Consagración al Corazón Inmaculado de María

Protección eficaz contra los ataques diabólicos de ésta época.
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Madre Santísima
Permítenos ser esclavos Vuestros.

Y pensar sólo lo que Tú quieres que piense.
Y ver sólo lo que Tú quieres que vea.
Y oír sólo lo que Tú quieras que oiga.
Y hablar sólo lo que Tú quieres que hable.

Y que nuestro corazón esté en tu mano para que seas Tú la que pida al Señor por cada uno de tus hijos.

Amén Amén Amén

Entrevista histórica de Mons. Viganó

sábado, 27 de junio de 2020
EL ARZOBISPO VIGANÒ DE NUEVO ATACA RESUELTAMENTE AL VATICANO II

Entrevista a Mons. Carlo María Viganò por el Doctor Phil Lawler
Fuente
Lawler: En primer lugar, ¿qué dice usted acerca del Vaticano II? Que las cosas han ido cuesta abajo rápidamente desde entonces, es totalmente cierto. Pero si todo el Concilio es un problema, ¿cómo sucedió eso? ¿Cómo reconciliamos eso con lo que creemos sobre la inerrancia del magisterio? ¿Cómo fueron engañados todos los padres del Concilio? Aunque sólo algunas partes del Concilio (por ejemplo, Nostra Aetate, Dignitatis Humanae) son problemáticas, seguimos enfrentándonos a las mismas preguntas. Muchos de nosotros hemos estado diciendo durante años que el “espíritu del Vaticano II” está en error. ¿Está diciendo ahora que este falso “espíritu” liberal refleja con precisión la obra del Concilio?
Arzobispo Viganò: No creo que sea necesario demostrar que el Concilio representa un problema: el simple hecho de que estemos planteando esta cuestión sobre el Vaticano II y no sobre Trento o el Vaticano I, parece confirmar un hecho que es obvio y reconocido por todos. En realidad, incluso aquellos que defienden el Concilio con las espadas desenvainadas lo consideran como algo aparte de todos los otros concilios ecuménicos anteriores, de los que ni siquiera de uno se dijo que fuera un concilio pastoral. Y nótese que lo llaman “el Concilio” por excelencia, como si fuera el único concilio en toda la historia de la Iglesia, o al menos lo consideran como un unicum, ya sea por la formulación de su doctrina o por la autoridad de su magisterio. Es un concilio que, a diferencia de todos los que lo precedieron, se llamó a sí mismo concilio pastoral, declarando que no quería proponer ninguna nueva doctrina, pero que de hecho creó una distinción entre el antes y el después, entre un concilio dogmático y un concilio pastoral, entre cánones inequívocos y frases vacías, entre el anathema sit y guiñar el ojo al mundo.
En este sentido, creo que el problema de la infalibilidad del Magisterio (la inerrancia que usted menciona es propiamente una cualidad de la Sagrada Escritura) ni siquiera se plantea, porque el Legislador, es decir, el Romano Pontífice en torno al cual se convocó el Concilio, afirmó solemne y claramente que no quería utilizar la autoridad doctrinal que podría haber ejercido si hubiera querido. Quisiera hacer la observación de que no hay nada más pastoral que lo que se propone como dogmático, porque el ejercicio del munus docendi en su forma más elevada coincide con la orden que el Señor dio a Pedro de apacentar sus ovejas y corderos. Sin embargo, esta oposición entre dogmático y pastoral fue hecha precisamente por quien, en su discurso de apertura del Concilio, pretendió dar un sentido severo al dogma y un sentido más suave y conciliador a la pastoral. También encontramos el mismo escenario en las intervenciones de Bergoglio, donde identifica la “pastoralidad” como una versión suave de la rígida enseñanza católica en materia de fe y moral, en nombre del discernimiento.
Es doloroso reconocer que la práctica de recurrir a un léxico equívoco, utilizando términos católicos entendidos de manera impropia, invadió la Iglesia a partir del Vaticano II, que es el primer y más emblemático ejemplo del llamado “circiterismo”: el uso equívoco e intencionadamente impreciso del lenguaje. Esto sucedió porque el Aggiornamento, un término en sí mismo promovido ideológicamente por el Concilio como un absoluto, abrazó el diálogo con el mundo como su prioridad por encima de todo.
Hay otro error que debe ser aclarado. Si por un lado Juan XXIII y Pablo VI declararon que no querían comprometer al Concilio en la definición de nuevas doctrinas y querían que se limitara a ser sólo pastoral, por otro lado, es cierto que externamente -mediáticamente o en los medios de comunicación, diríamos hoy- el énfasis dado a sus actos fue enorme. Este énfasis sirvió para transmitir la idea de una presunta autoridad doctrinal, de una infalibilidad magistral implícita, aunque éstas fueron claramente excluidas desde el principio.
Si se hizo hincapié en ello fue para que las instancias más o menos heterodoxas se percibieran como autorizadas y, por lo tanto, fueran aceptadas por el clero y los fieles. Pero esto bastaría para desacreditar a los autores de un engaño similar, que todavía hoy gritan si alguien toca Nostra Aetate, mientras que permanecen en silencio aunque se niegue la divinidad de Nuestro Señor o la perpetua virginidad de María Santísima. Recordemos que los católicos no veneran un Concilio, ni el Vaticano II ni el de Trento, sino la Santísima Trinidad, el Único Dios Verdadero; no veneran una declaración conciliar o una exhortación postsinodal, sino la Verdad que estos actos del Magisterio transmiten.
Usted me preguntaa: “¿Cómo fueron engañados todos los padres del Concilio?” Respondo aprovechando mi experiencia de esos años y las palabras de mis hermanos con los que discutí en ese momento. Nadie podía imaginar que en el seno del cuerpo eclesiástico existían fuerzas hostiles tan poderosas y organizadas que podían lograr rechazar los esquemas preparatorios perfectamente ortodoxos que habían sido preparados por los cardenales y prelados con una fidelidad inquebrantable a la Iglesia, sustituyéndolos por un conjunto de errores inteligentemente disfrazados detrás de discursos largos y deliberadamente equívocos. Nadie podría haber creído que, justo debajo de las bóvedas de la Basílica Vaticana, se podría convocar a los estados generales que decretarían la abdicación de la Iglesia Católica y la inauguración de la Revolución. (Como ya he mencionado en un artículo anterior, el cardenal Suenens llamó al Vaticano II “el 1789 de la Iglesia”). Los Padres del Concilio fueron objeto de un sensacional engaño, de un fraude que fue ingeniosamente perpetrado recurriendo a los medios más sutiles: se encontraron en minoría en los grupos lingüísticos, excluidos de las reuniones convocadas en el último momento, presionados a dar su placet haciéndoles creer que el Santo Padre lo quería. Y lo que los innovadores no lograron obtener en el aula conciliar, lo lograron en las comisiones y comités, gracias también al activismo de los teólogos y periti [peritos] que fueron acreditados y aclamados por una poderosa maquinaria mediática. Existe una amplia gama de estudios y documentos que atestiguan, por un lado, este sistemático proceder malicioso de algunos de los Padres del Concilio y, por otro, el ingenuo optimismo o descuido de otros Padres del Concilio bienintencionados. La actividad del Coetus Internationalis Patrum [que se opuso a los innovadores] poco o nada pudo hacer, cuando las violaciones de las reglas por parte de los progresistas fueron ratificadas en la misma Mesa Sagrada [por el Papa].
