El matrimonio cristiano.

Mons. Tihamér Tóth

CAPÍTULO V CUALIDADES DEL BUEN CONSORTE

Los antiguos paganos pensaban que los dioses, cada vez que crean un corazón humano, lo parten en dos y colocan estas dos mitades en sendos cuerpos humanos. Como estas dos mitades de corazón tienen una misma naturaleza, se pertenecen, se anhelan mutuamente, y siempre se buscan, hasta que logran encontrarse. Y cuando esto ocurre, su felicidad queda colmada…

¡Qué parte de verdad encierra esta creencia! La elección del esposo o esposa es tarea ardua y misterio santo…; he ahí lo que pregona el sentir de los antiguos; realmente hay dos corazones que se buscan: el corazón del hombre busca el corazón de aquella mujer única que la divina Providencia creó para él. El tiempo del noviazgo —como dejé indicado en el capítulo anterior— tendría que servir principalmente para estudiar si existen o no en el otro las cualidades que son imprescindibles para hacer feliz el matrimonio, si tiene o no los requisitos necesarios para formar un buen matri- monio.

¿Cuáles son estas cualidades? Tal es la cuestión que propon- go en el presente capítulo. Desde luego, no voy a enumerarlas todas; por una parte, sería excesivamente prolijo el hacerlo, y, por la otra, hay cosas tan viejas y sabidas que sería enojoso repetirlas.

No trataré, por tanto, de las reglas de vida que la humanidad ha formulado a base de una experiencia de largas centurias, y que es prudente guardar aun hoy día. Por ejemplo, que no se junten en matrimonio parientes cercanos mientras sea posible; que el novio tenga unos años de edad más que la novia; que el hombre sea más culto que la mujer, para que ella, aun por este motivo, le mire con cierto respeto.

Ni voy a comentar el consejo que se daba a las muchachas de fijarse en el comportamiento del novio con su madre, a ver si la

trataba con amor tierno y cálido, porque así podrá ella hacerse una idea de cómo la tratará a ella cuando se casen…

Estos consejos antiguos y atinados abundan; vale la pena de tenerlos en cuenta. Pero ahora no vamos a detenernos en ellos.

Otros consejos quiero dar a los jóvenes; tres consejos, que no suelen oír con frecuencia.

¿Cuáles son estos consejos? ¿Cuáles son los tres requisitos que se necesitan en los buenos consortes?

I. El joven ha de ser serio y consciente de su responsabilidad. II. La joven ha de ser modesta y amante de la casa, y, final-

mente,
III. Ambos han de ser profundamente religiosos.

I

EL JOVEN HA DE SER SERIO Y CONSCIENTE DE SU RESPONSABILIDAD

¿Quién no es consciente de la decisiva importancia que tiene el asegurar en cuanto sea posible un matrimonio acertado?

Ciertamente, nadie puede leer con toda certeza en el alma de otro. No obstante, se ven indicios que permiten hacer conjeturas.

Indicio es en el hombre la honradez y el ser bueno en el traba- jo, con una conciencia seria del propio deber.

Si estas cualidades brillan en el novio, serán más halagüeños los pronósticos del matrimonio. Mas si le faltan…, entonces, ¡cui- dado, muchachas, no os fiéis de él!, ¡no se case ninguna de vosotras con tal hombre!

¡No repitáis las sandeces de otras muchachas!: «Me doy cuenta de lo frívolo que es mi novio, de lo superficial que es, pero ¿qué le vamos a hacer? Yo me caso con él porque le quiero locamente.»

Esta «locura» pasará pronto, y ¡qué horroroso es el repentino despertar de la embriaguez!

El matrimonio no es un ensayo. El matrimonio es una res- ponsabilidad tremenda. Este es el pensamiento que habría de destacarse con grandes letras. Porque la opinión corriente del hombre moderno es ésta: «El matrimonio es un asunto privado; los extraños no tienen que ver con él. El matrimonio es una etapa transitoria que termina cuando muere el amor. El matrimonio es para disfrutar de los goces sensuales… » Tales ideas son las que cunden hoy día.

Parece como si el hombre moderno no quisiera saber nada de su responsabilidad. De aquella tremenda responsabilidad que se deriva del matrimonio respecto del bienestar espiritual y corporal de la esposa y de sus futuros hijos.

