EXTRAORDINARIA CONFERENCIA DE MONS. VIGANÒ. – En un discurso pronunciado hoy por video en la Conferencia de Identidad Católica (CIC) en Pittsburgh, Pensilvania; el arzobispo Carlo Maria Viganò analiza en profundidad las causas de la actual crisis de la Iglesia, que se remonta a 60 años. Viganò ve que la que resiste al Anticristo, la Iglesia Católica, se ha debilitado tanto que a estas alturas prácticamente ha dejado de resistir. Nos presenta una terrible descripción del estado de la Iglesia que ha sido “ocupada” por aquellos que desean someterla al Orden Mundial Único según lo planeado y organizado por la masonería.


LIFESITE NEWS
23 de octubre de 2020
1. VIVIMOS EN TIEMPOS EXTRAORDINARIOS
Como cada uno de nosotros probablemente ha comprendido, nos encontramos en un momento histórico en el tiempo; los acontecimientos del pasado, que una vez parecieron desconectados, demuestran ahora estar inequívocamente conectados, tanto en los principios que los inspiran como en los objetivos que tratan de alcanzar. Una mirada justa y objetiva a la situación actual no puede dejar de captar la perfecta coherencia entre la evolución del marco político mundial y el papel que la Iglesia Católica ha asumido en el establecimiento del Nuevo Orden Mundial. Para ser más precisos, se debería hablar del papel de esa aparente mayoría en la Iglesia, que en realidad es pequeña en número, pero extremadamente poderosa, y que, por brevedad, resumiré como la iglesia profunda.
Obviamente, no hay dos Iglesias, algo que sería imposible, blasfemo y herético. Ni la única y verdadera Iglesia de Cristo hoy en día ha fallado en su misión, pervirtiéndose a sí misma en una secta. La Iglesia de Cristo no tiene nada que ver con aquellos que, durante los últimos sesenta años, han ejecutado un plan para ocuparla. La superposición entre la Jerarquía Católica y los miembros de la Iglesia profunda no es un hecho teológico, sino más bien una realidad histórica que desafía las categorías habituales y, como tal, debe ser analizada.
Sabemos que el proyecto del Nuevo Orden Mundial consiste en el establecimiento de la tiranía por la masonería: un proyecto que se remonta a la Revolución Francesa, el Siglo de las Luces, el fin de las Monarquías Católicas y la declaración de guerra a la Iglesia. Podemos decir que el Nuevo Orden Mundial es la antítesis de la sociedad cristiana, sería la realización de la diabólica Civitas Diaboli – Ciudad del Diablo – opuesta a la Civitas Dei – Ciudad de Dios – en la eterna lucha entre la Luz y la Oscuridad, el Bien y el Mal, Dios y Satán.
En esta lucha, la Providencia ha puesto a la Iglesia de Cristo, y en particular al Sumo Pontífice, como kathèkon – es decir, el que se opone a la manifestación del misterio de la iniquidad (2 Tes 2:6-7). Y la Sagrada Escritura nos advierte que en la manifestación del Anticristo, este obstáculo – el kathèkon – habrá dejado de existir. Me parece evidente que el fin de los tiempos se acerca ante nuestros ojos, ya que el misterio de iniquidad se ha extendido por todo el mundo con la desaparición de la valiente oposición del kathèkon.
[Con respecto a la incompatibilidad entre la Ciudad de Dios y la Ciudad de Satanás, el consejero jesuita de Francisco, Antonio Spadaro, deja de lado la Sagrada Escritura y la Tradición, haciendo suyo el abracémonos bergogliano. Según el director de La Civiltà Cattolica, la encíclica Fratelli Tutti.

“también sigue siendo un mensaje con un fuerte valor político, porque -podríamos decir- invierte la lógica del apocalipsis que prevalece hoy en día. Es la lógica fundamentalista que lucha contra el mundo, porque cree que es lo opuesto a Dios, es decir, un ídolo, y por lo tanto debe ser destruido lo antes posible para acelerar el fin de los tiempos. El abismo del apocalipsis, de hecho, ante el cual ya no hay hermanos: sólo apóstatas o mártires que corren “contra” el tiempo. […] No somos militantes ni apóstatas, sino que somos todos hermanos”[1].Esta estrategia de desacreditar al interlocutor con la calumnia de ” integrista” está evidentemente dirigida a facilitar la acción del enemigo dentro de la Iglesia, buscando desarmar a la oposición y desalentar la disidencia. La encontramos también en la esfera civil, donde los demócratas y el Estado profundo se arrogan el derecho de decidir a quién conceder la legitimidad política y a quién condenar sin apelación al ostracismo mediático. El método es siempre el mismo, porque el que inspira es el mismo. Así como la falsificación de la Historia y de las fuentes, es siempre la misma: si el pasado desautoriza la narrativa revolucionaria, los seguidores de la Revolución censuran el pasado y reemplazan el hecho histórico por un mito. Incluso San Francisco es víctima de esta adulteración que le haría ser el abanderado de la pobreza y el pacifismo, que son tan ajenos al espíritu de la ortodoxia católica como instrumentales a la ideología dominante. Prueba de ello es el uso fraudulento del Poverello de Asís en Fratelli Tutti para justificar el diálogo, el ecumenismo y la fraternidad universal de la anti-iglesia bergogliana].
No cometamos el error de presentar los acontecimientos actuales como “normales”, juzgando lo que ocurre con los parámetros legales, canónicos y sociológicos que esa normalidad presupone. En tiempos extraordinarios -y la actual crisis de la Iglesia es realmente extraordinaria- los acontecimientos van más allá de lo ordinario conocido por nuestros padres. En tiempos extraordinarios, podemos escuchar a un Papa engañar a los fieles; ver a los Príncipes de la Iglesia acusados de crímenes que en otros tiempos habrían despertado el horror y se habrían enfrentado a severos castigos; ser testigos en nuestras iglesias de ritos litúrgicos que parecen haber sido inventados por la mente perversa de Cranmer; ver a los Prelados en procesión con el ídolo sucio de la pachamama en la Basílica de San Pedro; y escuchar al Vicario de Cristo pedir disculpas a los adoradores de ese simulacro si un católico se atreve a arrojarlo al Tíber. En estos tiempos extraordinarios, oímos a un conspirador – el Cardenal Godfried Danneels – decirnos que, desde la muerte de Juan Pablo II, la Mafia de San Gallen había estado conspirando para elegir a uno de los suyos para la Cátedra de Pedro, que más tarde resultó ser Jorge Mario Bergoglio. Ante esta desconcertante revelación, podríamos estar sorprendidos de que ni los cardenales ni los obispos expresaran su indignación ni pidieran que la verdad saliera a la luz.
La coexistencia del bien y el mal, de los santos y los condenados, en el cuerpo eclesiástico, siempre ha acompañado los eventos terrenales de la Iglesia, comenzando con la traición de Judas Iscariote. Y es, en efecto, significativo que la anti-iglesia trate de rehabilitar a Judas -y con él a los peores herejes- como modelos ejemplares, “anti-santos” y “anti-mártires”, y así legitimarse en sus propias herejías, inmoralidades y vicios. La coexistencia -decía- de los buenos y los malvados, de la que habla el Evangelio en la parábola del trigo y la cizaña, parece haberse transformado en el predominio de estos últimos sobre los primeros. La diferencia es que el vicio y las desviaciones que antes se despreciaban, hoy no sólo se practican y toleran más, sino que incluso se fomentan y se alaban, mientras que la virtud y la fidelidad a la enseñanza de Cristo se desprecian, se burlan e incluso se condenan].
2. EL ECLIPSE DE LA VERDADERA IGLESIA
Durante sesenta años, hemos sido testigos del eclipse de la verdadera Iglesia por una anti-Iglesia que se ha apropiado progresivamente de su nombre, ocupando la Curia Romana y sus Dicasterios, Diócesis y Parroquias, Seminarios y Universidades, Conventos y Monasterios. La anti-iglesia ha usurpado su autoridad, y sus ministros llevan sus vestidos sagrados; utiliza su prestigio y poder para apropiarse de sus tesoros, bienes y finanzas.
Como sucede en la naturaleza, este eclipse no se produce de una sola vez; pasa de la luz a la oscuridad cuando un cuerpo celeste se inserta entre el sol y nosotros. Se trata de un proceso relativamente lento pero inexorable, en el que la luna de la antiiglesia sigue su órbita hasta que se superpone al sol, generando un cono de sombra que se proyecta sobre la tierra. Ahora nos encontramos en este cono de sombra doctrinal, moral, litúrgico y disciplinario. No es todavía el eclipse total que veremos al final de los tiempos, bajo el reinado del Anticristo. Pero es un eclipse parcial, que nos permite ver la corona luminosa del sol rodeando el disco negro de la luna.
El proceso que llevó al eclipse actual de la Iglesia comenzó con el Modernismo, sin lugar a dudas. La anti Iglesia siguió su órbita a pesar de las solemnes condenas del Magisterio, que en esa fase brilló con el esplendor de la Verdad. Pero con el Concilio Vaticano II, la oscuridad de esta entidad espuria se apoderó de la Iglesia. Inicialmente sólo oscureció una pequeña parte, pero la oscuridad aumentó gradualmente. Quien entonces señalaba al sol, deduciendo que la luna ciertamente lo oscurecería, fue acusado de ser un “profeta de la fatalidad”, con esas formas de fanatismo e intemperancia que surgen de la ignorancia y el prejuicio. El caso del arzobispo Marcel Lefebvre y algunos otros prelados confirma, por un lado, la visión de futuro de estos pastores y, por otro lado, la reacción inconexa de sus adversarios; quienes, por miedo a perder el poder, usaron toda su autoridad para negar la evidencia y mantuvieron ocultas sus propias y verdaderas intenciones.
Para continuar con la analogía: podemos decir que, en el cielo de la Fe, un eclipse es un fenómeno raro y extraordinario. Pero negar que, durante el eclipse, la oscuridad se extiende -sólo porque esto no sucede en condiciones ordinarias- no es un signo de fe en la indefectibilidad de la Iglesia, sino más bien una obstinada negación de la evidencia, o mala fe. La Santa Iglesia, según las promesas de Cristo, nunca será abrumada por las puertas del infierno, pero eso no significa que no sea – o no lo sea ya – ensombrecida por su falsificación infernal, esa luna que, no por casualidad, vemos bajo los pies de la Mujer del Apocalipsis: “Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas” (Apocalipsis 12:1).
La luna yace bajo los pies de la Mujer que está por encima de toda mutabilidad, por encima de toda corrupción terrenal, por encima de la ley del destino y del reino del espíritu de este mundo. Y esto es porque esa Mujer, que es a la vez la imagen de María Santísima y de la Iglesia, es amicta sole, vestida con el Sol de Justicia que es Cristo, “exenta de todo poder demoníaco al participar en el misterio de la inmutabilidad de Cristo” (San Ambrosio). Ella permanece incólume si no en su reino militante, ciertamente en el que sufre en el Purgatorio y en el triunfante en el Paraíso. San Jerónimo, comentando las palabras de la Escritura, nos recuerda que “las puertas del infierno son pecados y vicios, especialmente las enseñanzas de los herejes”. Sabemos, pues, que incluso la “síntesis de todas las herejías” representada por el Modernismo y su versión conciliar actualizada, no puede nunca oscurecer definitivamente el esplendor de la Esposa de Cristo, sino sólo por el breve período del eclipse que la Providencia, en su infinita sabiduría, ha permitido, para sacar de él un bien mayor.
3. EL ABANDONO DE LA DIMENSIÓN SOBRENATURAL
En esta charla, deseo especialmente tratar la relación entre la revolución del Vaticano II y el establecimiento del Nuevo Orden Mundial. El elemento central de este análisis consiste en destacar el abandono por parte de la Jerarquía eclesiástica, incluso en lo más alto, de la dimensión sobrenatural de la Iglesia y su papel escatológico. Con el Concilio, los Innovadores borraron el origen divino de la Iglesia de su horizonte teológico, creando una entidad de origen humano similar a una organización filantrópica. La primera consecuencia de esta subversión ontológica fue la necesaria negación del hecho de que la Esposa de Cristo no es, y no puede ser, objeto de cambio por parte de aquellos que ejercen una autoridad vicaria en nombre del Señor. Ella no es propiedad del Papa ni de los obispos o teólogos, y, como tal, cualquier intento de “Aggiornamento” la rebaja al nivel de una empresa que, para obtener beneficios, renueva su propia oferta comercial, vende sus acciones sobrantes y sigue la moda del momento. La Iglesia, en cambio, es una realidad sobrenatural y divina: ella adapta su manera de predicar el Evangelio a las naciones, pero nunca puede cambiar el contenido ni un ápice (Mt 5:18), ni negar su impulso trascendente rebajándose a un mero servicio social. En el lado opuesto, la anti-iglesia se enorgullece de reclamar el derecho a realizar un cambio de paradigma no sólo cambiando la forma en que se expone la doctrina, sino la doctrina misma. Esto se confirma con las palabras de Massimo Fagggioli comentando la nueva Encíclica Fratelli Tutti:

“El pontificado del Papa Francisco es como un estandarte levantado ante los integristas católicos y aquellos que equiparan la continuidad material y la tradición: La doctrina católica no sólo se desarrolla. A veces realmente cambia: por ejemplo en [la] pena de muerte, [y] la guerra.”[2]Insistir en lo que el Magisterio enseña es inútil. La descarada afirmación de los Innovadores de tener el derecho de cambiar la Fe sigue tercamente el enfoque modernista.
El primer error del Concilio consiste principalmente en la falta de una perspectiva trascendente – resultado de una crisis espiritual que ya estaba latente – y en el intento de establecer el paraíso en la tierra, con un horizonte humano estéril. En línea con este enfoque, Fratelli tutti ve la realización de una utopía terrenal y la redención social en la hermandad humana, pax ecuménica entre las religiones y la acogida de los migrantes.
4. EL SENTIDO DE INFERIORIDAD E INSUFICIENCIA
Como he escrito en otras ocasiones, las demandas revolucionarias de la Nouvelle Théologie encontraron un terreno fértil en los Padres del Concilio debido a un grave complejo de inferioridad frente al mundo. Hubo un tiempo, en la posguerra, en que la revolución liderada por la masonería en las esferas civil, política y cultural, quebrantó la élite católica, persuadiéndola de su insuficiencia ante un desafío de época que ahora es ineludible. En lugar de cuestionarse a sí mismos y a su fe, esta élite -obispos, teólogos, intelectuales- atribuyeron temerariamente la responsabilidad del inminente fracaso de la Iglesia a su sólida estructura jerárquica y a su monolítica enseñanza doctrinal y moral. Viendo la derrota de la civilización europea que la Iglesia había ayudado a formar, la élite pensó que la falta de acuerdo con el mundo se debía a la intransigencia del Papado y a la rigidez moral de los sacerdotes que no querían aceptar el Zeitgeist y “abrirse”. Este enfoque ideológico proviene de la falsa suposición de que, entre la Iglesia y el mundo contemporáneo, puede haber una alianza, una consonancia de intenciones, una amistad. Nada más lejos de la verdad, ya que no puede haber un respiro en la lucha entre Dios y Satanás, entre la Luz y la Oscuridad. “Pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu descendencia y la suya; ella te aplastará la cabeza, y tú le herirás el talón” (Gen 3, 15). Esta es una enemistad querida por Dios mismo, que coloca a María Santísima – y a la Iglesia – como eternos enemigos de la antigua serpiente. El mundo tiene su propio príncipe (Jn 12:31), que es el “enemigo” (Mt 13:28), un “asesino desde el principio” (Jn 8:44) y un “mentiroso” (Jn 8:44). Hacer un pacto de no beligerancia con el mundo significa aceptar a Satanás. Esto trastorna y pervierte la esencia misma de la Iglesia, cuya misión es convertir el mayor número de almas a Cristo para la mayor gloria de Dios, sin deponer nunca las armas contra los que quieren atraerlas a sí mismos y a la condenación.
[El sentimiento de inferioridad y fracaso de la Iglesia ante el mundo creó la “tormenta perfecta” para que la revolución echara raíces en los Padres del Concilio y, por extensión, en el pueblo cristiano, en el que se había cultivado la obediencia a la Jerarquía quizás más que la fidelidad al depositum fidei. Permítanme ser claro: la obediencia a los Sagrados Pastores es ciertamente loable si los mandatos son legítimos. Pero la obediencia deja de ser una virtud y, de hecho, se convierte en servilismo si es un fin en sí mismo y si contradice el propósito para el que ha sido ordenado, a saber, la Fe y la Moral. Debemos añadir que este sentido de inferioridad se introdujo en el cuerpo eclesiástico con muestras de gran teatro, como la retirada de la tiara por Pablo VI, el regreso de los estandartes otomanos conquistados en Lepanto, los presumidos abrazos ecuménicos con el cismático Atenágoras, las peticiones de perdón por las Cruzadas, la abolición del Índice, la atención del Clero a los pobres en lugar del supuesto triunfalismo de Pío XII. El golpe de gracia de esta actitud fue codificado en la Liturgia Reformada, que manifiesta su vergüenza del dogma católico silenciándolo -y por lo tanto negándolo indirectamente-. El cambio ritual engendró un cambio doctrinal, que llevó a los fieles a creer que la Misa es un simple banquete fraternal y que la Santísima Eucaristía es sólo un símbolo de la presencia de Cristo entre nosotros].
5. “IDEM SENTIRE” DE REVOLUCIÓN Y CONCILIO
La sensación de insuficiencia de los Padres del Concilio sólo se incrementó por el trabajo de los Innovadores, cuyas ideas heréticas coincidieron con las demandas del mundo. Un análisis comparativo del pensamiento moderno confirma el idem sentire [mismo sentimiento o misma mente] de los conspiradores con cada elemento de la ideología revolucionaria:
la aceptación del principio democrático como fuente legitimadora del poder, en lugar del derecho divino de la Monarquía Católica (incluido el Papado);
– la creación y acumulación de órganos de poder, en lugar de la responsabilidad personal y la jerarquía institucional;
– la eliminación del pasado histórico, evaluado con los parámetros de hoy, que no defienden la tradición y el patrimonio cultural;
– el énfasis en la libertad de los individuos y el debilitamiento del concepto de responsabilidad y deber;
– la continua evolución de la moral y la ética, privadas así de su naturaleza inmutable y de toda referencia trascendente;
– la presunta naturaleza secular del Estado, en lugar de la legítima sumisión del orden civil a la Realeza de Jesucristo y la superioridad ontológica de la misión de la Iglesia sobre la esfera temporal;
– la igualdad de las religiones no sólo ante el Estado, sino también como un concepto general al que la Iglesia debe conformarse, contra la defensa objetiva y necesaria de la Verdad y la condena del error;
– el falso y blasfemo concepto de la dignidad del hombre como connatural a él, basado en la negación del pecado original y de la necesidad de la Redención como premisa para agradar a Dios, merecer su gracia y alcanzar la beatitud eterna;
– el menoscabo del papel de la mujer, el menosprecio y el desprecio del privilegio de la maternidad;
– la primacía de la materia sobre el espíritu;
– la relación fideísta con la ciencia[3], frente a una crítica despiadada de la religión sobre bases científicas falsas.
Todos estos principios, propagados por los ideólogos de la masonería y los partidarios del Nuevo Orden Mundial, coinciden con las ideas revolucionarias del Concilio:
– la democratización de la Iglesia comenzó con Lumen Gentium y hoy se realiza en el camino sinodal Bergogliano;
– la creación y la acumulación de órganos de poder se ha logrado delegando las funciones decisorias a las Conferencias Episcopales, Sínodos de Obispos, Comisiones, Consejos Pastorales, etc;
– el pasado y las gloriosas tradiciones de la Iglesia son juzgadas de acuerdo a la mentalidad moderna y condenadas para ganarse el favor del mundo moderno;
– la “libertad de los hijos de Dios” teorizada por el Vaticano II ha sido establecida sin tener en cuenta los deberes morales de los individuos que, según los cuentos de hadas conciliares, se salvan todos sin tener en cuenta sus disposiciones interiores y el estado de su alma;
– la ofuscación de las referencias morales perennes ha llevado a la revisión de la doctrina sobre la pena capital; y, con Amoris Laetitia, la admisión de los adúlteros públicos a los Sacramentos, agrietando el edificio sacramental;
– la adopción del concepto de laicidad ha llevado a la abolición de una religión de Estado en las naciones católicas. Alentada por la Santa Sede y el Episcopado, esto ha llevado a la pérdida de la identidad religiosa y al reconocimiento de los derechos de las sectas, así como a la aprobación de normas que violan la ley natural y divina;
 – la libertad religiosa teorizada en Dignitatis Humanae es llevada hoy a sus consecuencias lógicas y extremas con la Declaración de Abu Dhabi y la última Encíclica Fratelli Tutti, haciendo obsoleta la misión salvadora de la Iglesia y la propia Encarnación;
– las teorías sobre la dignidad humana en la esfera católica han llevado a la confusión sobre el papel de los laicos con respecto al papel ministerial del clero y al debilitamiento de la estructura jerárquica de la Iglesia. Mientras que el abrazo de la ideología feminista es un preludio a la admisión de las mujeres a las órdenes sagradas;
– una desmesurada preocupación por las necesidades temporales de los pobres, tan típica de la izquierda, ha transformado a la Iglesia en una especie de asociación de bienestar, limitando su actividad a la mera esfera material, casi hasta el punto de abandonar lo espiritual;
– la sumisión a la ciencia moderna y al progreso tecnológico ha llevado a la Iglesia a renegar de la “Reina de la Ciencia” [Fe], a “desmitificar” los milagros, a negar la inerrancia de la Sagrada Escritura, a considerar los Misterios más sagrados de nuestra Sagrada Religión como “mitos” o “metáforas”, ” sugiriendo sacrílegamente que la Transubstanciación y la Resurrección en sí son “mágicas” (no hay que tomarlas literalmente sino simbólicamente), y describir los sublimes dogmas marianos son “tonterías”.
Hay un aspecto casi grotesco de esta nivelación y simplificación de la Jerarquía para cumplir con el pensamiento dominante. El deseo de la Jerarquía de complacer a sus perseguidores y servir a sus enemigos siempre llega demasiado tarde y está fuera de sincronía, dando la impresión de que los Obispos están irremediablemente anticuados, ciertamente no están al día con los tiempos. Conducen a aquellos que los ven tan entusiasmados con su propia extinción a creer que esta demostración de sumisión cortesana a lo políticamente correcto no proviene tanto de una verdadera persuasión ideológica, sino más bien del miedo a ser barridos, a perder el poder y a no tener ya ese prestigio que el mundo todavía les paga, sin embargo. No se dan cuenta – o no quieren admitir – que el prestigio y la autoridad de los que son custodios proviene de la autoridad y el prestigio de la Iglesia de Cristo, y no de la miserable y lamentable falsificación de ella que ellos han creado.
Cuando esta antiiglesia se establezca plenamente en el eclipse total de la Iglesia Católica, la autoridad de sus dirigentes dependerá del grado de sometimiento al Nuevo Orden Mundial, que no tolerará ninguna divergencia con su propio credo y aplicará despiadadamente ese dogmatismo, t fanatismo y fundamentalismo que muchos Prelados y autodenominados intelectuales critican en los que siguen siendo fieles al Magisterio hoy en día. De esta manera, la iglesia profunda podrá seguir llevando la marca “Iglesia Católica”, pero será la esclava del pensamiento del Nuevo Orden, que recuerda a los judíos que, después de negar el reinado de Cristo ante Pilatos, fueron esclavizados por la autoridad civil de su tiempo: “No tenemos otro rey que el César” (Jn 19:15). El César de hoy nos ordena cerrar las iglesias, llevar una máscara y suspender las celebraciones con el pretexto de una supuesta pandemia. El régimen comunista persigue a los católicos chinos, y el mundo no escucha nada más que silencio de Roma. Mañana un nuevo Tito saqueará el templo del Concilio, transportando sus restos a algún museo, y la venganza divina a manos de los paganos se habrá logrado una vez más.
6. EL PAPEL INSTRUMENTAL DE LOS CATÓLICOS MODERADOS EN LA REVOLUCIÓN
 Algunos podrían decir que los Padres y Papas del Concilio que presidieron esa asamblea, no se dieron cuenta de las implicaciones que su aprobación de los documentos del Vaticano II tendría para el futuro de la Iglesia. Si este fuera el caso – es decir, si hubiera habido algún arrepentimiento posterior en su aprobación apresurada de textos heréticos o textos cercanos a la herejía – es difícil entender por qué no pudieron poner fin de inmediato a los abusos, corregir errores, aclarar malentendidos y omisiones. Y sobre todo, es incomprensible por qué la Autoridad eclesiástica ha sido tan despiadada contra aquellos que defendían la Verdad Católica, y, al mismo tiempo, eran tan terriblemente complacientes con los rebeldes y herejes. En todo caso, la responsabilidad de la crisis conciliar debe ser puesta a los pies de la Autoridad que, aun en medio de mil apelaciones a la colegialidad y a la pastoral, ha guardado celosamente sus prerrogativas, ejerciéndolas sólo en una dirección, es decir, contra el pusillus grex [pequeño rebaño] y nunca contra los enemigos de Dios y de la Iglesia. Las muy raras excepciones, cuando un teólogo hereje o un religioso revolucionario ha sido censurado por el Santo Oficio, sólo ofrecen una trágica confirmación de una regla que se ha aplicado durante décadas; sin mencionar que muchos de ellos, en los últimos tiempos, han sido rehabilitados sin ninguna abjuración de sus errores e incluso promovidos a posiciones institucionales en la Curia Romana o en el Ateneo Pontificio.
Esta es la realidad, tal como surge de mi análisis. Sin embargo, sabemos que, además del ala progresista del Concilio y el ala católica tradicional, hay una parte del Episcopado, el clero y el pueblo que intenta mantener la misma distancia de lo que considera dos extremos. Me refiero a los llamados “conservadores”, es decir, una parte centrista del cuerpo eclesial que termina “llevando agua” para los Revolucionarios porque, aunque rechaza sus excesos, comparte los mismos principios. El error de los “conservadores” consiste en dar una connotación negativa al tradicionalismo y en situarlo en el lado opuesto del progresismo. Su aurea mediocritas consiste en colocarse arbitrariamente no entre dos vicios, sino entre la virtud y el vicio. Son los que critican los excesos de la pachamama o de las declaraciones más extremas de Bergoglio, pero que no toleran que se cuestione al Concilio, por no hablar del vínculo intrínseco entre el cáncer conciliar y la metástasis actual. La correlación entre el conservadurismo político y el conservadurismo religioso consiste en adoptar el “centro”, una síntesis entre la tesis de la “derecha” y la antítesis de la “izquierda”, según el enfoque hegeliano tan apreciado por los partidarios moderados del Concilio.
En la esfera civil, el Estado profundo ha manejado la disidencia política y social utilizando organizaciones y movimientos que son sólo aparentemente de oposición, pero que en realidad son instrumentales para mantener el poder. Del mismo modo, en la esfera eclesial, la iglesia profunda utiliza a los “conservadores” moderados para dar una apariencia de ofrecer libertad a los fieles. El propio Motu Proprio Summorum Pontificum, por ejemplo, al tiempo que concede la celebración en forma extraordinaria, exige saltem impliciter [al menos implícitamente] que aceptemos el Concilio y reconozcamos la legalidad de la liturgia reformada. Esta estratagema impide a los beneficiarios del Motu Proprio plantear cualquier objeción, o se arriesgan a la disolución de las comunidades Ecclesia Dei. Y se inculca en el pueblo cristiano la peligrosa idea de que una cosa buena, para tener legitimidad en la Iglesia y en la sociedad, debe ir necesariamente acompañada de una cosa mala o, al menos, de algo menos bueno. Sin embargo, sólo una mente equivocada trataría de dar igualdad de derechos tanto al bien como al mal. Poco importa si uno está personalmente a favor del bien, cuando reconoce la legitimidad de los que están a favor del mal. En este sentido, la “libertad de elección” del aborto teorizada por los políticos democráticos encuentra su contrapartida en la no menos aberrante “libertad religiosa” teorizada por el Concilio, que hoy en día es defendida obstinadamente por la anti-Iglesia. Si no es permisible que un católico apoye a un político que defiende el derecho al aborto, es aún menos permisible que apruebe a un Prelado que defiende la “libertad” de un individuo de poner en peligro su alma inmortal “eligiendo” permanecer en pecado mortal. Esto no es misericordia; es un grave abandono del deber espiritual ante Dios para obtener el favor y la aprobación del hombre.
7. “SOCIEDAD ABIERTA” Y “RELIGIÓN ABIERTA”
Este análisis difícilmente estaría completo sin una palabra sobre el neo-lenguaje tan popular en la esfera eclesiástica. El vocabulario tradicional católico ha sido modificado deliberadamente, para cambiar el contenido que expresa. Lo mismo ha sucedido en la liturgia y la predicación, donde la claridad de la exposición católica ha sido reemplazada por la ambigüedad o la negación implícita de la verdad dogmática. Los ejemplos son interminables. Este fenómeno también se remonta al Vaticano II, que buscó desarrollar versiones “católicas” de los lemas del mundo. Sin embargo, me gustaría enfatizar que todas esas expresiones que se toman prestadas de los léxicos secularistas son también parte del neo-lenguaje. Consideremos la insistencia de Bergoglio en la “iglesia que sale”, la apertura como un valor positivo. De manera similar, cito ahora a Fratelli tutti:

“Un pueblo vivo y dinámico, un pueblo con futuro, es uno constantemente abierto a una nueva síntesis a través de su capacidad de acoger las diferencias” (Fratelli Tutti, 160).
“La Iglesia es un hogar con puertas abiertas” (ibid. 276).
“Queremos ser una Iglesia que sirve, que sale de su casa y sale de sus lugares de culto, sale de sus sacristías, para acompañar la vida, para sostener la esperanza, para ser signo de unidad… para construir puentes, para derribar muros, para sembrar semillas de reconciliación” (ibíd.).

La similitud con la Sociedad Abierta que persigue la ideología globalista de Soros es tan sorprendente que casi constituye un contrapunto de la Religión Abierta.
Y esta Religión Abierta está perfectamente en sintonía con las intenciones del globalismo. Desde las reuniones políticas “para un Nuevo Humanismo” bendecidas por los líderes de la Iglesia hasta la participación de la intelectualidad progresista en la propaganda verde, todo persigue el pensamiento dominante, en el triste y grotesco intento de complacer al mundo. El marcado contraste con las palabras del Apóstol es claro: “¿Estoy tratando de ganar la aprobación de los seres humanos, o de Dios? ¿O estoy tratando de complacer a la gente? Si todavía tratara de complacer a la gente, no sería un siervo de Cristo” (Gal. 1:10).
La Iglesia Católica vive bajo la mirada de Dios; existe para su gloria y para la salvación de las almas. La anti-iglesia vive bajo la mirada del mundo, complaciendo la apoteosis blasfema del hombre y la condenación de las almas. Durante la última sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II, ante todos los Padres Sinodales, estas sorprendentes palabras de Pablo VI resonaron en la Basílica Vaticana:

“La religión del Dios que se hizo hombre se ha encontrado con la religión (pues tal es) del hombre que se hace a sí mismo Dios. ¿Y qué ha pasado? ¿Hubo un enfrentamiento, una batalla, una condena? Pudo haberla habido, pero no hubo ninguna. La vieja historia del samaritano ha sido el modelo de la espiritualidad del concilio. Un sentimiento de simpatía ilimitada ha impregnado todo el conjunto. La atención de nuestro Concilio ha sido absorbida por el descubrimiento de las necesidades humanas (y estas necesidades crecen en proporción a la grandeza que el hijo de la tierra reclama para sí mismo). Pero llamamos a los que se llaman humanistas modernos, y que han renunciado al valor trascendente de las realidades más elevadas, a que den al Concilio crédito al menos por una cualidad y a que reconozcan nuestro propio y nuevo tipo de humanismo: también nosotros, de hecho, más que ningún otro, honramos a la humanidad”[4].Esta simpatía [- en el sentido etimológico de συμπάϑεια, es decir, la participación en el sentimiento del otro -] es la figura del Concilio y de la nueva religión ( porque es tal) de la anti-iglesia. Una anti-iglesia nacida de la unión impura entre la Iglesia y el mundo, entre la Jerusalén celestial y la Babilonia infernal. Nótese bien: la primera vez que un Pontífice mencionó el “nuevo humanismo” fue en la sesión final del Vaticano II, y hoy lo encontramos repetido como un mantra por aquellos que lo consideran una expresión perfecta y coherente del mens [estado de ánimo] revolucionario del Concilio.[5]
Siempre en vista de esta comunión de intenciones entre el Nuevo Orden Mundial y la anti-iglesia, debemos recordar el Pacto Mundial sobre la Educación, un proyecto diseñado por Bergoglio “para generar un cambio a escala planetaria, para que la educación sea creadora de fraternidad, paz y justicia”. Una necesidad aún más urgente en este tiempo marcado por la pandemia”[6]. Promovido en colaboración con las Naciones Unidas, este “proceso de formación en la relación y la cultura del encuentro encuentra también espacio y valor en la ‘casa común’ con todas las criaturas, ya que las personas, al igual que se forman a la lógica de la comunión y la solidaridad, ya están trabajando “para recuperar la serena armonía con la creación”, y para configurar el mundo como “un espacio de verdadera hermandad” (Gaudium et Spes, 37). “[7] Como se puede ver, la referencia ideológica es siempre y únicamente al Vaticano II, porque sólo a partir de ese momento la anti-iglesia colocó al hombre en el lugar de Dios, a la criatura en el lugar del Creador.
El “nuevo humanismo” tiene evidentemente un marco ambiental y ecológico en el que están injertadas tanto la Encíclica Laudato Sì como la Teología Verde – la “Iglesia con rostro de Amazonas” del Sínodo de Obispos de 2019, con su culto idolátrico a la pachamama (madre tierra) en presencia del Sanedrín romano. La actitud de la Iglesia durante Covid-19 demostró, por un lado, la sumisión de la jerarquía a los diktats del Estado, en violación de las Libertas Ecclesiae, que el Papa debería haber defendido firmemente. Por otro lado, puso de manifiesto la negación de cualquier significado sobrenatural de la pandemia, sustituyendo la justa ira de Dios ofendida por los innumerables pecados de la humanidad y las naciones por una furia más perturbadora y destructiva de la Naturaleza, ofendida por la falta de respeto al medio ambiente. Me gustaría destacar que atribuir una identidad personal a la Naturaleza, casi dotada de intelecto y voluntad, es un preludio de su divinización. Ya hemos visto un preludio sacrílego de esto, bajo la misma cúpula de la Basílica de San Pedro.
El resultado final es el siguiente: la conformidad por parte de la anti-iglesia con la ideología dominante del mundo moderno establece una verdadera cooperación con poderosos representantes del estado profundo, comenzando con aquellos que trabajan por una “economía sostenible”, involucrando a Jorge Mario Bergoglio, Bill Gates, Jeffrey Sachs, John Elkann, Gunter Pauli.[8] 
[Será útil recordar que la economía sostenible también tiene implicaciones para la agricultura y el mundo del trabajo en general. El estado profundo necesita asegurar la mano de obra de bajo costo a través de la inmigración, que al mismo tiempo contribuye a la cancelación de la identidad religiosa, cultural y lingüística de las naciones involucradas. La iglesia profunda presta una base ideológica y seudo-teológica a este plan de invasión, y al mismo tiempo garantiza una participación en el lucrativo negocio de la hospitalidad. Podemos entender la insistencia de Bergoglio en el tema de los migrantes, reiterada también en Fratelli Tutti: “Se está extendiendo una mentalidad xenófoba de cierre y autocontrol” (ibíd. 39. “Las migraciones constituirán un elemento fundador del futuro del mundo” (ibíd. 40). Bergoglio utilizó la expresión “elemento fundador”, afirmando que no es posible hipotetizar un futuro sin migraciones].
Permítanme unas breves palabras sobre la situación política de los Estados Unidos en vísperas de las elecciones presidenciales. Fratelli Tutti parece ser una forma de respaldo del Vaticano al candidato demócrata, en clara oposición a Donald Trump, y llegó unos días después de que Francisco se negara a conceder una audiencia al Secretario de Estado Mike Pompeo en Roma. Esto confirma de qué lado están los hijos de la luz y quiénes son los hijos de la oscuridad.
8. LOS FUNDAMENTOS IDEOLÓGICOS DE LA “HERMANDAD”
El tema de la hermandad, una obsesión de Bergoglio, encuentra su primera formulación en Nostra Ætate y Dignitatis Humanae. La última encíclica, Fratelli Tutti, es el manifiesto de esta visión masónica, en la que el grito Liberté, Égalité, Fraternité reemplazó al Evangelio, en aras de una unidad entre los hombres que deja fuera a Dios. Nótese que el Documento sobre la Fraternidad Humana para la Paz Mundial y la Convivencia firmado en Abu Dhabi el 4 de febrero de 2019 fue orgullosamente defendido por Bergoglio con estas palabras:

“Desde el punto de vista católico el documento no pasó ni un milímetro más allá del Concilio Vaticano II.”El cardenal Miguel Ayuso Guixot, presidente del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, comenta en La Civiltà Cattolica:

[“Con el Concilio, el terraplén se agrietó gradualmente y luego se rompió: El río del diálogo se ha extendido con las Declaraciones del Concilio Nostra Ætate sobre la relación entre la Iglesia y los creyentes de otras religiones y Dignitatis Humanae sobre la libertad religiosa, temas y documentos que están estrechamente ligados entre sí, y han permitido a San Juan Pablo II dar vida a encuentros como la Jornada Mundial de Oración por la Paz en Asís el 27 de octubre de 1986 y Benedicto XVI, veinticinco años después, hacernos vivir en la ciudad de San Francisco la Jornada de Reflexión, Diálogo y Oración por la Paz y la Justicia en el Mundo – Peregrinos de la Verdad, Peregrinos de la Paz. Por tanto,] el compromiso de la Iglesia católica en el diálogo interreligioso, que abre el camino a la paz y a la fraternidad, forma parte de su misión original y tiene sus raíces en el acontecimiento conciliar”[9].Una vez más, el cáncer del Vaticano II confirma que está en el origen de la metástasis bergogliana. El fil rouge [hilo común] que une el Concilio con el culto a la pachamama también pasa por Asís, como mi hermano Atanasio Schneider señaló acertadamente en su reciente discurso.[10]
Y hablando de la anti-iglesia, el obispo Fulton Sheen describe al Anticristo: “Como su religión será la hermandad sin la paternidad de Dios, engañará incluso a los elegidos.”[11] Parece que vemos la profecía del venerable arzobispo americano hacerse realidad ante nuestros ojos.
No es de extrañar, por tanto, que la infame Gran Logia de España, después de haber felicitado calurosamente a su paladín elevado al Trono, haya vuelto a rendir homenaje a Bergoglio con estas palabras:

[“El gran principio de esta escuela iniciática no ha cambiado en tres siglos: la construcción de una hermandad universal donde los seres humanos se llaman a sí mismos hermanos entre sí más allá de sus creencias específicas, sus ideologías, el color de su piel, su extracción social, su idioma, su cultura o su nacionalidad. Este sueño fraternal chocó con el fundamentalismo religioso que, en el caso de la Iglesia católica, dio lugar a duros textos que condenaban la tolerancia de la masonería en el siglo XIX]. La última encíclica del Papa Francisco muestra lo lejos que está la actual Iglesia Católica de sus posiciones anteriores. En “Fratelli Tutti”, el papa abrazó la Hermandad Universal, el gran principio de la masonería moderna.”[12]La reacción del Gran Oriente de Italia no es diferente:

“Estos son los principios que la masonería siempre ha perseguido y guardado para la elevación de la Humanidad.”[13]Austen Ivereigh, el hagiógrafo de Bergoglio, confirma con satisfacción esta interpretación que un católico consideraría, con razón, al menos inquietante.[14]]
Recuerdo que en los documentos masónicos de la Alta Vendita, desde el siglo XIX, se planeó una infiltración de la masonería en la Iglesia:

“Tú también pescarás algunos amigos y los llevarás a los pies de la Sede Apostólica. Vosotros habréis predicado una revolución por la tiara y la capa, marchando con la cruz y el estandarte, una revolución que no tendrá necesidad más que de una chispa para incendiar las cuatro esquinas del mundo.”[15].[9. LA SUBVERSIÓN DE LA RELACIÓN INDIVIDUAL Y SOCIAL CON DIOS
 Permítanme concluir este examen de los vínculos entre el Concilio y la crisis actual haciendo hincapié en una inversión que considero extremadamente importante y significativa. Me refiero a la relación del laico individual y la comunidad de fieles con Dios. Mientras que en la Iglesia de Cristo la relación del alma con el Señor es eminentemente personal, incluso cuando es transmitida por el Sagrado Ministro en la acción litúrgica, en la iglesia conciliar prevalece la relación de la comunidad y del grupo. Pensemos en su insistencia en querer hacer del Bautismo de un niño, o de la boda de un matrimonio, “un acto de la comunidad”; o en la imposibilidad de recibir individualmente la sagrada Comunión fuera de la Misa, y en la práctica común de acercarse a la Comunión durante la Misa incluso sin las condiciones necesarias. Todo esto está sancionado en base a un concepto protestante de participación en el banquete eucarístico, del que no se excluye a ningún invitado. Bajo este concepto de comunidad, la persona pierde su individualidad, perdiéndose en la comunidad anónima de la celebración. Así también, la relación del cuerpo social con Dios desaparece en un personalismo que elimina el papel de mediación de la Iglesia y el Estado. La individualización en el campo moral entra también en esto, donde los derechos y preferencias del individuo se convierten en fundamento para la erradicación de la moral social. Esto se hace en nombre de una “inclusión” que legitima todo vicio y aberración moral. La sociedad, entendida como la unión de varios individuos con el fin de alcanzar un objetivo común, se divide en una multiplicidad de individuos, cada uno de los cuales tiene su propio propósito. Esto es el resultado de un trastorno ideológico que merece ser analizado en profundidad, debido a sus implicaciones tanto en la esfera eclesial como en la civil. Sin embargo, es evidente que el primer paso de esta revolución se encuentra en los conciliares, comenzando por el adoctrinamiento del pueblo cristiano constituido por la Liturgia Reformada, en la que el individuo se funde en la asamblea despersonalizándose, y la comunidad se convierte en un conjunto de individuos al perder su identidad].
10. CAUSA Y EFECTO
La filosofía nos enseña que a una causa siempre le corresponde un cierto efecto. Hemos visto que las acciones llevadas a cabo durante el Vaticano II han tenido el efecto deseado, dando forma concreta a ese punto de inflexión antropológica que hoy en día ha llevado a la apostasía de la anti Iglesia y al eclipse de la verdadera Iglesia de Cristo. Por lo tanto, debemos comprender que, si queremos deshacer los efectos nocivos que vemos ante nosotros, es necesario e indispensable eliminar los factores que los causaron. Si este es nuestro objetivo, es evidente que aceptar – o incluso aceptar parcialmente – esos principios revolucionarios haría nuestros esfuerzos inútiles y contraproducentes. Por lo tanto, debemos tener claros los objetivos a alcanzar, ordenando nuestra acción a las metas. Pero todos debemos ser conscientes de que en esta labor de restauración no es posible hacer excepciones a los principios, precisamente porque el hecho de no compartirlos impediría cualquier posibilidad de éxito.
Por lo tanto, dejemos de una vez por todas las vanas distinciones sobre la presunta bondad del Concilio, la traición a la voluntad de los Padres Sinodales, la letra y el espíritu del Vaticano II, el peso magisterial (o la falta) de sus actos, y la hermenéutica de la continuidad frente a la de la ruptura. La anti-iglesia ha usado la etiqueta “Concilio Ecuménico” para dar autoridad y fuerza legal a su agenda revolucionaria, así como Bergoglio llama a su manifiesto político de lealtad al Nuevo Orden Mundial una “carta encíclica”. La astucia del enemigo ha aislado a la parte sana de la Iglesia, dividida entre tener que reconocer la naturaleza subversiva de los documentos conciliares, teniendo así que excluirlos del cuerpo del Magisterio, y tener que negar la realidad declarándolos apodícticamente ortodoxos para salvaguardar la infalibilidad del Magisterio. La Dubia representaba una humillación para aquellos Príncipes de la Iglesia, pero sin desatar los nudos doctrinales puestos en conocimiento del Romano Pontífice. Bergoglio no responde, precisamente porque no quiere negar o confirmar los errores implícitos, exponiéndose así al riesgo de ser declarado hereje y perder el papado. Este es el mismo método utilizado con el Concilio, donde la ambigüedad y el uso de una terminología imprecisa impiden la condena del error que se ha implicado. Pero el jurista sabe muy bien que, además de la violación flagrante de la ley, se puede también cometer un delito eludiéndola, utilizándola para fines malvados: contra legem fit, quod in fraudem legis fit. [lo que elude la ley está en contra de ella.]
11. CONCLUSIÓN 
La única manera de ganar esta batalla es volver a hacer lo que la Iglesia siempre ha hecho, y dejar de hacer lo que la anti-iglesia nos pide hoy – lo que la verdadera Iglesia siempre ha condenado. Pongamos a Nuestro Señor Jesucristo, Rey y Sumo Sacerdote, de nuevo en el centro de la vida de la Iglesia; y antes de eso, en el centro de la vida de nuestras comunidades, de nuestras familias, de nosotros mismos. Devolvamos la corona a Nuestra Señora María Santísima, Reina y Madre de la Iglesia.
Volvamos a celebrar dignamente la Santa Liturgia tradicional, y a rezar con las palabras de los Santos, no con las divagaciones de los modernistas y herejes. Empecemos de nuevo a saborear los escritos de los Padres de la Iglesia y de los Místicos, y a echar al fuego las obras imbuidas de modernismo y sentimentalismo inmanentista. Apoyemos, con la oración y la ayuda material, a los muchos buenos sacerdotes que permanecen fieles a la verdadera Fe, y retiremos todo el apoyo a aquellos que han llegado a un acuerdo con el mundo y sus mentiras.
Y sobre todo – ¡lo pido en nombre de Dios! – abandonemos ese sentido de inferioridad que nuestros adversarios nos han acostumbrado a aceptar: en la guerra del Señor, no nos humillan (ciertamente merecemos toda la humillación por nuestros pecados). No, humillan a la Majestad de Dios y a la Esposa del Cordero Inmaculado. La verdad que abrazamos no viene de nosotros, sino de Dios. Negar la Verdad, aceptar que debe justificarse ante las herejías y errores de la anti-iglesia, no es un acto de humildad, sino de cobardía y pusilanimidad. Inspirémonos en el ejemplo de los Santos Mártires Macabeos, ante un nuevo Antíoco que nos pide sacrificar a los ídolos y abandonar al verdadero Dios. Respondamos con sus palabras, rezando al Señor: “Así que ahora, oh Soberano de los cielos, envía un buen ángel para sembrar el terror y el temblor ante nosotros. Con la fuerza de tu brazo, que estos blasfemos que vienen contra tu santo pueblo sean derribados” (2 Mac 15:23).
Permítanme concluir mi charla de hoy con un recuerdo personal. Cuando fui Nuncio Apostólico en Nigeria, conocí una magnífica tradición popular que surgió de la terrible guerra de Biafra, y que continúa hasta hoy. Participé personalmente en ella durante una visita pastoral a la Arquidiócesis de Onitsha, y me impresionó mucho. Esta tradición – llamada “Niños del Rosario en Bloque” – consiste en reunir a miles de niños (incluso muy pequeños) en cada pueblo o barrio para el rezo del Santo Rosario para implorar la paz – cada niño sosteniendo un pequeño trozo de madera, como un mini altar, con una imagen de Nuestra Señora y una pequeña vela en él.
En los días previos al 3 de noviembre, invito a todos a unirse a una Cruzada del Rosario: una especie de sitio de Jericó, no con siete trompetas hechas de cuernos de carnero tocadas por los sacerdotes, sino con el Ave María de los pequeños y los inocentes para derribar los muros del estado profundo y de la iglesia profunda. 
Unámonos con los pequeños en un Rosario de Niños en Bloque, implorando a la Mujer vestida de Sol, que el Reino de Nuestra Señora y Madre sea restaurado, y el eclipse que nos aflige acortado. 
Y que Dios bendiga estas santas intenciones.
 ______________________________
1] Padre Antonio Spadaro sj, Fratelli Tutti, la risposta di Francesco alla crisi del nostro tempo, in Formiche, 4 Ottobre 2020 (qui).
2] “El pontificado del Papa Francisco es como un estandarte que se alza ante los integristas católicos y los que equiparan la continuidad material y la tradición: La doctrina católica no sólo se desarrolla. A veces cambia realmente: por ejemplo en la pena de muerte, la guerra”, https://twitter.com/Johnthemadmonk/status/1313616541385134080/photo/1
https://twitter.com/massimofaggioli/status/1313569449065222145?s=21
[3]          «Dovremmo evitare di cadere in questi quattro atteggiamenti perversi, che certo non aiutano alla ricerca onesta e al dialogo sincero e produttivo sulla costruzione del futuro del nostro pianeta: negazione, indifferenza, rassegnazione e fiducia in soluzioni inadeguate»,
            cfr. https://www.avvenire.it/papa/pagine/papa-su-clima-basta-negazionismi-su-riscaldamento-globale
[4]          «Religio, id est cultus Dei, qui homo fieri voluit, atque religio – talis enim est aestimanda – id est cultus hominis, qui fieri vult Deus, inter se congressae sunt. Quid tamen accidit? Certamen, proelium, anathema? Id sane haberi potuerat, sed plane non accidit. Vetus illa de bono Samaritano narratio excmplum fuit atque norma, ad quam Concilii nostri spiritualis ratio directa est. Etenim, immensus quidam erga homines amor Concilium penitus pervasit. Perspectae et iterum consideratae hominum necessitates, quae eo molestiores fiunt, quo magis huius terrae filius crescit, totum nostrae huius Synodi studium detinuerunt. Hanc saltem laudem Concilio tribuite, vos, nostra hac aetate cultores humanitatis, qui veritates rerum naturam transcendentes renuitis, iidemque novum nostrum humanitatis studium agnoscite: nam nos etiam, immo nos prae ceteris, hominis sumus cultores». Paolo VI, Allocuzione per l’ultima sessione del Concilio Ecumenico Vaticano II, 7 Dicembre 1965,
            cfr. http://www.vatican.va/content/paul-vi/it/speeches/1965/documents/hf_p-vi_spe_19651207_epilogo-concilio.html
[5]          https://twitter.com/i/status/1312837860442210304
[6]          Cfr. http://www.educationglobalcompact.org
[7]          Congregazione per l’Educazione Cattolica, Lettera Circolare alle scuole, università e istituzioni educative, 10 Settembre 2020, cfr. http://www.educatio.va/content/dam/cec/Documenti/2020-09/IT-CONGREGATIO-LETTERA-COVID.pdf
[8]          https://www.lastampa.it/cronaca/2020/10/03/news/green-blue-la-nuova-voce-dell-economia-sostenibile-via-con-il-papa-e-bill-gates-1.39375988
            https://remnantnewspaper.com/web/index.php/articles/item/2990-the-vatican-un-alliance-architects-of-death-and-doom
[9]          Card. Miguel Ángel Ayuso Guixot, Il documento sulla Fraternità umana nel solco del Concilio Vaticano II, 3 Febbraio 2020. Cfr. https://www.laciviltacattolica.it/news/il-documento-sulla-fratellanza-umana-nel-solco-del-concilio-vaticano-ii/
[10]        https://www.cfnews.org.uk/bishop-schneider-pachamama-worship-in-rome-was-prepared-by-assisi-meetings/
[11]        Mons. Fulton Sheen, discorso radiofonico del 26 Gennaio 1947. Cfr. https://www.tempi.it/fulton-sheen-e-linganno-del-grande-umanitario/
[12]        https://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=38792
[13]        https://twitter.com/grandeorienteit/status/1312991358886514688
[14]        https://youtu.be/s8v-O_VH1xw
[15]        «Vous amènerez des amis autour de la Chaire apostolique. Vous aurez prêché une révolution en tiare et en chape, marchant avec la croix et la bannière, une révolution qui n’aura besoin que d’être un tout petit peu aiguillonnée pour mettre le feu aux quatre coins du monde». Cfr. Jacques Cretineau-Joly, L’Église romaine en face de la Révolution, Parigi, Henri Plon, 1859 (qui).ompartir

Habla Mons. Viganò acerca del último escándalo de proporciones diabólicas sin precedentes de parte de Francisco.

miércoles, 21 de octubre de 2020

!”APROBACIÓN”! DE LAS UNIONES HOMOSEXUALES!!!

FUENTE: ALDO MARIA VALLI
Roma, 21 de octubre de 2020 – El sitio web Vatican News[1] ha anunciado que una película documental titulada “Francesco”, realizada por el director Evgeny Afineevsky, se proyectará hoy en el Festival de Cine de Roma.

Este documental – según la Agencia Católica de Noticias[2] y el sitio America, the Jesuit review[3] – hace públicos algunos de los pronunciamientos de Jorge Mario Bergoglio sobre la homosexualidad. Entre otras afirmaciones, estas frases son desconcertantes:

“Los homosexuales tienen derecho a formar parte de una familia. Son hijos de Dios y tienen derecho a una familia. No se puede echar de la familia a nadie ni hacerles la vida imposible por esto”[4].

“Lo que necesitamos hacer es una ley de convivencia civil. Tienen derecho a estar cubiertos legalmente. Estoy a favor de esto”[5].

No hace falta ser teólogo o moralista para saber que tales afirmaciones son totalmente heterodoxas y constituyen una causa muy grave de escándalo para los fieles.

Atención, sin embargo: estas palabras constituyen la enésima provocación con la que la parte ultraprogresista de la Jerarquía trata de provocar astutamente un cisma, como ya lo ha intentado con la exhortación postsinodal Amoris laetitia, la modificación de la doctrina sobre la pena capital, el Sínodo Panamazónico y la inmunda Pachamama, la Declaración de Abu Dhabi reiterada y agravada luego por la encíclica Fratelli tutti.

Parece que Bergoglio intenta descaradamente “subir la apuesta” en un crescendo de declaraciones heréticas, para obligar a la parte sana de la Iglesia – episcopado, clero y fieles – a acusarlo de herejía, para luego declararla cismática y “enemiga del Papa”.

Jorge Mario Bergoglio trató de obligar a algunos cardenales y obispos a separarse de la comunión con él, obteniendo como resultado no su propia deposición por herejía, sino la expulsión de los católicos que quieren permanecer fieles al perenne Magisterio de la Iglesia. Esta trampa tendría – en las presuntas intenciones de Bergoglio y su “círculo mágico” – el objetivo de consolidar su propio poder dentro de una iglesia que sólo sería nominalmente “católica” pero en realidad herética y cismática.

Este engaño cuenta con el apoyo de la élite globalista, los medios de comunicación y el lobby LGBT, al que muchos clérigos, obispos y cardenales no son ajenos. No olvidemos que en muchas naciones hay leyes vigentes que castigan como delito a quienes, también sobre la base de su propio Credo, consideran reprobable y pecaminosa la sodomía o no aprueban la legitimación del “matrimonio” homosexual. Un pronunciamiento de los obispos contra Bergoglio en un asunto como la homosexualidad podría autorizar a la autoridad civil a procesarlos con la aprobación del Vaticano.

Por lo tanto, Bergoglio tendría de su lado no sólo la “iglesia profunda” representada por los rebeldes como el Padre James Martin, s.j. y los exponentes del “camino sinodal” alemán, sino también el “estado profundo”. No es casualidad que el documental también contenga un respaldo al candidato demócrata en las próximas elecciones presidenciales estadounidenses, junto con una desconcertante condena de la política de la administración Trump, acusada de separar a las familias que intentan entrar ilegalmente en los Estados Unidos, cuando en realidad el presidente se enfrenta a la trata de personas y al tráfico de niños.

Así, mientras que a los obispos conservadores americanos se les prohíbe intervenir en el debate político en apoyo del Presidente Trump, el Vaticano puede permitirse interferir casualmente en las elecciones de su oponente democrático, uniéndose a la censura social y mediática de las gravísimas acusaciones contra la familia Biden.

Como católicos, estamos llamados a defender a los que defienden la vida, la familia natural, la soberanía nacional. Creímos tener al Vicario de Cristo de nuestro lado. Reconocemos dolorosamente que, en este choque de épocas, el que debería liderar la Barca de Pedro ha elegido ponerse del lado del Enemigo, para hundirla. Pensando en el valor de los Santos Pontífices para defender la integridad de la Fe y promover la salvación de las almas, sólo podemos observar: “Quantum mutatus ab illis!

  • Carlo Maria Viganò, Arzobispo

[1]https://www.vaticannews.va/it/papa/news/2020-10/papa-francesco-film-documentario-festival-cinema-roma.html

[2]https://www.catholicnewsagency.com/news/pope-francis-calls-for-civil-union-law-for-same-sex-couples-in-shift-from-vatican-stance-12462

[3]https://www.americamagazine.org/faith/2020/10/21/pope-francis-gay-civil-union-documentary

[4] «Homosexuals have a right to be a part of the family. They’re children of God and have a right to a family. Nobody should be thrown out, or be made miserable because of it».

[5] «What we have to create is a civil union law. That way they are legally covered. I stood up for that»

El ministerio de Mons. Thuc y su validez

EL CASO DE MOSEÑOR THUC

¿Se puede considera valida la linea sacerdotal y episcopal procedente de Mons. Thuc?

¿Fueron las consagraciones realizadas por el arzobispo Thuc válidas?

Gran parte de lo que presento a continuación es un intento de contrarrestar la desinformación fáctica que parece prevalecer en todas partes con respecto al obispo Thuc. Por parte de algunos, ha habido una cantidad considerable de “blanqueo” de la historia no tan edificante del obispo Thuc, con el resultado de que muchas personas se han formado opiniones sobre él basadas en errores y omisiones fácticas.

Víctimas de todo esto, además de la verdad misma, son todos aquellos católicos bien intencionados que han puesto la confianza en la validez de las Órdenes Sacramentales que emanan de él. Creo que esto debe corregirse.

1. BREVE HISTORIA DEL OBISPO THUC

No hay razón para dudar de la validez personal de la consagración del obispo Pierre Martin Ngo Dinh Thuc. Era un obispo válido con el poder de consagrar válidamente a otros obispos. Nacido en 1897, el obispo Ngo Dinh Thuc fue consagrado obispo en Vietnam del Sur en 1938 y ascendido a la dignidad de arzobispo en 1960 por Juan XXIII.

El obispo Thuc fue un participante activo en el Concilio Vaticano II y, según se informa, firmó todos los documentos de ese conciliábulo. Tras el cierre del Concilio Vaticano II, Pablo VI no le permitió regresar a Vietnam, por lo que el obispo Thuc comenzó su vida como un exiliado en Roma. En 1968, Pablo VI nombró al obispo Thuc como arzobispo titular de Bulla Regia (una antigua sede ahora vacante en Túnez).

Comienzan las masivas “Consagraciones”

Mientras vivía en Roma, el obispo Thuc conoció al P. Ravaz, quien en ese momento enseñaba en el seminario del arzobispo Marcel Lefebvre en Suiza. A mediados de la década de 1970, el P. Ravaz se involucró con un grupo de “visionarios” en Palmar de Troya, España, encabezados por un corredor de seguros, Clemente Domínguez Gómez, quien creía que el “verdadero” Pablo VI era un prisionero del Vaticano y que el visible Pablo VI era un doble del que estaba preso. (Después de la muerte de Pablo VI en 1978, Domínguez afirmó que Cristo lo había coronado místicamente como Papa y tomó el nombre de Gregorio XVII. Posteriormente fundó su propia iglesia y declaró a Pablo VI como un santo mártir).

Un día el P. Ravaz le dijo al obispo Thuc que “Nuestra Señora” tenía trabajo para él en Palmar de Troya, Mons Thuc “obedeció” inmediatamente. El 31 de diciembre de 1975, el obispo Thuc ordenó al sacerdocio a Clemente y a otros cuatro laicos, y tan solo 12 días después consagró a dos de los cinco hombres recién ordenados y a otros tres al episcopado del grupo Palmar de Troya. (Como acotación al margen, en menos de 2 años Clemente “consagró” al episcopado no menos de 70 hombres).

Debido a que el Mons Thuc hizo esto sin un mandato (permiso) de Roma, el 17 de septiembre de 1976, Pablo VI lo “excomulgó”. Entonces Mons. Thuc inmediatamente se “arrepintió” y renunció a lo que había hecho en España, y Pablo VI le levantó la “excomunión”.

El 10 de julio de 1977, apenas seis meses después de las consagraciones palmarianas, encontramos a Thuc consagrando a su primer obispo para la Iglesia Vetero-Católica, Labat d’Arnoux (son cismáticos desde el siglo XIX cuando abandonaron la Iglesia Católica después de negarse a reconocer el Concilio Vaticano I). El 2 de febrero de 1977, el obispo Thuc consagró condicionalmente a otro vetero-católico cismático llamado Jean Laborie (quien, dicho sea de paso, había sido previamente consagrado otras cuatro veces). Durante los próximos años, el obispo Thuc consagrará al menos tres obispos más para la Iglesia Vetero-Católica.(1)

En 1978, Mons. Thuc se mudó a Toulon, Francia y se instaló con una familia budista vietnamita. Mientras estuvo allí, asistió regularmente al obispo conciliar Barthe de Frejus en su catedral de Toulon.

El 16 de abril de 1981, Jueves Santo, el obispo Thuc fue sorprendido concelebrando la Misa Nueva con Barthe de Frejus. Sin embargo, apenas tres semanas después de este evento, el obispo Thuc tuvo su primer coqueteo con el catolicismo tradicional y consagró Guerard des Lauriers el 7 de mayo de 1981.

Luego, el 17 de octubre de 1981, Mons. Thuc consagró a dos sacerdotes mexicanos, Moisés Carmona y Aldolfo Zamora.

El 18 de abril de 1982, y luego nuevamente el 25 de septiembre de 1982, el obispo Thuc consagró dos obispos más, Luigi Boni y Christian Datessen respectivamente.

Más tarde, en 1982, el obispo Thuc se mudó a Nueva York para vivir con un “obispo” de su linea sacerdotal: Louis Vezelis.

El 12 de marzo de 1983, Juan Pablo II excomulgó al obispo Thuc por consagrar una vez más sin un mandato de Roma.

El 8 de enero de 1984, el obispo Thuc se mudó a Carthage Missouri para vivir en un seminario conciliar vietnamita, y es allí donde murió el 13 de diciembre de 1984.