Aquellos que han mantenido que el “espíritu del Concilio” representó una interpretación heterodoxa o errónea del Vaticano II, se comprometieron en una operación innecesaria y dañina, aunque fueron impulsados de buena fe a hacerlo. Es comprensible que un cardenal u obispo quisiera defender el honor de la Iglesia y deseara que no fuera desacreditada ante los fieles y el mundo, por lo que se pensó que lo que los progresistas atribuyeron al Concilio era en realidad una tergiversación indebida, un forzamiento arbitrario. Pero si en aquel entonces era difícil pensar que una libertad religiosa condenada por Pío XI (Mortalium Animos) pudiera ser afirmada por Dignitatis Humanae, o que el Romano Pontífice pudiera ver su autoridad usurpada por un fantasmagórico colegio episcopal, hoy comprendemos que lo que fue astutamente ocultado en el Vaticano II es hoy afirmado ore rotundo en los documentos papales, precisamente en nombre de la aplicación coherente del Concilio.
Por otra parte, cuando hablamos comúnmente del espíritu de un acontecimiento, queremos decir precisamente que constituye el alma, la esencia de ese acontecimiento. Podemos, pues, afirmar que el espíritu del Concilio es el propio Concilio, que los errores del período posconciliar fueron contenidos in nuce [en germen] en las actas conciliares, así como se dice con razón que el Novus Ordo es la Misa del Concilio, aunque en presencia de los Padres del Concilio se celebrara la Misa que los progresistas llaman significativamente preconciliar. Y de nuevo: si el Vaticano II realmente no representó un punto de ruptura, ¿cuál es la razón para hablar de una Iglesia preconciliar y una iglesia posconciliar, como si se tratara de dos entidades diferentes, definidas en su esencia por el propio Concilio? Y si el Concilio estaba verdaderamente en línea con el ininterrumpido e infalible Magisterio de la Iglesia, ¿por qué es el único Concilio que plantea graves y serios problemas de interpretación, demostrando su heterogeneidad ontológica con respecto a otros Concilios?
Lawler: En segundo lugar, ¿cuál es la solución? El obispo Schneider propone que un futuro Pontífice debe repudiar los errores; el arzobispo Viganò lo encuentra inadecuado. Pero entonces, ¿cómo se pueden corregir los errores, de manera que se mantenga la autoridad de la enseñanza del magisterio?
Arzobispo Viganò: La solución, en mi opinión, reside sobre todo en un acto de humildad que todos nosotros, comenzando por la Jerarquía y el Papa, debemos reconocer la infiltración del enemigo en el corazón de la Iglesia, la ocupación sistemática de puestos clave en la Curia Romana, los seminarios y las escuelas eclesiásticas, la conspiración de un grupo de rebeldes -incluyendo, en primera línea, a la desviada Compañía de Jesús- que ha logrado dar la apariencia de legitimidad y legalidad a un acto subversivo y revolucionario. También debemos reconocer la insuficiencia de la respuesta del bien, la ingenuidad de muchos, el temor de otros y los intereses de los que se han beneficiado gracias a esa conspiración. Después de su triple negación de Cristo en el patio del sumo sacerdote, Pedro “flevit amare”, lloró amargamente. La tradición cuenta que el Príncipe de los Apóstoles tenía dos surcos en sus mejillas por el resto de sus días, como resultado de las lágrimas que derramó copiosamente, arrepintiéndose de su traición. Corresponderá a uno de sus sucesores, el Vicario de Cristo, en la plenitud de su poder apostólico, volver a unir el hilo de la Tradición allí donde fue cortado. Esto no será una derrota sino un acto de verdad, humildad y valentía. La autoridad e infalibilidad del Sucesor del Príncipe de los Apóstoles emergerá intacta y reconfirmada. De hecho, éstas no fueron deliberadamente cuestionadas en el Vaticano II, pero, irónicamente, estarán ahí en ese día futuro en el que un Pontífice corregirá los errores que ese Concilio permitió, bromeando con el equívoco de una autoridad que oficialmente negó tener, pero que toda la Jerarquía subrepticiamente dio a entender a los fieles que tenía, comenzando justamente por los Papas del Concilio.
Deseo recordar que para algunas personas lo expresado anteriormente puede sonar excesivo, porque parecería cuestionar la autoridad de la Iglesia y de los Romanos Pontífices. Sin embargo, ningún escrúpulo impidió la violación de la Bula Quo primum tempore de San Pío V, aboliendo de un día para otro toda la Liturgia Romana, el venerable tesoro milenario de la doctrina y la espiritualidad de la Misa tradicional, el inmenso patrimonio del canto gregoriano y de la música sagrada, la belleza de los ritos y de las vestiduras sagradas, desfigurando la armonía arquitectónica incluso en las basílicas más distinguidas, quitando balaustradas, altares monumentales y tabernáculos: todo fue sacrificado en el altar de la renovación conciliar del coram populo [cara al pueblo], con el agravante de haberlo hecho sólo porque esa Liturgia era admirablemente católica e irreconciliable con el espíritu del Vaticano II.
La Iglesia es una institución divina, y todo en ella debe comenzar con Dios y volver a Él. Lo que está en juego no es el prestigio de una clase dirigente, ni la imagen de una empresa o de un partido: se trata de la gloria de la Majestad de Dios, de no anular la Pasión de Nuestro Señor en la Cruz, de los sufrimientos de su Santísima Madre, de la sangre de los Mártires, del testimonio de los Santos, de la salvación eterna de las almas. Si por soberbia o desafortunada obstinación no sabemos reconocer el error y el engaño en que hemos caído, tendremos que dar cuenta a Dios, que es tan misericordioso con su pueblo cuando se arrepiente como implacable en la justicia cuando sigue a Lucifer en su non serviam.
Querido Doctor Lawler, para usted y sus lectores, le envío cordialmente mis saludos y la bendición de nuestro Señor, por la intercesión de Su y nuestra Madre Santísima.

