felicidad y de nuestra gloria, son las lecciones cariñosas de nuestra Madre, palabras prodigiosas que han de causar nuestra paz y dicha.La primera palabra que pronunció la Virgen Santísima en la cumbre del Tepeyac fue una palabra de amor, una palabra de predilección incomparable: “Hijo mío, Juan Diego, a quien amo tiernamente, como a pequeñito y delicado”.La Madre de Dios dijo, dice y dirá esta palabra al Juan Diego que durará hasta la consumación de los siglos.Cuando vino la Virgen María a nuestro suelo americano, cuando tomó posesión de nuestro pueblo, cuando adoptó nuestra raza, la primera palabra que brotó de su Corazón dulcísimo fue una palabra de amor: “Hijo mío, a quien amo…”Y ese amor de María Santísima no es fugaz. Lo que amó la Virgen, lo sigue amando; y ahora esa palabra tiene una palpitante y divina actualidad.¡María nos ama! ¡Nos ama como a pequeñitos y delicados! ¿Podemos anhelar una dicha mayor?¡Qué se gloríen otros pueblos de la gloria de sus anales, de la inmensidad de sus dominios, de la potencia de sus ejércitos, de la opulencia de sus tesoros, del esplendor de su ciencia, de la magnificencia de su técnica…! ¡Qué se gloríen los pueblos imperialistas y antihispanos, herederos de la herejía protestante y de la ilustración revolucionaria, de sus legítimas y no tan legítimas modernas adquisiciones; frutos no tanto de su virtud y honestidad, como de sus pasiones y vicios…!Para nosotros, vale más que todo eso la predilección de la Virgen Santísima. Y cuando una por una las naciones todas de la tierra vinieran a cantarnos los grados de su grandeza y de su gloria, podríamos contestarles: ¡nosotros tenemos la predilección de la Madre de Dios! En nuestros blasones hay una palabra que vale más que todas las glorias de la tierra: “Hijo mío, a quien amo tiernamente como a pequeñito delicado”.No vayamos a pensar que el amor de la Virgen se haya marchitado con los siglos; no creamos que poco a poco se haya menguado por nuestra ingratitud y por nuestras miserias y pecados. ¡No!, su amor y el de Dios, como los dones divinos, son sin arrepentimiento; nos ama y nos amará siempre tiernamente, como a pequeñitos y delicados.Desmenucemos, saboreemos estas dulcísimas palabras. Cada una de ellas encierra abismos de ternura y de amor.La debilidad, la pequeñez, es un título de amor para los corazones nobles. Los corazones ordinarios buscan la grandeza; los corazones nobles, que llevan en su fondo destellos de Dios, buscan la pequeñez. Aman como Jesucristo, que vino a buscar a los pequeños, a curar a los enfermos, a justificar a los pecadores, y bajó del cielo con toda la grandeza de un Dios para venir a amar a los miserables de este mundo.Las madres de la tierra, que llevan en su corazón un reflejo del Corazón de Dios, comprenden lo que esto significa: a los pequeños se les ama con singular ternura, se les prodiga cuidados y caricias. No así a los que han llegado a la edad adulta; por mucho que se los ame, nadie tiene la exquisita ternura que tuvo para con ellos su madre cuando eran pequeñitos.El amor a los pequeños tiene un carácter de ternura singular, y así nos ama la Virgen María, porque Juan Diego será siempre pequeño, porque Juan Diego no crecerá jamás. A través de los siglos, los pueblos hispanoamericanos estarán siempre simbolizados por aquel indio sencillo y pobre que vio fulgurar la gloria del cielo sobre la colina del Tepeyac.Y como si no fuera suficiente que nos amara como a hijos pequeños, he aquí que añade: “delicados”. Se ve constantemente en los hogares, en las familias numerosas, cuando hay un niño que por su salud, por sus penas, por su sensibilidad, es especialmente delicado, la madre tiene para él una predilección singular. Los fuertes, los sanos, los que gozan de plena salud, tienen derecho al corazón de la madre; pero lo tienen más los enfermos, los sensibles, los que sufren, los delicados. Y María Santísima nos ve a nosotros como a sus hijos pequeños y delicados.Si comprendiésemos este misterio de amor, si nos diéramos cuenta de que somos verdaderamente amados por la Madre de Dios, y amados con predilección, con ternura, como pequeñitos y delicados, bastaría eso para que fuéramos felices, felices a pesar de nuestras desgracias, a pesar de nuestros temores, a pesar de todas las vicisitudes de nuestra historia. En el fondo de nuestras desgracias hay una realidad celestial y divina: ¡el amor de la Virgen María!¡Y con qué divino acierto encontró la Virgen Santísima las palabras para manifestarnos su amor: “como a pequeñitos…”Es verdad, somos pequeños, lo hemos sido, quizá lo seguiremos siendo siempre: pequeños por nuestra debilidad, por nuestra inconstancia, por nuestras miserias. Pero así nos quiere nuestra Madre, así nos ama. Somos pequeñitos y triunfamos de la fuerza; somos pequeñitos y, a pesar de que desde hace dos siglos se pretende arrebatarnos nuestra fe, no han podido quitarnos los tesoros que hemos recibido hace quinientos años; somos pequeñitos, y llevamos en nuestra frente la gloria de la fe. ¿Por qué? Porque María Santísima nos ama como a pequeñitos y delicados.Los que suelen mirar las cosas superficialmente dirán que estamos enfermos, que tenemos muchas miserias, que somos pobres, que somos impotentes. Sí, todo eso somos; pero María de Guadalupe nos ama tiernamente.Nuestra gloria está en nuestra pequeñez; nuestra grandeza está en nuestra miseria. Somos pequeños y miserables, pero vivimos en el regazo de la Virgen, y en el fondo de nuestro corazón resuenan las celestiales palabras: “Hijo mío, a quien amo tiernamente como a pequeñito y delicado”.¿No debemos grabar en nuestro corazón esas dulces palabras? ¿No las debemos saborear en nuestra alma? ¿No deben figurar en nuestros blasones? ¿No bastan ellas para hacernos felices en la tierra, a pesar de todas las desgracias, de todos los temores que nos circundan?Agradezcamos a la Virgen María en lo íntimo de nuestro corazón. Démosle gracias porque nos ama así.¡Señora!, gracias porque nos amas a pesar de nuestra pequeñez; gracias porque nos amas, precisamente, por nuestra pequeñez y miseria. No queremos dejar de ser pequeños y delicados, para que siempre nos ames tiernamente; para que nos envuelvas con la ternura de tu Corazón maternal. No te alejes de nosotros; pronuncia sin cesar tus palabras dulcísimas y repítelas hasta la consumación de los siglos: “Hijo mío, a quien amo tiernamente como a pequeñito y delicado”.

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