Y, sin embargo, el joven que no tiene este concepto serio del matrimonio ni el sentimiento de su gran responsabilidad, unos me- ses después del casamiento hablará ya del matrimonio con despe- cho, con una mueca amarga en los labios: «¡Cuidado, amigos, sed prudentes; basta que haya caído yo en la trampa! No es lo que esperaba. Yo creía que el matrimonio daba de suyo mucho más…» Y hará un gesto de desprecio con la mano.

Todas las veces que vemos este gesto despectivo y oímos esta voz de desaliento, podemos dar por sentado que aquel hom- bre no pensaba seriamente ni era consciente de su responsabilidad respecto del matrimonio.

II
LA MUCHACHA HA DE SER MODESTA Y AMANTE DE LA CASA

La misma importancia que tiene para la novia el saber si su futuro esposo es consciente de su gran responsabilidad, la tiene para el novio el cerciorarse de este punto concreto: Ver si su futura esposa tiene la modestia suficiente y el amor a hogar necesarios.

En el Antiguo Testamento figura una amable pareja: Tobías y Sara. No se puede leer sin emoción lo que dice el joven TOBÍAS a su novia una vez casados: «Levántate, Sara, y hagamos oración a Dios, hoy y mañana, y después de mañana… Pues nosotros somos hijos de santos; y no podemos juntarnos a manera de los gentiles que no conocen a Dios» (Tob 8, 4-5).

Y es sumamente conmovedora la lección que recibe Sara de su padre. Después de contraer matrimonio, los jóvenes se despi- den de los padres de la recién casada. Entonces el padre de Sara les dice:

«El santo ángel del Señor os guíe en vuestro viaje, y os conduzca sanos y salvos, y halléis en próspero estado a vuestros padres y todas sus cosas, y puedan ver mis ojos, antes que muera, a vuestros hijos. Dicho esto, abrazando los padres a su hija, la besaron y dejaron ir, amonestándola que honrase a sus suegros, amase al marido, cuidase de su familia, gobernase la casa y se portase en todo, de un modo irreprensible» (Tob 10, 11-13).

¿Es posible resumir más hermosamente los deberes de la esposa? ¡Novias! Examinaros bien, ved si tenéis este modo de pensar, esta modestia, este amor al hogar.

Y si alguien piensa que «Tobías y Sara vivieron en épocas muy diferentes a las nuestras, que vivieron hace miles de años, y que la muchacha de hoy no puede orientar su vida con aquellos principios tan anticuados…», permitidme que conteste citando a una escritora que te da los siguientes consejos:

«Si estás hablando frecuentemente de cosméticos o de vestidos, ¡ojo!, algo va mal.

Si te pasas más tiempo de compras que en tu casa…, ¡ay!, entonces la cosa va muy mal.

Si por la noche no puedes conciliar el sueño porque estás dudando si tu nuevo jersey ha de ser de color verde oscuro o azul claro, entonces sigues bajando… ».

Piensa en ti misma, ¿te ocurre algo de esto?

Es increíble qué frívolamente piensan algunos en esta cuestión de importancia vital: se casan porque ella es muy guapa, o porque es inmensamente rica…

Los que se dejan guiar por estos espejuelos al celebrar sus bodas, ¿podrán asombrarse si dentro de unas pocas semanas su matrimonio es un infierno? Simplemente, te vienen tantos males, por no haber suplicado a Dios qué te oriente en este trascendental paso que vas a dar.

«Y cuando vayas a unirte a ella, levantaos primero los dos y haced oración y suplicad al Señor del Cielo que se apiade de vosotros y os salve. Y no tengas miedo, porque para ti está destinada desde el principio » (Tob 6, 18).

¡Qué insensatez! Una muchacha se casa con un joven porque «es muy atractivo», y el muchacho se casa con ella porque «baila muy bien». Precisamente al dar el paso más decisivo de su vida…

¡Qué distinta es la enseñanza de la Sagrada Escritura!

«Que vuestro adorno no esté en el exterior, en peinados, joyas y modas, sino en lo oculto del corazón, en la incorruptibilidad de un alma dulce y serena: esto es precioso ante Dios» (I Pedro 3, 3-4).

III

AMBOS HAN DE SER PROFUNDAMENTE RELIGIOSOS

Podríamos haber puesto este requisito en el primer lugar, porque poco más o menos contiene las dos condiciones anteriores. El joven ha de ser consciente de su responsabilidad; la joven ha de amar el hogar, y ambos han de ser sincera y profundamente reli- giosos.