El Sagrado Corazón de Jesús: Símbolo de Combatividad y Restauración de la Cristiandad

El vínculo de amistad entre la Sabiduría eterna y el hombre está tan cerca que es incomprensible, nos dice St. Louis de Montfort. Desde el momento en que la Sabiduría Divina asumió una naturaleza humana y murió para redimir al hombre, “la Sabiduría Divina lo ama como un hermano, un amigo, un discípulo, un alumno. El hombre es el precio de su sangre, y el heredero de su reino “. (1)

Una estatua devocional a Nuestro Señor.
En un mundo que ha huido de la sabiduría de la Palabra, esa amistad que buscamos con Nuestro Señor Jesucristo puede parecer difícil de lograr, o incluso de creer. En la sociedad actual, llena de estrés, dominada por el dólar y escasa de tiempo, es facil quedar abrumado por nuestros asuntos diarios y las tumultuosas relaciones humanas.

Paradójicamente, Nuestro Señor decidió darnos una intimidad eterna, suprema y amorosa con Él, no cuando toda la sociedad fue ordenada a Su Ley en la Edad Media, sino en un momento de la historia cuando el corazón del hombre, influenciado por el racionalismo y la visión cartesiana del mundo , se estaba volviendo frío y distante.

A mediados del siglo XVII, Nuestro Señor se le apareció a una simple monja de 24 años de la Orden de la Visitación de Nuestra Señora en Paray-le-Monial. “He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres”, dijo, y a través de Santa Margarita María Alacoque, invitó al mundo entero a regresar a esta intimidad y amistad divinas por medio de la devoción a Su Sagrado Corazón.

Es un mensaje de misericordia y amor. Pero es mucho mas. En este momento de la historia, es interesante observar más de cerca las invitaciones del Sagrado Corazón al hombre. Porque en este mensaje, hay una visión global de la historia, una reiteración de las enseñanzas sociales de la Iglesia, un llamado a la militancia católica, un rechazo al jansenismo, una afirmación de la bondad de la abundancia y la coherencia de la superfluidad, y un invitación a convertirse en los apóstoles de los últimos tiempos.

Plan de devoción al Corazón de Jesús en el curso de la Historia

Adán, rey de la creación, hecho del “limo de la tierra y de haber recibido el aliento de vida de Dios”, fue una imagen y semejanza dignas del Creador. (Génesis 2: 7) Para que pudiera tener un compañero en el paraíso terrenal, Dios le dio un cónyuge. Dios le comunicó a Adán un misterioso sueño profundo, y mientras Adán dormía, tomó una de las costillas cerca de su corazón e hizo a Eva. (Génesis 2: 21-22).

Por lo tanto, mientras el hombre procede del limo de la tierra, la mujer procede de cierta manera del corazón del hombre, si el primero fue creado fuera del Paraíso y se introdujo como un privilegio en él, la segunda, Eva, nació dentro del Paraíso, teniendo como materia prima lo que el hombre tenía de lo más noble, algo cerca de su corazón. Es por eso que la mujer es más refinada y frágil que el hombre. Y el hombre, hecho fuera del Paraíso, es más áspero y más fuerte por naturaleza.

Si Adán hubiera gobernado la Creación de acuerdo con el plan de Dios, Eva habría sido su compañera en la intimidad y le habría dado reposo. A partir de esto, uno puede entender la afirmación de San Pablo (tan odiada e incomprendida por las feministas) de que el hombre “es la imagen y la gloria de Dios; pero la mujer es la gloria del hombre. Porque el hombre no es de la mujer, sino la mujer del hombre. (1.Cor. 11: 7-8) Tal fue el primer borrador del plan que Dios tenía para la primera pareja, y luego, para toda la humanidad.

