Explicación del Magnificat

EL MAGNIFICAT
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46 Y María dijo: Mi alma magnifica al Señor

47 Y exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador.

48 Porque ha mirado la humildad de su esclava; y he aquí que todas las generaciones me llamarán bienaventurada.

49 Porque ha hecho en mí maravillas el Todopoderoso, cuyo Nombre es Santo.

50 Su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.

51 Desplegó el poder de su brazo, y dispersó a los que se engríen con los pensamientos de su corazón.

52 Derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes.

53 A los hambrientos los llenó de bienes, y a los ricos los despidió vacíos.

54 Acogió a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia.

55 Según lo que había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia para siempre.

El Magnificat responde a una explosión de júbilo en Dios, incubada desde que se había realizado el misterio de la Encarnación en el seno purísimo de la Virgen Inmaculada.

El himno de María no es ni una respuesta a Isabel, ni propiamente una plegaria a Dios; es una elevación, un éxtasis y una profecía.

Se ven en él tres partes bien marcadas:

1ª) Alabanza de María a Dios por la elección que hizo de Ella (versículos 46-50);

2ª) Reconocimiento de la Providencia de Dios en el mundo (versículos 51-53);

3ª) Con esta obra se cumplen las promesas hechas a los padres (versículos 54-55).

1ª Parte) Alabanza que María hace a Dios por la elección que hizo de Ella.

Mi alma magnifica al Señor.

María comienza magnificando, engrandeciendo a Dios.

Es el fin del hombre… alabar y engrandecer al Señor. Obligación dulcísima, pero, al fin, obligación.

Dios todo lo ha creado para su gloria, pero la gloria propiamente sólo se la puede dar en la tierra el hombre…

La gloria es un conocimiento seguido de la alabanza. No podemos alabar si no conocemos. Y como las demás criaturas no tienen conocimiento, nos dan a nosotros ese encargo, de que en ellas veamos y conozcamos a Dios, para que en nombre suyo le alabemos.

Éste es nuestro oficio…, recoger esas notas de bondad, sabiduría, poder, hermosura y caridad, que Dios ha ido depositando en las criaturas, y con ellas formar el himno de la gratitud que debemos entonar en alabanza de Dios.

¡Oficio magnífico y sublime!

Son las primeras palabras de María Santísima al recoger las alabanzas y grandezas que Santa Isabel la dice, para dirigirlas a Dios.

A Él solo la gloria y el honor.

¡Qué hermoso comienzo de este magnífico cántico!

María Santísima engrandece al Señor con toda su alma y corazón. Sólo Ella es la que nunca, ni un momento, dejó de engrandecerle…, siempre, sin cesar…, fue creciendo y aumentando a Dios en su purísima alma.

Por eso dice, en presente, Mi alma magnifica; no dice engrandeció o engrandecerá…, sino ahora y siempre engrandece.

Esa es su ocupación perpetua, su oficio principal; como si no tuviera otro…

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Y exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador.

Los dos sujetos, “alma” y “espíritu”, vienen a ser sinónimos, usados sólo por razón de variación literaria. Es, pues, María Santísima la que alaba y se exulta profundamente en Dios.

María Santísima se alegra y se goza, mejor aún, se encuentra como inundada de un gozo-infinito.

¿De qué se goza? Es un gozo íntimo, espiritual, que tiene por objeto al mismo Dios. Se goza y se alegra en Dios, en la posesión plena y perfecta de Dios.

Santa Isabel la recuerda sus grandes gracias y privilegios, y aunque son motivo suficiente para alegrarse y gozarse en ellos, no obstante, parece que no repara tanto en los dones, como en el autor y dador de los mismos.

Pero reparemos que, no dice sólo que su gozo está en Dios, sino en Dios Salvador. Este gozo de María es en Dios, “mi Salvador”.

Dios Salvador es fórmula bíblica. Nunca como aquí cobra esta expresión el sentido mesiánico más profundo. Ese Dios Salvador es el Dios que Ella lleva en su vientre, y que se llamará Jesús, es decir, Yahvé salva. Y ella se goza y alaba a Dios, su Salvador.

Ésta es la raíz y fundamento de la alegría espiritual y del gozo eterno que esperamos, porque es Él nuestro Salvador.

Pensemos también que el gozo de María Santísima no fue en sí misma, sino sólo en Dios, es decir, nada de gozo egoísta, que busca su comodidad y complacencia, sino gozo de amor, que se alegra de amar y ver amado el objeto de su amor, aunque por este amor sufra y padezca.

María miraba en sí misma y allí veía a Jesús en sus mismas entrañas y esta vista causaba su gozo en Dios.

Porque ha mirado la humildad de su esclava.

María atribuye esta obra a la pura bondad de Dios, que miró la humildad de su esclava. Fue pura elección de Dios, que no escogió para Madre del Mesías a una reina, sino a una esclava desconocida.

Es admirable la lección práctica de humildad que aquí nos da la Santísima Virgen. Acaba de ser saludada por el Ángel de parte de Dios; acaba de ser elevada a la dignidad de Madre suya; acaba de ser bendita entre todas las mujeres por Santa Isabel…, y Ella, empeñándose en abismarse en el profundo de su humildad, reconoce que no es más que una simple esclava del Señor.

Con esto nos dice que todo lo que hay en Ella es de Dios, pues todo procede del hecho que Dios la ha mirado… Y mirado, en lenguaje bíblico, significa mirar con buenos ojos y amar…

Y así, todo procede de esa mirada de amor de Dios hacia Ella…; pues, de lo contrario, no hubiera pasado de ser una de tantas hijas de Eva.

Consideremos como María Santísima nos enseña que el fundamento de todos los bienes del Señor y de todas las gracias que de Él recibimos, es la humildad.

Y así dice, que por eso alaba al Señor y se regocija en su Salvador, porque ha mirado la pequeñez de su esclava.

Y he aquí que todas las generaciones me llamarán bienaventurada.

Pero, por esa mirada de elección de Dios, desde ahora, es decir, en adelante, después de estos momentos, la van a llamar bienaventurada todas las generaciones.

Es una confirmación de lo anterior. El humilde enamora al corazón de Dios, y Dios no repara en medios para levantarle y ensalzarle.

¡Cuánto ha ensalzado y sublimado Dios a María Santísima! ¿Quién más humilde que Ella? Pues, por eso la llamarán bienaventurada todas las generaciones.

Ella su humilla y Dios la ensalza. Contemplemos esta divina porfía.

Si María no se hubiera hecho esclava, no sería ahora Reina y Señora, ni Madre del mismo Dios.

En Israel la madre se llama dichosa con el nacimiento de un niño; pero aquí no es el motivo de regocijo familiar. Es la universalidad de las generaciones. Es la eterna bendición a la Madre del Mesías.

Esta afirmación parecería entonces una hipérbole oriental si no hubiese sido una profecía cumplida ya por veinte siglos.

Estas palabras encierran, pues, una profecía…; dice que la llamarán bienaventurada. Habla de un futuro que debía desconocer, y, no obstante, con toda seguridad afirma que así será.

¡Qué dulcísimo es para nosotros ver el exacto cumplimiento de estas palabras! Reunamos todos los títulos de María…, sus santuarios y templos… ¿Conocemos alguna iglesia que no tenga uno o varios altares de María?… ¿Hay población, grande o pequeña, que no posea su Virgen y le celebre su fiesta con alegría y esplendor?

Subamos al Cielo y miremos a todos los Santos reconociendo su santidad por María, y a todos los Ángeles que, juntamente con los hombres, no cesan de llamar bienaventurada a María.

¡Qué espléndida confirmación la de esta profecía!

Porque ha hecho en mí maravillas el Todopoderoso, cuyo Nombre es Santo.

Y todo es debido a que hizo en Ella maravillas, cosas grandes el único que puede hacerlas, Dios. Lo hizo el Poderoso. Esta obra sólo podía ser obra de la omnipotencia de Dios.

Y cuyo Nombre es Santo. En los semitas, el nombre está por la persona. Es, pues, obra de la santidad de Dios.

¡Qué mal entendemos la humildad!… Creemos que consiste en decir al exterior palabras en contra nuestra…, en no reconocer lo bueno que hacemos…, en no ver las gracias que el Señor nos concede…

¡Y nada de esto es la humildad!

Escuchemos a María Inmaculada: Me llamarán bienaventurada todas las generaciones… Ha hecho en mí grandes cosas el Todopoderoso… Y, no obstante, esto es humildad.

No olvidemos que humildad es verdad y sencillez.

Reconocer lo bueno que haya en nosotros, pero no para alabarnos por ello. Comprender la obra de Dios, tan grandiosa e inmensa, pero que eso nos sirva para alabarle más, para corresponderle mejor, para amarle con mayor fervor y entusiasmo cada día, como consecuencia natural de nuestro agradecimiento.

¿A qué cosas se refería la Santísima Virgen, al decir que había hecho en ella Dios grandes cosas?… ¿En qué pensaría cuando decía estas palabras?

Recorramos, como Ella recorrería, los favores y dones que del Señor ha recibido… Su predestinación desde toda eternidad…; el privilegio inefable de su Concepción Inmaculada, con todas las gracias inherentes al mismo…; todas las maravillas que en su Corazón quiso el Señor acumular…; y recordaría el saludo del Ángel…, el misterio de la Encarnación del Verbo…

Y entonces, saltaría a su vista el milagro de los milagros, el que Ella, ¡criatura!…, ¡esclava del Señor!…, fuera a la vez verdaderamente ¡Madre suya!… Y cómo para eso fue necesario hacer algo muy grande y desconocido, en el cielo y en la tierra, esto es, el ser Madre sin dejar de ser Virgen…

Por eso, extasiada al ver todo esto…, penetrando en el valor y significado de todo ello…, con gran fervor exclama: Ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso.

Todo lo atribuye al poder de Dios…, ¡al Todopoderoso!…, ¡a la santidad de Dios!…, ¡a su Santo Nombre!

Dios, con su santidad y bondad y misericordia divina, determinó hacer todo esto…, y con su poder infinito lo hizo.

Su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.

El pensamiento progresa, haciendo ver que todo este poder es ejercido por efecto de su misericordia.

Y ninguna obra era de mayor misericordia que la obra de la Redención.

Otro detalle delicadísimo de la humildad. María Inmaculada se goza en extender esta misericordia del Señor, que ha tenido con Ella, a todos los demás.

Cuanto ha hecho de grande en su alma, hará con todos los que le temen…; nada de querer ser la única…; se complace en publicar la participación que todos pueden tener en esta bondad de Dios.

La verdadera humildad, no es exclusivista, ni ambiciosa, ni menos envidiosa del bien ajeno.

Pero se añade que esta obra de misericordia de Dios, que se extiende de generación en generación, es precisamente sobre los que le temen.

No se refiere al temor servil, sino al temor reverencial y filial de los buenos hijos. Es aquel temor santo de Dios, de quien dice la Escritura Santa, que es el principio de la sabiduría y, por lo mismo, el comienzo de la santidad y el fundamento del amor.

2ª Parte) Reconocimiento de la Providencia de Dios en el gobierno del mundo.

Este segundo grupo de ideas lo constituyen los versículos 51-53, y celebra esta Providencia divina con tres imágenes.

1ª Desplegó el poder de su brazo, y dispersó a los que se engríen con los pensamientos de su corazón.

La primera hace ver cómo Dios utiliza su poder, antropomórficamente su brazo, para dispersar a los que se engríen con los pensamientos de su corazón.

Estos enemigos, que así se ensoberbecen, no son ni los enemigos de Israel, pueblo de Dios, ni los paganos. Son personalmente los sabios, que se guían por la sabiduría de este mundo. Son aquellos a quienes les falta aquella sabiduría que viene de Dios.

A éstos no se los considera como un cuerpo de ejército, sino idealmente reunidos, coincidiendo en la necedad y orgullo de su vida.

Frente a esta sabiduría, Dios realiza sus obras con la suya, totalmente opuesta.

Tal es el caso de María: a una virgen, la hace madre milagrosamente; y a una esclava, Madre del Mesías.

Aquí ensalza, pues, la Santísima Virgen el poder de Dios, que se manifiesta especialmente en algunas de sus obras. Todas son fruto de ese poder infinito de Dios, pero en algunas se manifiesta más claramente esa omnipotencia.

Miraría la Santísima Virgen los Cielos, y la tierra… Y a los Ángeles y a toda la corte lucidísima que rodea el trono de Dios… Vería al hombre y, sobre todo, se vería a sí misma…

¿Dónde vio mejor la fuerza del brazo poderoso de Dios que en la obra de su Corazón y de su Alma purísima e inmaculada?

Contemplaría la Encarnación, en la Dios tuvo que hacer fuerza a la divinidad…, tuvo que hacer violencia a sí mismo para empequeñecer y achicar y anonadar al mismo Dios…; y así poderlo encerrar en el seno de María…

Y para ello tuvo que hacer la obra única y nunca más repetida, hacer Madre suya a una mujer… y vaciar en Ella todos los prodigios y maravillas de toda la creación…; y hacerla Inmaculada…, y Virgen y Madre a la vez…

Su omnipotencia se manifiesta en las obras de la misericordia y de la bondad…, pero también en las de su justicia.

He aquí otra prueba del poder del brazo divino.

Y así como para los humildes es toda su misericordia, así su justicia se emplea con los soberbios.