Pero muchos novios a esto no le dan apenas importancia. Piensan que en el caso de que uno de los dos no sea creyente o católico practicante, que sabrán respetarse mutuamente las convicciones religiosas que cada cual tenga…

¡Cuántos hay que razonan así, de una manera tan superficial, antes de contraer matrimonio! ¡Y cuántos hay que al poco tiempo de casarse se dan cuenta de lo que han perdido, por no haber pretendido que su cónyuge fuera creyente!

No lo niego: con habilidad y gran disciplina es posible, aunque haya esta diferencia fundamental de criterios, tener una vida matri- monial tranquila y armónica en apariencia. Pero sólo en apariencia…. Porque en realidad —a pesar de todos los esfuerzos — falta un elemento esencial. Son como las rosas artificiales, que casi no se distinguen de las naturales, pero que les falta algo esencial: la agradable fragancia de la rosa natural.

¿Quieres saber por qué es de tanta importancia que tu novio o novia sea católico practicante? Porque en el matrimonio se unen dos seres humanos para el resto de sus vidas. Y aspiran a que esta unidad sea perfecta. Pero esta unidad perfecta sólo se puede lograr si tienen un mismo espíritu religioso, si los dos están unidos en Dios.

Si tu novio o tu novia es una persona educada y culta, es posible que no hiera tus convicciones religiosas. Pero ¿te basta esto? ¿Te basta esto, que es puramente negativo, cuando la fe religiosa tendría que ser aquella fuerza positiva, aquel lazo estrecho, indisoluble, que os ayudará a pasar por los innumerables puntos de choque que tendréis en la vida en común? ¡Y preci- samente esta fuerza es la que va a faltaros!

Es cierto: la educación y el amor pueden allanar muchas dife- rencias; hasta es posible que ni siquiera notéis las grandes diferen- cias que os separan en punto a la concepción del mundo, y que tengáis muchos días felices. Pero… ¡cuando lleguen las épocas difíciles y tormentosas —que nadie puede evitar—, entonces se pondrá de manifiesto que, por vuestros diferentes criterios, no es posible apoyaros uno en el otro y juntar vuestras fuerzas; no sabréis enfrentaros juntos entonces con los males que os sobrevengan, no sabréis levantaros juntos…, porque no sabéis rezar juntos.

¿Y qué será cuando tu esposo —que es instruido, rico, guapo, pero no creyente— te pida cosas en la vida conyugal que hacen estremecer tu alma piadosa y que él tampoco pediría si tuviese espíritu religioso? ¿Qué será entonces? ¡En qué horroroso cruce de caminos te encontrarás! O te rindes a él… y con esto viene al suelo toda tu vida espiritual, o le resistes…, y entonces él, indignado y rebelde, buscará otros caminos. Y dime: ¿de qué te servirá en tales trances que tu esposo sea instruido, que sea atractivo y tenga una buena posición social?

Después de lo expuesto, no es difícil contestar a la pregunta:

¿Han de contraer matrimonio dos personas de las cuales uno es católico practicante y el otro no?

Empecemos por el caso de que la muchacha es católica y el joven no.

Si él es enemigo declarado de la religión, si la ofende y la ataca, entonces —me parece que todos lo comprenderán— la respuesta ha de ser forzosamente negativa, porque en este caso la pobre mujer abrazaría un martirio continuo.

Y que nadie se forje la ilusión —como, por desgracia, se la hacen muchas— de que… «es cierto, mi novio no es creyente, e incluso ataca las creencias religiosas, pero yo ya le convertiré».

No será cosa tan factible. Y acaso sea imposible. El matri- monio no es un reformatorio en que de hombres mal educados se formen santos.

Puede haber cierta esperanza si se trata de una persona indiferente, fría en punto a religión. Pero aun en este supuesto, ¡cuántos sacrificios, cuántas renuncias habrá de hacer la esposa, cuántos años habrá de esperar para lograr el éxito! ¿Y si no lo logra? Entonces allí queda para siempre el gran desengaño y la pared divisoria: la mujer es creyente, quiere educar religiosamente a sus hijos; mas el esposo no sabe resignarse, y todas las veces que puede hiere la sensibilidad de su esposa, se ríe de ella, la moteja de «beata» y procura extirpar también del alma de los hijos los pensamientos cristianos que la madre les inspira.

No puedo decir sino que una muchacha piadosa no ha de casarse con un joven incrédulo.