Después de que el hombre pecó, este plan se alteró. Del rey y la reina de toda la creación, los dos de muchas maneras quedaron sujetos a la tierra: “Con trabajo comerás de ella todos los días de tu vida”. El hombre fue sentenciado a ganarse el pan con el sudor de su frente, y la mujer a dar a luz a los niños. (Génesis 3: 16-19) Estas fueron las oraciones de castigo que Adán y Eva trajeron sobre sí mismos y toda su progenie. Ya no es la gloria de la amistad de Dios, el reinado sobre un paraíso dócil y obediente, sino una creación hostil volcada contra el hombre, y dentro de sí mismo un oscurecimiento de la luz de la gracia, el enturbiamiento de la inteligencia, la rebelión de la voluntad, y el desencadenamiento de las sensibilidades. Este fue el castigo por la desobediencia del hombre a Dios. En breve, Nuestro Señor Jesucristo vino para redimir este pecado y aliviar el sufrimiento. En un segundo “sueño profundo” metafórico, en el misterioso sueño de la Cruz, Dios tomó del Corazón abierto del Segundo Adán ese Esposo perfecto: la Iglesia, que sería para Él la concentración de todos Sus refinamientos, la alegría de Su intimidad, y el compañero perfecto para su reposo: su gloria en esta tierra. Del Sagrado Lado de Cristo, nacería la Santa Iglesia Católica, Esposa Mística del Salvador. El agua y la sangre que fluye de Su Sagrado Corazón lavaría los ojos de los pecadores, abriría las mentes de los hombres a la luz divina y, al caer al suelo, bautizaría la tierra que hasta entonces estaba en posesión del “príncipe de este mundo”. Esta sangre y esta agua darían origen a un río, el río de los sacramentos de donde provienen todas las gracias.

La historia de la redención es la historia de la dificultad del hombre para conquistar las consecuencias del pecado y adaptarse a los deseos de Dios. Incluso ante la debilidad del hombre, el Segundo Adán no abandonó a los hombres que vino a salvar. Al ver su vacilación, su inconstancia, su ingratitud, ofreció una solución para esta debilidad, un estímulo para la lucha. Él vino a abrir al mundo una nueva y sorprendente puerta a la perfección. A medida que la Sabiduría Divina se hizo Hombre para atraer los corazones de los hombres a amarlo e imitarlo, ahora vino a traer Su Sagrado Corazón a los hombres. Y Su Corazón que, en el comienzo de la Historia de la Redención, formó la Esposa Mística de Cristo, ahora, en los últimos tiempos, viene a darle alivio, a prepararse para el apogeo y la glorificación de la Iglesia.

El Corazón de Jesús: una devoción aristocrática queapunta a la restauración de la cristiandad

En las revelaciones de Nuestro Señor a Santa Margarita María Alacoque (1647-1690), hay claras peticiones de que la devoción a Su Sagrado Corazón debería comenzar con el Rey Luis XIV y el Corte francesa, y desde allí se extienden al resto de los reinos de la cristiandad y al mundo entero. En una carta de la Santa a su Superior en 1689, declaró que el Sagrado Corazón tenía “diseños aún mayores” que el primer diseño de ser alabado y conocido por las almas individuales. Ella escribió:

“Él desea, entonces, me parece”, escribió, “entrar con pompa y magnificencia en los palacios de reyes y príncipes, para ser honrado tanto como ha sido despreciado, humillado e indignado en Su Pasión.” (2)

Ella dijo que Nuestro Señor quería recibir “la consagración y el homenaje del Rey y toda su corte”. Fue sobre el corazón del Rey mismo que el Sagrado Corazón deseaba triunfar, y luego, “por su mediación sobre las de los grandes del mundo”. (3)

Es difícil imaginar un plan más eficaz para difundir la devoción al Corazón de Jesús en todo el mundo. La brillantez del reino y la persona de Luis XIV (1638-1715) estaban en su apogeo. Pocas épocas en la historia han visto una personalidad tan fuerte y penetrante como la del Rey Sol, cuyos rayos e influencia penetraron en todas las cortes de Europa. Políticamente hablando, Luis XIV no brilló de manera extraordinaria. Pero en los ámbitos social y cultural, este Rey marcó su siglo como ningún otro.

Luis XIV sentado en medio de sus nobles.
Nuestro Señor quería que Luis XIV usara su prestigio para dar a conocer el Sagrado Corazón en todo el mundo.

Entre los otros monarcas europeos, se destacó y su corte y costumbres fueron imitados en todas partes. Otros miraban, admiraban, copiaban: sus palacios estaban inspirados en el modelo de Versalles. Las ceremonias, vestimentas, muebles, obras de arte, música, bailes y jardines más elegantes y admirados fueron los de la corte francesa. Si hubo un solo hombre en una época que marcó la pauta para toda Europa, esta época fue el Gran Siècle, el siglo XVII, y este hombre fue Louis XIV, el Rey Sol. En este momento, Francia, en palabras de Lord Macaulay, tenía “sobre los países vecinos la ascendencia … que Grecia tenía sobre Roma”. (4)

Nuestro Señor no podría haber diseñado y elegido un instrumento más brillante y eficiente en la esfera secular para difundir la devoción a Su Sagrado Corazón que pedirle al Rey de Francia que lo ayude a crecer y expandirse por todo el mundo. Nuestro Señor deseaba así mover el reino de Francia, y luego, “todos los grandes hombres de la tierra” para que pudiera ser adorado “en los palacios de los Príncipes y los Reyes”. Este era, por lo tanto, el deseo de una devoción que permeará los ambientes más reales y aristocráticos, así como los hogares campesinos más humildes. Así se extendería por todo el cuerpo social.

Este es un principio que parece ser olvidado en nuestra era igualitaria. Muy a menudo, la devoción al Sagrado Corazón, cuando se permite o fomenta, solo se fomenta para las personas o las familias. Hay una verdadera y sincera devoción que se ha desarrollado en torno a las Promesas hechas a las personas que hacen las comuniones de reparación los primeros viernes y que hacen la entronización solemne del Sagrado Corazón en los hogares. Pero este todavía no es el ideal solicitado por Nuestro Señor Jesucristo, quien como Maestro de las partes del cuerpo social, es decir, individuos, familias e incluso instituciones, evidentemente también debe ser el Maestro de toda la sociedad humana.