¡Cómo recordaría la Santísima Virgen la diferencia de su exaltación hasta el trono de Dios, para ser Reina y Emperatriz del Cielo, con la caída tan ruidosa de Lucifer desde las alturas hasta el mismo infierno!

Ella subió por su humildad, éste cayó por su soberbia.

Y notemos bien que dice a los soberbios de mente y de corazón. Aquí se refiere, claramente, a la soberbia interna, no precisamente a la externa, que es una fatuidad… Es más refinada la interior…; esto es, aparecer humilde al exterior, e interiormente tener asentada la soberbia en el corazón y la mente.

Y lo peor de esta soberbia es, que es tan sutil y tan fina, que penetra hasta lo más íntimo sin apenas darnos cuenta.

Soberbia de mente es el propio parecer…, el no querer ceder…, el no sufrir una contradicción…

Soberbia de corazón es el maldito amor propio, que tan profundamente arraiga en nuestro corazón.

2ª Derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes.

La segunda imagen celebra cómo desaloja Dios a los poderosos de sus tronos y ensalza a los que no son socialmente poderosos.

Es la teología de la Providencia divina, que señala la Escritura en tantos casos.

Así como en el verso anterior expuso lo que el Señor hace siempre con los soberbios de mente y corazón, así ahora nos habla de la vanidad, el orgullo, el deseo de mandar…

Escuchemos la frase enérgica de María Santísima: a ésos, el Señor los arrojará de sus tronos y asientos de vanidad, y con desprecio los abandonará…

Dios ni siquiera mira la fatua vanidad de la tierra… ¡Qué terrible debe ser este desprecio divino! ¡Qué espantoso ese castigo, que con palabras tan fuertes anuncia la Virgen Santísima!

3ª A los hambrientos los llenó de bienes, y a los ricos los despidió vacíos.

El tercer cuadro parece tomado de una corte oriental. En ella los ricos son admitidos a la presencia del monarca, al que, según costumbre, le ofrecen regalos; pero el monarca, en cambio, para no dejarse vencer en opulencia —ya que ésta es una tónica de las cortes orientales— les hace presentes mayores. Los pobres no son admitidos ni reciben estos dones.

Pero en la obra divina esto no cuenta. Los ricos, como tales, no cuentan con su influjo ante Dios. Él los castiga y empobrece; mientras que los pobres son socorridos y enriquecidos.

Pero…, ¿todavía más? No acierta la Santísima Virgen a acabar con la humildad. ¡Cuánto la ama!

Porque estas palabras son una confirmación o repetición de las anteriores.

Aquí habla de otra manifestación de la humildad, que es la pobreza…, y de la soberbia, que es la abundancia y el regalo.

No se trata de una revolución social. El gobierno del mundo está en sus manos, y Él ejerce su justicia sabia y libremente.

En este canto estos bienes no son específicamente los bienes o pobreza materiales. Se trata de los bienes mesiánicos.

Se ve por el tono general del canto. A María la elige para enriquecerla mesiánicamente. Es lo mismo que cantará luego: los bienes prometidos a Abraham, que eran las promesas mesiánicas. Al fin y al cabo, todo el Antiguo Testamento giraba en torno a estas promesas.

3ª Parte) Con esta obra cumple Dios las promesas, hechas a los padres.

El tercer pensamiento fundamental lo constituyen los dos últimos versículos.

Se confiesa que esas maravillas que Dios obró en María son el cumplimiento de las promesas mesiánicas hechas a los padres.

Se presenta antropomórficamente a Dios, acordándose.

Después de tantas vicisitudes pasadas en la historia de Israel, parecería como si Dios lo hubiese olvidado. Pero las va a cumplir ahora.

Y las va a cumplir para la época que las señaló y cómo las anunció. No el mesianismo racial, sino el mesianismo espiritual.

En realidad, ya las comenzó a cumplir, pues ya está el Mesías en su pueblo. Por eso ya acogió a Israel.

Acogió a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia.

Recuerda aquí la Santísima Virgen la gran misericordia efectuada con Israel.

Era un pueblo esclavizado a los Faraones; y el Señor milagrosamente le sacó de aquella esclavitud y le llevó a través del desierto. Allí le alimentó con un maná del Cielo, y, después de sacarle triunfante de sus enemigos, le llevó a la rica tierra de promisión.

En fin, le tomó como cosa suya…, le hizo su pueblo escogido…, y le cuidó como a un miembro de familia, con providencia admirable.

Acogió a Israel, su siervo. Otros traducen su hijo. El griego paidós y el latín puerum, admiten ambas traducciones.

¿Alude aquí la Virgen al Mesías, Hijo de Dios, a quien le llegaban los tiempos de su Encarnación, o al pueblo de Israel, a quien Dios acogía enviándole al Mesías prometido?

En realidad caben ambas interpretaciones del nombre de Israel.

Este Israel es el Israel universal, el que se prometió a Abraham, ya que en él serían bendecidas todas la gentes de la tierra.

María no es ajena a esto, cuando reconoce que esta maravilla es la prometida a los padres —Abraham, Isaac, Jacob, David— y cuando, por ello, la llamarán bienaventurada todas las generaciones, que se beneficiarán, como enseñaban los Profetas, del mesianismo.

Como se ve, este texto, no dice que Dios se acordó de su misericordia, como lo hubiese anunciado a los patriarcas incluso Abrahán y su descendencia hasta ese momento, sino que Dios, según lo había anunciado a los patriarcas, recordó la misericordia prometida a Abrahán, a quien había dicho que su descendencia duraría para siempre.

Lo cual concordaría también con el hecho de que la Virgen ignoraba el misterio del rechazo del Mesías por parte del pueblo elegido en su primera venida, y creía, como Zacarías, el anciano Simeón, los Reyes Magos, los apóstoles y todos los piadosos israelitas que aclamaron a Jesús el Domingo de Ramos, que el Mesías Rey sería reconocido por su pueblo.

Según lo que había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia para siempre.

Se trata de la promesa que María había recibido del Ángel con respecto a su Hijo: el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob para siempre, y su reinado no tendrá fin.

Se trata, pues, del mesianismo espiritual y eterno.

¡Qué bien cumple Dios su palabra! Asilo prometió a Abraham y a sus hijos, los demás grandes Patriarcas del Antiguo Testamento… Y como lo prometió, lo cumplió.

No ignoraba Él, lo que aquel pueblo iba a hacer con sus beneficios, y, no obstante…, no se echa para atrás y deshace su promesa.

¡Qué fiel es el Señor!

Pero tengamos en cuenta, como dice la Virgen Santísima, que esta fidelidad de Dios es por todos los siglos…, esto es, que como cumplió lo prometido entonces, también lo cumplirá en lo que prometió después…

Resumen y conclusión

¡Qué sublime el Cántico del Magnificat!

¡Qué hermosísima la Oración de María!

¡Cuántas cosas abarca!

¡El Canto de la gratitud de su alma a Dios!

¡El Canto de la Redención, con el que publica las maravillas y grandezas que en esta obra hizo el brazo poderoso del Señor y su misericordia!

¡El Canto, en fin, de la humildad!

Claramente nos señala el camino que hemos de seguir…

No hay otro…

Ni Ella ni Jesús encontraron, ni siguieron, tampoco otro…

¡Lancémonos generosamente por él!

Tengamos, por lo tanto, una devoción fervorosa a este sublime Cántico, y diariamente repitámoslo para alabar y dar gracias al Señor.

(Por Radio Cristiandad)

Entrevista histórica de Mons. Viganó

sábado, 27 de junio de 2020
EL ARZOBISPO VIGANÒ DE NUEVO ATACA RESUELTAMENTE AL VATICANO II