Lo mismo digo del joven católico practicante: que no se case con una muchacha incrédula. ¿Sabes, lector, cuál es el peor partido para casarse? El que abre entre dos almas un abismo infinito, sobre el cual nunca podrá tenderse un puente.

Insisto: Un joven católico practicante no ha de casarse por nada del mundo con una muchacha incrédula. Porque si es un hombre quien pierde la fe, a lo más se volverá rudo y materialista; pero si es una mujer quien la pierde, las repercusiones sobre la familia serán muchísimo peores.

Pero si es así, y si el sentir religioso de los jóvenes es cosa hasta tal punto imprescindible para la armonía de la vida conyugal, ¿no han de sentir todos los padres el sagrado deber de educar seriamente a sus hijos en una profunda vida religiosa?

Por desgracia, hay padres que apenas se preocupan de educar religiosamente a sus hijos. No se preocupan de saber ni de dónde están sus hijos. ¿Están en el cine? No importa. ¿Por la calle? ¡Qué más da! ¿Con amigos sospechosos? Les es indiferente.

Hay padres que no se preocupan de los libros que leen sus hijos…. ¿Son novelas o revistas inmorales?…, no tiene importancia.

Tampoco les importa si rezan o si van a la iglesia…

Siempre me han conmovido las luchas que tienen que soste- ner algunos jóvenes para poder vivir sin pecado, en gracia de Dios, aspirando a la santidad… ¡sin recibir ningún apoyo de sus padres!

¡Padres! ¿Queréis educar a vuestros hijos para un matrimonio feliz? Educadlos desde su más tierna edad en la vida cristiana.

¿Cómo un cristiano, un católico, llegar a ser feliz en el matri- monio?

No puede haber más respuesta que ésta: Uno solo no lo puede ser. Tendrán que serlo los dos juntos, los dos esposos creyentes que se esfuerzan con fidelidad y perseverancia por actualizar y hacer rendir la gracia sacramental que recibieron el día de su boda.

Porque la felicidad del matrimonio, en el último término, depende de la acción misteriosa de Dios: los que Dios no junta, no pueden ir juntos.

Dios nos conoce a cada uno mejor que nosotros mismos. Por tanto, si quieres contraer matrimonio, pídele consejo a Dios. No hacerlo, es faltar a la prudencia y es el origen de muchas tragedias.

Los que quieran vivir siempre juntos y en armonía han de constatar antes si sus corazones laten al unísono en una misma fe. 

Conmemoración de los 7 Dolores de la Santísima Virgen María

Para que comprendamos claramente el objeto de esta Fiesta y la pasemos, como la Iglesia quiere que hagamos, en el debido honor a la Madre de Dios y de los hombres, debemos recordar esta gran verdad: que Dios, en los designios de su infinita sabiduría, ha querido que María participe en la obra de la Redención del mundo. El misterio de la presente Fiesta es una de las aplicaciones de esta ley divina, una ley que nos revela toda la magnificencia del plan de Dios; también es, una de las muchas realizaciones de la profecía, que el orgullo de Satanás iba a ser aplastado por una Mujer. En la obra de nuestra Redención, hay tres intervenciones de María, es decir, está tres veces llamada a participar en lo que hizo Dios mismo. El primero de ellos fue en la Encarnación del Verbo, que no toma Carne en su seno virginal hasta que haya dado su consentimiento para convertirse en Su Madre; y esto lo dio con ese Fiat solemne que bendijo al mundo con un Salvador. El segundo fue en el sacrificio que Jesús consuma en el Calvario, donde ella estaba presente, para que pudiera participar en la ofrenda expiatoria. El tercero fue el día de Pentecostés, cuando recibió el Espíritu Santo, al igual que los Apóstoles, para que pudiera trabajar eficazmente en el establecimiento de la Iglesia.