Todas las naciones también son obra de Dios y le pertenecen, y por lo tanto, Cristo es su Maestro, Señor y Rey. El Corazón de Jesús quiere reinar en el corazón de las naciones, y en primer lugar aquellos que los gobiernan y los representan, quienes deben reconocer este dominio y someterse a él. Esta sumisión debe ser más por amor que por un sentido del deber, no tanto porque Cristo tiene el derecho de exigirlo a los gobernantes, sino porque desean someterse a su amor.

El clamor de Nuestro Señor a Santa Margarita María “Contempla este corazón que ha amado tanto a los hombres que no escatimó nada, incluso llegando a agotarse y consumirse para demostrarles su amor” es un llamado de conversión no solo a los hombres o familias, sino también a las naciones. De cierta manera, fue la restauración de la cristiandad la que se puso al alcance del Rey y la nobleza de Francia. El plan de Nuestro Señor era tocar a todas las naciones y todas las clases sociales, comenzando con Francia, Primera Hija de la Iglesia. Así, el Sagrado Corazón sería la piedra angular de una nueva cristiandad.

El Sagrado Corazón y la lucha armada en defensa de la Fe.

El Sagrado Corazón reveló a Santa Margarita María Alacoque que Él quería que Su Sagrado Corazón “reinara en el palacio del Rey, que fuera pintado sobre sus estandartes y grabado en sus brazos, para hacerlo victorioso sobre todos sus enemigos”. (5) En una carta posterior a su Madre Superiora, la Hermana Margaret Mary reveló que el Corazón Divino deseaba “ser el protector y defensor de su persona sagrada [Luis XIV] contra todos sus enemigos visibles e invisibles. Por medio de esta devoción, Él quiere defenderlo y asegurar su salvación. … Hará que todas sus empresas redunden en Su gloria al otorgar un feliz éxito a sus ejércitos “.

Nuestro Señor no dudó en pedir que el símbolo de su gran amor por el hombre se pintara en los brazos de los guerreros católicos. Esto es bastante diferente de una cantidad de eclesiásticos ecuménicos de hoy que nunca se cansan de pedir perdón a los enemigos de la Iglesia por el uso de armas católicas en defensa de la fe. ¿Cómo explicarían que Nuestro Señor llegó incluso a garantizar Su participación en las batallas que el Rey de Francia debería librar en las guerras religiosas de la época y solicitar que Su Corazón sea pintado en los brazos mismos? Prometió la victoria a esos guerreros católicos, ofreciendo su corazón como un apoyo como un general que trae a sus tropas una nueva arma estratégica invencible.

Lamentablemente, Luis XIV no atendió las peticiones de Nuestro Señor. Y otros lo hicieron. Estos fueron los chouans, esos gloriosos campesinos de Vendée y Bretagne que se levantaron contra la Revolución Francesa en 1793 para luchar por la restauración de la Monarquía. En sus brazos pintaron el Sagrado Corazón de Jesús y en sus cuerpos portaban la insignia del Sagrado Corazón, popularizada por San Juan Eudes. Del mismo modo, los carlistas con sus boinas rojas y el grito de batalla de “Viva Christo Rey” en la Guerra Civil española de la década de 1930 pusieron el emblema del Sagrado Corazón en sus rifles, revólveres, armas pesadas e incluso sus tanques.

Quizás uno de los ejemplos más conmovedores de cómo Nuestro Señor deseaba trabajar a pesar de que un hombre ganara una nación para Su Corazón Amoroso es el caso de Gabriel García Moreno, el Presidente de Ecuador martirizado por los masones en 1875 fuera de la catedral donde acababa de recibió el primer viernes de comunión. Dos años antes de esto, el Presidente de esta República hizo una consagración pública de Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús y promulgó una ley única en la legislación nacional:

Nuestro Señor y su Sagrado Corazón
Ecuador fue consagrado al Sagrado Corazón de Jesús por el presidente García Moreno. Imagen presentada en la Consagración

“Arte. 1: La República del Ecuador se consagra al Sagrado Corazón de Jesús, proclamándolo como Patrón y Protector.

“Arte. 2: La fiesta de ese mismo Sagrado Corazón de Jesús se prescribe como un día de fiesta civil de primera clase, para ser observado en cada catedral de esta República por los prelados diocesanos con todas las ceremonias posibles “.

Las últimas palabras de este magnífico estadista católico fueron “¡Ánimo! ¡Dios nunca muere! (6)

Hay una tendencia en nuestros días a enfatizar la bondad, gentileza y lástima del Magnífico Corazón de Jesús, quien ciertamente se conmueve por la debilidad y la angustia de aquellos a quienes ama. Pero el buen pastor también es un héroe y un guerrero; y su amor es esencialmente un tipo de amor contencioso. El corazón de Cristo anhela ganar una batalla. Como dijo en el Evangelio, no vino a traer paz a la tierra, sino a la espada.

Cuán admirable es este mandato de Nuestro Señor de pintar Su Sagrado Corazón en los estándares franceses. Es de destacar que en esta época el uso de banderas nacionales todavía no era la costumbre general. Pero desde las primeras épocas, Francia siempre había tenido un estándar sagrado con las tres flores de lis, una que descansaba en el santuario de St. Denis y fue expuesta en horas de peligro o guerra santa. Simbolizaba el alma católica de Francia, y flotaba como una oración sagrada en medio de las banderas de la nación.

Según una hermosa tradición, antes de una batalla crucial contra el feroz Allemani en 496, el rey Clovis de los francos invocó al “Dios de Clotilda”. (Santa Clotilda, su esposa, una princesa de Borgoña instrumental en su conversión.) Pidió protección para la batalla que se avecinaba y si ganaba, prometía convertirse a la fe católica. Durante un momento muy difícil del combate, el símbolo del Rey de los francos, una pancarta con tres ranas, milagrosamente se convirtió en otra con las tres flores de lis. A partir de este momento, la flor de lis fue el símbolo principal de los reyes de Francia.