Entrevista a Mons. Carlo María Viganò por el Doctor Phil Lawler
Fuente
Lawler: En primer lugar, ¿qué dice usted acerca del Vaticano II? Que las cosas han ido cuesta abajo rápidamente desde entonces, es totalmente cierto. Pero si todo el Concilio es un problema, ¿cómo sucedió eso? ¿Cómo reconciliamos eso con lo que creemos sobre la inerrancia del magisterio? ¿Cómo fueron engañados todos los padres del Concilio? Aunque sólo algunas partes del Concilio (por ejemplo, Nostra Aetate, Dignitatis Humanae) son problemáticas, seguimos enfrentándonos a las mismas preguntas. Muchos de nosotros hemos estado diciendo durante años que el “espíritu del Vaticano II” está en error. ¿Está diciendo ahora que este falso “espíritu” liberal refleja con precisión la obra del Concilio?
Arzobispo Viganò: No creo que sea necesario demostrar que el Concilio representa un problema: el simple hecho de que estemos planteando esta cuestión sobre el Vaticano II y no sobre Trento o el Vaticano I, parece confirmar un hecho que es obvio y reconocido por todos. En realidad, incluso aquellos que defienden el Concilio con las espadas desenvainadas lo consideran como algo aparte de todos los otros concilios ecuménicos anteriores, de los que ni siquiera de uno se dijo que fuera un concilio pastoral. Y nótese que lo llaman “el Concilio” por excelencia, como si fuera el único concilio en toda la historia de la Iglesia, o al menos lo consideran como un unicum, ya sea por la formulación de su doctrina o por la autoridad de su magisterio. Es un concilio que, a diferencia de todos los que lo precedieron, se llamó a sí mismo concilio pastoral, declarando que no quería proponer ninguna nueva doctrina, pero que de hecho creó una distinción entre el antes y el después, entre un concilio dogmático y un concilio pastoral, entre cánones inequívocos y frases vacías, entre el anathema sit y guiñar el ojo al mundo.
En este sentido, creo que el problema de la infalibilidad del Magisterio (la inerrancia que usted menciona es propiamente una cualidad de la Sagrada Escritura) ni siquiera se plantea, porque el Legislador, es decir, el Romano Pontífice en torno al cual se convocó el Concilio, afirmó solemne y claramente que no quería utilizar la autoridad doctrinal que podría haber ejercido si hubiera querido. Quisiera hacer la observación de que no hay nada más pastoral que lo que se propone como dogmático, porque el ejercicio del munus docendi en su forma más elevada coincide con la orden que el Señor dio a Pedro de apacentar sus ovejas y corderos. Sin embargo, esta oposición entre dogmático y pastoral fue hecha precisamente por quien, en su discurso de apertura del Concilio, pretendió dar un sentido severo al dogma y un sentido más suave y conciliador a la pastoral. También encontramos el mismo escenario en las intervenciones de Bergoglio, donde identifica la “pastoralidad” como una versión suave de la rígida enseñanza católica en materia de fe y moral, en nombre del discernimiento.
Es doloroso reconocer que la práctica de recurrir a un léxico equívoco, utilizando términos católicos entendidos de manera impropia, invadió la Iglesia a partir del Vaticano II, que es el primer y más emblemático ejemplo del llamado “circiterismo”: el uso equívoco e intencionadamente impreciso del lenguaje. Esto sucedió porque el Aggiornamento, un término en sí mismo promovido ideológicamente por el Concilio como un absoluto, abrazó el diálogo con el mundo como su prioridad por encima de todo.
Hay otro error que debe ser aclarado. Si por un lado Juan XXIII y Pablo VI declararon que no querían comprometer al Concilio en la definición de nuevas doctrinas y querían que se limitara a ser sólo pastoral, por otro lado, es cierto que externamente -mediáticamente o en los medios de comunicación, diríamos hoy- el énfasis dado a sus actos fue enorme. Este énfasis sirvió para transmitir la idea de una presunta autoridad doctrinal, de una infalibilidad magistral implícita, aunque éstas fueron claramente excluidas desde el principio.
Si se hizo hincapié en ello fue para que las instancias más o menos heterodoxas se percibieran como autorizadas y, por lo tanto, fueran aceptadas por el clero y los fieles. Pero esto bastaría para desacreditar a los autores de un engaño similar, que todavía hoy gritan si alguien toca Nostra Aetate, mientras que permanecen en silencio aunque se niegue la divinidad de Nuestro Señor o la perpetua virginidad de María Santísima. Recordemos que los católicos no veneran un Concilio, ni el Vaticano II ni el de Trento, sino la Santísima Trinidad, el Único Dios Verdadero; no veneran una declaración conciliar o una exhortación postsinodal, sino la Verdad que estos actos del Magisterio transmiten.
Usted me preguntaa: “¿Cómo fueron engañados todos los padres del Concilio?” Respondo aprovechando mi experiencia de esos años y las palabras de mis hermanos con los que discutí en ese momento. Nadie podía imaginar que en el seno del cuerpo eclesiástico existían fuerzas hostiles tan poderosas y organizadas que podían lograr rechazar los esquemas preparatorios perfectamente ortodoxos que habían sido preparados por los cardenales y prelados con una fidelidad inquebrantable a la Iglesia, sustituyéndolos por un conjunto de errores inteligentemente disfrazados detrás de discursos largos y deliberadamente equívocos. Nadie podría haber creído que, justo debajo de las bóvedas de la Basílica Vaticana, se podría convocar a los estados generales que decretarían la abdicación de la Iglesia Católica y la inauguración de la Revolución. (Como ya he mencionado en un artículo anterior, el cardenal Suenens llamó al Vaticano II “el 1789 de la Iglesia”). Los Padres del Concilio fueron objeto de un sensacional engaño, de un fraude que fue ingeniosamente perpetrado recurriendo a los medios más sutiles: se encontraron en minoría en los grupos lingüísticos, excluidos de las reuniones convocadas en el último momento, presionados a dar su placet haciéndoles creer que el Santo Padre lo quería. Y lo que los innovadores no lograron obtener en el aula conciliar, lo lograron en las comisiones y comités, gracias también al activismo de los teólogos y periti [peritos] que fueron acreditados y aclamados por una poderosa maquinaria mediática. Existe una amplia gama de estudios y documentos que atestiguan, por un lado, este sistemático proceder malicioso de algunos de los Padres del Concilio y, por otro, el ingenuo optimismo o descuido de otros Padres del Concilio bienintencionados. La actividad del Coetus Internationalis Patrum [que se opuso a los innovadores] poco o nada pudo hacer, cuando las violaciones de las reglas por parte de los progresistas fueron ratificadas en la misma Mesa Sagrada [por el Papa].
Aquellos que han mantenido que el “espíritu del Concilio” representó una interpretación heterodoxa o errónea del Vaticano II, se comprometieron en una operación innecesaria y dañina, aunque fueron impulsados de buena fe a hacerlo. Es comprensible que un cardenal u obispo quisiera defender el honor de la Iglesia y deseara que no fuera desacreditada ante los fieles y el mundo, por lo que se pensó que lo que los progresistas atribuyeron al Concilio era en realidad una tergiversación indebida, un forzamiento arbitrario. Pero si en aquel entonces era difícil pensar que una libertad religiosa condenada por Pío XI (Mortalium Animos) pudiera ser afirmada por Dignitatis Humanae, o que el Romano Pontífice pudiera ver su autoridad usurpada por un fantasmagórico colegio episcopal, hoy comprendemos que lo que fue astutamente ocultado en el Vaticano II es hoy afirmado ore rotundo en los documentos papales, precisamente en nombre de la aplicación coherente del Concilio.
Por otra parte, cuando hablamos comúnmente del espíritu de un acontecimiento, queremos decir precisamente que constituye el alma, la esencia de ese acontecimiento. Podemos, pues, afirmar que el espíritu del Concilio es el propio Concilio, que los errores del período posconciliar fueron contenidos in nuce [en germen] en las actas conciliares, así como se dice con razón que el Novus Ordo es la Misa del Concilio, aunque en presencia de los Padres del Concilio se celebrara la Misa que los progresistas llaman significativamente preconciliar. Y de nuevo: si el Vaticano II realmente no representó un punto de ruptura, ¿cuál es la razón para hablar de una Iglesia preconciliar y una iglesia posconciliar, como si se tratara de dos entidades diferentes, definidas en su esencia por el propio Concilio? Y si el Concilio estaba verdaderamente en línea con el ininterrumpido e infalible Magisterio de la Iglesia, ¿por qué es el único Concilio que plantea graves y serios problemas de interpretación, demostrando su heterogeneidad ontológica con respecto a otros Concilios?
Lawler: En segundo lugar, ¿cuál es la solución? El obispo Schneider propone que un futuro Pontífice debe repudiar los errores; el arzobispo Viganò lo encuentra inadecuado. Pero entonces, ¿cómo se pueden corregir los errores, de manera que se mantenga la autoridad de la enseñanza del magisterio?
Arzobispo Viganò: La solución, en mi opinión, reside sobre todo en un acto de humildad que todos nosotros, comenzando por la Jerarquía y el Papa, debemos reconocer la infiltración del enemigo en el corazón de la Iglesia, la ocupación sistemática de puestos clave en la Curia Romana, los seminarios y las escuelas eclesiásticas, la conspiración de un grupo de rebeldes -incluyendo, en primera línea, a la desviada Compañía de Jesús- que ha logrado dar la apariencia de legitimidad y legalidad a un acto subversivo y revolucionario. También debemos reconocer la insuficiencia de la respuesta del bien, la ingenuidad de muchos, el temor de otros y los intereses de los que se han beneficiado gracias a esa conspiración. Después de su triple negación de Cristo en el patio del sumo sacerdote, Pedro “flevit amare”, lloró amargamente. La tradición cuenta que el Príncipe de los Apóstoles tenía dos surcos en sus mejillas por el resto de sus días, como resultado de las lágrimas que derramó copiosamente, arrepintiéndose de su traición. Corresponderá a uno de sus sucesores, el Vicario de Cristo, en la plenitud de su poder apostólico, volver a unir el hilo de la Tradición allí donde fue cortado. Esto no será una derrota sino un acto de verdad, humildad y valentía. La autoridad e infalibilidad del Sucesor del Príncipe de los Apóstoles emergerá intacta y reconfirmada. De hecho, éstas no fueron deliberadamente cuestionadas en el Vaticano II, pero, irónicamente, estarán ahí en ese día futuro en el que un Pontífice corregirá los errores que ese Concilio permitió, bromeando con el equívoco de una autoridad que oficialmente negó tener, pero que toda la Jerarquía subrepticiamente dio a entender a los fieles que tenía, comenzando justamente por los Papas del Concilio.
Deseo recordar que para algunas personas lo expresado anteriormente puede sonar excesivo, porque parecería cuestionar la autoridad de la Iglesia y de los Romanos Pontífices. Sin embargo, ningún escrúpulo impidió la violación de la Bula Quo primum tempore de San Pío V, aboliendo de un día para otro toda la Liturgia Romana, el venerable tesoro milenario de la doctrina y la espiritualidad de la Misa tradicional, el inmenso patrimonio del canto gregoriano y de la música sagrada, la belleza de los ritos y de las vestiduras sagradas, desfigurando la armonía arquitectónica incluso en las basílicas más distinguidas, quitando balaustradas, altares monumentales y tabernáculos: todo fue sacrificado en el altar de la renovación conciliar del coram populo [cara al pueblo], con el agravante de haberlo hecho sólo porque esa Liturgia era admirablemente católica e irreconciliable con el espíritu del Vaticano II.
La Iglesia es una institución divina, y todo en ella debe comenzar con Dios y volver a Él. Lo que está en juego no es el prestigio de una clase dirigente, ni la imagen de una empresa o de un partido: se trata de la gloria de la Majestad de Dios, de no anular la Pasión de Nuestro Señor en la Cruz, de los sufrimientos de su Santísima Madre, de la sangre de los Mártires, del testimonio de los Santos, de la salvación eterna de las almas. Si por soberbia o desafortunada obstinación no sabemos reconocer el error y el engaño en que hemos caído, tendremos que dar cuenta a Dios, que es tan misericordioso con su pueblo cuando se arrepiente como implacable en la justicia cuando sigue a Lucifer en su non serviam.
Querido Doctor Lawler, para usted y sus lectores, le envío cordialmente mis saludos y la bendición de nuestro Señor, por la intercesión de Su y nuestra Madre Santísima.

San Bernardo y el Sagrado Corazón

“Verdaderamente, ¿en dónde hallarán los débiles una seguridad más cierta y firme que en las llagas del Salvador?

En ellas tengo mi morada con tanta mayor confianza cuanto Jesús es más poderoso para salvarme.

Puede enfurecerse el mundo, agobiarme la carne y perseguirme el diablo, que no por esto seré vencido, apoyándome sobre la piedra firme.

Ciertamente he pecado mucho, y mi conciencia se turba, pero el recuerdo de las llagas del Salvador impide que sea perturbada, ya que fue herido por causa de nuestras iniquidades.

¿Qué mal tan mortífero podemos imaginar que no pueda ser curado por la muerte de Cristo? Así, pues, si considero la eficacia y el poder de esta medicina, no temeré ninguna enfermedad por maligna que sea.

En cuanto a mí, estos bienes que me hacen falta, voy a buscarlos, lleno de confianza, en las entrañas del Señor rebosantes de misericordia; hay allí aberturas bastantes para que manen por ellas sus sagrados efluvios.

Horadaron sus manos y sus pies, y abrieron su costado de una lanzada; y por estas grietas yo puedo sorber la miel que destila la piedra y el óleo de la peña durísima; es decir, yo puedo gustar y ver cuán suave es el Señor.

Él formaba designios de paz, y yo lo ignoraba. Porque, ¿quién conoció jamás los pensamientos del Señor? ¿Quién fue su consejero? Mas los clavos que le atravesaron han sido para mí la llave que me ha permitido penetrar en los secretos de su voluntad.

¿Qué es lo que veo por estas aberturas? Claman los clavos, claman las llagas, diciendo que Dios está realmente en Jesucristo reconciliándose con el mundo.

Por el hierro traspaso su alma, y llego hasta su Corazón, a fin de que se compadezca de mis dolencias.

Queda abierto el arcano del Corazón mediante la herida del cuerpo. De esta manera queda manifiesto aquel gran misterio de piedad, y se nos muestran las entrañas de misericordia de Nuestro Dios por las cuales nos ha visitado el Oriente que viene de lo alto.

¿A qué fin se nos manifiestan las entrañas por medio de las heridas? ¿Podía darse algo que mostrara mejor que vuestras llagas vuestra bondad, vuestra mansedumbre y la grandeza de vuestra misericordia? Nadie puede dar una mayor prueba de misericordia que el dar la vida por los delincuentes condenados a muerte.

La misericordia del Señor es, pues, mi mérito. No estaré privado de méritos mientras Él no lo esté de misericordia. Mas como las misericordias del Señor son eternas, yo cantaré eternamente las misericordias del Señor”

El Sagrado Corazón de Jesús: Símbolo de Combatividad y Restauración de la Cristiandad

El vínculo de amistad entre la Sabiduría eterna y el hombre está tan cerca que es incomprensible, nos dice St. Louis de Montfort. Desde el momento en que la Sabiduría Divina asumió una naturaleza humana y murió para redimir al hombre, “la Sabiduría Divina lo ama como un hermano, un amigo, un discípulo, un alumno. El hombre es el precio de su sangre, y el heredero de su reino “. (1)

Una estatua devocional a Nuestro Señor.
En un mundo que ha huido de la sabiduría de la Palabra, esa amistad que buscamos con Nuestro Señor Jesucristo puede parecer difícil de lograr, o incluso de creer. En la sociedad actual, llena de estrés, dominada por el dólar y escasa de tiempo, es facil quedar abrumado por nuestros asuntos diarios y las tumultuosas relaciones humanas.

Paradójicamente, Nuestro Señor decidió darnos una intimidad eterna, suprema y amorosa con Él, no cuando toda la sociedad fue ordenada a Su Ley en la Edad Media, sino en un momento de la historia cuando el corazón del hombre, influenciado por el racionalismo y la visión cartesiana del mundo , se estaba volviendo frío y distante.

A mediados del siglo XVII, Nuestro Señor se le apareció a una simple monja de 24 años de la Orden de la Visitación de Nuestra Señora en Paray-le-Monial. “He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres”, dijo, y a través de Santa Margarita María Alacoque, invitó al mundo entero a regresar a esta intimidad y amistad divinas por medio de la devoción a Su Sagrado Corazón.

Es un mensaje de misericordia y amor. Pero es mucho mas. En este momento de la historia, es interesante observar más de cerca las invitaciones del Sagrado Corazón al hombre. Porque en este mensaje, hay una visión global de la historia, una reiteración de las enseñanzas sociales de la Iglesia, un llamado a la militancia católica, un rechazo al jansenismo, una afirmación de la bondad de la abundancia y la coherencia de la superfluidad, y un invitación a convertirse en los apóstoles de los últimos tiempos.

Plan de devoción al Corazón de Jesús en el curso de la Historia

Adán, rey de la creación, hecho del “limo de la tierra y de haber recibido el aliento de vida de Dios”, fue una imagen y semejanza dignas del Creador. (Génesis 2: 7) Para que pudiera tener un compañero en el paraíso terrenal, Dios le dio un cónyuge. Dios le comunicó a Adán un misterioso sueño profundo, y mientras Adán dormía, tomó una de las costillas cerca de su corazón e hizo a Eva. (Génesis 2: 21-22).

Por lo tanto, mientras el hombre procede del limo de la tierra, la mujer procede de cierta manera del corazón del hombre, si el primero fue creado fuera del Paraíso y se introdujo como un privilegio en él, la segunda, Eva, nació dentro del Paraíso, teniendo como materia prima lo que el hombre tenía de lo más noble, algo cerca de su corazón. Es por eso que la mujer es más refinada y frágil que el hombre. Y el hombre, hecho fuera del Paraíso, es más áspero y más fuerte por naturaleza.

Si Adán hubiera gobernado la Creación de acuerdo con el plan de Dios, Eva habría sido su compañera en la intimidad y le habría dado reposo. A partir de esto, uno puede entender la afirmación de San Pablo (tan odiada e incomprendida por las feministas) de que el hombre “es la imagen y la gloria de Dios; pero la mujer es la gloria del hombre. Porque el hombre no es de la mujer, sino la mujer del hombre. (1.Cor. 11: 7-8) Tal fue el primer borrador del plan que Dios tenía para la primera pareja, y luego, para toda la humanidad.