En el transcurso de seis años, el Mons. Thuc consagró a 15 hombres: 5 para la Iglesia Palmariana, 5 para la iglesia cismática vetero-católica y 5 para varios grupos sedevacantistas encabezados principalmente por la secta secreta llamada “LOS TECOS”. ¿Todo esto fue hecho en un esfuerzo por el obispo Thuc para preservar el catolicismo tradicional, como algunos afirman? La respuesta a esta pregunta puede aclararse examinando la conducta del propio obispo Thuc, conscientes del hecho de que las acciones de un hombre realmente hablan más fuerte que sus palabras.

2. MONS. THUC – EL “TRADICIONALISTA”

El hecho de que el obispo Thuc, al menos en ciertos momentos de su vida, adoptó algunas prácticas tradicionales es indiscutible. Hay muchas pruebas de ello. Pero cabe destacar que la “autobiografia” que se dice que “escribió” Mons. Thuc”, donde se manifiesta su tradicionalismo, no ha sido hasta la fecha autentificada.

3. Mons. THUC – ¿ERA DE VERDAD TRADICIONALISTA?

Parece evidente de que Mons. Thuc no tenía tan sólo una cara, sino que tenia muchas que hacen dudar de su capacidad y lucidez mental:

– Concilio Vaticano II – 1962-65

Si el obispo Thuc hubiera sido un verdadero obispo católico tradicional, habría sido fiel a la gran responsabilidad que Dios había puesto sobre sus hombros como sucesor de los Apóstoles, es decir, reconocer que todos sus “esfuerzos deben apuntar a preservar la fe de la verdad.” (Catecismo. Enc., Obispos, Obligaciones). Cuando el Concilio Vaticano II amenazaba con hacer naufragar el bienestar espiritual de su rebaño, su obligación de adoptar una postura firme con la ortodoxia era mayor que nunca, porque “si es peligroso que el capitán se vaya del barco cuando el mar está en calma, cuánto más será su responsabilidad cuando el mar está tormentoso “. (Papa Nicolás I, cf. VII, qu. I, can. Sciscitaris). Su solemne responsabilidad, como vaso elegido por Dios, era “no abandonar personalmente su rebaño, ni por conveniencia temporal ni por peligro personal inminente, como el buen pastor debe dar su vida por sus ovejas. ” (Santo Tomás, Summa, 2 de 2, 185, 5). Tal es el papel de un obispo en relación con su rebaño cuando acecha el peligro espiritual.

Entonces, cuando se hizo evidente que el Concilio Vaticano II estaba tratando de destruir el catolicismo y no de preservarlo, ¿dónde estaba Mons. Thuc? ¿Dónde se encuentra registrado algún esfuerzo de él para preservar la verdadera fe durante el Concilio Vaticano II? La verdad es que se quedó callado mientras atacaban al catolicismo. ¿La razón por la que el obispo Thuc no habló en el Concilio en defensa del verdadero catolicismo se debió al hecho de que era simplemente un anciano tímido, demasiado cobarde para hablar, como algunos han sugerido? El registro muestra que no tuvo miedo de hablar, y hablar como de hecho lo hizo, pero nunca contra los errores del Concilio Vaticano II; por el contrario, sorprendentemente, ¡criticó al Consejo porque no era lo suficientemente liberal! A continuación se muestran dos citas de Mons. Thuc dadas en el Concilio Vaticano II:

“Con gran consuelo veo presentes en estas asambleas a los delegados de las Iglesias cristianas no católicas, para ser testigos de nuestra fraternidad, sinceridad y libertad. Pero, ¿dónde están los delegados u observadores de los no cristianos? Entonces, ¿no necesitan esta maravillosa visión de la unidad de la Iglesia Católica? ¿O no necesitan una explicación de nuestra fe cristiana? ¡Qué! ¿Acaso el pueblo a quien representan no forma una tercera parte —o mejor dicho, la mayor parte— de estas ovejas esparcidas que Cristo ansiosamente deseaba entrar en un redil? El escándalo que llegó al mundo entero por la ausencia de invitaciones enviadas a los jefes de las religiones no cristianas lo expuse en la comisión central, pero fue en vano. Rogué encarecidamente al consejo que corrigiera la omisión, para que esta discriminación tan repugnante entre algunas religiones y religiones ya no se encuentre más. Esta ausencia de invitación a los líderes de las religiones cristianas confirma de cierta manera ese prejuicio que se arrastra por el mundo asiático y africano: ‘La Iglesia Católica es una iglesia para hombres de color blanco y no para hombres de color’ ”. (Acta Synodalia Vaticano II, vol. 2, parte 1, págs. 358-359)

“… Me parece extraordinario que en el esquema del pueblo de Dios no se mencione expresamente a la mujer en ninguna parte, por lo que la Iglesia aparece totalmente masculina, mientras que la realidad es bastante diferente. ¿No constituyen las mujeres la mayor parte del laicado, incluso de las prescripciones eclesiásticas? Por supuesto, sé bien que la Iglesia tuvo que comportarse así para no ofender los prejuicios de aquellos tiempos. Así, San Pablo impuso el velo a las mujeres en la Iglesia, para que no desagradaran a los ángeles. Entonces, ¿por qué los hombres deben entrar con orgullo a la iglesia con la cabeza descubierta, lo cual es contrario a la costumbre de los clérigos de hoy tanto en Occidente como en Oriente? De la misma forma, se impuso el silencio a las mujeres mientras que en esta Basílica los muros resonaban recientemente al son de las voces de los Padres. Entonces, las monjas deben obtener el permiso de las iglesias para lavar la ropa sagrada. Y así mismo esta injusta discriminación aparece aquí y ahora en esta sala conciliar … ¿Por qué es que en nuestra era atómica, cuando en casi todo el mundo las mujeres han logrado la igualdad jurídica con los hombres, es sólo en la Iglesia de Cristo que todavía las padecen? discriminaciones injuriosas… busco con afán… que estas discriminaciones contra el sexo más valiente sean erradicadas. Por último, le estaré agradecido a quien pueda presentarme un texto sencillo y apodíctico del Evangelio que excluye a las hermanas de la Santísima Virgen María de las funciones sagradas ”. (Acta Synodalia Vaticani II, vol. 2, parte 3, págs. 513)

Dado que el tema central de este artículo es la validez de las consagraciones de Mons. Thuc, todos los errores contenidos en estos dos párrafos deberán abordarse en otra parte. Es suficiente señalar aquí que por su propia boca se no se le puede considerar para nada un católico tradicional, porque mientras el corazón y el alma del catolicismo estaban siendo atacados, sus preocupaciones eran con el ecumenismo, con los no cristianos y con la igualdad y los derechos de la mujer. Lamentablemente, no terminó ahí.

En referencia a las consagraciones del Palmar de Troya, como se señaló anteriormente, Pablo VI excomulgó al obispo Thuc. ¿El obispo Thuc ignoró la “excomunión” por motivos legítimos del estado de necesidad, como lo hizo el Mons. Lefebvre, consagrando 4 obispos y llamándola “operación supervivencia”? El obispo Thuc, lejos de imitar a Mons. Lefebvre, de hecho reconoció la excomunión como válida:

“El prelado [Mons. Thuc], tan pronto como se dio cuenta de la gravedad de los hechos, deploró y repudió lo que había hecho y trató de impedir más abusos. Luego se puso humildemente a disposición de la autoridad eclesiástica. A tal efecto se apresuró a pedir al Santo Padre la absolución de la excomunión en que había incurrido y escribió a Su Eminencia el Cardenal Bueno y Monreal, Arzobispo de Sevilla, una carta en la que, reconociendo su propio error, pedía perdón por ‘el gran escándalo dado a los fieles y por el inmenso daño causado a la Iglesia al poner en peligro su unidad ‘”(L’Osservatore Romano, edición en inglés, 17 de septiembre de 1976).

En la autobiografía del obispo Thuc, escrita entre 1978 y 1980, elogia al masón Papa Juan XXIII:

“El Concilio Vaticano II se debió a la iniciativa de Juan XXIII. Su epíteto era “el bueno”, pero en mi insignificante opinión, este Papa muy devoto y muy santo era un débil“.

El padre Barthe, mencionado anteriormente, escribe más sobre el obispo Thuc cuando él y el padre Noel Barbara fueron a Francia para reunirse con el obispo Thuc el 7 de enero de 1981. Nuevamente citamos su artículo – Fortes in Fide, # 12:

“Él [el obispo Thuc] está en la Catedral. Fuimos allí y lo encontramos ayudando en la sinaxe [es decir, en la nueva misa] de uno de los sacerdotes … Con la autorización del obispo conciliar de Toulon, Thuc le asignó un confesionario en la catedral del obispo conciliar, y hasta principios de 1982, Thuc sirvió a diario en las nuevas misas celebradas en esta misma catedral…El padre Bárbara le preguntó cuáles eran sus relaciones con el obispo [conciliar] de la catedral. Respondió que el obispo [conciliar] de Toulon le había encomendado la tarea de proporcionar a los vietnamitas la confesión, y también los poderes de confesión para cualquiera que acudiera a él. Una vez al año, el Jueves Santo, invitaba al anciano Arzobispo a concelebrar con él la misa en el nuevo rito… ”

En un debate registrado entre los “sacerdotes” tradicionalistas William Jenkins y Anthony Cekada, Jenkins hizo esta afirmación indiscutible:

“Es un hecho, lo tenemos registrado, tenemos el testimonio jurado, de que durante la consagración de Guerard des Lauriers, el propio Guerard des Lauriers tuvo que intervenir continuamente en la ceremonia y decirle al arzobispo Thuc ‘no se puede decir eso’. Porque él invocaba continuamente el nombre de Juan Pablo II a pesar de que apenas dos semanas antes dijo que él no era el Papa. ”(5)

El obispo Thuc murió el 13 de diciembre de 1984 en el Seminario Conciliar de Nuestra Señora de los Ozarks, Carthage, Missouri. Cinco días después de su muerte se publicó lo siguiente como su última declaración pública:

“Yo, abajo firmante, Peter Martin Ngo Dinh Thuc, Arzobispo Titular de Bulla Regia y Arzobispo Emérito de Hue, deseo retractarme públicamente de todos mis errores previos relacionados con mi ordenación ilegítima al Episcopado, en 1981, a varios sacerdotes, a saber Revs. ML Guerard des Lauriers, OP, Moses Carmona y Adolpho Zamora, así como mi negación del Concilio Vaticano II, el nuevo ‘Ordo Missae’, especialmente la dignidad de Su Santidad, el Papa Juan Pablo II, como realmente legítimo sucesor de San . Peter …

Deseo pedirles sinceramente a todos que me perdonen, rezar por mí y reparar todo escándalo provocado por tan lamentables acciones y declaraciones mías.

También me gustaría exhortar a los sacerdotes antes mencionados que habían sido ordenados ilegítimamente al Episcopado por mí en 1981, y a todos los demás a los que a su vez han ordenado obispos y sacerdotes, así como a sus seguidores, a retractarse de su error, dejando su actual estado falso y reconciliarse con la Iglesia y el Santo Padre, el Papa Juan Pablo II ”.

El obispo Thuc consagró al menos a 15 hombres, ¿por qué señala aquí solo a tres de ellos? ¿No encontró ningún error al consagrar a los demás? ¿Por qué estos tres y estos tres solos le han sacado un mea culpa final?

Entonces, la declaración final del obispo Thuc resume claramente en palabras lo que de hecho había sido su conducta en la vida, que con la excepción de un período que abarca menos de tres años, el obispo Thuc había estado aceptando implícita o explícitamente los errores del Vaticano II; así es como vivía, ahí es donde murió, y eso es lo que profesaba creer cuando murió.

4. OBISPO THUC – EXTRAÑA TEOLOGÍA

Ya hemos visto algunas de las extrañas nociones presentadas por el obispo Thuc durante su asistencia al Concilio Vaticano II. Su propia biografía nos da aún más información sobre su mentalidad liberal y poco ortodoxa:

Irregularidades en la concesión de órdenes

Mons. Thuc era un hombre bien educado, habiendo recibido doctorados en filosofía, teología y derecho canónico, así como una licencia para enseñar de la renombrada Sorbona de París. De modo que si realmente no estuviera algún tipo de demencia, seguramente habría conocido la gravedad de otorgar Órdenes a candidatos no católicos, indignos, y gravemente ilícitas. Sin embargo, esto es exactamente lo que hizo; ordenó y consagró a personas totalmente no católicas o inadecuadas para las Órdenes y, a veces, lo hizo en contra de la ley de la Iglesia que gobierna tales asuntos.

Nuevamente, recurrimos a los padres Barbara y Barthe como testigos:

“El padre Bárbara le recordó que lo había visitado durante el año anterior para pedir información sobre un tal García de Marsella que había ordenado el arzobispo. El arzobispo Thuc nos informó que lamentaba haberlo hecho, porque había llegado a saber que el Padre en cuestión estaba mentalmente desequilibrado … ”

“Entonces mi padre le explicó el motivo de nuestra visita. Un amigo mexicano, el padre Marquette, nos había informado que había consagrado al cura de Acapulco, el padre Moisés Carmona, y a otro mexicano, el padre Zamora. El arzobispo admitió que ese era el caso. No los conocía. Había dos alemanes, Heller e Hiller, que me los trajeron y me pidieron que los consagrara. Tenía confianza en estos dos caballeros porque conocía al Sr. Heller. Es una persona muy buena “.

Se le preguntó al Dr. Hiller sobre la consagración del obispo Thuc de un miembro de la cismática Iglesia Vetero-Católica:

“’¿Cómo podría pensar él [Thuc] en continuar la Iglesia Católica a través de un cismático y hereje Vetero-Católico?’ El Dr. Hiller respondió: ‘Él pensó que cuando fuera ordenado sacerdote o consagrado, sería católico, un Católico romano, y ya no más Vetero-Católico. Sabía exactamente que la Iglesia Católica Antigua no es la Iglesia Católica Romana “.

¡Y esto de un hombre que poseía tres doctorados!

También hay una interesante carta escrita por el padre Adolfo Zamora en la que expresa dudas sobre la vigencia de su propia consagración:

“Desde mi consagración episcopal hace dos años, no he sido reconocido oficialmente como obispo [por la organización a la que pertenecía: Union Católica Trento]. Ahora no sé si soy obispo ”(7).

Y ese es el meollo del problema: NOSOTROS TAMPOCO SABEMOS SI SON OBISPOS.

5. ¿HABIA DEMENCIA EN MONS. THUC?

La salud mental de Mons. Thuc es un tema que se repite con frecuencia, y lo es por una buena razón. Mucho se ha dicho en otros lugares acerca de que el obispo Thuc permitió a los palmarianos fundar su nueva Iglesia al ordenar y consagrar el clero para ellos. Su credulidad en este caso es verdaderamente asombrosa, como lo registró en su propia autobiografía:

“Entonces vino a verme un sacerdote, a quien había conocido antes en Ecône, Suiza. Me dijo sin rodeos: «Excelencia, la Santísima Virgen me envía para que le envíe inmediatamente a España central para prestarle un servicio. Mi coche está listo para ti en la puerta de la casa parroquial y partiremos inmediatamente para estar allí en Navidad “.

“Atónito por esta invitación, le dije: ‘Si es un servicio que la Santísima Virgen requirió, estoy dispuesto a seguirte hasta el fin del mundo, pero debo informar al sacerdote por motivo de la Misa de Navidad y debo empacar mi bolsa.”

“Mons. Thuc dijo que “tenía la mente de un niño”, lo que significa que “era inocente y algo ingenuo al tratar con los demás, un hecho que explica por qué hizo ciertas consagraciones de las que luego se arrepintió” (8).

“Según un sacerdote de la época que lo conoció, Mons. Thuc ‘entraba y salía del estado de lucidez’ “. (9)

“Obispo conciliar Gilles Barthe, con quien Mons. Thuc concelebró públicamente la Nueva “Misa” y en cuya diócesis finalmente se instaló, dijo en el boletín francés La Documentation Catholique (21 de febrero de 1982) sus preocupaciones en torno a las actividades del prelado anciano. “Expreso las reservas más expresas sobre el valor [validez] de estas ordenaciones”, afirmó, y con respecto a la lucidez de Thuc durante los ritos dijo: “Es aún menos [claro] para las ordenaciones hechas en su casa en Toulon. Está permitido preguntarse hasta qué punto tuvo conocimiento de los actos que realizó y hasta qué punto fue su libertad (mental) … “” (10)

Un autor resumió bastante bien las actividades de Mons. Thuc:

“Él [el obispo Thuc] parecía hacer y decir lo que los que lo rodeaban querían que hiciera y dijera. Actuó como si no tuviera mente propia. Cuando estuvo bajo la influencia del clero del Novus Ordo, hizo y dijo lo que querían. Cuando los vetero-católicos acudieron a él para la consagración episcopal, hizo lo que quisieron. Cuando estuvo bajo la influencia de Hiller y Heller, se acomodó a sus deseos. Luego, cuando volvió a estar bajo la influencia del Novus Ordo, hizo lo que querían y repudió lo que había hecho y dicho bajo la influencia de Hiller y Heller ”(11).

Esperamos y rezamos para que el obispo Thuc tuviera de hecho una deficiencia mental, porque al considerar todo el mal que ha emanado de sus imprudentes ordenaciones y consagraciones, este sucesor de los Apóstoles, que poseía tres doctorados y otros grados de conocimiento, habría sido terriblemente culpable ante el tribunal de Dios.

6. LA CREDIBILIDAD DE MONS. THUC

Hasta ahora, hemos producido una cantidad significativa de evidencia que desafía la noción de que el obispo Thuc era un tradicionalista cuya única intención al conferir órdenes era preservar el verdadero catolicismo. En oposición a toda esta evidencia, hay algunas declaraciones atribuidas al propio obispo Thuc. Si el obispo Thuc hubiera sido un hombre creíble, entonces sus declaraciones podrían tener cierto peso. ¿Pero era creíble? Simplemente porque dijo algo, ¿tenemos buenas razones para creerlo?

Según la propia autobiografía del obispo Thuc, cuando lo obligaron a ir al Palmar de Troya para conferir Órdenes Sagradas, se encontró en un pequeño aprieto, porque era Nochebuena y tenía previsto ofrecer la misa de Navidad en la iglesia conciliar local. Entonces, ¿le dijo al sacerdote, en cuya parroquia asistía, la verdad sobre por qué no podía ofrecer la misa de Navidad? ¿O si no estaba dispuesto a decirle la verdad, simplemente le informó que no podía ofrecer la Misa por razones personales o privadas? No, él no hizo eso, sino que eligió mentir:

“Llamé al Sexton [sacristán] y le pedí que informara al sacerdote sobre la misa de Navidad. Le dije que iría inmediatamente a Francia por asuntos familiares urgentes y que regresaría puntualmente en dos semanas …”.

Los engaños del Palmar no terminaron ahí:

“Cuando se le preguntó sobre el fiasco de Palmar de Troya, el Dr. Hiller trató de disculpar a Thuc diciendo que hizo lo que hizo porque ‘era un hombre creyente muy simple’. Cuando las autoridades del Vaticano le preguntaron a Thuc sobre esto, el Dr. Hiller dijo : ‘Thuc dijo a Roma después de esta catástrofe de que pensaba de que Pablo VI estaba en bilocación allá en el Palmar “.

“Hiller dijo que Thuc sabía exactamente lo que estaba diciendo cuando dijo esto y que esta alusión a la bilocación de Pablo VI, como su excusa para hacer las consagraciones del Palmar de Troya, era un ejercicio de diplomacia y que Thuc solía dar tales respuestas.” 

Ya se ha señalado anteriormente que después de que el obispo Thuc fuera “excomulgado” por las consagraciones del Palmar, cómo “reconoció su propio error” y emitió su mea culpa por ello. Y sin embargo, apenas 4 meses después, encontramos al obispo Thuc imponiendo sus manos sobre Jean Laborie para convertirlo en obispo de una Iglesia anticatólica. Entonces, ¿fue real el error y la contrición reconocidos por el obispo Thuc? ¿O se hizo simplemente para engañar al Vaticano para que le levantaran su “excomunión”? ¿Otro “ejercicio de diplomacia” al que se refirió el Dr. Hiller?

Además, en su Declaración de 1983:

“Declaramos que la Nueva ‘Misa’ es inválida… Declaramos que la introducción de esta Nueva“ Misa ”también señala la promulgación de una nueva religión humanista en la cual Dios Todopoderoso ya no es adorado como desea ser adorado… Aquellos que han aceptado esta Nueva ‘Misa’, en realidad y sin darme cuenta de ella, apostataron de la verdadera fe; se han separado de la verdadera Iglesia y están en peligro de perder el alma … ”

Si el obispo Thuc creía que la Nueva “Misa” era inválida, entonces ¿por qué concelebró la nueva misa en Francia y por qué la sirvió regularmente como Acólito? Al hacerlo, ¿no está él, según su propia definición, admitiendo participar en una “nueva religión humanista”?

Y además, ¿acaso no el concelebrar la Nueva Misa y servirla como Acólito no constituye que el Obispo Thuc ha “aceptado esta Nueva Misa”? Y en consecuencia, ¿no es acaso cierto que él, según su propia Declaración, “apostató de la verdadera fe” y “se separó [él] mismo de la verdadera Iglesia”?