Es interesante imaginar los resultados fortuitos de la adición del Sagrado Corazón a las delicadas tres flores de lis. Los franceses, ciertamente sin falta de buen gusto ni un sentido refinado de la estética, habrían estado dispuestos naturalmente a tomar este mandato de Nuestro Señor y presentar las expresiones más magníficas del espíritu católico. Lamentablemente, esto no es lo que sucedió. Las palabras de Santa Margarita María en 1689 no fueron escuchadas, y un siglo después se levantó la tormenta que arrasó con las monarquías francesas y, con ello, otras monarquías.

El Sagrado Corazón y la glorificación de lo superfluo.

En el ambiente religioso de los tiempos en que Nuestro Señor eligió hacer Sus revelaciones a Santa Margarita María Alacoque a mediados del siglo XVII, la influencia del jansenismo fue fuerte en los medios religiosos e intelectuales. Los adeptos del jansenismo enfatizaron la justicia y la severidad de Dios con poco énfasis en su voluntad de perdonar o su misericordia divina.

La doctrina jansenista nació de un espíritu de orgullo y autosuficiencia. Sugirió que el hombre no podía recibir nada de Dios sin haberlo merecido moral o intelectualmente. Fue un intento de aprovechar la infinita generosidad de Dios hacia los pequeños confines de justicia y reciprocidad dentro de los límites finitos de la comprensión del hombre.

Nuestro Señor dio el regalo de Su Sagrado Corazón al mundo para contrarrestar este espíritu duro y puritano que ha sobrevivido incluso hasta nuestros días. En el Sagrado Corazón de Jesús el hombre encuentra el perdón por el pasado, la paz por el presente, la esperanza por el futuro. La misericordia de este Corazón, la fuente de todas las aguas vivas, es tan sobreabundante que incluso en las situaciones morales más irreversibles y sin esperanza, el hombre puede encontrar en esta devoción una posibilidad de perdón y un retorno completo a la vida de la gracia. y paz.

Así, Nuestro Señor quería que la humanidad conociera Su excedente de misericordia, un tipo de lujo que supera la economía común de la gracia. Un espíritu infectado con tendencias socialistas podría ver en este exceso de misericordia una disipación o exceso, si no una injusticia. Es el mismo tipo de objeción que tendría frente a lo superfluo, lo magnífico y lo maravilloso en la sociedad secular. Al mirar un castillo magnífico, un signo externo y visible de grandeza y trascendencia, solo pudo reaccionar con indignación: “Pero esto es un desperdicio. Es una injusticia que tal edificio exista cuando hay personas hambrientas en chozas miserables ”. Tales objeciones son fáciles de responder para el hombre con un espíritu católico y jerárquico.

En Cristo estaba la abundancia de la gracia: “Y de su plenitud todos hemos recibido, y gracia por gracia”. (Juan 1:16) Él mereció todas las gracias por nosotros, y las gracias a través de las cuales nuestras almas son santificadas nos llegan y fluyen de la plenitud de la gracia de Cristo. Nuestro Señor, tan extraordinariamente rico y tan deseoso de la salvación del hombre, ha permitido que Su munificencia brille en la multitud de devociones, oraciones, pompa y ceremonia de Su Iglesia. Deseaba establecer esta devoción al Sagrado Corazón como un beneficio adicional y una ayuda para que el hombre logre la salvación. Es una manifestación de superabundancia, superabundancia bastante apropiada para su naturaleza. Así, la devoción a Su Sagrado Corazón podría interpretarse como una legitimación e incluso la glorificación de lo superfluo.

El Sagrado Corazón y los Apóstoles de los Últimos Tiempos:
Confianza ilimitada y deseos ilimitados.

San Juan, el amado apóstol del Corazón de Jesús, apareció en el siglo XIII a uno de los primeros devotos del Sagrado Corazón, San Gertrudis el Grande. La invitó a descansar su cabeza junto a la suya en el Corazón de Jesús. “¿Por qué hablaste tan poco de los secretos amorosos del Corazón de Jesús?” Ella le preguntó. Él respondió: “Mi ministerio en aquellos primeros tiempos de la Iglesia se limitaba a hablar de la Palabra Divina, el Hijo eterno del Padre, algunas palabras de profundo significado sobre las cuales la inteligencia humana podría meditar para siempre, sin agotar sus riquezas. Pero para estos últimos tiempos estaba reservada la gracia de escuchar la voz elocuente del Corazón de Jesús. Con esta voz, el mundo desgastado por el tiempo renovará su juventud, será despertado de su letargo y nuevamente se encenderá con la calidez del amor divino “.

Nuestro Señor le dio la llave al Sagrado Corazón a St. Gertrudis: que todo se puede ganar con ilimitada confianza y deseos ilimitados. Ella entendió que la confianza es la llave que abre los tesoros de la infinita misericordia de Dios. Solo a su confianza, ella atribuyó todos los regalos que recibió. Nuestro Señor mismo le dijo: “Solo la confianza obtiene fácilmente todas las cosas”. Una vez, cuando St. Gertrudis estaba preocupada por la tentación, imploró ayuda divina. Nuestro Señor la consoló con estas palabras:

“Cualquiera que sufra tentaciones humanas, que huye a Mi protección con firme confianza, pertenece a aquellos de quienes puedo decir: ‘Una es Mi paloma, Mi elegida entre miles, que ha atravesado Mi Corazón con una mirada de sus ojos. ‘ Y esta confianza hiere a Mi Corazón tan profundamente que si no pudiera aliviar tal alma, causaría a mi corazón una tristeza que todas las alegrías del Cielo no podrían calmar … La confianza es la flecha que atraviesa Mi Corazón, y hace tanta violencia a Mi amor que nunca puedo abandonarla “.