Después de que el hombre pecó, este plan se alteró. Del rey y la reina de toda la creación, los dos de muchas maneras quedaron sujetos a la tierra: “Con trabajo comerás de ella todos los días de tu vida”. El hombre fue sentenciado a ganarse el pan con el sudor de su frente, y la mujer a dar a luz a los niños. (Génesis 3: 16-19) Estas fueron las oraciones de castigo que Adán y Eva trajeron sobre sí mismos y toda su progenie. Ya no es la gloria de la amistad de Dios, el reinado sobre un paraíso dócil y obediente, sino una creación hostil volcada contra el hombre, y dentro de sí mismo un oscurecimiento de la luz de la gracia, el enturbiamiento de la inteligencia, la rebelión de la voluntad, y el desencadenamiento de las sensibilidades. Este fue el castigo por la desobediencia del hombre a Dios. En breve, Nuestro Señor Jesucristo vino para redimir este pecado y aliviar el sufrimiento. En un segundo “sueño profundo” metafórico, en el misterioso sueño de la Cruz, Dios tomó del Corazón abierto del Segundo Adán ese Esposo perfecto: la Iglesia, que sería para Él la concentración de todos Sus refinamientos, la alegría de Su intimidad, y el compañero perfecto para su reposo: su gloria en esta tierra. Del Sagrado Lado de Cristo, nacería la Santa Iglesia Católica, Esposa Mística del Salvador. El agua y la sangre que fluye de Su Sagrado Corazón lavaría los ojos de los pecadores, abriría las mentes de los hombres a la luz divina y, al caer al suelo, bautizaría la tierra que hasta entonces estaba en posesión del “príncipe de este mundo”. Esta sangre y esta agua darían origen a un río, el río de los sacramentos de donde provienen todas las gracias.

La historia de la redención es la historia de la dificultad del hombre para conquistar las consecuencias del pecado y adaptarse a los deseos de Dios. Incluso ante la debilidad del hombre, el Segundo Adán no abandonó a los hombres que vino a salvar. Al ver su vacilación, su inconstancia, su ingratitud, ofreció una solución para esta debilidad, un estímulo para la lucha. Él vino a abrir al mundo una nueva y sorprendente puerta a la perfección. A medida que la Sabiduría Divina se hizo Hombre para atraer los corazones de los hombres a amarlo e imitarlo, ahora vino a traer Su Sagrado Corazón a los hombres. Y Su Corazón que, en el comienzo de la Historia de la Redención, formó la Esposa Mística de Cristo, ahora, en los últimos tiempos, viene a darle alivio, a prepararse para el apogeo y la glorificación de la Iglesia.

El Corazón de Jesús: una devoción aristocrática queapunta a la restauración de la cristiandad

En las revelaciones de Nuestro Señor a Santa Margarita María Alacoque (1647-1690), hay claras peticiones de que la devoción a Su Sagrado Corazón debería comenzar con el Rey Luis XIV y el Corte francesa, y desde allí se extienden al resto de los reinos de la cristiandad y al mundo entero. En una carta de la Santa a su Superior en 1689, declaró que el Sagrado Corazón tenía “diseños aún mayores” que el primer diseño de ser alabado y conocido por las almas individuales. Ella escribió:

“Él desea, entonces, me parece”, escribió, “entrar con pompa y magnificencia en los palacios de reyes y príncipes, para ser honrado tanto como ha sido despreciado, humillado e indignado en Su Pasión.” (2)

Ella dijo que Nuestro Señor quería recibir “la consagración y el homenaje del Rey y toda su corte”. Fue sobre el corazón del Rey mismo que el Sagrado Corazón deseaba triunfar, y luego, “por su mediación sobre las de los grandes del mundo”. (3)

Es difícil imaginar un plan más eficaz para difundir la devoción al Corazón de Jesús en todo el mundo. La brillantez del reino y la persona de Luis XIV (1638-1715) estaban en su apogeo. Pocas épocas en la historia han visto una personalidad tan fuerte y penetrante como la del Rey Sol, cuyos rayos e influencia penetraron en todas las cortes de Europa. Políticamente hablando, Luis XIV no brilló de manera extraordinaria. Pero en los ámbitos social y cultural, este Rey marcó su siglo como ningún otro.

Luis XIV sentado en medio de sus nobles.
Nuestro Señor quería que Luis XIV usara su prestigio para dar a conocer el Sagrado Corazón en todo el mundo.

Entre los otros monarcas europeos, se destacó y su corte y costumbres fueron imitados en todas partes. Otros miraban, admiraban, copiaban: sus palacios estaban inspirados en el modelo de Versalles. Las ceremonias, vestimentas, muebles, obras de arte, música, bailes y jardines más elegantes y admirados fueron los de la corte francesa. Si hubo un solo hombre en una época que marcó la pauta para toda Europa, esta época fue el Gran Siècle, el siglo XVII, y este hombre fue Louis XIV, el Rey Sol. En este momento, Francia, en palabras de Lord Macaulay, tenía “sobre los países vecinos la ascendencia … que Grecia tenía sobre Roma”. (4)

Nuestro Señor no podría haber diseñado y elegido un instrumento más brillante y eficiente en la esfera secular para difundir la devoción a Su Sagrado Corazón que pedirle al Rey de Francia que lo ayude a crecer y expandirse por todo el mundo. Nuestro Señor deseaba así mover el reino de Francia, y luego, “todos los grandes hombres de la tierra” para que pudiera ser adorado “en los palacios de los Príncipes y los Reyes”. Este era, por lo tanto, el deseo de una devoción que permeará los ambientes más reales y aristocráticos, así como los hogares campesinos más humildes. Así se extendería por todo el cuerpo social.

Este es un principio que parece ser olvidado en nuestra era igualitaria. Muy a menudo, la devoción al Sagrado Corazón, cuando se permite o fomenta, solo se fomenta para las personas o las familias. Hay una verdadera y sincera devoción que se ha desarrollado en torno a las Promesas hechas a las personas que hacen las comuniones de reparación los primeros viernes y que hacen la entronización solemne del Sagrado Corazón en los hogares. Pero este todavía no es el ideal solicitado por Nuestro Señor Jesucristo, quien como Maestro de las partes del cuerpo social, es decir, individuos, familias e incluso instituciones, evidentemente también debe ser el Maestro de toda la sociedad humana.

Todas las naciones también son obra de Dios y le pertenecen, y por lo tanto, Cristo es su Maestro, Señor y Rey. El Corazón de Jesús quiere reinar en el corazón de las naciones, y en primer lugar aquellos que los gobiernan y los representan, quienes deben reconocer este dominio y someterse a él. Esta sumisión debe ser más por amor que por un sentido del deber, no tanto porque Cristo tiene el derecho de exigirlo a los gobernantes, sino porque desean someterse a su amor.

El clamor de Nuestro Señor a Santa Margarita María “Contempla este corazón que ha amado tanto a los hombres que no escatimó nada, incluso llegando a agotarse y consumirse para demostrarles su amor” es un llamado de conversión no solo a los hombres o familias, sino también a las naciones. De cierta manera, fue la restauración de la cristiandad la que se puso al alcance del Rey y la nobleza de Francia. El plan de Nuestro Señor era tocar a todas las naciones y todas las clases sociales, comenzando con Francia, Primera Hija de la Iglesia. Así, el Sagrado Corazón sería la piedra angular de una nueva cristiandad.

El Sagrado Corazón y la lucha armada en defensa de la Fe.

El Sagrado Corazón reveló a Santa Margarita María Alacoque que Él quería que Su Sagrado Corazón “reinara en el palacio del Rey, que fuera pintado sobre sus estandartes y grabado en sus brazos, para hacerlo victorioso sobre todos sus enemigos”. (5) En una carta posterior a su Madre Superiora, la Hermana Margaret Mary reveló que el Corazón Divino deseaba “ser el protector y defensor de su persona sagrada [Luis XIV] contra todos sus enemigos visibles e invisibles. Por medio de esta devoción, Él quiere defenderlo y asegurar su salvación. … Hará que todas sus empresas redunden en Su gloria al otorgar un feliz éxito a sus ejércitos “.

Nuestro Señor no dudó en pedir que el símbolo de su gran amor por el hombre se pintara en los brazos de los guerreros católicos. Esto es bastante diferente de una cantidad de eclesiásticos ecuménicos de hoy que nunca se cansan de pedir perdón a los enemigos de la Iglesia por el uso de armas católicas en defensa de la fe. ¿Cómo explicarían que Nuestro Señor llegó incluso a garantizar Su participación en las batallas que el Rey de Francia debería librar en las guerras religiosas de la época y solicitar que Su Corazón sea pintado en los brazos mismos? Prometió la victoria a esos guerreros católicos, ofreciendo su corazón como un apoyo como un general que trae a sus tropas una nueva arma estratégica invencible.

Lamentablemente, Luis XIV no atendió las peticiones de Nuestro Señor. Y otros lo hicieron. Estos fueron los chouans, esos gloriosos campesinos de Vendée y Bretagne que se levantaron contra la Revolución Francesa en 1793 para luchar por la restauración de la Monarquía. En sus brazos pintaron el Sagrado Corazón de Jesús y en sus cuerpos portaban la insignia del Sagrado Corazón, popularizada por San Juan Eudes. Del mismo modo, los carlistas con sus boinas rojas y el grito de batalla de “Viva Christo Rey” en la Guerra Civil española de la década de 1930 pusieron el emblema del Sagrado Corazón en sus rifles, revólveres, armas pesadas e incluso sus tanques.

Quizás uno de los ejemplos más conmovedores de cómo Nuestro Señor deseaba trabajar a pesar de que un hombre ganara una nación para Su Corazón Amoroso es el caso de Gabriel García Moreno, el Presidente de Ecuador martirizado por los masones en 1875 fuera de la catedral donde acababa de recibió el primer viernes de comunión. Dos años antes de esto, el Presidente de esta República hizo una consagración pública de Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús y promulgó una ley única en la legislación nacional:

Nuestro Señor y su Sagrado Corazón
Ecuador fue consagrado al Sagrado Corazón de Jesús por el presidente García Moreno. Imagen presentada en la Consagración

“Arte. 1: La República del Ecuador se consagra al Sagrado Corazón de Jesús, proclamándolo como Patrón y Protector.

“Arte. 2: La fiesta de ese mismo Sagrado Corazón de Jesús se prescribe como un día de fiesta civil de primera clase, para ser observado en cada catedral de esta República por los prelados diocesanos con todas las ceremonias posibles “.

Las últimas palabras de este magnífico estadista católico fueron “¡Ánimo! ¡Dios nunca muere! (6)

Hay una tendencia en nuestros días a enfatizar la bondad, gentileza y lástima del Magnífico Corazón de Jesús, quien ciertamente se conmueve por la debilidad y la angustia de aquellos a quienes ama. Pero el buen pastor también es un héroe y un guerrero; y su amor es esencialmente un tipo de amor contencioso. El corazón de Cristo anhela ganar una batalla. Como dijo en el Evangelio, no vino a traer paz a la tierra, sino a la espada.

Cuán admirable es este mandato de Nuestro Señor de pintar Su Sagrado Corazón en los estándares franceses. Es de destacar que en esta época el uso de banderas nacionales todavía no era la costumbre general. Pero desde las primeras épocas, Francia siempre había tenido un estándar sagrado con las tres flores de lis, una que descansaba en el santuario de St. Denis y fue expuesta en horas de peligro o guerra santa. Simbolizaba el alma católica de Francia, y flotaba como una oración sagrada en medio de las banderas de la nación.

Según una hermosa tradición, antes de una batalla crucial contra el feroz Allemani en 496, el rey Clovis de los francos invocó al “Dios de Clotilda”. (Santa Clotilda, su esposa, una princesa de Borgoña instrumental en su conversión.) Pidió protección para la batalla que se avecinaba y si ganaba, prometía convertirse a la fe católica. Durante un momento muy difícil del combate, el símbolo del Rey de los francos, una pancarta con tres ranas, milagrosamente se convirtió en otra con las tres flores de lis. A partir de este momento, la flor de lis fue el símbolo principal de los reyes de Francia.

Es interesante imaginar los resultados fortuitos de la adición del Sagrado Corazón a las delicadas tres flores de lis. Los franceses, ciertamente sin falta de buen gusto ni un sentido refinado de la estética, habrían estado dispuestos naturalmente a tomar este mandato de Nuestro Señor y presentar las expresiones más magníficas del espíritu católico. Lamentablemente, esto no es lo que sucedió. Las palabras de Santa Margarita María en 1689 no fueron escuchadas, y un siglo después se levantó la tormenta que arrasó con las monarquías francesas y, con ello, otras monarquías.

El Sagrado Corazón y la glorificación de lo superfluo.

En el ambiente religioso de los tiempos en que Nuestro Señor eligió hacer Sus revelaciones a Santa Margarita María Alacoque a mediados del siglo XVII, la influencia del jansenismo fue fuerte en los medios religiosos e intelectuales. Los adeptos del jansenismo enfatizaron la justicia y la severidad de Dios con poco énfasis en su voluntad de perdonar o su misericordia divina.

La doctrina jansenista nació de un espíritu de orgullo y autosuficiencia. Sugirió que el hombre no podía recibir nada de Dios sin haberlo merecido moral o intelectualmente. Fue un intento de aprovechar la infinita generosidad de Dios hacia los pequeños confines de justicia y reciprocidad dentro de los límites finitos de la comprensión del hombre.

Nuestro Señor dio el regalo de Su Sagrado Corazón al mundo para contrarrestar este espíritu duro y puritano que ha sobrevivido incluso hasta nuestros días. En el Sagrado Corazón de Jesús el hombre encuentra el perdón por el pasado, la paz por el presente, la esperanza por el futuro. La misericordia de este Corazón, la fuente de todas las aguas vivas, es tan sobreabundante que incluso en las situaciones morales más irreversibles y sin esperanza, el hombre puede encontrar en esta devoción una posibilidad de perdón y un retorno completo a la vida de la gracia. y paz.