Al cuadragésimo día después del Nacimiento de nuestro Emmanuel, seguimos al Templo a la Madre feliz con su Divino Bebé en brazos. Un anciano venerable estaba allí, esperando recibir a su Niño; y cuando lo tuvo en sus brazos, lo proclamó como la Luz de los gentiles y la gloria de Israel. Pero, volviéndose hacia la Madre, le dijo estas desgarradoras palabras: ¡Mirad! este Niño está destinado a ser una señal que será contradecida, y una espada traspasará tu propia alma. Esta profecía de dolor por la Madre nos dijo que las santas alegrías de la Navidad habían terminado y que la temporada de prueba, tanto para Jesús como para María, había comenzado. De hecho, había comenzado; porque, desde la noche de la Huida a Egipto, hasta el día de hoy, cuando la malicia de los judíos está tramando el gran crimen, ¿qué otra cosa ha sido la vida de nuestro Jesús sino soportar la humillación, el insulto, la persecución y la ingratitud? ? Y si es así, ¿por qué ha pasado la Madre? ¿Qué ansiedad incesante? ¿Qué angustia sin fin de corazón? Pero, pasemos por alto todos sus otros sufrimientos, y lleguemos a la mañana del gran viernes.


María sabe que la noche anterior su Hijo fue traicionado por uno de sus discípulos, es decir, por uno que Jesús había contado entre sus amigos íntimos; ella misma le había dado a menudo pruebas de su afecto maternal. Después de una cruel agonía, su hijo ha sido esposado por malhechor y llevado por hombres armados a Caifás, su peor enemigo. Desde allí, lo han llevado ante el gobernador romano, cuya sanción deben tener los Sumos sacerdotes y los escribas antes de poder dar muerte a Jesús. María está en Jerusalén; Magdalena y las otras santas mujeres amigas de Jesús están con ella; pero no pueden impedir que ella escuche los fuertes gritos de la gente, y si pudieran, ¿cómo es posible que un corazón como el suyo sea lento en sus presentimientos? El informe se esparce rápidamente por la ciudad de que se está instando al gobernador romano a que condene a Jesús a ser crucificado. Mientras todo el pueblo avanza hacia el Calvario, gritando sus blasfemos insultos a su Jesús, ¿alejará su Madre a la que lo llevó en su seno y lo alimentó de su pecho? ¿Estarán sus enemigos deseosos de hartarse los ojos con la vista cruel, y su propia Madre tendrá miedo de estar cerca de Él?


María, que es, por excelencia, la Mujer Valiente (Prov. Xxxi. 10.) “estaba con Jesús mientras cargaba su Cruz. Y quién podía describir su angustia y su amor, cuando sus ojos se encontraron con los de su Hijo tambaleándose bajo la Cruz ¿Quién podría decir el cariño y la resignación de la mirada que Él le devolvió? ¿Quién podría representar la ternura ansiosa y respetuosa con que Magdalena y las otras santas mujeres se agruparon en torno a esta Madre, mientras seguía a su Jesús por el Calvario? ¿Allí para verlo crucificado y morir? La distancia entre la Cuarta y Décima Estación del Camino Doloroso es larga: está marcada con la Sangre de Jesús y las lágrimas de la Madre.
Jesús y María han llegado a la cima de la colina, que será el Altar del Sacrificio más santo y cruel: pero el decreto divino no permite que la Madre se acerque todavía a su Hijo. Cuando la Víctima esté lista, la que lo ofrecerá se adelantará. Mientras tanto, clavan a su Jesús en la Cruz; y cada golpe de martillo era una herida en el corazón de María. Cuando por fin se le permite acercarse, acompañada por el Discípulo Amado (que ha reparado su huida cobarde) y la desconsolada Magdalena y las demás santas mujeres, qué indecible angustia debe haber llenado el alma de esta Madre, cuando, alzando los ojos, ve el Cuerpo destrozado de su Hijo, tendido sobre la Cruz, con el rostro todo cubierto de sangre y la cabeza coronada de una corona de espinas. ¡Aquí, entonces, está este Rey de Israel, de quien el Ángel le había dicho cosas tan gloriosas en su profecía! ¡Aquí está ese Hijo suyo, a quien ha amado como su Dios y como fruto de su propio vientre! ¿Y quiénes son los que lo han reducido a este lamentable estado? Hombres, por cuyo bien, más que por el suyo, ella lo concibió, lo dio a luz y lo alimentó. ¡Oh! si, mediante uno de esos milagros, que su Padre Celestial podía obrar con tanta facilidad, ¡Él podría ser nuevamente restaurado a ella! ¡Si esa Justicia Divina, que Él mismo ha asumido para apaciguar, estuviera satisfecha con lo que ya ha sufrido! – pero no; Debe morir; Debe exhalar su alma bendita después de una larga y cruel agonía.