No necesitamos juzgar al obispo Thuc, simplemente se juzgó a sí mismo: en virtud de su propia Declaración, se juzgó a sí mismo un apóstata (12).

Continuamos con su Declaración de 1983:

“Rechazamos el decreto herético sobre la libertad religiosa que coloca a la religión divinamente revelada en igualdad con las religiones falsas. Este decreto es un signo claro y evidente de la negación de nuestras santas tradiciones por parte de la jerarquía apóstata y cismática … “

¡Él era parte de esa “jerarquía apóstata y cismática”! ¡Participó en el Concilio Vaticano II! ¡Fue uno de los culpables responsables de promulgar este “Decreto herético sobre la libertad religiosa”! Entonces, por la declaración anterior, el obispo Thuc en realidad está afirmando que él también fue parte de esa jerarquía culpable de negar las santas tradiciones de la fe.

Entonces, ¿cómo se explican estas evidentes contradicciones? ¿Cómo conciliar declaraciones tan opuestas? ¿Sufría de un trastorno mental? 

7. ¿SIMONIA EN MONS. THUC?

El pecado de la simonía es la compra y venta de cosas espirituales. Si un obispo ordenara o consagrara a alguien a cambio de una ganancia monetaria, sería culpable del pecado de simonía, que además de ser un sacrilegio, lo haría sospechoso de herejía y suspendido.

“Todas las personas, incluso las de dignidad episcopal, que por medio de la simonía promueven a sabiendas a un hombre o son promovidas [ellas mismas] a órdenes, o que administran o reciben otros sacramentos por medio de la simonía, son sospechosas de herejía; los clérigos, además, incurren en una suspensión reservada a la Santa Sede.” (Canon 2371)

Hay evidencia de que el obispo Thuc fue culpable de simonía:

El padre Bárbara explicó:

“Lo que sigue es la esencia de lo que me dijo (jueves 17 de marzo de 1982), y juro su veracidad ante Dios.

“Yo (Mons. Thuc) estaba entonces (1970) en Roma enfrentando la imposibilidad de volver a Hue, lo que quería hacer. Pablo VI me llamó. Expresando una gran amistad, me ofreció una suma de dinero muy grande. Necesitaba mucho fondos para los muchos refugiados [vietnamitas] a los que me vi obligado a ayudar. Terminé aceptando su oferta. Como resultado, estaba muy feliz y agradecido con Pablo VI. Quince días después, Pablo VI envió a Monseñor a mi lugar de residencia. Este individuo llevaba un documento preparado: era mi renuncia a la arquidiócesis de Hue “.

Es trágico que en lugar de confiar en la providencia bondadosa de Dios, el obispo Thuc se vendió por consideraciones monetarias. Dios lo habría cuidado, si tan solo hubiera puesto Dios primero.

8. GOLPE FINAL A LA INTEGRIDAD DEL MONS. THUC

Un sacrilegio es el trato irreverente de las cosas sagradas. Por ejemplo, retener un Ministro la intención al momento de conferir un Sacramento. Cuando eso pasa el Sacramento no existe, y se ha realizado un sacrilegio. Este tipo de conducta se conoce como simulación (fingir) de un Sacramento.

Ya que nadie puede estar 100% seguro de que un determinado  Ministro de un Sacramento tenga la intención de “hacer lo que hace la Iglesia”, es por ello que la integridad de los ministros es obviamente de suma importancia. Si un ministro válido confiere un sacramento empleando la materia y la forma adecuadas, y no da motivo para que uno sospeche de su intención, aceptamos el sacramento como válido. Pero, ¿y si el ministro nos da motivos para sospechar de él?

El obispo Thuc admite haber hecho el pecado de simulación varias veces:

Cuando se preguntó acerca del obispo Thuc concelebrando la nueva misa con el obispo de Tolón del Vaticano II, se dio el siguiente testimonio:

“Según los Dres. Hiller y Heller, que son colaboradores cercanos de él y defensores de él, afirmaron que le preguntaron cómo podía hacer esto. Y su respuesta fue, porque el obispo de la diócesis había sido tan amable con él, permitiéndole escuchar confesiones en la iglesia catedral, que sintió que debía concelebrar la nueva misa con él. Pero, el Arzobispo Thuc les dijo a estos hombres, y tenemos esto en cinta, con sus propias voces; dijeron, que el arzobispo Thuc les dijo, por si sirve de algo, que retuvo su intención en el proceso de hacer esto, es decir, simuló el sacramento de la consagración”. (14)

Aquí se nos presenta a dos testigos (Hiller y Heller) que escucharon del propio obispo Thuc que en al menos una ocasión fingió un sacramento de la Iglesia: simuló decir misa. (14)

  Hay motivos muy fuertes (duda positiva) para desconfiar de Mons. Thuc con respecto a los Sacramentos que confirió todos estos años de su vida.

Para ayudar a aclarar esto, considere este escenario hipotético: suponga que usted es dueño de un banco y un posible empleado le dice que una vez había robado un banco, ¿lo contrataría? O si usted estuviera a cargo de la seguridad y un posible empleado le dijera que había sido culpable de espionaje en el pasado, nuevamente, ¿lo contrataría? No. Por la sencilla razón de que no se podría confiar en ellos. Y si esto es cierto en lo que respecta al bienestar temporal de uno, ¿cuánto más es cierto en lo que respecta al bienestar espiritual de uno? Si a una persona no se le pueden confiar sus bienes materiales o su seguridad temporal, ¿cuánto más no se le debe confiar el bienestar eterno de su alma? Después de todo, ¿cuál es la pérdida potencial de bienes materiales o seguridad física en comparación con la pérdida potencial de Dios y la vida eterna?

El obispo Thuc admite haber simulado un Sacramento en otra ocasión. Esta admisión de Mons. Thuc naturalmente da lugar a una pregunta: si admitió haberlo hecho una vez, ¿lo ha hecho más de una vez? Cuando impuso sus manos sobre estos diversos hombres de dudosa reputación, ¿retuvo su intención de conferirles el Sacramento del Orden? Él dice que retuvo esa intención:

“Entonces, después de las ordenaciones cuestionables [Palmar de Troya], el obispo Ngo-Dinh-Thuc renunció a sus acciones y publicó una carta diciendo que las ‘órdenes’ que había conferido eran nulas y sin valor porque había retenido toda intención de transmitir órdenes al Palmar secta de Troya “. (Revista Angelus, edición de junio de 1982 – énfasis incluido)

Así que ahora tenemos una segunda fuente independiente que cita otra admisión del obispo Thuc en la que afirmó que simulaba los sacramentos de la Iglesia, con el resultado final de que al menos 5 de sus 15 supuestas consagraciones eran ciertamente inválidas, nulas; porque por su propia admisión el obispo Thuc retuvo intencionalmente su intención.

Pero, ¿son ciertas estas dos afirmaciones? ¿El obispo Thuc de hecho fingió una “misa” y retuvo su intención al conferir las consagraciónes? Estas son las preguntas que los partidarios del obispo Thuc plantean de inmediato mientras saltan impulsivamente en su defensa. Pero si vamos a aplicar el mismo estándar que los partidarios del obispo Thuc usan para tratar de defender la validez de sus actos, es decir, la credibilidad de los testigos (en este caso, dos de los tres testigos son los mismos que ellos mismos usan más a menudo y en ellos se basan: en Hiller y Heller), entonces uno debe aceptar el testimonio recién citado como evidencia fáctica de la verdad. Si hubiera evidencia de refutación por encontrar, eso sería una cosa, pero no hay evidencia de refutación en ninguna parte. Esta ausencia por sí sola dice mucho.

En el curso normal de los acontecimientos, si algún obispo fuera acusado falsamente de un delito tan grave como simular los sacramentos de la Iglesia, se esperaría una negación muy fuerte y vocal de las acusaciones, seguida de demandas inmediatas de corrección y retractación. Quizás incluso sea necesario una demanda por difamación. Pero en el caso del obispo Thuc, el registro es absolutamente silencioso. El artículo de la revista Angelus se publicó dos años y medio antes de su muerte y, sin embargo, no hay ni un ápice de protesta en su contra por ningún lado. Y la publicación del artículo del Ángelus no es el único caso del susodicho Mons. Thuc.

Antes de que Anthony Cekada fuera “pro-Thuc”, era “anti-Thuc” y publicó un artículo muy crítico contra el obispo Thuc titulado “Dos obispos en cada garaje”. En este artículo, publicado dos años antes de la muerte del obispo Thuc, él acusa que el obispo Thuc “simuló la celebración de la Misa, la simulación de un sacramento”. Y una vez más, nada del obispo Thuc, sólo más y más silencio. 

Pero no importa desde qué ángulo lo veas; es decir, si Mons. Thuc realmente anuló estos actos al retener su necesaria intención sacramental, o si él solo hizo esas declaraciones para salir de un aprieto, el resultado final es el mismo: su integridad como un ministro confiable para conferir los sacramentos de la Iglesia se ha arruinado. Su conducta no ha alcanzado el nivel mínimo de certeza moral requerida por la Iglesia para aceptar la validez de los sacramentos conferidos por él, muy especialmente en el área de las consagraciones episcopales.

I.RESUMEN DE LOS DICHO ACERCA DE MONS. THUC:

• Asistió al Concilio Vaticano II y firmó sus decretos;

• Reprendió públicamente a todo el Concilio por no ser lo suficientemente ecuménico;

• Trató de que el Concilio aceptara la igualdad femenina en la iglesia;

• Con la posible excepción del sacramento de la Eucaristía, nunca afirmó que los sacramentos derivados después del Vaticano II fueran al menos dudosos, más bien solo que fueron rechazados por Dios;

• Se refirió a Juan XXIII como un Papa santo;

• Aceptó como válida la excomunión de Pablo VI;

• Ordenó a un gran número de hombres como sacerdotes y obispos sin exigirles que renunciaran a sus falsas sectas;

• Ordenó y consagró a hombres totalmente incapaces de ser ministros;

• Sirvió regularmente como acólito en la nueva misa cuando estaba en Francia;

• Concelebró la nueva misa con un obispo del Vaticano II al menos en varias ocasiones;

• Escuchó confesiones con el permiso de un obispo modernista;

• Antes de su muerte, exhortó a algunos de sus descendientes a regresar a la iglesia del Vaticano II;

• Se quejó de que ciertas costumbres alimentarias orientales estaban excluidas de la Santa Misa;

• Se dijo que estaba física y psicológicamente agotado;

• Su salud mental había sido públicamente cuestionada por sus contemporáneos;

• Sus amigos han reconocido que la ganancia monetaria fue un factor motivador para que confiriera el Orden Sagrado a los candidatos;

• Admitió haberle mentido a un sacerdote del Vaticano II en su autobiografía;

• Su propio amigo dijo que a menudo hablaba con duplicidad;

• Solo actuó como un tradicionalista cuando estaba rodeado de otros tradicionalistas;

• Admitió simular “misa”;

  • Admitió que retuvo su intención sacramental al conferir las Sagradas Órdenes.

Ahora, para recapitular lo que ya se demostró anteriormente; El requisito mínimo de la Iglesia para aceptar la validez de un sacramento es la “certeza moral”. La certeza moral es aquella que “excluye todo temor prudente al error, de modo que lo contrario se considera totalmente improbable”.

Ahora, al sopesar toda la evidencia anterior, la pregunta es:

• ¿La certeza de las consagraciones del obispo Thuc alcanza un nivel tal que excluye todo temor prudente al error?

• ¿Es totalmente improbable la posibilidad de que no haya consagrado válidamente?

Me parece que ninguna persona objetiva que posea el uso de la razón correcta podría concluir que las consagraciones del obispo Thuc fueron ciertas en la medida en que excluyeron todo temor prudente al error, de modo que lo contrario se considera completamente improbable.

Los católicos, por tanto, deben rechazar la validez de las consagraciones del obispo Thuc. Y si debemos rechazar las consagraciones del obispo Thuc, por supuesto, también debemos rechazar todas las ordenaciones y consagraciones que emanan de la progenie de Thuc, porque los obispos de Thuc no pueden suplir lo que originalmente se deseaba en el Sacramento del Orden; no se puede dar a otros lo que ellos mismos no poseen. Por tanto, la falta de certeza moral por la que los católicos deben rechazar la validez de las órdenes del obispo Thuc también debe aplicarse a la linea de sacerdotes cuyas Órdenes Sagradas proceden Mons. Thuc.

01Claude Nanta de Torrini – 19/03/77, Roger Kozik y Michel Fernadez – 19/10/78

02Algunos afirman que el número es en realidad mayor y algunos afirman que el número es menor, pero estos 15 hombres afirmaron haber recibido la consagración del obispo Thuc y generalmente son aceptados como tales.

03Fortes en Fides, n. ° 12

04 Lo sagrado y lo profano – entrevista grabada, Dr. Kurt Hiller, 10 de febrero de 1988, Munich, Alemania, página 60.

05Debate en video Cekada-Jenkins (17/9/02), parte 14 de 16. El pro-Thuc Cekada reconoció la exactitud fáctica de esta declaración de Jenkins.

06 Advertencia sobre una secta, el P. Bárbara

07 Carta de Aldolfo Zamora, traducida del español y publicada el 21 de mayo de 1984.

08 El atanasiano que cita a Donald Sanborn – Las consagraciones de Thuc: una posdata, 1993.

09 Ibíd.

10 El atanasiano que cita a William Jenkins – Las consagraciones de Thuc: una apelación abierta al padre Donald Sanborn, 1993

11 Lo sagrado y lo profano – p. 50.

12 Lo sagrado y lo profano – entrevista grabada, Dr. Kurt Hiller, 10 de febrero de 1988, Munich, Alemania, página 61.

30Fortes en Fides, n. ° 12

13 Lo sagrado y lo profano – entrevista grabada, Dr. Kurt Hiller, 10 de febrero de 1988, Munich, Alemania, páginas 47-48.

14 Debate Cekada-Jenkins, ibid.

Mons. Lefebvre y Santa Teresita

Monseñor Marcel Lefebvre,
La Misa de Siempre,
pág. 102-104

“Haced penitencia”. La penitencia no es sino unir nuestros
sufrimientos a los de Nuestro Señor. Si no, nuestra vida no
tiene ningún sentido. En esto consiste la profundidad y la
hermosura de nuestra fe católica. De este modo, incluso en las
pruebas y en el sufrimiento, los católicos tienen la sonrisa en los
labios. Tienen la alegría en el corazón porque saben que su
sufrimiento sirve de algo.

Ante la prueba, sabemos lo que tenemos que hacer. Si mañana
tenéis que guardar cama en un hospital o si tenemos que ir a una
clínica, si mueren nuestros parientes, o si somos abandonados, la
Cruz de Jesús está siempre ante nuestros ojos. “Lleva tus
sufrimientos! ¡Lleva tu Cruz! ¡Sígueme! ¡No abandones tu Cruz!
¡No arrojes la cruz que te doy para que la lleves! ¡Sígueme! Y
siguiéndome, ¡tendrás la vida eterna y salvarás al mundo entero!
Santa Teresita del Niño Jesús en su Carmelo salvó a millones de
almas. ¡Qué hermosa es nuestra Santa religión católica!

Todas las generaciones de esos padres y madres santos que
sufrieron cristianamente y aceptaron sus sufrimientos con alegría,
siendo un ejemplo para sus hijos, entendieron bien que es la vida
cristiana. Soportaron sus sufrimientos y sus dolores con Nuestro
Señor Jesucristo. Por eso, esas generaciones de familias cristianas
dieron vocaciones. Las vocaciones nacieron del ejemplo de sus
padres. Vieron a sus padres vivir con Nuestro Señor Jesucristo y
rezar con Él, asistir al santo sacrifico de la misa con esa fe y con esa
piedad, ofreciéndose en oblación como víctimas con Nuestro Señor
Jesucristo.


San Jeronimo

En Roma estudió latín bajo la dirección del más famoso profesor de su tiempo, Donato, el cual hablaba el latín a la perfección, pero era pagano. Esta instrucción recibida de un hombre muy instruido pero no creyente, llevó a Jerónimo a llegar a ser un gran latinista y muy buen conocedor del griego y de otros idiomas, pero muy poco conocedor de los libros espirituales y religiosos. Pasaba horas y días leyendo y aprendiendo de memoria a los grandes autores latinos, Cicerón, Virgilio, Horacio y Tácito, y a los autores griegos: Homero, y Platón, pero no dedicaba tiempo a leer libros religiosos que lo pudieran volver más espiritual.

En una carta que escribió a Santa Eustoquia, San Jerónimo le cuenta el diálogo aterrador que sostuvo en un sueño o visión. Sintió que se presentaba ante el trono de Jesucristo para ser juzgado, Nuestro Señor le preguntaba: “¿A qué religión pertenece? Él le respondió: “Soy cristiano – católico”, y Jesús le dijo: “No es verdad”. Que borren su nombre de la lista de los cristianos católicos. No es cristiano sino pagano, porque sus lecturas son todas paganas. Tiene tiempo para leer a Virgilio, Cicerón y Homero, pero no encuentra tiempo para leer las Sagradas Escrituras”. Se despertó llorando, y en adelante su tiempo será siempre para leer y meditar libros sagrados, y exclamará emocionado: “Nunca más me volveré a trasnochar por leer libros paganos”. A veces dan ganas de que a ciertos católicos les sucediera una aparición como la que tuvo Jerónimo, para ver si dejan de dedicar tanto tiempo a lecturas paganas e inútiles (revistas, novelas) y dedican unos minutos más a leer el libro que los va a salvar, la Sagrada Biblia.

Jerónimo dispuso irse al desierto a hacer penitencia por sus pecados (especialmente por su sensualidad que era muy fuerte, y por su terrible mal genio y su gran orgullo). Pero allá aunque rezaba mucho y ayunaba, y pasaba noches sin dormir, no consiguió la paz. Se dio cuenta de que su temperamento no era para vivir en la soledad de un desierto deshabitado, sin tratar con nadie.
El mismo en una carta cuenta cómo fueron las tentaciones que sufrió en el desierto (y esta experiencia puede servirnos de consuelo a nosotros cuando nos vengan horas de violentos ataques de los enemigos del alma). San Francisco de Sales recomendaba leer esta página de nuestro santo porque es bellísima y provechosa: Dice así: “En el desierto salvaje y árido, quemado por un sol tan despiadado y abrasador que asusta hasta a los que han vivido allá toda la vida, mi imaginación hacía que me pareciera estar en medio de las fiestas mundanas de Roma. En aquel destierro al que por temor al infierno yo me condené voluntariamente, sin más compañía que los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginaba estar en los bailes de Roma contemplando a las bailarinas. Mi rostro estaba pálido por tanto ayunar, y sin embargo los malos deseos me atormentaban noche y día. Mi alimentación era miserable y desabrida, y cualquier alimento cocinado me habría parecido un manjar exquisito, y no obstante las tentaciones de la carne me seguían atormentando. Tenía el cuerpo frío por tanto aguantar hambre y sed, mi carne estaba seca y la piel casi se me pegaba a los huesos, pasaba las noches orando y haciendo penitencia y muchas veces estuve orando desde el anochecer hasta el amanecer, y aunque todo esto hacía, las pasiones seguían atacándome sin cesar. Hasta que al fin, sintiéndome impotente ante tan grandes enemigos, me arrodillé llorando ante Jesús crucificado, bañé con mis lágrimas sus pies clavados, y le supliqué que tuviera compasión de mí, y ayudándome el Señor con su poder y misericordia, pude resultar vencedor de tan espantosos ataques de los enemigos del alma. Y yo me pregunto: si esto sucedió a uno que estaba totalmente dedicado a la oración y a la penitencia, ¿qué no les sucederá a quienes viven dedicados a comer, beber, bailar y darle a su carne todos los gustos sensuales que pide?”.

Vuelto a la ciudad, sucedió que los obispos de Italia tenían una gran reunión o Concilio con el Papa, y habían nombrado como secretario a San Ambrosio. Pero este se enfermó, y entonces se les ocurrió nombrar a Jerónimo. Y allí se dieron cuenta de que era un gran sabio que hablaba perfectamente el latín, el griego y varios idiomas más. El Papa San Dámaso, que era poeta y literato, lo nombró entonces como su secretario, encargado de redactar las cartas que el Pontífice enviaba, y algo más tarde le encomendó un oficio importantísimo: hacer la traducción de la S. Biblia.

Las traducciones de la Biblia que existían en ese tiempo tenían muchas imperfecciones de lenguaje y varias imprecisiones o traducciones no muy exactas.

Jerónimo, que escribía con gran elegancia el latín, tradujo a este idioma toda la S. Biblia, y esa traducción llamada “Vulgata” (o traducción hecha para el pueblo o vulgo) fue la Biblia oficial para la Iglesia Católica durante 15 siglos. Unicamente en los últimos años los modernistas han pretendido reemplazarla con nuevas versiones con traducciones más modernas y menos exactas, que no toman en cuenta la interpretación espiritual, como por ejemplo, La Biblia de Jerusalén y otras.