Así, Nuestro Señor quería que la humanidad conociera Su excedente de misericordia, un tipo de lujo que supera la economía común de la gracia. Un espíritu infectado con tendencias socialistas podría ver en este exceso de misericordia una disipación o exceso, si no una injusticia. Es el mismo tipo de objeción que tendría frente a lo superfluo, lo magnífico y lo maravilloso en la sociedad secular. Al mirar un castillo magnífico, un signo externo y visible de grandeza y trascendencia, solo pudo reaccionar con indignación: “Pero esto es un desperdicio. Es una injusticia que tal edificio exista cuando hay personas hambrientas en chozas miserables ”. Tales objeciones son fáciles de responder para el hombre con un espíritu católico y jerárquico.

En Cristo estaba la abundancia de la gracia: “Y de su plenitud todos hemos recibido, y gracia por gracia”. (Juan 1:16) Él mereció todas las gracias por nosotros, y las gracias a través de las cuales nuestras almas son santificadas nos llegan y fluyen de la plenitud de la gracia de Cristo. Nuestro Señor, tan extraordinariamente rico y tan deseoso de la salvación del hombre, ha permitido que Su munificencia brille en la multitud de devociones, oraciones, pompa y ceremonia de Su Iglesia. Deseaba establecer esta devoción al Sagrado Corazón como un beneficio adicional y una ayuda para que el hombre logre la salvación. Es una manifestación de superabundancia, superabundancia bastante apropiada para su naturaleza. Así, la devoción a Su Sagrado Corazón podría interpretarse como una legitimación e incluso la glorificación de lo superfluo.

El Sagrado Corazón y los Apóstoles de los Últimos Tiempos:
Confianza ilimitada y deseos ilimitados.

San Juan, el amado apóstol del Corazón de Jesús, apareció en el siglo XIII a uno de los primeros devotos del Sagrado Corazón, San Gertrudis el Grande. La invitó a descansar su cabeza junto a la suya en el Corazón de Jesús. “¿Por qué hablaste tan poco de los secretos amorosos del Corazón de Jesús?” Ella le preguntó. Él respondió: “Mi ministerio en aquellos primeros tiempos de la Iglesia se limitaba a hablar de la Palabra Divina, el Hijo eterno del Padre, algunas palabras de profundo significado sobre las cuales la inteligencia humana podría meditar para siempre, sin agotar sus riquezas. Pero para estos últimos tiempos estaba reservada la gracia de escuchar la voz elocuente del Corazón de Jesús. Con esta voz, el mundo desgastado por el tiempo renovará su juventud, será despertado de su letargo y nuevamente se encenderá con la calidez del amor divino “.

Nuestro Señor le dio la llave al Sagrado Corazón a St. Gertrudis: que todo se puede ganar con ilimitada confianza y deseos ilimitados. Ella entendió que la confianza es la llave que abre los tesoros de la infinita misericordia de Dios. Solo a su confianza, ella atribuyó todos los regalos que recibió. Nuestro Señor mismo le dijo: “Solo la confianza obtiene fácilmente todas las cosas”. Una vez, cuando St. Gertrudis estaba preocupada por la tentación, imploró ayuda divina. Nuestro Señor la consoló con estas palabras:

“Cualquiera que sufra tentaciones humanas, que huye a Mi protección con firme confianza, pertenece a aquellos de quienes puedo decir: ‘Una es Mi paloma, Mi elegida entre miles, que ha atravesado Mi Corazón con una mirada de sus ojos. ‘ Y esta confianza hiere a Mi Corazón tan profundamente que si no pudiera aliviar tal alma, causaría a mi corazón una tristeza que todas las alegrías del Cielo no podrían calmar … La confianza es la flecha que atraviesa Mi Corazón, y hace tanta violencia a Mi amor que nunca puedo abandonarla “.

De la mano con confianza Nuestro Señor desea que seamos hombres y mujeres de gran deseo, un deseo ilimitado para la gloria del Sagrado Corazón de Jesús y María. Santa Gertrudis enseñó el gran secreto para nuestro tiempo: que Nuestro Señor “acepta la voluntad para el hecho”. “La buena voluntad para emprender un trabajo para cumplir Mi deseo, a pesar de la dificultad encontrada, es muy agradable para Mí, y acepto la buena voluntad para el hecho. Incluso si no puede tener éxito, lo recompensaré como si lo hubiera logrado ”, le reveló Nuestro Señor.

Nuestro Señor nos invita a venerar su Sagrado Corazón
Con el Sagrado Corazón, todo se puede ganar con una confianza ilimitada y deseos ilimitados.

Nuestro Señor cumplió los deseos de sus amigos en proporción a su seriedad e intensidad. Él acepta los deseos de sus amigos como si se hubieran realizado. Esta es una clave para los últimos días, cuando los hombres, debilitados por el pecado y abrumados por los problemas y el caos que los confrontan desde todas las direcciones, se sienten incapaces de una acción proporcional a la necesidad.

Otra devota del Sagrado Corazón, la gran Santa Catalina de Siena, pronunció estas palabras proféticas, tal vez en anticipación de nuestros días: “Oh Dios mío, ¿cómo podrás en estos tiempos infelices para satisfacer las necesidades de Tu Iglesia? ? Sé lo que harás. Tu amor levantará hombres de deseos. Sus obras finitas unidas a deseos infinitos, te harán escuchar sus oraciones por la salvación del mundo “.

Las gracias que se derramaron sobre la Iglesia y el mundo en el siglo XVII con las apariciones de Nuestro Señor a Santa Margarita María Alacoque para difundir la devoción al Sagrado Corazón establecieron una nueva intimidad entre los hombres y Jesucristo, cuyo deleite es más con los hijos de los hombres que para gobernar a los serafines. Esta nueva economía de la gracia ciertamente buscó hacer posible una profunda y fácil intimidad con Nuestro Señor. Un amor por Dios hasta entonces desconocido trae como consecuencia una combatividad hasta entonces desconocida contra los enemigos de la Iglesia de Cristo. Es una relación recíproca indispensable.

Así, esta devoción ha sido dada a la Iglesia para ayudar a formar esos guerreros indomables que vendrán a confrontar al Anticristo y sus seguidores. Estos serán los apóstoles de los últimos tiempos, descritos por San Luis Grignion de Montfort:

“En una palabra, sabemos que serán verdaderos discípulos de Jesucristo, caminando en los pasos de la pobreza, la humildad, el desprecio del mundo, la caridad, enseñando el camino angosto de Dios en verdad pura, de acuerdo con el Santo Evangelio, y no de acuerdo con las máximas del mundo; eliminado de cualquier preocupación humana, sin apego a nadie; ahorrando, temiendo y escuchando a ningún mortal, por muy influyente que sea. Tendrán en la boca la espada de dos filos de la Palabra de Dios. Exhibirán en sus hombros el estandarte sangriento de la Cruz, el Crucifijo en su mano derecha y el Rosario en su izquierda, los Nombres sagrados de Jesús y María en sus Corazones, y la modestia y mortificación de Jesucristo en su propio comportamiento.

“Estos son los grandes hombres que están por venir; pero María es quien, por orden del Altísimo, los modelará con el propósito de extender Su imperio sobre el de los impíos, los idólatras y los musulmanes. ¿Pero cuándo y cómo será esto? Solo Dios lo sabe.

El Sagrado Corazón de Jesús quiere inspirar los corazones de los hombres de nuestros días con una gran combatividad y un gran deseo de llevar a cabo los actos de los cuales puede parecer que ni siquiera somos capaces. Estos serán los hijos e hijas de la Beata María: fue de Su Corazón Inmaculado que Cristo atrajo a Su humanidad. Su corazón comenzó a latir por primera vez dentro del recinto casto del útero virginal de María. Ningún corazón humano estará más en sintonía con el Corazón del Dios-Hombre que el de Su Madre. Y así como las oraciones y los deseos de María aceleraron la venida de Nuestro Señor, las oraciones y los deseos de los justos, al acortar los días de tribulación, acelerarán el triunfo de la Iglesia.

Atila S. Guimarães y Marian T. Horvat

1. St. Louis de Montfort, El amor de la sabiduría eterna (Bayshore, NY: Montfort Publications, 1960), p. 31.
2. Emile Bougard, La vida de Santa Margarita María Alacoque (Rockford: TAN, 1990), p. 268.
3. Ibíd ., Pág. 269
4. Nancy Mitford, The Sun King (Nueva York: Crescent Books, 1966), pág. 32.
5. Bougard, La vida de Santa Margarita María , p. 269.
6. Arthur R. McGratty, SJ, El Sagrado Corazón: ayer y hoy , Nueva York: Benzinger Bros., 1951, pp. 202-3

Histórica carta de Viganó

“Monseñor” Viganó condena el Concilio Vaticano II y lo coloca como el origen de una nueva y falsa Iglesia paralela “diametralmente opuesta a la religión católica”.

Esta es una carta historica que bien podría pensarse venir de la pluma de Mons Marcel Lefebvre.

Solo le faltaría a Mons. Viganó pedir a los católicos se abstengan de los nuevos Sacramentos promulgados a raíz del Concilio Vaticano II que ya no confieren la gracia y que fueron gravemente modificados.

A continuación la carta de Mons Vigano:

“9 de junio de 2020
San Efrén

He leído con gran interés el ensayo de Su Excelencia, Mons. Athanasius Schneider, publicado en LifeSiteNews el 1 de junio, posteriormente traducido al italiano por Chiesa e post concilio, titulado “No existe la voluntad divina positiva de que haya diversidad de religiones ni hay un derecho natural a dicha diversidad”. El estudio de Su Excelencia resume, con la claridad que distingue las palabras de quienes hablan de acuerdo con Cristo, las objeciones contra la supuesta legitimidad del ejercicio de la libertad religiosa teorizada por el Concilio Vaticano II en contradicción con el testimonio de la Sagrada Escritura y con la voz de la Tradición, y en contradicción también con el Magisterio católico, que es el fiel guardián de ambas.

El mérito del ensayo de Su Excelencia consiste, primero que nada, en su comprensión del vínculo causal entre los principios enunciados -o implícitos- del Concilio Vaticano II y su consiguiente efecto lógico en las desviaciones doctrinales, morales, litúrgicas y disciplinarias que han surgido y se están desarrollando progresivamente hasta el día de hoy.

El monstruo generado en los círculos modernistas podría haber sido, al comienzo, equívoco, pero ha crecido y se ha fortalecido, de modo que hoy se muestra como lo que verdaderamente es en su naturaleza subversiva y rebelde. La criatura concebida en aquellos tiempos es siempre la misma, y sería ingenuo pensar que su perversa naturaleza podría cambiar. Los intentos de corregir los excesos conciliares -invocando la hermenéutica de la continuidad- han demostrado no tener éxito: Naturam expellas furca, tamen usque recurret [“Expulsa a la naturaleza con una horqueta: regresará”] (Horacio, Epist., I, 10, 24). La Declaración de Abu Dhabi -y como Mons. Schneider acertadamente observa, sus primeros síntomas en el panteón de Asís- “fue concebida en el espíritu del Concilio Vaticano II”, como lo afirma Bergoglio, orgullosamente.

Este “espíritu del Concilio” es la patente de legitimidad que los innovadores oponen a sus críticos, sin darse cuenta de que ello es confesar, precisamente, un legado que confirma no sólo la naturaleza errada de las declaraciones presentes, sino también la matriz herética que supuestamente las justifica. Si se mira más de cerca, jamás en la historia de la Iglesia un Concilio se ha presentado a sí mismo como un hecho histórico diferente de todos los concilios anteriores: jamás se ha hablado del “espíritu del Concilio de Nicea” o del “espíritu del Concilio de Ferrara-Florencia” ni, mucho menos, del “espíritu del Concilio de Trento”. Tampoco existió jamás una era “post-conciliar” después del Letrán IV o del Vaticano I.

La razón de ello es obvia: estos Concilios fueron todos, sin distinción alguna, expresión unánime de la voz de la Santa Madre Iglesia, y por esta misma causa, voz de Nuestro Señor Jesucristo. Es elocuente que quienes sostienen la novedad del Concilio Vaticano II adhieran también a la doctrina herética que pone al Dios del Antiguo Testamente en oposición al Dios del Nuevo Testamento, como si pudiera existir contradicción entre las Divinas Personas de la Santísima Trinidad. Evidentemente esta oposición, que es casi gnóstica o cabalística, es funcional para la legitimación de un sujeto nuevo, que se quiere diferente y opuesto a la Iglesia católica. Los errores doctrinales casi siempre revelan algún tipo de herejía trinitaria, y por tanto es mediante el regreso a la proclamación del dogma trinitario que las doctrinas que se le oponen pueden ser derrotadas: ut in confessione veræ sempiternæque deitatis, et in Personis proprietas, et in essentia unitas, et in majestate adoretur æqualitas: confesando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las Personas, la unidad en la esencia y la igualdad en la Majestad.