María, entonces, está al pie de la Cruz, allí para presenciar la muerte de su Hijo. Pronto se separará de ella. En tres horas, todo lo que quedará de su amado Jesús será un Cuerpo sin vida, herido de pies a cabeza. Nuestras palabras son demasiado frías para una escena como ésta: escuchemos las de San Bernardo, que la Iglesia ha insertado en sus maitines de esta fiesta. ¡Oh Madre Bendita! Una espada de dolor atravesó tu alma, y ​​bien podemos llamarte más que Mártir, porque la intensidad de tu compasión sobrepasaba todo lo que una pasión corporal podía producir. ¿Podría alguna espada haberte hecho tanto dolor? Pues ésta espada que traspasó tu corazón, llegando a dividir el alma y el espíritu: “¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!” ¡Qué cambio! ¡Juan, por Jesús !, el siervo, por el Señor, el discípulo, por el Maestro, el hijo de Zebedeo, por el Hijo de Dios, un mero hombre, por el mismo Dios, ¡cómo no puede tu corazón amoroso sufrir! Ha sido traspasado por el sonido de estas palabras, cuando incluso las nuestras, que son duras como la piedra y el acero, se derrumban al pensar en ellas ¡Ah, hermanos míos, no se sorprendan cuando se les diga que María fue una mártir en su alma . Que se sorprenda, que ha olvidado que San Pablo considera como uno de los mayores pecados de los gentiles es el que no estuvieran afectos. ¿Quién podría decir eso de María? Dios no permita que se diga de nosotros, los siervos de ¡María! (Sermón de las Doce Estrellas) “.


Su última y más cariñosa mirada a su Jesús, su propio Jesús más querido, le dice que Él está sufriendo una sed ardiente, ¡y que ella no puede darle de beber! Sus ojos se oscurecen; Su cabeza se inclina; ¡Todo está consumado! María no puede dejar la Cruz; el amor la trajo allí; el amor la mantiene ahí, pase lo que pase! Un soldado avanza cerca de ese lugar sagrado; Ella lo ve levantar su lanza y atravesar el pecho del Cadáver sagrado. “¡Ah,” grita San Bernardo, “ese empujón es a través de tu alma, oh Madre Bendita! No pudo sino abrir Su costado, pero traspasó tu misma alma. Su alma no estaba allí; la tuya estaba, y no podía dejar de ser así (Sermón de las Doce Estrellas) “. No, la Madre impávida se mantiene cerca del Cuerpo de su Hijo. Ella los mira mientras lo bajan de la Cruz; y cuando, por fin, los amigos de Jesús, con todo el respeto debido tanto a la Madre como al Hijo, le permiten abrazarlo, ella lo pone sobre su regazo, y Aquel que una vez se arrodilló recibiendo el homenaje de los Reyes de Oriente, ahora yace allí frío, destrozado, sangrando, muerto! Y mientras mira las heridas de esta Víctima divina, les otorga el mayor honor en el poder de las criaturas, las besa, las baña con sus lágrimas, las adora, pero ¡oh! ¡Con qué intensidad de amoroso dolor!


La hora está muy avanzada; y antes de la puesta del sol, Él, Jesús, el autor de la vida, debe ser sepultado. La Madre pone toda la vehemencia de su amor en un último beso, y oprimida con una amargura tan grande como el mar (Lamento, i. 4, ii, 13), entrega este Cuerpo adorable a los que tienen que embalsamarlo y colocarlo sobre la losa sepulcral. El sepulcro está cerrado; y María, acompañada de Juan, su hijo adoptivo y Magdalena, y las santas mujeres, y los dos discípulos que han presidido el Entierro, regresa dolorida a la Ciudad deicida.

Así, esta Madre de Dolores, parada en el Calvario, nos bendijo a los que merecíamos maldiciones; ella nos amaba; sacrificó a su Hijo por nuestra salvación. A pesar de todos los sentimientos de su corazón maternal, devolvió al Padre Eterno el divino tesoro que Él le había confiado. La espada atravesó y atravesó su alma, pero fuimos salvados; y ella, aunque era una simple criatura, cooperó con su Hijo en la obra de nuestra salvación. ¿Podemos extrañarnos, después de esto, de que Jesús eligiera este momento para hacerla Madre de los hombres, en la persona de Juan Evangelista, que nos representó? El Corazón de María nunca nos había amado como entonces; ¡De ahí es que en adelante, por tanto, que esta segunda Eva sea la verdadera Madre de los vivientes (Gén., iii. 20)!