Casi de 40 años Jerónimo fue ordenado de sacerdote. Pero sus altos cargos en Roma y la dureza con la cual corregía ciertos defectos de la alta clase social le trajeron envidias y rencores (Él decía que las señoras ricas tenían tres manos: la derecha, la izquierda y una mano de pintura… y que a las familias adineradas sólo les interesaba que sus hijas fueran hermosas como terneras, y sus hijos fuertes como potros salvajes y los papás brillantes y mantecosos, como marranos gordos…). Toda la vida tuvo un modo duro de corregir, lo cual le consiguió muchos enemigos. Con razón el Papa Sixto V cuando vio un cuadro donde pintan a San Jerónimo dándose golpes de pecho con una piedra, exclamó: “¡Menos mal que te golpeaste duramente y bien arrepentido, porque si no hubiera sido por esos golpes y por ese arrepentimiento, la Iglesia nunca te habría declarado santo, porque eras muy duro en tu modo de corregir!”.

Sintiéndose incomprendido y hasta calumniado en Roma, donde no aceptaban el modo fuerte que él tenía de conducir hacia la santidad a muchas mujeres que antes habían sido fiesteras y vanidosas y que ahora por sus consejos se volvían penitentes y dedicadas a la oración, dispuso alejarse de allí para siempre y se fue a la Tierra Santa donde nació Jesús.

Sus últimos 35 años los pasó San Jerónimo en una gruta, junto a la Cueva de Belén. Varias de las ricas matronas romanas que él había convertido con sus predicaciones y consejos, vendieron sus bienes y se fueron también a Belén a seguir bajo su dirección espiritual. Con el dinero de esas señoras construyó en aquella ciudad un convento para hombres y tres para mujeres, y una casa para atender a los peregrinos que llegaban de todas partes del mundo a visitar el sitio donde nació Jesús.

Allí, haciendo penitencia, dedicando muchas horas a la oración y días y semanas y años al estudio de la S. Biblia, Jerónimo fue redactando escritos llenos de sabiduría, que le dieron fama en todo el mundo.

Con tremenda energía escribía contra los herejes que se atrevían a negar las verdades de nuestra santa religión. Muchas veces se extralimitaba en sus ataques a los enemigos de la verdadera fe, pero después se arrepentía humildemente.

La Santa Iglesia Católica ha reconocido siempre a San Jerónimo como un hombre elegido por Dios para explicar y hacer entender mejor la S. Biblia. Por eso ha sido nombrado Patrono de todos los que en el mundo se dedican a hacer entender y amar más las Sagradas Escrituras. El Papa Clemente VIII decía que el Espíritu Santo le dio a este gran sabio unas luces muy especiales para poder comprender mejor el Libro Santo. Y el vivir durante 35 años en el país donde Jesús y los grandes personajes de la S. Biblia vivieron, enseñaron y murieron, le dio mayores luces para poder explicar mejor las palabras del Libro Santo.

Se cuenta que una noche de Navidad, después de que los fieles se fueron de la gruta de Belén, el santo se quedó allí solo rezando y le pareció que el Niño Jesús le decía: “Jerónimo ¿qué me vas a regalar en mi cumpleaños?”. Él respondió: “Señor te regalo mi salud, mi fama, mi honor, para que dispongas de todo como mejor te parezca”. El Niño Jesús añadió: “¿Y ya no me regalas nada más?”. Oh mi amado Salvador, exclamó el anciano, por Ti repartí ya mis bienes entre los pobres. Por Ti he dedicado mi tiempo a estudiar las Sagradas Escrituras… ¿qué más te puedo regalar? Si quisieras, te daría mi cuerpo para que lo quemaras en una hoguera y así poder desgastarme todo por Ti”. El Divino Niño le dijo: “Jerónimo: regálame tus pecados para perdonártelos”. El santo al oír esto se echó a llorar de emoción y exclamaba: “¡Loco tienes que estar de amor, cuando me pides esto!”. Y se dio cuenta de que lo que más deseaba Dios que le ofrezcamos los pecadores es un corazón humillado y arrepentido, que le pide perdón por las faltas cometidas.

El 30 de septiembre del año 420, cuando ya su cuerpo estaba debilitado por tantos trabajos y penitencias, y la vista y la voz agotadas, y Jerónimo parecía más una sombra que un ser viviente, entregó su alma a Dios para ir a recibir el premio de sus fatigas. Se acercaba ya a los 80 años. Más de la mitad los había dedicado a la santidad.

El Papa León XIII condena los pusilánimes y cobardes de cara a la apostasía

El Papa León XIII nos exhortó en Sapientiae Christinae del 10 de enero de 1890 a defender y proclamar la verdad de la fe católica en todo momento sin falta. Salvaguardar la integridad de la Fe, insiste, es un deber que pertenece a cada uno de los fieles y no solo a los que tienen poder de gobierno. Además, el que guarda silencio frente al error es repulsivo para Dios e indigno de la salvación eterna. Estas son lecciones importantes para el clero progresista y los laicos de nuestros días.

PAPA LEON XIII

Pero en la misma materia, tocante a la fe cristiana, hay otros deberes cuya observancia exacta y religiosa, necesaria en todo momento en aras de la salvación eterna, lo es más especialmente en nuestros días.

En medio de una opinión tan imprudente y generalizada, es, como hemos dicho, el oficio de la Iglesia emprender la defensa de la verdad y desarraigar los errores de la mente, y esta acusación debe ser observada en todo momento sagrada por ella, teniendo en cuenta que el honor de Dios y la salvación de los hombres le son confiados a ella.

Pero cuando la necesidad obliga,no sólo aquellos que están investidos con el poder de gobernar están obligados a salvaguardar la integridad de la Fe, sino que, como sostiene Santo Tomás, cada uno tiene la obligación de mostrar su fe ya sea para instruir y alentar a otros de los fieles o para repeler los ataques de los incrédulos .

Retroceder ante un enemigo o guardar silencio cuando de todos lados se levanta tal clamor contra la verdad, pertenece a un hombre desprovisto de carácter o que alberga dudas en cuanto a la verdad de lo que profesa creer. En ambos casos, tal modo de comportarse es vergonzoso e insultante para Dios, y ambos son incompatibles con la salvación de la humanidad. Este tipo de conducta es provechosa solo para los enemigos de la Fe, porque nada envalentona tanto a los malvados como la falta de valor por parte de los buenos.

Además, la falta de vigor por parte de los cristianos es tanto más reprochable, ya que no pocas veces se necesitaría poco de su parte para anular acusaciones falsas y refutar opiniones erróneas. Y, al esforzarse siempre más enérgicamente, podrían contar con el éxito.

La verdadera Misa Vs Nueva Misa

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PREGUNTAS Y RESPUESTAS SOBRE LA SANTA MISA Y LA NUEVA MISA

¿Qué es la Santa Misa?

Según la enseñanza infalible de la Santa Iglesia, la Misa es la renovación del Sacrificio de la Cruz. En el Calvario, Nuestro Señor, al precio de su Sangre (lo que es la prueba de su amor), ha librado al género humano de la esclavitud del pecado y lo ha reconciliado con Dios. Este Sacrificio es de un valor infinito, más agradable a Dios que lo que le pueden agraviar la totalidad de los pecados de todos los hombres.

¿Estas verdades pueden cambiar?

No, porque han sido definidas por la Iglesia de manera irreformable. Serán tan verdaderas siempre, como 2 más 2 hacen 4, por todos los siglos. La certeza de la Fe está basada sobre la autoridad de Dios que revela; es una certeza absoluta, inmutable.

¿Qué es el rito de San Pío V (o Misa Tridentina, Misa Tradicional)?

Es el rito promulgado por ese Papa en 1570. No fue un invento, ni propiamente hablando, una reforma, sino más bien una codificación, restitución, unificación. Se restituyó la Misa Romana de siempre, cuyo rito se desarrolló armónicamente desde los tiempo de los Apóstoles, eliminando lo que, en distintas regiones, se le agregó en tiempo relativamente recientes.

Fue promulgada por la bula “Quo Primum Tempore”, con intención de obligar a todos los clérigos a seguirla. “No hay en toda la Cristiandad un rito tan venerable como el del Misal Romano” dice uno de los más sabios liturgistas (Fortescue).

¿Está la doctrina católica del Santo Sacrificio de la Misa correctamente expresada en el rito de San Pío V?

Sí, está allí perfectamente bien expresada. Este rito viene visiblemente del corazón de nuestra Santa Madre Iglesia y es el fruto de una larga tradición. Cuando leemos nuestro misal, todo lleva a la piedad. Ilumina el espíritu e inflama el corazón.

¿Puede ser abolido este rito?

No, no puede ser abolido. Es tan venerable que sería ir contra la prudencia y la inteligencia abolir ese rito apostólico para reemplazarlo por otro. Esa Misa está canonizada. San Pío V la ha canonizado definitivamente. Ha establecido ese rito como la manera oficial de decir

la Santa Misa, válido para todos los sacerdotes de rito romano, en todo tiempo. Dios ha elegido un Santo (San Pío V) para fijar el rito de la Misa en su perfección para los siglos futuros.

 

¿Qué bienes producen los frutos de la Santa Misa Católica?

La gloria de Dios, la santificación de las almas, la edificación de la Cristiandad, múltiples gracias y bendiciones.

¿Qué es el “Novus Ordo” (misa de Pablo VI)?

Primero parece que la nueva misa no tiene fuerza de ley (las reglas

canónicas no han sido respetadas). Pero igualmente si realmente fuera ley, ella no aboliría el rito de San Pío V, sino que solamente introduciría un nuevo rito (al lado del tradicional) siempre que ese rito fuere lícito.

¿Cómo puede probarlo?

Para abolir la ley precedente, la nueva ley debe mencionar la abrogación explícitamente o ser directamente contraria a la ley antigua. Pero la constitución “Missale Romanum,” que es el único documento con valor jurídico (la declaración de los obispos, los discursos del Papa, no tienen ningún valor jurídico), no lleva ninguna de las condiciones mencionadas, ella es pluralista en su intención (permittitur).

Pero queda en duda.

En caso de duda, el Derecho Canónico establece que la renovación de la ley

antigua no debe ser presumida, sino la nueva ley debe ser comprendida en conformidad con la ley antigua y si es posible, conciliada con ella.

¿Puede usted probar de otra manera que la Santa Misa tradicional no está abolida?

Sí, el Derecho Canónico dice que una ley no suprime las costumbres que son inmemoriales o de una antigüedad de cien años. La Santa Misa de San Pío V tiene una antigüedad de mas de 400 años, y de hecho se remota al siglo IV en su parte principal.

¿Está la doctrina católica del Sacrificio de la Misa correctamente expresada en la nueva misa?

Después de un serio estudio, estamos obligados a responder: NO. Esta fue la respuesta de los cardenales Ottaviani y Bacci en su “Breve examen crítico” dirigido al Papa en 1969. (Hay que hacer notar que el cardenal Ottaviani era autoridad en el Santo Oficio, encargado de velar por la pureza de la Fe). Cuando el Novus Ordo fue propuesto al sínodo en 1967, fue rechazado por la mayor parte de los obispos.

 

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¿Cómo fue definida la Misa en el Novus Ordo?

Como “una sinaxis (reunión) sagrada o asamblea del pueblo de Dios, bajo la presidencia del sacerdote, para celebrar el memorial del Señor”. Esta definición no implica ninguno de los valores esenciales de la Misa que da la verdadera definición Católica.

Un niño que sabe su catecismo es capaz de decir que la Santa Misa es “El sacrificio de la Nueva Ley en el cual Nuestro Señor Jesucristo, por el ministerio del sacerdote, se ofrece a Sí mismo a Dios de manera incruenta bajo las apariencias del pan y del vino”. (Catecismo de Baltimore).

La primera definición del Novus Ordo parece totalmente protestante. En

realidad, la presencia del pueblo no es requerida en absoluto para la esencia de la Santa Misa. Un sacerdote puede celebrar válidamente sin la asistencia de los fieles.

¿Por qué piensa, Padre, que eso es un punto importante?

Porque la definición de una cosa es el principio de donde son deducidas las conclusiones (por ejemplo: de la definición del cuadrado, se llega a encontrar las propiedades…). La definición expresa la esencia de una cosa. Y es necesario no olvidar que es esta mala definición la que ha influenciado en toda la composición del Novus Ordo.

¿Qué dice la segunda parte de la definición del Novus Ordo?

Que “la promesa de Cristo: ‘Allá donde dos o más estén reunidos en mi nombre Yo estaré en medio de ellos,’ es eminentemente verdadera en la asamblea de los fieles en la Misa.”

Pero las palabras del Santo Evangelio aquí se refieren solamente a la presencia espiritual de Nuestro Señor Jesucristo por su gracia. Asimismo si esa presencia existe en la Santa Misa (de la misma manera que Nuestro Señor está presente cuando una familia reza reunida el Santo Rosario), esa presencia es menos importante que la presencia substancial y física de Nuestro Señor Jesucristo, autor de la gracia, sobre el altar bajo las apariencias del pan y el vino.

¿Qué más hay de falso en la nueva misa?

Una gran cantidad de cosas. Si allí no hubiera más que una se podría decir

que se trata de un error. Pero hay docenas de cambios y todos tienen el mismo espíritu, en vista a protestantizar el rito de la Misa.

Ahora un luterano que asiste a una nueva misa puede ver en ella, si lo desea, la última cena de los protestantes, o un ágape memorial…

Mirad en la consagración: En la Santa Misa tradicional, las palabras de

consagración, son pronunciadas de manera imperativa, con el tono de alguien que cumple una obra personal, como cuando el sacerdote dice “yo te bautizo” o “yo te absuelvo de tus pecados”; de esta manera dice “hoc est enim corpus meum” (este es mi cuerpo). Los caracteres se escriben con letra de imprenta diferentes para subrayar esta doctrina.

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En la nueva misa, el sacerdote no interrumpe la narración de la última cena, y pronuncia las palabras de la consagración con el mismo tono narrativo, como si él contara una historia, sin separarlas de las palabras precedentes. (En los nuevos misales, las palabras de la consagración no han sido impresas con caracteres diferentes).

La nueva misa no hace necesaria la interpretación luterana, pero la permite, y eso es muy grave. (Para Lutero, no son las palabras de la consagración sino la fe de los fieles presentes las que producen una cierta espiritualidad de Cristo).

¿Por qué en la nueva misa el sacerdote se arrodilla solamente después de

la elevación de la Hostia?

Parece bien claro que eso se hace en vista de autorizar la interpretación luterana (negación de la presencia real por las palabras de la consagración) a saber que la fe de los fieles produce la presencia de Cristo.

En la Misa Tradicional el sacerdote se arrodilla después de haber consagrado, para adorar a Nuestro Señor Jesucristo, y no solamente después de haber mostrado la Hostia a los fieles.

¿La noción de sacrificio es conservada en la nueva misa?

No, porque el ofertorio es ahora reducido a un cambio de presentes entre Dios y el hombre “Tú eres bendito Dios del universo, Tú que nos das este pan, fruto de la tierra y del trabajo de los hombres”.

El Concilio de Trento definió que la Santa Misa Tradicional es un Sacrificio verdaderamente propiciatorio: “acto que aplaca a Dios ofendido por el pecado”

(Dz. 1753). En la Misa Católica, en el ofertorio, el Sacrificio es preparado, anunciado, y ofrecido por anticipación. Las antiguas oraciones se refieren a Nuestro Señor Jesucristo, Sumo Sacerdote, ofreciéndose El mismo, único Sacrificio agradable a Dios.

¿Por qué el altar es transformado en una mesa?

A fin de dar la idea de una comida, y no aquella de un sacrificio. (Un Sacrificio es ofrecido sobre un altar hecho de piedra o Ara conteniendo reliquias de mártires).

¿Piensa Padre, que el papel del sacerdote se desdibuja en la nueva misa?

Sí: El confiteor en común, la comunión también. Las vestimentas sagradas simplificadas o reducidas a un alba o a una estola y a veces ni a eso. El sacerdote vuelto cara al pueblo se convierte en presidente de la asamblea, pero ya no es más el ministro obrando “in persona Christi”. Esto es muy importante porque la

identidad entre la Víctima (Nuestro Señor Jesucristo) y el Sacerdote (Nuestro Señor Jesucristo, personalmente sobre la Cruz, y por intermedio de los sacerdotes en la Santa Misa) es una noción esencial del Sacrificio perfecto de la Nueva Ley.

¿Puede darme una información más amplia?

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Se podría enumerar sin fin todas las nuevas reformas (misa en lengua vernácula, comunión en la mano, dada por laicos, desaparición de los signos de adoración, etc…)

Hay un acercamiento hacia la teología protestante.

¿Qué hace Lutero cuando cambia la Misa en el siglo XVI? Abandona el latín, agrega “quod pro vobis tradetur” (que será entregado por vosotros) a las palabras de la consagración, y suprime “Mysterium fidei”, divide la Misa en “Liturgia de la palabra” y “Liturgia de la Eucaristía”… en suma es exactamente lo que hicieron los reformadores en 1969.

¿Puede agregar otras pruebas de la protestanización de la Misa?

Sí, el hecho de que muchas autoridades protestantes hayan dicho oficialmente: “Nosotros podemos ahora celebrar la nueva misa”. Como ellos no han cambiado su teología herética, es evidente que el nuevo rito permite una interpretación protestante.

Como también la presencia de seis pastores protestantes en la elaboración de la nueva misa, fotografiados con el Papa Pablo VI cuando la misa fue publicada. Asimismo el testimonio de antiguos protestantes (ahora convertidos), que afirman que la nueva misa está en marcha de convertirse, cada vez más, a aquella

que ellos han dejado en la iglesia protestante (Ej.: el escritor Julien Green).

¿Cuáles son los frutos de la nueva misa?

Los fieles pierden la fe, los seminarios se vacían, no hay mas vocaciones para a vida religiosa en los conventos, etc… Toda nueva reforma en la Iglesia ha

producido un crecimiento de fe, de devoción y de santidad.

Nuestro Señor Jesucristo ha dicho: “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se sacan uvas de los espinos, o higos de las zarzas? Así es, que todo árbol bueno produce buenos frutos, y todo árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni un árbol malo darlos buenos” (S. Mateo, 7:15-19).

Esta nueva misa es realmente equívoca, pintada de un espíritu protestante ¿Significa eso que la nueva misa sea en sí siempre inválida?

No, si un sacerdote ordenado válidamente celebra la nueva misa con la materia propia (pan de trigo y vino de uva) la forma propia (“Esto es mi cuerpo;

este el cáliz de mi Sangre”). Así era en la edición de 1906 del catecismo de San Pío X. La versión de 1912 agrega: “La forma de la Eucaristía son las palabras de Jesucristo”: “Esto es mi Cuerpo; Este es el cáliz de mi Sangre… derramada por vosotros y por muchos para la remisión de los pecados”. Y la intención recta: hacer la que hace la Iglesia; el Sacramento se realiza en virtud de las palabras de

la consagración que producen la que significan.

¿Puede la nueva misa ser inválida?

Sí, por ejemplo, si un sacerdote utiliza galletas, pastel (hay defecto de

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materia) o si cambia las palabras de la consagración (hay defecto de forma), o cuando no hay intención de hacer lo que hace la Iglesia, cuando se quiere hacer explícitamente solamente un memorial.

¿Es la nueva misa a menudo inválida en razón del defecto de la intención?

En sacerdotes ordenados últimamente, es probable que sí. Porque su formación no es católica y de hecho la nueva misa está protestantizada. Reciben su influencia y tienen muchos la intención de hacer un simple memorial, una comida eucarística y entonces no consagran válidamente.

¿Cuál debe ser la actitud de un católico frente a la nueva misa?

La debe rechazar y no puede asistir a tal misa. Esa misa no puede obligar, ni puede servir para cumplir el precepto dominical. Si alguien le da veneno, usted lo tomaría. La nueva misa es un veneno para nuestra fe. No tiene más el espíritu sobrenatural y disminuirá y destruirá poco a poco vuestra fe (la ley de la oración es la ley de la fe: lex orandi, lex credendi).

¿Pero cuando ocurre que la nueva misa es válida (por ejemplo: si es dicha por un sacerdote anciano), estoy autorizado a asistir?

¡No! Porque aunque sea válida, la nueva misa es peligrosa para nuestra fe y no es agradable a Dios, pues no da la adoración conveniente a Nuestro Señor Jesucristo. El Novus Ordo no honra a Nuestro Señor Jesucristo.

Es mejor ir a una verdadera Misa tradicional una vez por mes (o incluso más espaciado) y los otros domingos santificar el día del Señor en familia; rezando el

Santo Rosario, leyendo el misal, etc. Dios recompensará vuestra generosidad y vuestra firmeza en la fe y le dará las gracias que necesita.

Pero, si no tiene la Misa, importa en grado sumo, intensificar la vida de oración, la devoción a la Santísima Virgen. Suplicarle a Ella la restauración universal de la Misa de siempre.

¿Una misa puede ser válida y no lícita?