Juan Pablo II en el encuentro ecuménico de Asís de 1986(Foto: Asianews)
Mons. Schneider cita varios cánones de los Concilios Ecuménicos que proponen lo que, en su opinión, son doctrinas difíciles de aceptar hoy, como, por ejemplo, la obligación de diferenciar a los judíos por las ropas, o la prohibición de que los cristianos sirvan a patrones mahometanos o judíos. Entre esos ejemplos existe también la exigencia de la traditio instrumentorum proclamada por el Concilio de Florencia, que fue posteriormente corregida por la Constitución Apostólica Sacramentum Ordinis de Pío XII. Mons. Schneider comenta: “Se puede rectamente esperar y creer que un futuro Papa o Concilio Ecuménico corrija las declaraciones erróneas hechas” por el Concilio Vaticano II. Esto me parece ser un argumento que, aunque hecho con la mejor de las intenciones, debilita el edificio católico desde sus mismos fundamentos. Si de hecho admitimos que puede haber actos magisteriales que, por el cambio en la sensibilidad, son susceptibles de abrogación, modificación o diferente interpretación por el paso del tiempo, caemos inevitablemente en la condenación del Decreto Lamentabili, y terminamos concediendo justificaciones a quienes, recientemente, y precisamente sobre la base de aquel erróneo supuesto, han declarado que la pena de muerte “no es conforme al Evangelio”, enmendando así el Catecismo de la Iglesia Católica. De acuerdo con el mismo principio, podríamos sostener que las palabras del Beato Pío IX en Quanta Cura fueron en cierta forma corregidas por el Concilio Vaticano II, tal como Su Excelencia espera que ocurra con Dignitatis Humanae. +

Ninguno de los ejemplos que ofrece Su Excelencia es, en sí mismo, gravemente erróneo o herético: el hecho de que el Concilio de Florencia declarara que la traditio instrumentorum era necesaria para la validez de las órdenes no comprometió de ningún modo el ministerio sacerdotal en la Iglesia, haciendo que se confirieran órdenes inválidas. No me parece tampoco que se pueda afirmar que este aspecto, a pesar de su importancia, haya conducido a errores doctrinales por parte de los fieles, algo que sí ha ocurrido, por el contrario, sólo en el último Concilio. Y cuando en el curso de la historia se han difundido diversas herejías, la Iglesia siempre ha intervenido prontamente para condenarlas, como ocurrió en el tiempo del Sínodo de Pistoya de 1786, que fue en cierto modo un anticipo del Concilio Vaticano II, especialmente en su abolición de la comunión fuera de la Misa, la introducción de la lengua vernácula, y la abolición de las oraciones del Canon dichas en voz baja, pero especialmente en la teorización sobre el fundamento de la colegialidad episcopal, reduciendo la primacía del Papa a una función meramente ministerial. El releer las actas de aquel Sínodo causa estupor por la formulación literal de los mismos errores que encontramos posteriormente, aumentados, en el Concilio que presidieron Juan XXIII y Pablo VI. Por otra parte, tal como la Verdad procede de Dios, el error es alimentado por el Adversario y se alimenta de él, que odia a la Iglesia de Cristo y su corazón, la Santa Misa y la Santísima Eucaristía.

Llega un momento en nuestras vidas en que, por disposición de la Providencia, nos enfrentamos a una opción decisiva para el futuro de la Iglesia y para nuestra salvación eterna. Me refiero a la opción entre comprender el error en que prácticamente todos hemos caído, casi siempre sin mala intención, y seguir mirando para el otro lado o justificándonos a nosotros mismos.

También hemos cometido, entre otros, el error de considerar a nuestros interlocutores como personas que, a pesar de la diferencia de ideas y de fe, se han movido siempre por buenas intenciones y que estarían dispuestas a corregir sus errores si pudieran convertirse a nuestra Fe. Junto con numerosos Padres Conciliares, concebimos el ecumenismo como un proceso, como una invitación que llama a los disidentes a la única Iglesia de Cristo, a los idólatras y paganos al único Dios verdadero, al pueblo judío al Mesías prometido. Pero desde el instante en que fue teorizado en las comisiones conciliares, el ecumenismo fue entendido de un modo que está en directa oposición con la doctrina previamente sostenida por el Magisterio.

Hemos pensado que ciertos excesos eran sólo exageraciones de los que se dejaron arrastrar por el entusiasmo de novedades, y creímos sinceramente que ver a Juan Pablo II rodeado por brujos sanadores, monjes budistas, imanes, rabíes, pastores protestantes y otros herejes era prueba de la capacidad de la Iglesia de convocar a todos los pueblos para pedir a Dios la paz, cuando el autorizado ejemplo de esta acción iniciaba una desviada sucesión de panteones más o menos oficiales, hasta el punto de ver a algunos obispos portar el sucio ídolo de la pachamama sobre sus hombros, escondido sacrílegamente con el pretexto de ser una representación de la sagrada maternidad.

Juan Pablo II recibe una bendición ritual de parte un chaman durante una de sus visitas a Estados Unidos(Foto: Burbuja)
Pero si la imagen de una divinidad infernal pudo ingresar a San Pedro, fue parte de un crescendo que algunos previeron como un comienzo. Hoy hay muchos católicos practicantes, y quizá la mayor parte del clero católico, que están convencidos de que la Fe católica ya no es necesaria para la salvación eterna: creen que el Dios Uno y Trino revelado a nuestros padres es igual que el dios de Mahoma. Hace veinte años oímos esto repetido desde los púlpitos y las cátedras episcopales, pero recientemente lo hemos oído, afirmado con énfasis, incluso desde el más alto Trono.

Sabemos muy bien que, invocando la palabra de la Escritura Littera enim occidit, spiritus autem vivificat [“La letra mata, el espíritu da vida” (2 Cor 3, 6)], los progresistas y modernistas astutamente encontraron cómo esconder expresiones equívocas en los textos conciliares, que en su tiempo parecieron inofensivos pero que, hoy, revelan su valor subversivo. Es el método usado en la frase subsistit in: decir una semi-verdad como para no ofender al interlocutor (suponiendo que es lícito silenciar la verdad de Dios por respeto a sus criaturas), pero con la intención de poder usar un semi-error que sería instantáneamente refutado si se proclamara la verdad entera. Así, “Ecclesia Christi subsistit in Ecclesia Catholica” no especifica la identidad de ambas, pero sí la subsistencia de una en la otra y, en pro de la coherencia, también en otras iglesias: he aquí la apertura a celebraciones interconfesionales, a oraciones ecuménicas, y al inevitable fin de la necesidad de la Iglesia para la salvación, en su unicidad y en su naturaleza misionera.

Puede que algunos recuerden que los primeros encuentros ecuménicos tuvieron lugar con los cismáticos del Oriente, y muy prudentemente con otras sectas protestantes. Fuera de Alemania, Holanda y Suiza, al comienzo los países de tradición católica no vieron con buenos ojos las celebraciones mixtas en que había juntos pastores protestantes y sacerdotes católicos. Recuerdo que en aquellos años se habló de eliminar la penúltima doxología del Veni Creator para no ofender a los ortodoxos, que no aceptan el Filioque. Hoy escuchamos los surahs del Corán leídos desde el púlpito de nuestras iglesias, vemos un ídolo de madera adorado por hermanas y hermanos religiosos, oímos a los obispos desautorizar lo que hasta ayer nos parecía ser las excusas más plausibles de tantos extremismos. Lo que el mundo quiere, por instigación de la masonería y sus infernales tentáculos, es crear una religión universal que sea humanitaria y ecuménica, de la cual es expulsado el celoso Dios que adoramos. Y si esto es lo que el mundo quiere, todo paso en esa dirección que dé la Iglesia es una desafortunada elección que se volverá en contra de quienes creen que pueden burlarse de Dios. No se puede dar de nuevo vida a las esperanzas de la Torre de Babel, con un plan globalizante que tiene como meta la neutralización de la Iglesia católica a fin de reemplazarla por una confederación de idólatras y herejes unidos por el ambientalismo y la fraternidad universal. No puede haber hermandad sino en Cristo, y sólo en Cristo: qui non est mecum, contra me est.

Es desconcertante que tan poca gente se dé cuenta de esta carrera hacia el precipicio, y que pocos adviertan la responsabilidad de los niveles más altos de la Iglesia que apoyan estas ideologías anti cristianas, como si los líderes de la Iglesia quisieran la garantía de que tendrán un lugar y un papel en el carro del pensamiento correcto. Y es sorprendente que haya gente que persista en la negativa a investigar las causas de fondo de la presente crisis, limitándose a deplorar los excesos actuales como si no fueran la consecuencia inevitable de un plan orquestado hace ya décadas. El que la pachamama haya sido adorada en una iglesia, se lo debemos a Dignitatis Humanae. El que tengamos una liturgia protestantizada y a veces incluso paganizada, se lo debemos a la revolucionaria acción de monseñor Annibale Bugnini y a las reformas postconciliares. La firma de la Declaración de Abu Dabhi, se la debemos a Nostra Aetate. Y si hemos llegado hasta delegar decisiones en las Conferencias Episcopales -incluso con grave violación del Concordato, como es el caso en Italia-, se lo debemos a la colegialidad y a su versión puesta al día, la sinodalidad. Gracias a la sinodalidad nos encontramos con Amoris Laetitia y teniendo que ver el modo de impedir que aparezca lo que era obvio para todos: este documento, preparado por una impresionante máquina organizacional, pretendió legitimar la comunión a los divorciados y convivientes, tal como Querida Amazonia va a ser usada para legitimar a la mujeres sacerdotes (como en el caso reciente de una “vicaria episcopal” en Friburgo de Brisgovia) y la abolición del Sagrado Celibato. Los prelados que enviaron las Dubia a Francisco, a mi juicio, evidenciaron la misma piadosa ingenuidad: pensar que Bergoglio, confrontado con una contestación razonablemente argumentada de su error, iba a comprender, a corregir los puntos heterodoxos y a pedir perdón.

Juan Pablo II besa el Corán(Foto: Pinterest)
El Concilio fue usado para legitimar las más aberrantes desviaciones doctrinales, las más osadas innovaciones litúrgicas y los más inescrupulosos abusos, todo ello mientras la Autoridad guardaba silencio. Se exaltó de tal modo a este Concilio que se lo presentó como la única referencia legítima para los católicos, para el clero, para los obispos, oscureciendo y connotando con una nota de desprecio la doctrina que la Iglesia había siempre enseñado autorizadamente, y prohibiendo la liturgia perenne que había, durante milenios, alimentado la fe de una línea ininterrumpida de fieles, mártires y santos. Entre otras cosas, este Concilio ha demostrado ser el único que ha causado tantos problemas interpretativos y tantas contradicciones respecto del Magisterio precedente, en tanto que no existe ni un solo Concilio -desde el Concilio de Jerusalén hasta el Vaticano I- que no haya armonizado perfectamente con todo el Magisterio o que haya necesitado tanta interpretación.

Confieso con serenidad y sin controversia: fui una de las muchas personas que, a pesar de tantas perplejidades y temores como hoy se ha demostrado ser legítimos, confié en la autoridad de la Jerarquía con incondicional obediencia. En realidad, creo que mucha gente, incluido yo mismo, no consideró en un comienzo la posibilidad de que pudiera haber un conflicto entre la obediencia a una orden de la Jerarquía y la fidelidad a la Iglesia. Lo que hizo tangible esta separación no natural, diría incluso perversa, entre la Jerarquía y la Iglesia, entre la obediencia y la fidelidad, fue ciertamente el presente pontificado.

En la Sala de Lágrimas, adyacente a la Capilla Sixtina, mientras monseñor Guido Marini preparaba el roquete, la muceta y la estola para la primera aparición del Papa “recién elegido”, Bergoglio exclamó: “Sono finite le carnevalate!” [“Se acabó el carnaval”], rehusando desdeñosamente las insignias que todos los Papas hasta ahora habían aceptado, humildemente, como el atuendo del Vicario de Cristo. Pero esas palabras contenían una verdad, aunque dicha involuntariamente: el 23 de marzo de 2013, los conspiradores dejaron caer la máscara, libres ya de la inconveniente presencia de Benedicto XVI y osadamente orgullosos de haber finalmente promovido a un Cardenal que representaba sus ideas, su modo de revolucionar la Iglesia, de hacer maleable la doctrina, adaptable la moral, adulterable la liturgia y desechable la disciplina. Todo esto se consideró, por los mismos protagonistas de la conspiración, como lógica consecuencia y obvia aplicación del Concilio Vaticano II que, según ellos, había sido debilitado por las críticas hechas por Benedicto XVI. La mayor osadía de ese Pontificado fue el permiso para celebrar libremente la venerada liturgia tridentina, cuya legitimidad fue finalmente reconocida, refutando cincuenta años de ilegítimo ostracismo. No es un accidente el que los partidarios de Bergoglio sean los mismos que vieron el Concilio como el primer paso de una nueva Iglesia, antes de la cual había existido una vieja religión con una vieja liturgia.

El papa Francisco junto a una machi mapuche durante su visita a Chile en 2018 (Foto: El País)
No es accidente: lo que estos hombres afirman impunemente, escandalizando a los moderados, es lo mismo que creen los católicos, vale decir, que a pesar de todos los esfuerzos de la hermenéutica de la continuidad, que naufragó miserablemente con la primera confrontación con la realidad de la presente crisis, es innegable que, desde el Concilio Vaticano II en adelante, se construyó una nueva iglesia, superimpuesta a la Iglesia de Cristo y diametralmente opuesta a ella. Esta Iglesia paralela oscureció progresivamente la institución divina fundada por el Señor, reemplazándola por una entidad espuria, que corresponde a la deseada religión universal, teorizada primeramente por la masonería. Expresiones como nuevo humanismo, fraternidad universal, dignidad del hombre, son muletillas del humanitarismo filantrópico que niega al verdadero Dios, de una solidaridad horizontal de inspiración vagamente espiritualista y de un irenismo ecuménico, condenado inequívocamente por la Iglesia. “Nam et loquela tua manifestum te facit [“Tus palabras te ponen en evidencia”]” (Mt 26, 73): este recurrir frecuente, incluso obsesivo, al mismo vocabulario de los enemigos revela la adhesión a la ideología inspirada por ellos. Por otra parte, la renuncia sistemática al lenguaje claro, inequívoco y cristalino de la Iglesia confirma el deseo de separarse no sólo de las formas católicas, sino incluso de su sustancia misma.