La Espada, al atravesar su Inmaculado Corazón, nos ha dado entrada allí. Por el tiempo y la eternidad, María nos extenderá el amor que le ha dado a su Hijo, porque acaba de oírle decirle que somos sus hijos. Él es nuestro Señor, porque nos ha redimido; Ella es Nuestra Señora, porque colaboró ​​generosamente en nuestra redención. Pero, mira lo que esto implica, ¡mira qué lucha implicó sobre este Corazón amoroso! Es la injusticia, la crueldad de los hombres que le roban a su Hijo; ¿Cómo puede ella, su Madre, ratificar, con su consentimiento, la muerte de Aquel a quien amó con un doble amor, como su Dios y como su Hijo? Pero, por otro lado, si Jesús no es condenado a muerte, la raza humana queda presa de Satanás, el pecado no es expiado y todos los honores y alegrías de que ella sea Madre de Dios no sirven ni son una bendición para ella. nosotros. Esta Virgen de Nazaret, este corazón más noble, esta criatura más pura, cuyos afectos nunca fueron embotados por el egoísmo que tan fácilmente se abre paso en las almas que han sido heridas por el pecado original, ¿qué hará? Su devoción por los hombres, su conformidad con la voluntad de su Hijo, que con tanta vehemencia desea la salvación del mundo, la llevan, por segunda vez, a pronunciar el solemne Fiat: consiente la inmolación de su Hijo. No es la justicia de Dios lo que lo aparta de Ella; es Ella misma la que lo entrega; pero, a cambio, se eleva a un grado de grandeza que su humildad nunca hubiera sospechado que fuera la suya: se hace existir una unión inefable entre las dos ofrendas, la del Verbo Encarnado y la de María; la Sangre de la Divina Víctima y las Lágrimas de la Madre, fluyen juntas por la redención de la humanidad. Ella es CORREDENTORA!


Animada por esta confianza, ¡oh Madre de los Dolores! venimos ante ti, en esta Fiesta de tus Dolores, para ofrecerte nuestro amor filial. Jesús, el fruto bendito de tu vientre, te llenó de gozo cuando le diste a luz; nosotros, tus hijos adoptivos, entramos en tu Corazón por el cruel traspaso de la Espada del Sufrimiento. Y sin embargo, ¡oh María! ámanos, porque cooperaste con nuestro Divino Redentor para salvarnos. ¿Cómo no confiar en el amor de tu generoso Corazón, cuando sabemos que, por nuestra salvación, te uniste al Sacrificio de tu Jesús? ¡Qué pruebas no nos has dado sin cesar de tu ternura maternal, oh Reina de la Misericordia! ¡Oh refugio de los pecadores! ¡Oh Abogada incansable de nosotros en todas nuestras miserias! Dígnate, dulce Madre, velar por nosotros durante estos días de gracia. Danos a sentir y saborear la Pasión de tu Hijo. Fue consumado en tu presencia; ¡Tu participación en ella fue magnífica! ¡Oh! Haznos entrar en todos sus misterios, para que nuestras almas, redimidas por la Sangre de tu Hijo y ayudadas por tus Lágrimas, se conviertan por completo al Señor y perseveren, en adelante, fieles a Su servicio.

– Del año litúrgico de Dom Prosper Gueranger, O.S.B.

La Anunciación de la Bienaventurada Siempre Virgen María

Celebramos el momento en que Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, con toda humildad, fue concebido en el vientre de una humilde virgen. Y de la misma manera, nos postramos con asombro ante el evento sobre el cual es el fundamento mismo de nuestra santa fe católica. Porque en este misterio insondable, se inauguró la Redención de la humanidad.

Celebramos también la profunda humildad y la inmaculada belleza de la persona elegida para ser el receptáculo de este milagro: la Santísima Virgen María. Es a través de este Santísimo Vaso de Honor que Nuestro Señor Jesucristo vino al mundo, y es también a través de ella que Él reinará en el mundo. ¡El Verbo se hizo carne! Hasta la eternidad, nuestra naturaleza humana está unida a la Deidad. No hay nada más profundo. Sin embargo, aunque increíblemente profunda, la Anunciación también nos muestra una gran humildad. Nuestra Señora se ve completamente desconcertada, humillada ante el Ángel Gabriel. Y nuestro Dios, que nos otorgó la libertad de elección, espera el consentimiento de la Santísima Virgen.