Sí, una misa negra en las logias de la francmasonería, una misa dicha por un sacerdote oriental no católico, etc., y como hemos visto, igualmente las nuevas misas cuando todas las condiciones para la validez están presentes, pero que, sin embargo son lícitas.

¿Qué debo hacer cuando estoy obligado a asistir a la nueva misa por una razón de caridad, (por ejemplo mis padres son enterrados con la nueva misa)?

En esos casos puede asistir a la nueva misa, pero de manera pasiva (sin tomar parte en las oraciones de la misma, ni comulgar). Es como la Santa Iglesia autoriza la asistencia pasiva a servicios protestantes excepcionales, por las mismas razones.

 

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¿Todas las personas que asisten a la nueva misa son culpables?

No, solamente si ellos saben que hacen mal. Si un padre de familia manda a su hijo a robar y este hijo no sabe que robar es un mal, él no ha pecado. De igual manera, ciertos católicos pueden asistir a la nueva misa por obediencia sin comprender bien su peligro, entonces no son culpables.

Comprendo que debo evitar la nueva misa ¡pero la impone mi obispo!

Cuando la autoridad es ejercida contra su fin (el bien de la Santa Iglesia, la propagación de la Fe, la salvación de las almas), no obliga más y usted tiene el derecho y el deber de “desobedecer”. Si un jefe de estado le da una orden que

va de manera visible contra el bien de la Patria, usted debe desobedecer. Si un padre de familia manda a su hija a prostituirse para ganar dinero, ella debe desobedecer. La obediencia es inferior a la Fe y a la salvación de nuestra alma.

¿Pero no ha sido acaso el Papa Pablo VI infalible cuando promulgó la nueva misa?

No. Un Papa es infalible cuando habla “Ex Cathedra” (Ej. Pío IX definiendo la Inmaculada Concepción). La enseñanza ordinaria del Papa no es infalible en sí misma, sino solamente cuando va en el sentido de la Tradición.

San Pablo nos dice que si algún ángel del cielo viniese para enseñaros alguna cosa contraria a la Tradición, debéis rechazarlo (Gal. I:18).

Pablo VI manifestó públicamente en su discurso del 19 de noviembre de 1969, refiriéndose al Novus Ordo Missae lo siguiente: “El rito y la respectiva rúbrica por sí NO SON UNA DEFINICIÓN DOGMÁTICA; son susceptibles de una calificación teológica de valor diverso, según el contexto litúrgico a que se refieren.”

¡Pero el Papa actual dice la nueva misa!

Sí, pero aunque los Santos celebrasen la nueva misa o asistiesen a ella, eso no quiere decir que la nueva misa sea buena. Durante el gran cisma de Occidente, en la Edad Media, Santa Catalina de Siena y San Vicente Ferrer, cometían un error sobre una materia importante al seguir a antipapas. Fueron canonizados. Un Papa puede equivocarse. Además Juan Pablo II, Benedicto XVI, como Pablo VI, están imbuido de liberalismo, agradan al mundo, que es enemigo de Nuestro Señor Jesucristo. La nueva misa ecuménica está en completo acuerdo con la enseñanza “Postconciliar”, con la mentalidad del “hombre moderno”.

¿Tenemos nosotros derecho de resistir a la voluntad del Papa?

Sí, es hasta un deber cuando la fe y la salvación de las almas están en juego. San Pablo resistió a San Pedro, el primer Papa. San Atanasio fue excomulgado por el Papa Liberio porque no estaba de acuerdo con él. Santa Hildegarda escribió al Papa Anastasio IV cartas muy severas. Santa Catalina de Siena hace lo mismo con Gregorio XI. El obispo Robert Grossetete desobedeció al Papa Inocencio IV que había nombrado canónigo a su sobrino. Los dominicos de París resistieron al Papa Juan XXII que quería enseñar un error teológico. San Francisco Javier se negó a aceptar un breviario contrario a la Tradición, el cual fue promulgado por el Papa.

Reconocemos la autoridad del Papa mientras obre como sus predecesores y enseñe en conformidad con la enseñanza de la Santa Iglesia. Pero cuando hablan como enemigo de la Santa Iglesia, no podemos seguirlo. Es necesario elegir entre 2.000 años de Tradición Católica y cerca de 50 años de innovaciones.

 
 

¿Pero cómo puede usted pretender tener razón cuando la mayoría de los sacerdotes y obispos del mundo están contra usted?

No es la mayoría la que hace la verdad. En tiempos del arrianismo, sólo San Atanasio con algunos pocos permanecieron fieles. El resto de los obispos cayeron en la herejía. En tiempos del anglicanismo, sólo San Juan Fisher quedó firme en la fe y por esa razón fue martirizado, mientras que todos los otros obispos de Inglaterra se rindieron para seguir al Rey Enrique VIII. Esto muestra que un pequeño número puede tener razón, cuando los más están en el error.

Estoy de acuerdo, pero no es muy divertido recorrer 60 kilómetros todos los domingos para ir a una Misa Tradicional, o de no tener la Santa Misa más que una sola vez al mes o menos aún. Tampoco es muy agradable ser tratado de rebelde y encontrarse en oposición las autoridades actuales de la Iglesia.

Escuche la respuesta de Nuestro Señor Jesucristo: “Si alguno quiere venir en pos de mi, renúnciese a sí mismo, lleve su cruz cada día y sígame” (S. Lucas, 9:23), y aún: “vendréis a ser odiados de todos por causa de mi Nombre; pero quien perseverare hasta el fin, éste se salvará” (S. Mateo, 40:23).

En los primeros siglos los cristianos debieron hacer grandes sacrificios y a menudo dar la vida. Nosotros tenemos ahora oportunidad para hacer sacrificios y sufrir persecuciones de otra manera.

Comprendamos el valor infinito del Sacrificio de la Misa, unámonos a Nuestro Señor Jesucristo y ofrezcamos nuestra vida con todos los sufrimientos para mayor gloria de Dios, pidiendo la fortaleza de permanecer fieles a su divino Hijo. †

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La principal excelencia del santo sacrificio de la Misa es que debe ser considerado como esencial y absolutamente el mismo que se ofreció sobre la cruz en la cima del Calvario, con esta sola diferencia: que el sacrificio de la cruz fue sangriento, y no se ofreció más que una vez, satisfaciendo plenamente el Hijo de Dios, con esta única oblación, por todos los pecados del mundo; mientras que el sacrificio del altar es un sacrificio incruento, que puede ser renovado infinitas veces, y que fue instituido para aplicar a cada uno en particular el precio universal que Jesucristo pagó sobre el Calvario por el rescate de todo el mundo. De esta manera, el sacrificio sangriento fue el medio de nuestra redención, y el sacrificio incruento nos da su posesión: el primero nos franquea el inagotable tesoro de los méritos infinitos de nuestro divino Salvador; el segundo nos facilita el uso de ellos poniéndolos en nuestras manos. La Misa, pues, no es una simple representación o la memoria únicamente de la Pasión y muerte del Redentor, sino la reproducción real y verdadera del sacrificio que se hizo en el Calvario; y así con toda verdad puede decirse que nuestro divino Salvador, en cada Misa que se celebra, renueva místicamente su muerte sin morir en realidad, pues está en ella vivo y al mismo tiempo sacrificado e inmolado: “Vidi (…) agnum stantem tamquam occisum”3.






	

Sermón XV después de Pentecostés

Sermón XV domingo después de Pentecostés
El Apóstol comienza haciendo resaltar las tendencias opuestas de la carne y del espíritu, exhortando a los gálatas a que sigan las del espíritu.
Esa oposición es tan irreductible que nunca podremos obrar con pleno consentimiento de todo nuestro ser; pues, si queremos hacer el bien, la carne protesta; y, si queremos hacer el mal, protesta el espíritu.
San Pablo da por supuesto que, en esta lucha entre carne y espíritu, los cristianos se dejarán guiar por el Espíritu.
A continuación, el Apóstol, en expresivo contraste, presenta un catálogo de obras de la carne y de frutos del Espíritu.
Con la expresión “no heredarán el reino de Dios” hace una grave advertencia, con la que nos previene de falsas ilusiones respecto al negocio de la salvación. Y por esa razón nos intima: si vivimos del Espíritu, andemos también según el Espíritu, es decir, que sea también el Espíritu Santo el que nos impulse a obrar.
La última idea paulina, poniendo delante la perspectiva del juicio futuro, expresa: No os engañéis, Dios no se deja burlar; pues lo que el hombre sembrare, eso cosechará. El que siembra en su carne, de la carne cosechará corrupción; mas el que siembra en el Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna.
La admonición debe servir de sostén al cristiano en las duras luchas que continuamente habrá de soportar contra las tendencias egoístas de la carne, contrarias a las del Espíritu, contrarias a las de la caridad.
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Para ayudarnos en este combate espiritual, examinemos la enseñanza de San Francisco de Sales en su obra Tratado del amor de Dios, donde analiza cómo la voluntad gobierna las potencias del alma.
La voluntad gobierna la facultad de nuestro movimiento exterior como a un siervo esclavo; porque, si no hay fuera alguna cosa que lo impida, jamás deja de obedecer. Abrimos y cerramos la boca, movemos la lengua, las manos, los pies, los ojos y todas las partes del cuerpo que poseen la facultad de moverse, sin resistencia, a nuestro arbitrio y según nuestro querer.
Mas, en cuanto a nuestros sentidos, no podemos gobernarlos tan fácilmente, sino que es menester que empleemos en ello la industria y el arte. Es inútil mandar a los ojos que no vean, ni a los oídos que no escuchen, ni a las manos que no toquen, porque estas facultades carecen de inteligencia, y, por lo tanto, son incapaces de obedecer. Es necesario apartar los ojos o cerrarlos, si se quiere que no vean, y, con estos artificios, serán reducidos a lo que la voluntad desee.
La voluntad tiene dominio sobre la imaginación y la memoria; aunque no puede manejarlas ni gobernarlas de una manera tan absoluta como lo hace con las manos, los pies o la lengua, pues las facultades sensitivas no obedecen a la voluntad de una manera tan pronta e infalible; de suerte que, como exclama el Apóstol, yo hago no el bien que quiero, sino el mal que aborrezco.
¿De qué manera la voluntad gobierna el apetito sensual, las pasiones?
El apetito sensual es en verdad un súbdito rebelde, sedicioso e inquieto; es menester reconocer que no es posible destruirlo de manera que no se levante, acometa y asalte la razón; pero tiene la voluntad tanto poder sobre él que, si quiere, puede abatirle, desbaratar sus planes y rechazarle, no consintiendo a sus sugestiones.
No podemos impedir que la concupiscencia conciba pecados, pero sí que ella dé a luz el pecado. Sentir no es consentir.
El apetito sensual con sus movimientos, como por otros tantos capitanes amotinados, promueve la sedición en el hombre. Cuando turban el alma, se llaman perturbaciones; y en cuanto inquietan el cuerpo, se llaman pasiones.
Sobre toda esta turba de pasiones sensuales, la voluntad ejerce su imperio, rechazando sus sugestiones, resistiendo sus ataques, estorbando sus efectos, o, a lo menos, negándoles su consentimiento, sin el cual no pueden causarle daño.
Es más, gracias a esta negativa, quedan vencidas; y, a la larga, postradas, disminuidas, enflaquecidas y, si no del todo muertas, a lo menos amortiguadas o mortificadas.
Precisamente para ejercitar nuestra voluntad en la virtud y en la valentía espiritual, quedó en nuestra alma esta multitud de pasiones.
El gran Apóstol nos dice que tenemos en nuestro cuerpo una ley que repugna a la ley de nuestro espíritu.
Los cristianos, los ciudadanos de la sagrada ciudad de Dios, que viven según Dios, peregrinando por este mundo, temen, desean, se duelen y se regocijan. El mismo Rey y Soberano de esta ciudad, temió, deseó, se dolió y se alegró, hasta llorar, palidecer, temblar y sudar sangre, aunque en Él estos movimientos no fueron pasiones iguales a las nuestras, por cuanto no sentía ni padecía de parte de las mismas sino lo que quería y le parecía bien, y las gobernaba y manejaba a su arbitrio; cosa que no podemos hacer nosotros, los pecadores, que sentimos y padecemos estos movimientos de una manera desordenada, contra nuestra voluntad, con gran perjuicio del bienestar y gobierno de nuestras almas.
No hay menos movimientos en el apetito intelectual o racional, llamado voluntad, que en el apetito sensual o sensitivo; pero a aquéllos se les llama, ordinariamente, afectos, y a éstos se les llama pasiones.
¡Cuántas veces sentimos pasiones en el apetito sensual o en la concupiscencia, contrarios a los afectos que, al mismo tiempo, sentimos en el apetito racional o en la voluntad!
¡Cuántas veces temblamos de miedo entre los peligros a los cuales nuestra voluntad nos conduce y en los que nos obliga a permanecer!
¡Cuántas veces aborrecemos los gustos en los cuales nuestro apetito sensual se complace, y amamos los bienes espirituales, que tanto le desagradan!
En esto consiste precisamente la guerra que sentimos todos los días entre la carne y el espíritu, entre nuestro hombre exterior, que depende de los sentidos, y el hombre interior que depende de la razón.
Ahora bien, las pasiones y afectos son buenos o malos, viciosos o virtuosos, según que sea bueno o malo el amor del cual proceden.
Los ciudadanos de la ciudad de Dios, temen, desean, se duelen, se regocijan…; y, porque su amor es recto, lo son también todos sus afectos.
La doctrina cristiana sujeta el espíritu a Dios, para que Él lo guíe y asista; y sujeta al espíritu todas las pasiones, para que las refrene y modere, de suerte que queden todas ellas reducidas al servicio de la justicia y de la virtud.
La voluntad recta es el amor bueno; la voluntad mala es el amor malo, es decir, para expresarlo en pocas palabras, el amor de tal manera domina la voluntad que la vuelve según es él.
La voluntad no se mueve sino por sus afectos, entre los cuales, el amor, como el primer móvil y el primer sentimiento, pone en marcha todos los demás y produce todos los restantes movimientos del alma.
Mas, a pesar de todo, no se sigue de lo dicho que la voluntad no continúe siendo la reguladora de su amor, pues la voluntad no ama sino lo que quiere amar, y, entre muchos amores que se le ofrecen, puede elegir el que le parece bien; de lo contrario, no podría haber, en manera alguna amores mandados ni amores prohibidos.
La voluntad, que puede elegir el amor a su arbitrio, en cuanto se ha abrazado con uno, queda subordinada a él; mientras un amor viva en la voluntad, reina en ella, y ella queda sometida a los movimientos de aquél; mas, si este amor muere, podrá la voluntad tomar enseguida otro amor.
Hay, empero, en la voluntad, la libertad de poder desechar su amor cuando quiera, aplicando el entendimiento a los motivos que pueden causarle enfado y tomando la resolución de cambiar de objeto.
De esta manera, para que viva y reine en nosotros el amor de Dios, podemos amortiguar el amor propio; si no podemos aniquilarlo del todo, a lo menos lograremos debilitarlo, de suerte que, aunque viva en nosotros, no llegue a reinar.
Los afectos son más o menos nobles y espirituales, según que sean más o menos elevados sus objetos, y según que se hallen en un plano más o menos encumbrado de nuestro espíritu; porque:
— Hay afectos que proceden del razonamiento fundado en los datos que nos procura la experiencia de los sentidos. Se llaman afectos naturales, porque, ¿quién hay que no desee naturalmente la salud, lo necesario para comer y vestir, las dulces y agradables conversaciones?
— Hay afectos que se originan del estudio de las ciencias humanas. Se llaman afectos racionales, porque se apoyan en el conocimiento espiritual de la razón, por la cual nuestra voluntad es movida a buscar la tranquilidad del corazón, las virtudes morales, el verdadero honor, la contemplación filosófica de las verdades eternas.
— Otros afectos estriban en motivos de fe. Se llaman cristianos, porque nacen de la meditación de la doctrina de Nuestro Señor, que nos hace amar la pobreza voluntaria, la castidad perfecta, la gloria del Paraíso.
— Otros afectos, finalmente, nacen del simple sentimiento y conformidad del alma con la verdad y la voluntad divina. Se llaman divinos y sobrenaturales, porque es el mismo Dios quien los infunde en nuestras almas, y se refieren y tienden a Dios sin la intervención de discurso alguno ni de luz alguna natural.
Estos afectos sobrenaturales se reducen principalmente a tres:
— El amor del espíritu por las bellezas de los misterios de la fe.
— El amor a la utilidad de los bienes que se nos han prometido en la otra vida.
— El amor a la soberana bondad de la santísima y eterna Divinidad.
Además de las pasiones y de los afectos, es muy importante saber que en el alma hay, por decir así, dos porciones. Expliquemos un poco esto.
Si bien tenemos una sola alma, y ésta es indivisible; en ella, en cuanto es racional, advertimos claramente dos grados de perfección, que el gran San Agustín, y con él todos los doctores, ha llamado porciones del alma, una inferior y otra superior.
La inferior discurre y saca sus consecuencias según lo que percibe y experimenta por los sentidos.
La superior discurre y saca sus consecuencias según el conocimiento intelectual, que no se funda en la experiencia de los sentidos, sino en el discernimiento y en el juicio del espíritu.
Por esta causa, la parte superior se llama también comúnmente espíritu o parte mental del alma, y la inferior se llama ordinariamente sentido o sentimiento y razón humana.
Ahora bien, la parte superior puede discurrir según dos clases de luces:
— según la luz natural, como lo hacen todos los filósofos y todos los que discurren científicamente,
— según la luz sobrenatural, como lo hacen los teólogos y los cristianos, en cuanto fundan sus discursos sobre la fe y la palabra de Dios revelada; y todavía de una manera más particular aquellos cuyo espíritu es conducido por especiales ilustraciones, inspiraciones y mociones celestiales; por lo que la porción superior del alma es aquella por la cual nos adherimos y nos aplicamos a la obediencia de la ley eterna.
Comprobamos todos los días dos voluntades contrarias. Sin embargo, no se puede decir que en el hombre haya dos almas, sino que, atraída el alma por diversos incentivos y movida por diversas razones, parece que está dividida, mientras se siente movida hacia dos extremos opuestos, hasta que, resolviéndose, por el uso de su libertad, toma partido por el uno o por el otro; porque entonces la voluntad más poderosa vence, y se sobrepone, y sólo deja en el alma un resabio del malestar que esta lucha le ha causado, resabio que nosotros llamamos repugnancia.
Es admirable, en este punto, el ejemplo de Nuestro Salvador, que estuvo sujeto a las tristezas, a los pesares y a las aflicciones del corazón.
Rogó que pasase de Él el cáliz de su pasión; con lo que expresó manifiestamente el querer de la parte inferior de su alma, la cual, al discurrir sobre los tristes y angustiosos trances de su pasión, que le aguardaban, y cuya viva imagen se le representaba en su imaginación, sacó, como consecuencia muy razonable, el deseo de huir de ellos y de verlos alejados de sí, cosa que pidió al Padre.
De donde se desprende claramente que la parte inferior del alma no es lo mismo que el grado sensitivo de ella, y que la voluntad inferior no es lo mismo que el apetito sensible; porque ni el apetito sensible, ni el alma en su grado sensitivo, son capaces de hacer un ruego o una oración, que son actos de la facultad racional, y particularmente no son capaces de hablar a Dios, objeto que los sentidos no pueden alcanzar para darlos a conocer al apetito.
Pero el mismo Salvador, habiendo cumplido esa actividad de la parte inferior y dado testimonio de que, según las consideraciones de la misma, su voluntad se inclinaba a huir de los dolores y de las penas, dio pruebas de que poseía la parte superior, por la cual se adhería absolutamente a la voluntad eterna y a los decretos del Padre celestial y aceptaba voluntariamente la muerte, a pesar de la repugnancia de la parte inferior de la razón, y así dijo: Padre mío, que no se haya mi voluntad sino la tuya.
Cuando dice mi voluntad, se refiere a su voluntad según la parte inferior; y precisamente porque dice esto voluntariamente, demuestra que posee una voluntad superior.
Retomando la exhortación de San Pablo Caminad en el espíritu, hemos de caminar como hombres espirituales, debemos sembrar en el espíritu…
El que siembre en la carne, recogerá de la carne corrupción. La carne, los sentimientos carnales se parecen a un vasto y fecundo campo. El que siembre en este terreno, recogerá corrupción.
En cambio, el que siembra en el espíritu, recogerá del espíritu vida eterna. También el espíritu es un campo fecundo. ¡Dichosos los que siembren en este terreno!
Son obras sembradas en la carne todas las que realizamos por un interés o un móvil puramente natural y humano, aunque sea muy bueno y laudable. Son obras sembradas en la carne todas las que no realizamos impulsados por el amor de Dios y de Cristo.
Aunque, desde el punto de vista natural y humano, puedan ser dignas de aprecio, dichas obras carecerán, sin embargo, de todo valor para nuestra verdadera dicha, para nuestra eternidad. ¡Serán grandes pasos, pero dados fuera del verdadero camino!
El que siembre en el espíritu, recogerá del espíritu vida eterna. La vida eterna; he aquí el fruto incorruptible y eternamente precioso de la vida del espíritu, de la vida de fe, de la vida de la gracia, de la vida de unión con Dios y con Cristo.
He aquí también el fruto de todo lo hecho, lo aceptado y lo sufrido en el espíritu. Todo ello, por mínimo que sea, produce constantemente nueva vida eterna, una nueva eternidad.
¡Qué locos somos, si nos esforzarnos por sembrar en la carne!
¡Qué locos somos, si no nos esforzarnos con todo ahínco por sembrar siempre en el espíritu!