Lo que durante años hemos oído proclamar vagamente, sin connotaciones claras, desde el más alto de los Tronos, lo encontramos ahora, elaborado en un verdadero manifiesto propiamente tal, entre los partidarios del presente pontificado: la democratización de la Iglesia, ya no mediante la colegialidad inventada por el Concilio Vaticano II, sino por la vía sinodal inaugurada por el Sínodo de la Familia; la demolición del sacerdocio ministerial mediante su debilitamiento por las excepciones al celibato eclesiástico y la introducción de figuras femeninas con responsabilidades cuasi-sacerdotales; el silencioso tránsito desde un ecumenismo dirigido a los hermanos separados hacia una forma de pan-ecumenismo que reduce la Verdad del Dios Uno y Trino al nivel de las idolatrías y de las más infernales supersticiones; la aceptación de un diálogo interreligioso que presupone un relativismo religioso y excluye la proclamación misionera; la desmitologización del Papado, emprendida por Bergoglio como tema de su pontificado; la progresiva legitimación de todo lo que es políticamente correcto: la teoría de género, la sodomía, el matrimonio homosexual, las doctrinas maltusianas, el ecologismo, el inmigracionismo… Si no reconocemos que las raíces de estas desviaciones se encuentran en los principios establecidos por el último Concilio, será imposible encontrar una cura: si persiste de nuestra parte un diagnóstico que, contra todas las demostraciones, excluye la patología inicial, no podemos prescribir una terapia adecuada.

Esta operación de honestidad intelectual exige una gran humildad, primero que nada, para reconocer que, durante décadas, hemos sido conducidos al error, de buena fe, por personas que, constituidas en autoridad, no han sabido vigilar y cuidar al rebaño de Cristo: algunas de ellas, para poder llevar una vida tranquila, otras debido a que tienen demasiados compromisos, otras por conveniencia y, finalmente, otras de mala fe o incluso con un malicioso propósito. Estas últimas, que han traicionado a la Iglesia, deben ser identificadas, llevadas a un costado e invitadas a corregirse y, si no se arrepienten, deben ser expulsadas de los recintos sagrados. Así es como actúa el Pastor, que tiene en su corazón el bien de las ovejas y que da su vida por ellas. Hemos tenido y todavía tenemos demasiados mercenarios, para quienes la aprobación por parte de los enemigos de Cristo es más importante que la fidelidad a su Esposa.

Tal como, hace sesenta años, honesta y serenamente obedecí cuestionables órdenes, creyendo que representaban la amable voz de la Iglesia, hoy, con la misma serenidad y honestidad, reconozco que he sido engañado. Ser coherente hoy, perseverando en el error, constituiría una desgraciada elección y me convertiría en un cómplice de este fraude. Proclamar que existió claridad de juicio desde el principio no sería honesto: todos supimos que el Concilio iba a ser, más o menos, una revolución, pero no podíamos imaginar que iba a serlo de un modo tan devastador, incluso respecto a la obra de quienes deberían haberla evitado. Y si, hasta Benedicto XVI podíamos todavía pensar que el golpe de estado del Concilio Vaticano II (que el Cardenal Suenens llamó “el 1789 de la Iglesia”) estaba experimentando una desaceleración, en estos últimos años hasta el más ingenuo de entre nosotros ha comprendido que el silencio por temor a causar un cisma, el esfuerzo por remendar los documentos papales en sentido católico para remediar su intencionada ambigüedad, los llamados y dubia dirigidos a Francisco que han quedado elocuentemente sin respuesta, son formas de confirmación de la existencia de la más grave de las apostasías a que están expuestos los más altos niveles de la Jerarquía, en tanto que los fieles cristianos y el clero se sienten desesperadamente abandonados y son vistos por los obispos casi con enfado.

La Declaración de Abu Dhabi es la proclama ideológica de una idea de paz y cooperación entre las religiones que podría posiblemente ser tolerada si proviniera de paganos privados de la luz de la Fe y del fuego de la Caridad. Pero todo el que haya recibido la gracia de ser Hijo de Dios en virtud del Santo Bautismo debería horrorizarse con la idea de construir una versión, moderna y blasfema, de la Torre de Babel, buscando aunar a la única Iglesia de Cristo, heredera de las promesas hechas al Pueblo Elegido, con aquellos que niegan al Mesías y con quienes consideran que la idea misma de un Dios Trino y Uno es una blasfemia. El amor de Dios no tiene límites y no tolera compromisos, porque de otro modo no es, simplemente, Caridad, sin la cual no se puede permanecer en Él: qui manet in caritate, in Deo manet, et Deus in eo [quien permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él] (1 Jn 4, 16). Importa poco que se trate de una declaración o de un documento magisterial: sabemos bien que la mens subversiva de los innovadores juguetea con estas especies de puzzles a fin de difundir el error. Y sabemos bien que la finalidad de estas iniciativas ecuménicas e interreligiosas no es convertir a quienes están lejos de la única Iglesia de Cristo, sino desviar y corromper a quienes todavía creen en la Fe católica, llevándolos a pensar que es deseable tener una gran religión universal que reúna a las tres grandes religiones abrahámicas “en una sola casa”: ¡esto sería el triunfo del plan masónico de preparación del reino del Anticristo! No importa mucho que ello se materialice mediante una bula dogmática, una declaración, o una entrevista con Scalfari en La Repubblica, porque los partidarios de Bergoglio esperan la señal de su palabra, a la cual responderán con una serie de iniciativas que están preparadas y organizadas desde hace ya algún tiempo. Y si Bergoglio no cumple las instrucciones que ha recibido, hay cantidad de teólogos y de clérigos que están preparados para lamentarse de la “soledad del papa Francisco”, a fin de usar esto como premisa para su renuncia (pienso, por ejemplo, en Massimo Faggioli en uno de sus recientes ensayos). Por otra parte, no sería la primera vez que usan al Papa cuando éste actúa según el plan de ellos, y que se deshacen de él o lo atacan tan pronto como no lo hace.

El domingo pasado la Iglesia celebró a la Santísima Trinidad, y en el Breviario se recita el Symbolum Athanasianum, hoy puesto fuera de la ley por la liturgia conciliar, y ya reducido a sólo dos ocasiones en la reforma litúrgica de 1962. Las primeras palabras de ese suprimido Symbolum merecen estar escritas con letras de oro: “Quicumque vult salvus esse, ante omnia opus est ut teneat Catholicam fidem; quam nisi quisque integram inviolatamque servaverit, absque dubio in aeternum peribit [Quien quiera ser salvado, es necesario, antes que nada, que crea en la Fe católica, porque a menos que mantenga esta fe íntegra e inviolada, sin duda perecerá eternamente]”.

+ Carlo Maria Viganò

La recompensa que nos espera

MEDITACIÓN
SOBRE LA RECOMPENSA DE NUESTROS TRABAJOS

I. Lo que al presente sufrimos es poca cosa en comparación con la recompensa que nos espera. Por tanto, no debemos inquietarnos por los males que nos acaecen. Si comparamos nuestra vida de un momento con la eternidad que la sigue, y que será su premio, nuestras pruebas nos parecerán poca cosa. Todo lo que acaba es corto (San Agustín).

II. La recompensa que nos ha sido preparada en el cielo es eterna en duración e infinita en grandeza. ¿Por qué amamos tan ardientemente esta vida, que nos mantiene alejados de una tan completa felicidad? ¿Por qué no buscamos aquello por lo cual adquirimos una felicidad eterna? ¡Que Dios sea el único objeto de nuestros deseos! ¡Él a quien veremos sin fin, a quien amaremos sin disgusto, a quien alabaremos sin fatiga! (San Agustín).

III. La sola esperanza de poseer a Dios debe ya hacernos dichosos y ponernos contentos desde esta vida. Esta esperanza es la que da a los mártires la fuerza para soportar terribles tormentos, a los penitentes endulza sus lágrimas y austeridades. Contempla, pues, a menudo el cielo, y en viéndolo, di: ¡He ahí el trono que me prepara Dios! Todo pasa, sólo la eternidad perdura. Pasaron nuestros hermanos, pasamos también nosotros y nuestros descendientes nos seguirán (San Euquerio).

“El justo vive de la fe”

“Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe.” Esta Fe en Dios tiene diversos grados y quilates. Esforcémonos por alcanzar la perfección de la Fe. Sólo la Fe perfecta es la que vence al mundo.

Subimos el primer escalón de la Fe, cuando vivimos según ella, cuando amoldamos nuestra vida a sus exigencias.

La fe sin obras es una fe muerta. El que conoce la voluntad del Señor y no la ejecuta, el que tiene en su boca el Nombre de Dios, pero lo deshonra con sus obras, se hace digno de mayor castigo que el que no ha conocido nada de la Fe. “No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que ejecute la voluntad de mi Padre”.

Más perfecto que someterse forzadamente a las exigencias de la Fe, retardando así constantemente la llegada a su cumbre, es entregarse a ella alegre y generosamente. Este es el segundo grado.

El que vive en la Fe como un niño en casa de su padre, como el hombre libre en su domicilio, ya no siente más el peso de la Fe, que tanto oprime a las almas esclavas. Vive en ella como en su propia patria, y camina en la luz y en el mundo de la Fe con una naturalidad y una clarividencia que causa la admiración y la envidia de cuantos no poseen una Fe parecida.

Es en verdad algo grande el que la Fe, con sus exigencias sobre nuestra inteligencia y sobre nuestra voluntad, llegue hasta el punto de establecerse en nosotros como en su verdadera morada.

Pero todavía es algo más grande el que nosotros vivamos de la Fe. Este es el tercer grado, la plenitud.

La Fe vive en nosotros, y nosotros vivimos de la Fe.

Los que viven de la Fe, no necesitan indagar con gran esfuerzo lo que Dios quiere de ellos. En todos los sucesos, circunstancias y negocios de la vida reconocen y advierten, instintiva y como naturalmente, a Dios, la presencia y la acción de Dios.

No tienen necesidad de fiestas impresionantes ni de medios extraordinarios para ponerse en la presencia de Dios. Sienten presente a Dios aun en medio de sus más penosos trabajos y en medio de la batahola del mundo. Su vida es una continua llama de amor, que se consume en la presencia divina.

Este es el fruto de la vida de Fe.

La Fe para ellos ya no es algo externo: es la misma alma de su vida. Esta es la Fe que ha hecho los Santos.

Cuando esta Fe viva en nosotros, y nosotros vivamos esta Fe, entonces habremos vencido al mundo, con sus concupiscencias, habremos vencido al pecado y al amor propio, y no descansaremos hasta haber cumplido la última exigencia y el último consejo con que la Fe excite nuestro amor y nuestra generosidad.

Creamos. Vivamos según la Fe, vivamos en la Fe, vivamos de la Fe.

El mundo nos odiará por ello; pero así debe ser. El mundo no puede comprender el espíritu que anima a los cristianos.

Nuestra patria, nuestro mundo es el de la Fe. Cuanto menos nos comprenda el mundo, cuanto más nos desprecie, más debemos agradecérselo a Dios.

Estimemos y amemos sobre todas las cosas la santa Fe que hemos recibido en el Santo Bautismo. No descansemos hasta convertirla en nuestra propia carne y sangre, hasta hacer desaparecer por medio de ella todo pensamiento puramente humano y natural. Entonces habremos alcanzado la virtud perfecta de la Fe.

Oraciones en tiempo de epidemia

ORACIONES PARA TIEMPOS DE EPIDEMIA.