De la mano con confianza Nuestro Señor desea que seamos hombres y mujeres de gran deseo, un deseo ilimitado para la gloria del Sagrado Corazón de Jesús y María. Santa Gertrudis enseñó el gran secreto para nuestro tiempo: que Nuestro Señor “acepta la voluntad para el hecho”. “La buena voluntad para emprender un trabajo para cumplir Mi deseo, a pesar de la dificultad encontrada, es muy agradable para Mí, y acepto la buena voluntad para el hecho. Incluso si no puede tener éxito, lo recompensaré como si lo hubiera logrado ”, le reveló Nuestro Señor.

Nuestro Señor nos invita a venerar su Sagrado Corazón
Con el Sagrado Corazón, todo se puede ganar con una confianza ilimitada y deseos ilimitados.

Nuestro Señor cumplió los deseos de sus amigos en proporción a su seriedad e intensidad. Él acepta los deseos de sus amigos como si se hubieran realizado. Esta es una clave para los últimos días, cuando los hombres, debilitados por el pecado y abrumados por los problemas y el caos que los confrontan desde todas las direcciones, se sienten incapaces de una acción proporcional a la necesidad.

Otra devota del Sagrado Corazón, la gran Santa Catalina de Siena, pronunció estas palabras proféticas, tal vez en anticipación de nuestros días: “Oh Dios mío, ¿cómo podrás en estos tiempos infelices para satisfacer las necesidades de Tu Iglesia? ? Sé lo que harás. Tu amor levantará hombres de deseos. Sus obras finitas unidas a deseos infinitos, te harán escuchar sus oraciones por la salvación del mundo “.

Las gracias que se derramaron sobre la Iglesia y el mundo en el siglo XVII con las apariciones de Nuestro Señor a Santa Margarita María Alacoque para difundir la devoción al Sagrado Corazón establecieron una nueva intimidad entre los hombres y Jesucristo, cuyo deleite es más con los hijos de los hombres que para gobernar a los serafines. Esta nueva economía de la gracia ciertamente buscó hacer posible una profunda y fácil intimidad con Nuestro Señor. Un amor por Dios hasta entonces desconocido trae como consecuencia una combatividad hasta entonces desconocida contra los enemigos de la Iglesia de Cristo. Es una relación recíproca indispensable.

Así, esta devoción ha sido dada a la Iglesia para ayudar a formar esos guerreros indomables que vendrán a confrontar al Anticristo y sus seguidores. Estos serán los apóstoles de los últimos tiempos, descritos por San Luis Grignion de Montfort:

“En una palabra, sabemos que serán verdaderos discípulos de Jesucristo, caminando en los pasos de la pobreza, la humildad, el desprecio del mundo, la caridad, enseñando el camino angosto de Dios en verdad pura, de acuerdo con el Santo Evangelio, y no de acuerdo con las máximas del mundo; eliminado de cualquier preocupación humana, sin apego a nadie; ahorrando, temiendo y escuchando a ningún mortal, por muy influyente que sea. Tendrán en la boca la espada de dos filos de la Palabra de Dios. Exhibirán en sus hombros el estandarte sangriento de la Cruz, el Crucifijo en su mano derecha y el Rosario en su izquierda, los Nombres sagrados de Jesús y María en sus Corazones, y la modestia y mortificación de Jesucristo en su propio comportamiento.

“Estos son los grandes hombres que están por venir; pero María es quien, por orden del Altísimo, los modelará con el propósito de extender Su imperio sobre el de los impíos, los idólatras y los musulmanes. ¿Pero cuándo y cómo será esto? Solo Dios lo sabe.

El Sagrado Corazón de Jesús quiere inspirar los corazones de los hombres de nuestros días con una gran combatividad y un gran deseo de llevar a cabo los actos de los cuales puede parecer que ni siquiera somos capaces. Estos serán los hijos e hijas de la Beata María: fue de Su Corazón Inmaculado que Cristo atrajo a Su humanidad. Su corazón comenzó a latir por primera vez dentro del recinto casto del útero virginal de María. Ningún corazón humano estará más en sintonía con el Corazón del Dios-Hombre que el de Su Madre. Y así como las oraciones y los deseos de María aceleraron la venida de Nuestro Señor, las oraciones y los deseos de los justos, al acortar los días de tribulación, acelerarán el triunfo de la Iglesia.

Atila S. Guimarães y Marian T. Horvat

1. St. Louis de Montfort, El amor de la sabiduría eterna (Bayshore, NY: Montfort Publications, 1960), p. 31.
2. Emile Bougard, La vida de Santa Margarita María Alacoque (Rockford: TAN, 1990), p. 268.
3. Ibíd ., Pág. 269
4. Nancy Mitford, The Sun King (Nueva York: Crescent Books, 1966), pág. 32.
5. Bougard, La vida de Santa Margarita María , p. 269.
6. Arthur R. McGratty, SJ, El Sagrado Corazón: ayer y hoy , Nueva York: Benzinger Bros., 1951, pp. 202-3

Sermón 2o. Domingo Pentecostés (2020)

Dios, Nuestro Señor, nos ama, nos aprecia, nos honra, y dispone una cena para nosotros, es decir, nos considera amigos, a los cuales prepara alegrías y consuelos; somos sus hijos, y nos trata con confianza; nos hace sentar a su mesa y nos alimenta con su pan espiritual.

Debemos alegrarnos de estas relaciones tan dulces y honrosas para con nosotros; con sumo gusto debemos tratar y comunicar con Dios, como quien participa en una gran cena.

Hemos de considerar deber nuestro el pertenecerle con todo el corazón, con toda el alma.

Ahora bien, como en la parábola, muchos, cada vez más, hoy por hoy casi todos, rechazan la invitación presentando excusas…

Tres fueron los pretextos que se exhibieron para no asistir.

En la granja comprada se da a conocer el dominio; por eso, el primer castigado es el vicio de la soberbia.