El Concilio Vaticano II NO es obra del Espíritu Santo

Respuesta de monseñor Carlo Maria Viganò al P. Raymond J. de Souza en el debate en torno al Concilio

Puedo comprender que en ciertos aspectos mis intervenciones resulten bastante molestas a quienes apoyan el Concilio, y que poner su ídolo en tela de juicio suponga un motivo suficiente para incurrir en las más severas sanciones canónicas tras haber dado la alarma alertando de cisma. A la molestia de esos va unido cierto enojo por ver -pese a mi decisión de no hacer apariciones públicas- que mis intervenciones despiertan interés y fomentan un saludable debate sobre el Concilio, y más en general sobre la crisis de la jerarquía eclesiástica. No me atribuyo el mérito de haberlo iniciado; antes de mí, eminentes prelados e intelectuales de alto nivel ya habían puesto en evidencia que hace falta una solución. Otros han puesto de relieve la relación de causa-efecto entre el Concilio Vaticano II y la apostasía actual. Ante tan numerosas y argumentadas denuncias, nadie ha propuesto jamás soluciones válidas o aceptables; por el contrario, para defender el tótem conciliar se ha recurrido a desacreditar al interlocutor, a condenarlo al ostracismo y a la acusación genérica de querer atentar contra la unidad de la Iglesia. Esta última acusación resulta tanto más grotesca cuando más patente es el estrabismo de los acusadores que desenfundan el martillo de herejes contra quienes defienden la ortodoxia católica mientras se desloman haciendo reverencias a los eclesiásticos, religiosos y teólogos que atentan a diario contra la integridad del Depósito de la Fe. Las dolorosas experiencias de tantos prelados, entre los que destaca sin duda monseñor Marcel Lefebvre, confirman que también en ausencia de acusaciones concretas hay quienes consiguen valerse de las normas canónicas para perseguir a los buenos, guárdandose al mismo tiempo de utilizarlas contra los verdaderos cismáticos y herejes.

Hace algunos días, poco después de otro artículo de contenido análogo publicado por el P. Thomas Weinandy (aquí), el P. Raymond J. de Souza escribió un comentario titulado ¿Promueve el cisma el rechazo del Concilio por parte de monseñor Viganò? El autor expone a continuación lo que piensa: «En su último testimonio, el exnuncio manifiesta una postura contraria a la fe católica en cuanto a la autoridad de los concilios ecuménicos».

Es inevitable recordar a este respecto a aquellos teólogos que habían sido suspendidos por sus enseñanzas, apartados de los seminarios o sancionados con censuras por el Santo Oficio, y que precisamente por esos méritos suyos fueron convocados al Concilio como asesores y peritos. Entre ellos se encuentran los rebeldes de la teología de la liberación que fueron amonestados durante el reinado de Juan Pablo II y rehabilitados por Bergoglio, por no mencionar a continuación a los protagonistas del Sínodo para la Amazonía y los obispos del camino sinodal que promueven una iglesia nacional alemana herética y cismática. Sin olvidar a los obispos de la secta patriótica china, plenamente reconocidos y promovidos por el acuerdo entre el Vaticano y la dictadura comunista de Pekín.

El padre De Souza y el padre Weinandy, sin entrar a valorar los argumentos que expuse y que ambos califican desdeñosamente de intrínsecamente cismáticos, deberían tener la buena educación de leer mis intervenciones antes de censurar mi pensamiento. En ellas encontrarían el dolor y el trabajo que en los últimos años me llevó por fin a entender que había sido llamado a engaño por aquellos a quienes, constituidos de autoridad, jamás se les habría ocurrido replicar a esta farsa y haber denunciado este engaño: laicos, eclesiásticos y prelados se encuentran en la dolorosa situación de tener que reconocer un fraude astutamente tramado, fraude que a mi juicio consistió en servirse de un concilio para dar visos de autoridad a las iniciativas de los novadores y granjearse la obediencia del clero y del pueblo de Dios. Esa obediencia ha sido fingida por los pastores, sin la menor excepción, para derribar desde dentro la Iglesia de Cristo.

He escrito y declarado en varias ocasiones que precisamente a raíz de dicha falsificación los fieles, respetuosos para con la autoridad de la Jerarquía, no se han atrevido a desobedecer en masa la imposición de doctrinas heterodoxas y ritos protestantizados. Por otra parte, esa revolución no se ha producido de golpe y porrazo, sino siguiendo un proceso, por etapas, en que las novedades introducidas a modo de experimento terminaban por volverse norma universal con vueltas de tuerca cada vez más apretadas.

Asimismo, he recalcado varias veces que si los errores y equívocos del Concilio ecuménico formulados por un grupo de obispos alemanes y holandeses no se hubieran presentado so capa de la autoridad de un concilio habrían merecido probablemente la condena del Santo Oficio, y sus escritos incluidos en el Índice. Tal vez por eso mismo quienes alteraron los esquemas preparatorios del Concilio se encargaron, durante el pontificado de Pablo VI, de debilitar la Suprema Congregación y suprimir el Índice de libros prohibidos, en el cual en otros tiempos habrían terminado sus propios escritos.

De Souza y Weinandy sostienen evidentemente que no es posible cambiar de opinión, y que es preferible seguir en el error a desandar lo andado. Pero esa actitud es muy extraña: multitudes de cardenales y obispos, de sacerdotes y laicos, de frailes y monjas, de teólogos y moralistas y de laicos e intelectuales católicos han considerado que en nombre de la obediencia a la Jerarquía se les ha impuesto el deber de renunciar a la Misa Tridentina y que se la sustituyan por rito calcado del Book of Commom Prayer de Cranmer; que se han abandonado tesoros de doctrina, de moral, de espiritualidad y un patrimonio artístico y cultural de valor incalculable, borrando dos mil años de Magisterio en nombre de un Concilio que además se ha querido pastoral en vez de dogmático. Les han dicho que la Iglesia conciliar se ha abierto por fin al mundo, que se ha liberado del odioso triunfalismo postridentino, de incrustaciones dogmáticas medievales, de oropeles litúrgicos, de la moral sexofóbica de San Alfonso, del nocionismo del Catecismo de San Pío X y del clericalismo de la curia pacelliana. Se nos ha pedido renunciar a todo en nombre del Concilio; transcurrido medio siglo, ¡observamos que no se ha salvado nada de lo poco que al parecer había quedado vigente! (El Book of Common Prayer fue un libro devocional publicado en el 1552 por el arzobispo anglicano Thomas Crammer a raíz de la reforma de Enrique VIII con oraciones y lecturas para los protestantes ingleses. N. del T.)

Y sin embargo, si repudiar la Iglesia Católica preconciliar para abrazar la renovación postconciliar ha sido recibido como un gesto de gran madurez, como un signo profético, una manera de estar a tono con los tiempos y, en definitiva, algo inevitable e incontestable, repudiar hoy un experimento fallido que ha llevado a la Iglesia al colapso se considera señal de incoherencia o insubordinación, según el lema de los novadores: ni un paso atrás. En aquel entonces la revolución era saludable y obligada; ahora la restauración sería dañina y fomentaría divisiones. Antes se podía y debía renegar del glorioso pasado de la Iglesia en nombre del aggionarmento; hoy en día se considera cismático poner en tela de juicio varias décadas de desviaciones. Pero lo más grotesco es que los defensores del Concilio sean tan inflexibles con quienes niegan el Magisterio preconciliar mientras estigmatizan con la jesuítica y denigrante calificación de rígidos a los que por coherencia con dicho Magisterio se niegan a aceptar el ecumenismo y el diálogo interreligioso (que han desembocado en Asís y en Abu Dabi), la nueva eclesiología y la reforma litúrgica nacidos del Concilio Vaticano II.

Es evidente que nada de esto tiene fundamento filosófico, no digamos teológico. El superdogma del Concilio se impone por encima de todo. Todo lo anula, todo lo deroga, pero no tolera que se lo trate de la misma manera. Pero eso mismo confirma que el Concilio, aun siendo un concilio ecuménico legítimo –como ya he afirmado en otras ocasiones– no es como los demás, porque si lo fuera, los concilios y el Magisterio anterior deberían ser vinculantes (no sólo de palabra), lo cual habría impedido que se formularan los errores contenidos o implicados en los textos conciliares. Una ciudad dividida contra sí misma…

De Souza y Weinandy no quieren reconocer que la estratagema adoptada por los novadores fue de lo más astuta: conseguir que se apruebe la revolución bajo un aparente respeto a las normas por parte de cuantos pensaban que se trataba de un concilio católico como el Vaticano I; afirmar que se trataba de un concilio meramente pastoral y no dogmático; hacer creer a los padres conciliares que los puntos delicados se organizarían y se aclararían los equívocos, que toda reforma se reconsideraría en el sentido más moderado… Y mientras los enemigos lo habían organizado todo, hasta los más mínimos detalles, al menos veinte años antes de la convocatoria del Concilio, había quienes creían ingenuamente que Dios impediría el golpe de los modernistas, como si el Espíritu Santo pudiera actuar contra la voluntad subversiva de los novadores. Ingenuidad en la que yo mismo caí junto a la mayoría de mis compañeros en el episcopado, formados y criados en la convicción de que a los pastores –y en primer lugar y por encima de todos al Sumo Pontífice– se les debía obediencia incondicional. De ese modo los buenos, con su concepto distorsionado de obediencia absoluta, obedeciendo incondicionalmente a los pastores fueron inducidos a desobedecer a Cristo, precisamente por quienes tenían muy claros sus objetivos. En este caso también salta a la vista que la aceptación del magisterio conciliar no ha impedido el disenso con el Magisterio perenne de la Iglesia, sino que más bien lo ha exigido como lógica e inevitable consecuencia.

Al cabo de más de cincuenta años todavía no quieren darse cuenta de algo innegable: que se quiso emplear un método subversivo hasta entonces aplicado en los ámbitos político y civil, aplicándolo sin comentarios a la esfera religiosa y eclesial. Este método, típico de quienes tienen un concepto como mínimo materialista del mundo, sorprendió desprevenidos a los padres conciliares, que creyeron sinceramente ver en ello la acción del Paráclito mientras los enemigos supieron hacer trampa en las votaciones, debilitar a la oposición, derogar procedimientos establecidos y presentar normas en apariencia inocuas que luego tendrían un efecto rompedor de sentido contrario. Que aquel concilio tuviera lugar en la basílica del Vaticano, con los padres en mitra, capa pluvial y hábito coral, y Juan XXIII con tiara y manto, era plenamente coherente con una puesta en escena pensada a propósito para engatusar a los participantes para que no se preocuparan y creyeran que al final el Espíritu Santo remediaría los embrollos del subsistit in o los despropósitos sobre la libertad religiosa.

A este respecto, me permito citar un artículo publicado hace unos días en Settimo Cielo, titulado Historicizar el Concilio Vaticano II: así influyó sobre la Iglesia el mundo de esos años (aquí). En él, Sandro Magister nos da a conocer un estudio del profesor Roberto Pertici sobre el Concilio, el cual recomiendo leer en su totalidad pero se puede sintetizar en estos dos párrafos:

La disputa que está encendiendo a la Iglesia sobre cómo juzgar el Vaticano II, no debe ser solo teológica porque, ante todo, lo que hay que analizar es el contexto histórico de ese evento, especialmente de un Concilio que, desde un punto de vista programático, declaró querer abrirse al mundo.

Soy consciente de que la Iglesia -como confirmaba Pablo VI en Ecclesiam suam- está en el mundo pero no es del mundo: tiene valores, comportamientos, procedimientos específicos que no pueden ser juzgados ni enmarcados con criterios totalmente histórico-políticos, mundanos. Por otra parte, hay que añadir, tampoco es un cuerpo separado. En los años sesenta –y los documentos conciliares están llenos de referencias en este sentido– el mundo se dirigía hacia la que hoy llamamos globalización, estaba ya muy condicionado por los nuevos medios de comunicación de masa, se difundían a gran velocidad ideas y actitudes inéditas, emergían formas de mimetismo generacional. Es impensable que un evento de la amplitud y relevancia del Concilio se desarrollara dentro de la basílica de San Pedro sin confrontarse con lo que estaba sucediendo fuera de ella.

A mi entender, esta es una clave interesante para interpretar el Concilio, pues confirma la influencia que tuvo en él el pensamiento democrático. La gran coartada del Concilio fue presentar como decisiones colegiadas y casi como un plebiscito la introducción de novedades que de otro modo serían inaceptables. No fue ciertamente el contenido concreto de las actas ni su futuro alcance a la luz del espíritu del Concilio lo que abrió la puerta a doctrinas heterodoxas que ya se introducían sigilosamente en ambientes eclesiásticos del norte de Europa, sino el carisma de la democracia, asumido de modo casi inconsciente por los obispos del mundo entero en aras de una sumisión ideológica que desde hacía tiempo veía como muchos miembros de la Jerarquía poco menos que se sometían a la mentalidad secular. El ídolo del parlamentarismo surgido de la Revolución Francesa –que tan eficaz resultó para subvertir el orden social en su totalidad– debió de significar para algunos prelados una etapa inevitable de la modernización de la Iglesia que había que aceptar a cambio de una especie de tolerancia por parte del mundo contemporáneo hacia todo lo que ella se empeñaba en ofrecer de lo era antiguo y estaba superado. ¡Craso error! Este sentimiento de inferioridad por parte de la Jerarquía, esta sensación de atraso e insuficiencia ante las exigencias del progreso y de las ideologías traicionaron una visión sobrenatural muy deficiente y un ejercicio aún más deficiente de las virtudes teologales. ¡Es la Iglesia la que debe atraer a sí al mundo, y no al revés! El mundo debe convertirse a Cristo y al Evangelio, sin que se presente a Nuestro Señor como a un revolucionario por el estilo del Che Guevara y a la Iglesia como una organización filantrópica más preocupada por la ecología que por la salvación eterna de las almas.

Afirma De Souza, al contrario de cuanto he escrito, que yo he calificado al Concilio de «concilio del Diablo». Me gustaría saber de dónde sacó esas supuestas palabras mías. Supongo que sea una interpretación errónea y atrevida que hizo de la palabra italiana conciliabolo [conciliábulo], según la etimología latina, que no corresponde al significado actual en italiano.

Deduce de esta errónea traducción suya que tengo «una postura contraria a la fe católica en lo que se refiere a la autoridad de los concilios ecuménicos». De haberse tomado la molestia de leer mis declaraciones al respecto, habría entendido que precisamente porque profeso la mayor veneración por los concilios ecuménicos y por todo el Magisterio en general, no me es posible conciliar las clarísimas enseñanzas ortodoxas de todos los concilios hasta el Vaticano II con las equívocas y a veces heterodoxas de este último. Y no creo que sea el único. El mismo P Weinandy no es capaz de conciliar el papel del Vicario de Cristo con Jorge Mario Bergoglio, que es al mismo tiempo ocupante y demoledor del cargo. Pero para De Souza y Wenandy, contra toda lógica, es posible criticar al Vicario de Cristo pero no al Concilio; a ese concilio, y no a otro. La verdad es que nunca he visto tanta solicitud en recalcar los cánones del Concilio Vaticano I cuando algunos teólogos hablan de redimensionamiento del Papado o de sentido sinodal. Tampoco he visto tantos defensores de la autoridad del de Trento mientras se niega la esencia misma del sacerdocio católico.

Cree De Souza que con mi carta al P. Weinandy yo buscaba en él un aliado. Aunque fuese cierto, no creo que tuviera nada de de malo en tanto que dicha alianza tuviera por objeto la defensa de la Verdad en el vínculo de la Caridad. En realidad, mi intención fue lo que vengo declarando desde el principio: establecer una comparación que permita entender mejor la crisis actual y sus causas para que la autoridad de la Iglesia pueda pronunciarse a su debido tiempo. Jamás me he permitido imponer una solución definitiva ni resolver cuestiones que quedan fuera de mis competencias como arzobispo y caen directamente bajo la jurisdicción de la Sede Apostólica. No es, por tanto, lo que afirma el P. De Souza, y tampoco lo que incomprensiblemente me atribuye el P. Weinandy, que haya caído «en el pecado imperdonable contra el Espíritu Santo». Tal vez podría creer en la buena fe de ambos si tuvieran la misma severidad al juzgar a nuestros adversarios comunes y a ellos mismos, pero desgraciadamente no me parece que sea así.

Dice el P. De Souza: «Cisma. Herejía. Obra del Diablo. Pecado imperdonable. ¿Cómo pueden aplicarse ahora estas palabras al arzobispo Viganò por voces respetadas y escuchadas?» Creo que la respuesta es ya bastante obvia: se ha roto un tabú y se ha iniciado un debate a gran escala en torno al Concilio Vaticano II, debate que hasta ahora estaba restringido a ámbitos muy reducidos del cuerpo eclesial. Lo que más molesta a los partidarios del Concilio es constatar que esta controversia no versa sobre si el Concilio es o no criticable, sino sobre qué se puede hacer para remediar los errores y sus pasajes equívocos. Es un hecho innegable sobre el que ya no cabe ninguna labor de deslegitimación. Lo dice también Magister en Settimo Cielo, refiriéndose a «la disputa que está encendiendo la Iglesia sobre cómo juzgar el Concilio» y a «las controversias que periódicamente se reabren en los medios de comunicación denominados católicos sobre el significado del Vaticano II y el nexo que existiría entre dicho Concilio y la situación actual de la Iglesia». Pretender que se crea que el Concilio está por encima de toda crítica es falsificar la realidad, independientemente de las intenciones de quien critica su carácter equívoco y su heterodoxia.

Sostiene además el padre De Souza que el profesor John Paul Meenan habría demostrado en LifeSiteNews (aquí) «los puntos flacos de la argumentación de monseñor Viganò y de sus errores teológicos». Dejo al profesor Meenan el honor de refutar mis intervenciones sobre la base de lo que afirmo, no de cuanto no digo y deliberadamente se quiere malinterpretar. También en este caso, cuánta indulgencia con las actas del Concilio, y qué severidad más implacable hacia quien pone en evidencia las lagunas, hasta el punto de insinuar sospechas de donatismo.

Por lo que respecta a la famosa hermenéutica de la continuidad, me parece evidente que no deja de ser una tentativa -quizás inspirada en un concepto un tanto kantiano de los asuntos de la Iglesia- de conciliar un preconcilio y un postconcilio, cosa que nunca había sido necesario hacer hasta entonces. Está claro que la hermenéutica de la continuidad es válida y tiene que seguir dentro del discurso católico: en lenguaje teológico se llama analogía fidei, y es uno de los elementos fundamentales a los que debe atenerse el estudioso de las ciencias sagradas. Pero no tiene sentido aplicar ese criterio a un caso aislado que precisamente por su carácter equívoco ha conseguido expresar o dar a entender lo que por el contrario se debería haber condenado abiertamente, porque supone como postulado que hay verdadera coherencia entre el Magisterio de la Iglesia y el magisterio contrario que actualmente se enseña en las academias, en las universidades pontificias, en las cátedras episcopales y en los seminarios y se predica desde los púlpitos. Pero mientras es ontológicamente necesario que totalidad de la Verdad sea coherente consigo misma, no es posible al mismo tiempo faltar al principio de no contradicción, según el cual dos proposiciones que se excluyen mutuamente no pueden ser ciertas las dos. Así, no puede haber la menor hermenéutica de la continuidad entre sostener la necesidad de la Iglesia Católica para la salvación eterna y la declaración de Abu Dabi, que está en continuidad con las enseñanzas conciliares. No es, por tanto, cierto que rechazo la hermenéutica de la continuidad en sí; sólo cuando no se puede aplicar a un contexto claramente heterogéneo. Pero si esta observación mía resulta infundada y se quieren dar a conocer sus deficiencias, con mucho gusto las repudiaré yo mismo.

En la conclusión de artículo, el P. De Souza pregunta provocativamente: «Sacerdote, curialista, diplomático, nuncio, administrador, reformados, informador… ¿Podría ser que, al final, a esta lista haya que añadir hereje y cismático?» No es mi intención responder a los insultos y las palabras gravemente ofensivas del P. Raymond K.M., que no son propias de un caballero. Me limito a preguntarle: ¿a cuántos cardenales y obispos progres sería superfluo plantearles la misma cuestión, sabiendo de antemano que la respuesta es lamentablemente positiva? Quizás, antes de ver cismas y herejías donde no los hay, sería oportuno y más provechoso combatir los errores y divisiones allí donde se instalan y propagan desde hace décadas.

Sancte Pie X, ora pro nobis!
3 de septiembre de 2020

Festividad de San Pío X, papa y confesor