-Entremos en la presencia del Señor
-Para cantarle y salmodiarle a nuestro Dios.
-Dios mío ven en mi auxilio
-Señor date prisa en socorredme.
Por la señal † de la Santa Cruz, de nuestro † enemigos líbranos Señor † Dios nuestro.
En el Nombre del Padre y del Hijo † y del Espíritu Santo. Amén.
-Nuestro auxilio está en el nombre del Señor
-Que hizo el cielo y la tierra.
Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en un principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos, amén.
V. Entre el vestíbulo y el Altar, lloren los sacerdotes, ministros del Señor, diciendo.
R. Perdona, perdona a tu pueblo, Señor.
V. Señor, no nos trates según nuestros pecados.
R. Ni nos castigues según nuestras culpas.
V. Señor, no recuerdes nuestros antiguos crímenes.
R. Ni tomes venganza de acuerdo con nuestros delitos.
V. Ayúdanos, Dios, Salvador nuestro.
R. Y líbranos, por la gloria de tu Nombre.
V. Senos propicio, Señor, a pesar de nuestros pecados.
R. Por tu Santo Nombre.
-Señor escucha nuestra oración
-Y llegue a Ti nuestro clamor.
Acto de contrición: Señor mío Jesucristo…
Oración.
 ¡Oh Dios Omnipotente! que en tu ira enviaste la peste sobre tu pueblo en el desierto, por su obstinada rebelión contra Moisés y Aarón; y así mismo en tiempo del Rey David, destruiste con pestilencia a setenta mil personas, y con todo esto, acordándote de tu Misericordia, salvaste a los restantes: ten piedad de nosotros miserables pecadores, que al presente nos hallamos amenazados  con enfermedad y mortandad, para que como entonces aceptaste el arrepentimiento y la penitencia de tu pueblo y mandaste cesar al Ángel exterminador, de igual modo te dignes mandar cesar ahora esta epidemia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Salmo 90
*Tú que habitas al amparo del Altísimo,
a la sombra del Todopoderoso,
dile al Señor: mi amparo, mi refugio
en ti, mi Dios, yo pongo mi confianza.
*El te libra del lazo
del cazador que busca destruirte;
te cubre con sus alas
y será su plumaje tu refugio.
*No temerás los miedos de la noche
ni la flecha disparada de día.
ni la peste que avanza en las tinieblas
ni la plaga que azota a pleno sol.
*Aunque caigan mil hombres a tu lado
y diez mil a tu derecha,
tú permaneces fuera de peligro;
su lealtad te escuda y te protege.
*Basta que tengas tus ojos abiertos
y verás el castigo del impío
tú que dices: “Mi amparo es el Señor”
y que haces del Altísimo tu asilo.
*No podrá la desgracia dominarte
ni la plaga acercarse a tu morada,
pues ha dado a sus ángeles la orden
de protegerte en todos tus caminos
*En sus manos te habrán de sostener
para que no tropiece
tu pie en alguna piedra;
andarás sobre serpientes y leones
y pisarás alacranes y dragones.
*”Pues a mí se acogió, lo libraré,
lo protegeré, pues mi Nombre conoció.
Me llamará, yo le responderé
y estaré con él en la desgracia.
*Lo salvaré y lo enalteceré.
Lo saciaré de días numerosos
Y haré que pueda ver mi salvación”.
Gloria al Padre…
FORMA DE REZAR EL ROSARIO DE LAS SANTAS LLAGAS.
1.-  Oh Jesús, Redentor Divino, sed misericordioso con nosotros y con el mundo entero. 
2.-  Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, tened misericordia de nosotros y del mundo entero. 
3.-  ¡Perdón! ¡Misericordia, Jesús mío!; durante los presentes peligros cubridnos con vuestra preciosa sangre. 
4.- Padre Eterno, ten piedad y misericordia por la Sangre de Jesucristo vuestro único Hijo; tened piedad y misericordia de nosotros, os lo suplicamos. Amén, Amén, Amén.
(En las cuentas grandes del Rosario. En lugar del Padrenuestro, se reza la jaculatoria):
 Padre Eterno, yo os ofrezco las Llagas de Nuestro Señor Jesucristo, tu amadísimo hijo, por medio de las Inmaculadas manos de María para curar las llagas de nuestras almas.
(En las cuentas pequeñas del Rosario: En lugar de las 10 Avemarías, se repite 10 veces la jaculatoria):
 Jesús mío, perdón y misericordia por los méritos de Vuestras Santas Llagas.
Gloria al Padre…
Madre llena de aflicción de Jesucristo las llagas grabad en mi corazón.
Al terminar el Rosario se repite tres veces:
Padre Eterno, yo os ofrezco las Llagas de Nuestro Señor Jesucristo, tu amadísimo hijo, por medio de las Inmaculadas manos de María para curar las llagas de nuestras almas.
Letanías de la Preciosa Sangre
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo óyenos.
Cristo escúchanos.
Dios Padre celestial, ten piedad y misericordia de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo,
Dios Espíritu Santo,
Santísima Trinidad, un solo Dios,
Sangre de Cristo, el Unigénito del Padre Eterno, Cúbrenos en los presentes peligros y sálvanos.
Sangre de Cristo, Verbo de Dios encarnado,
Sangre de Cristo, del Nuevo y Eterno Testamento,
Sangre de Cristo, derramada sobre la tierra en la agonía en el huerto,
Sangre de Cristo, vertida copiosamente en la flagelación.
Sangre de Cristo, brotada de la coronación de espinas,
Sangre de Cristo, derramada en la Cruz,
Sangre de Cristo, precio de nuestra salvación,
Sangre de Cristo, sin la cual no hay perdón,
Sangre de Cristo, bebida y limpieza de las almas en la Eucaristía,
Sangre de Cristo, manantial de misericordia,
Sangre de Cristo, vencedora de los Demonios,
Sangre de Cristo, fortaleza de los mártires,
Sangre de Cristo, sostén de los confesores,
Sangre de Cristo, que haces germinar vírgenes,
Sangre de Cristo, escudo en el peligro.
Sangre de Cristo, alivio de los afligidos,
Sangre de Cristo, consuelo en el llanto,
Sangre de Cristo, esperanza de los penitentes,
Sangre de Cristo, auxilio de los moribundos,
Sangre de Cristo, paz y ternura de los corazones,
Sangre de Cristo, prenda de la vida eterna,
Sangre de Cristo que libras a las almas del Purgatorio,
Sangre de Cristo, acreedora de todo honor y de toda gloria,
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, perdónanos Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, escúchanos Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad y misericordia de nosotros.
V.- Oh, Señor, nos has redimido en tu Sangre.
R.- Y nos has hecho reino de nuestro Dios.
Oremos: Dios omnipotente y eterno, que has hecho de tu hijo Unigénito el Redentor del mundo, y has querido ser aplacado por su Sangre, concédenos, te suplicamos, que de tal modo adoremos el precio de nuestra salvación, que por su virtud nos salvemos de los peligros de la vida presente especialmente de esta epidemia, y alcancemos el gozo de sus frutos eternamente en el Cielo. Por el mismo Señor nuestro Jesucristo, tu hijo, que contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos, Amén.
✠ ORACIÓN A NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO ✠
Atiéndenos, Señor, salvación nuestra, y mediante la intercesión de la bienaventurada y gloriosa siempre Virgen María, Madre de Dios, del bienaventurado San Roque y de todos los Santos, libra a tus fieles de los terrores de tu ira, y hazles que se sientan seguros con la abundancia de tu misericordia.
Señor, escucha propicio nuestras súplicas y oraciones, cúranos los males del alma y cuerpo, para que alcanzado tu perdón, con tu constante bendición nos alegremos. Por los siglos de los siglos. Amén
(El Excmo. Sr. Arzobispo de Buenos Aires, Dr. Mariano Antonio Espinosa, concedió 100 días de indulgencia a este ejercicio piadoso el 17 de Mayo de 1920).
Salmo89
*Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.
*Antes que naciesen los montes
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios.
*Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornad, hijos de Adán».
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó;
una vela nocturna.
*Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.
*¡Cómo nos ha consumido tu cólera
y nos ha trastornado tu indignación!
Pusiste nuestras culpas ante ti,
nuestros secretos ante la luz de tu mirada:
y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,
y nuestros años se acabaron como un suspiro.
*Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil,
porque pasan aprisa y vuelan.
*¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,
quién ha sentido el peso de tu cólera?
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
*Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos;
por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
*Danos alegría, por los días en que nos afligiste,
por los años en que sufrimos desdichas.
Que tus siervos vean tu acción,
y sus hijos tu gloria.
*Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Gloria al Padre…
ORACION.
Una cruz protectora contra la plaga, aprobada por el Concilio de Trento.
+ Oh Cruz de Cristo, sálvame.
Z. Que el celo por tu gloria me libre.
+ La Cruz conquista; la Cruz reina; la Cruz gobierna; por la Santa Cruz líbrame, oh Señor, de esta epidemia.
D. Dios, Dios mío, aleja esta epidemia de mí y de este lugar, y líbrame.
I. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, mi corazón y mi cuerpo.
A. Antes del cielo y la tierra, Dios ya existía; y Dios puede librarme de esta epidemia.
+ La Cruz de Cristo expulsará la peste de mi casa y de mi cuerpo.
B. Es bueno esperar la ayuda de Dios en silencio, para que aleje de mí esta peste.
I. Inclinaré mi corazón a realizar tus acciones justas, y no me confundiré, porque te he llamado.
Z. Tenía envidia en ocasiones de los impíos, al ver la paz de los pecadores; pero he esperado en ti.
+ La Cruz de Cristo pone a los demonios en fuga, el aire corrupto; y ahuyenta la peste.
S. Yo soy tu salvación, dice el Señor; grítame y te escucharé, y te líbrame de esta epidemia.
A. El abismo llama al abismo, y has expulsado demonios con tu voz; Líbrame de esta peste.
B. Bendito el hombre que espera en el Señor, y no mira las vanidades y las falsas extravagancias.
+ Que la Cruz de Cristo, que una vez fue la causa de escándalo e ignominia, y que ahora es gloria y nobleza, sea para mi salvación y expulse de mi casa al demonio, el aire corrupto y la epidemia de mi cuerpo.
Z. Que el celo por el honor de Dios me convierta antes de que muera y, en tu nombre, sálvame de esta epidemia.
+ La señal de la Cruz librara al Pueblo de Dios, y a aquellos que confían y claman a él, de la peste.
H. ¿Volverá este necio al Señor? Cumple tus votos, ofreciéndole un sacrificio de alabanza y fe, porque él puede librar mi casa y a mí, de esta peste; porque el que confía en él no será confundido.
G. Si no te voy a alabar, déjame que se me pegue la lengua al paladar y a las mandíbulas; libera a los que esperan en ti; en ti confío; Líbrame a mí y esta casa, oh Dios, de esta peste, porque tu nombre ha sido invocado en oración.
F. A tu muerte, oh Señor, la oscuridad cayó sobre toda la tierra; Dios mío, haz que el poder del diablo sea débil y muy débil, porque es para esto que has venido, oh Hijo de Dios vivo: para destruir las obras del diablo con tu poder, salga de mi casa y de mí, tu siervo, esta epidemia; y el aire corrupto se aleje de mí, hacia la oscuridad exterior.
+ Defiéndenos, oh Cruz de Cristo, expulsa de nuestras casas la epidemia, y libra a tus siervos que estamos aquí reunidos de esta epidemia, tú que eres amable, piadoso, de mucha misericordia, y verdadero.
B. Bienaventurado el que no mira vanidades y falsas extravagancias; En el día del mal, el Señor lo librara; Señor, he confiado en ti; Líbrame de esta peste.
F. Dios se ha convertido en mi refugio; porque he confiado en ti, líbrame de esta peste.
R. Mírame, oh Señor mi Dios Sabaoth, desde Tu trono sagrado de tu Majestad, ten piedad de mí, y gracias a tu misericordia, líbrame de esta peste.
S. Tú eres mi salvación: cúrame y seré curado; sálvame y seré salvo.
“Yo te saludo, Yo te adoro, Yo te abrazo, Oh admirable Cruz de mi Salvador. Protégenos, guárdanos, sálvanos. Jesús te amo tanto, por su ejemplo, Te amo. Por tu imagen santa calma mis temores, que Yo solo sienta paz y confianza.” O Crux Avem specs unica “Et Verbum caro factum est”. Oh Jesús, vencedor de la muerte, sálvanos.
Oremos.
Óyenos, Dios Salvador Nuestro, y por la intercesión de la Gloriosa siempre Virgen María, Madre de Dios, de los Santos Roque y  Sebastián, y de todos los santos, libra a tu pueblo del pavor de tus castigos, dándole la confianza en tu inmensa misericordia.
Te rogamos, Señor, que apartes propicio la muerte y la epidemia, a fin de que nuestros corazones mortales reconozcan que sufren flagelos cuando te enojas, y que Tú también eres Quien los hace cesar por tu gran misericordia. Te lo pedimos por Jesucristo, Señor nuestro. Amén.
“STELLA CAELI”. PARA TIEMPO DE EPIDEMIA.
Virgen Purísima, Estrella del Cielo, que dio de lactar al Señor quién
destruyó la peste de la muerte.
Dígnese ahora esta Estrella aplacar al cielo,
que airado contra la tierra destruye a los pueblos con la cruel plaga de muerte.
Oh piadosísima Estrella del mar, Líbranos de la peste.
Sé propicia a nuestras oraciones, oh Señora, pues tu Hijo, que nada te niega, más bien te honra.
Oh Jesús, sálvanos, a aquellos por los que ruega la Virgen María, tu Madre.
A los que contra esta epidemia, en Vos amparo buscamos,
Ángeles y Santos extiendan Vuestro manto celestial, y así no tema le infeste
Quien Tu protección implora.
V/. En todas nuestras tribulaciones y angustias,
R/. Socórrenos, auxílianos oh piadosísima Virgen María.
OREMOS: Dios de misericordia, Dios de piedad, Dios de perdón, que te conmueves por la aflicción de tu pueblo, y le dijiste al Ángel que golpeó a tu pueblo: detén tu brazo; por el amor de esa gloriosa Estrella, María Santísima de cuyo precioso cofre bebiste suavemente la leche contra el veneno de nuestros pecados; ven a ayudarnos con Tu gracia divina para que, por intercesión de la Santísima Virgen María, su Madre y de san Roque, sin duda nos veamos libres de cualquier contagio pestilente y muerte imprevista, y nos salvemos del peligro de perdernos. Por Jesucristo, Rey de gloria, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
San Miguel Arcángel…
Madre mía y esperanza mía…

Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal. Líbranos Señor de la peste y de todo mal. (3 veces)

Por Vuestras llagas, por Vuestra Cruz. Líbranos de la peste, Divino Jesús. (3 veces)

Madre mía y esperanza mía…

Jesús, Jose y María, amparadnos noche y día.

Vayamos en paz, a glorificar a Dios con nuestras vidas.