Así, pues, se prescribe al varón de la santa milicia que menosprecie los bienes de la tierra. Porque el que, atendiendo a cosas de poco mérito, compra posesiones terrenas, no puede alcanzar el Reino del Cielo. Por eso dice el Señor: Vende todo lo que tienes y sígueme.

Las cinco yuntas de bueyes representan los cinco sentidos corporales. Se llaman yuntas de bueyes porque, por medio de estos sentidos carnales, se buscan todas las cosas terrenas; y porque los bueyes están inclinados hacia la tierra. Y los hombres que no tienen fe, entregados a las cosas de la tierra, no quieren aceptar, y menos creer, otra cosa sino aquellas que perciben por cualquiera de estos cinco sentidos corporales.

Y como los sentidos corporales no pueden comprender las cosas interiores y sólo conocen las exteriores, puede muy bien entenderse por ellos la curiosidad, que sólo se ocupa de verlo todo por el exterior.

El que ha tomado mujer se goza en la voluptuosidad de la carne, y en eso se ve la pasión carnal que estorba a muchos.

Aunque el matrimonio es bueno y ha sido establecido por la Divina Providencia para propagar la especie, muchos no buscan esta propagación, sino la satisfacción de sus voluptuosos deseos; y, por tanto, convierten una cosa justa en indebida e inmoral.

Se dieron por excusado; prefirieron las cosas materiales y desdeñaron las espirituales.

Ahora bien, hay una diferencia entre las complacencias del cuerpo y las espirituales. Entre las delicias corporales y las espirituales hay, por lo común, este contraste:

– las corporales, antes de disfrutarlas o gozarlas, despiertan un ardiente deseo; mas, después de gustarlas ávidamente, no tardan, por su misma saciedad, en causar hastío.

– las espirituales, por el contrario, causan hastío mientras no se han gustado, parecen desagradables; mas después de gozarlas, se despierta el apetito de estas; y son tanto más apetecidas por el que las prueba, cuanto mayor es el apetito con que las gusta.

Hay, pues, una gran discrepancia entre los goces del mundo y los goces de la religión.

En los deleites mundanos, el deseo agrada, más la posesión desagrada; los religiosos, en cambio, apenas si se desean, mas su posesión es sumamente agradable.

Se ansían ardientemente los materiales antes de que se los posea, porque no se conoce todo su vacío y la impotencia que hay en ellos para hacernos felices; y después de haberlos obtenido con mucha solicitud y penas, traen el fastidio, porque la experiencia hace sentir su vanidad.

Lo contrario sucede con los goces de la religión: antes de gustarlos no se anhelan, porque no se han conocido sus encantos; pero, una vez que se los ha saboreado, que se ha sentido su excelencia y dulzura, se los solicita más vivamente, y cuanto más se degustan, más se los pretende, porque se conoce más su alto precio.

En los placeres carnales, el apetito engendra la saciedad, y la saciedad produce el hastío; pero en los espirituales, el apetito también engendra la saciedad, más la saciedad produce apetito.

Las delicias espirituales al saciar el alma fomentan su apetito, porque cuanto más se percibe el sabor de una cosa, tanto mejor se la conoce, por lo cual se la ama con mayor avidez; por esto, cuando no se han experimentado no pueden estimarse porque se desconoce su sabor.

¿Quién en efecto, puede amar lo que no conoce? He ahí por qué dice el Salmista: “Gustad y ved cuán suave es el Señor”. Como si dijera: No conoceréis su suavidad si no la gustáis; pero tocad con el paladar de vuestro corazón el alimento de vida, para que, experimentando su suavidad, seáis capaces de amarle.
La virtud es tan bella, se aviene tan bien con el alma del hombre que, cuanto más se la practica, más celo hay por ejercitarla. Dice el Libro del Eclesiástico: Los que de mí comen, tienen siempre hambre de mí, y tienen siempre sed los que de mí beben; es decir, que desearán siempre avanzar más en la práctica de la virtud; el mundo y sus falsos goces le serán insípidos y le disgustarán, según esta otra palabra del Señor: Quien beba el agua que yo le daré, no tendrá jamás sed (se entiende, de los vanos placeres de la tierra), sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua surgente para vida eterna.

El contraste entre ambos pasajes contiene una enseñanza magnífica: la sabiduría, al mismo tiempo que quita la sed de vanagloria y el hambre de las bellotas que ofrece el mundo, nos despierta un ansia insaciable por penetrar cada vez más en los pensamientos de Dios que Él nos descubre, y una ambición sin límites por alcanzar su amistad y sus promesas.

El Divino Padre se complace al ver que sus hijos aprecian así sus dones, y entonces los aumenta cada vez más.

Todos sus deseos se dirigirán a los puros goces de la virtud y quedarán a la vez saciados y hambrientos, sedientos y refrigerados; porque tal es la propiedad de los bienes espirituales, que sacian y excitan el hambre, calman y avivan la sed.

Uno se sacia, porque encuentra en Dios todos los bienes; siente hambre, porque, en gustando estos bienes, se les encuentra tan deliciosos, que se les desea siempre más.

El corazón regocijado canta las alabanzas de Dios y de la virtud; pero ello es un cántico siempre nuevo, porque siempre halla nuevas bellezas que admirar y amar.

Juzguemos, pues, por la medida de nuestros deseos en qué grado de virtud estamos.
Pues bien, a este Banquete Celestial hemos sido invitados. Aunque pobres y desgraciados, se ha dignado el Padre recibirnos en su sala. Humillémonos y respondamos agradecidos.

Pero tengamos en cuenta que el afán de riquezas y de placeres es lo que impide la percepción del fruto de este Banquete.

Procuremos, pues, mortificar en esas bajas tendencias. No seamos de los que no pudieron tomar parte en la Gran Cena porque habían comprado una granja o unos bueyes, o porque habían contraído matrimonio.

Seamos de los pobres de espíritu, y así tendremos la dicha de albergar en nuestro corazón al Rey de Cielos y tierra y de poseer el Reino de los Cielos.