Ecce ancilla Domini, fiat mihi secundum verbum tuum – He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Ante este dulce Fiat de la Beatísima María: ¡hágase!, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad condescendió a asumir nuestra naturaleza humana; ¡Dios se hizo hombre! Nuestra Señora consintió completamente al Padre. Fue un regalo puro, otorgado por su Corazón Inmaculado. Ella dio sin límite; sin querer nada más que estar de acuerdo con la adorable Voluntad del Padre. La Voluntad Divina y la Voluntad humana se abrazaron perfectamente y la Deidad sopló vida en su vientre más inmaculado. P. Alban Butler escribe en Vidas de los padres, mártires y otros santos principales estas hermosas palabras para indicar la importancia del Fiat de la Santísima Virgen: “El mundo, como el cielo había decretado, no iba a tener un Salvador hasta que ella hubiera dado su consentimiento a la propuesta del ángel; ella la da, ¡y he aquí el poder y la eficacia de su fiat sumiso! En ese momento, el misterio del amor y la misericordia. prometida a la humanidad cuatro mil años antes, predicha por tantos Profetas, deseada por tantos santos, se realiza en la tierra. En ese momento, la Palabra de Dios se une para siempre a la humanidad; el Alma de Jesucristo, producida de la nada, comienza a gozar de Dios, y conocer todas las cosas pasadas, presentes y futuras: en ese momento, Dios comienza a tener un adorador infinito, y el mundo un mediador omnipotente; y, para la obra de este gran Misterio, María es elegida para cooperar por su libre asentimiento.Los profetas representan la tierra como movida fuera de su lugar, y las montañas como derritiéndose ante el mismo Rostro de Dios mirando hacia el mundo.


En sus instrucciones para la fiesta de hoy, Dom Guéranger nos cuenta cómo San Ireneo, obispo y mártir del siglo II, recibió la tradición de los primeros discípulos de los Apóstoles, de que Nazaret es verdaderamente la contraparte del Edén. En el jardín de las delicias, hay una virgen y un ángel. Y en Nazaret, un ángel también le habla a una virgen. Pero el ángel del Paraíso terrenal es un espíritu de tinieblas y el ángel de Nazaret es un espíritu de luz. Dos conversaciones entabladas con dos espíritus opuestos, con dos resultados opuestos. Por la primera mujer, el pecado y la muerte entran en el mundo; mediante la Redención de la segunda Mujer y la vida eterna. Así, la humilde obediencia de María reparó la orgullosa desobediencia de Eva.
Nunca hubo una derrota más completa o humillante que la que se ganó este día sobre Satanás. La frágil criatura, sobre la que tan fácilmente había triunfado al principio del mundo, ahora se levanta y aplasta su orgullosa cabeza. ¡Eva vence en María! Dios no elegiría al hombre como instrumento de su venganza; la humillación de Satanás no habría sido suficientemente grande; y por tanto, una mujer que fue la primera presa del infierno, la primera víctima del tentador, es seleccionada como la que ha de dar batalla al enemigo de las almas. El resultado de un triunfo tan glorioso es que María debe ser superior no solo a los ángeles rebeldes, sino a toda la raza humana, sí, a todos los ángeles del cielo. Sentada en su exaltado trono, ella, la Madre de Dios, será la Reina de toda la creación. Satanás, en las profundidades del abismo, lamentará eternamente que se haya atrevido a dirigir su primer ataque contra la mujer, porque Dios ahora la ha vengado tan gloriosamente.

El beato Jacobus de Voragine, arzobispo de Génova, en su Leyenda Dorada escrita en el año 1275, le da más significado místico a esta fecha: Esta bendita Anunciación sucedió el día veinticinco del mes de marzo, día en el cual sucedieron también, tanto antes como después, estas cosas que en adelante se nombrarán. Ese mismo día, Adán, el primer hombre, fue creado y cayó en el Pecado Original por desobediencia, y fue expulsado del paraíso terrestre. Después, el ángel mostró la concepción de Nuestro Señor a la gloriosa Virgen María.
También ese mismo día del mes, Caín mató a Abel, su hermano. También Melquisedec ofreció a Dios pan y vino en presencia de Abraham. También el mismo día Abraham ofreció a Isaac su hijo. Ese mismo día San Juan Bautista fue decapitado, y San Pedro fue liberado ese día de la prisión, y Santiago más, ese día fue decapitado de Herodes. Y Nuestro Señor Jesucristo fue crucificado en ese día, por lo que es un día de gran reverencia.

FIAT FIAT!

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