Consagración al Corazón Inmaculado de María

Protección eficaz contra los ataques diabólicos de ésta época.
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Madre Santísima
Permítenos ser esclavos Vuestros.

Y pensar sólo lo que Tú quieres que piense.
Y ver sólo lo que Tú quieres que vea.
Y oír sólo lo que Tú quieras que oiga.
Y hablar sólo lo que Tú quieres que hable.

Y que nuestro corazón esté en tu mano para que seas Tú la que pida al Señor por cada uno de tus hijos.

Amén Amén Amén

Explicación del Magnificat

EL MAGNIFICAT
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46 Y María dijo: Mi alma magnifica al Señor

47 Y exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador.

48 Porque ha mirado la humildad de su esclava; y he aquí que todas las generaciones me llamarán bienaventurada.

49 Porque ha hecho en mí maravillas el Todopoderoso, cuyo Nombre es Santo.

50 Su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.

51 Desplegó el poder de su brazo, y dispersó a los que se engríen con los pensamientos de su corazón.

52 Derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes.

53 A los hambrientos los llenó de bienes, y a los ricos los despidió vacíos.

54 Acogió a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia.

55 Según lo que había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia para siempre.

El Magnificat responde a una explosión de júbilo en Dios, incubada desde que se había realizado el misterio de la Encarnación en el seno purísimo de la Virgen Inmaculada.

El himno de María no es ni una respuesta a Isabel, ni propiamente una plegaria a Dios; es una elevación, un éxtasis y una profecía.

Se ven en él tres partes bien marcadas:

1ª) Alabanza de María a Dios por la elección que hizo de Ella (versículos 46-50);

2ª) Reconocimiento de la Providencia de Dios en el mundo (versículos 51-53);

3ª) Con esta obra se cumplen las promesas hechas a los padres (versículos 54-55).

1ª Parte) Alabanza que María hace a Dios por la elección que hizo de Ella.

Mi alma magnifica al Señor.

María comienza magnificando, engrandeciendo a Dios.

Es el fin del hombre… alabar y engrandecer al Señor. Obligación dulcísima, pero, al fin, obligación.

Dios todo lo ha creado para su gloria, pero la gloria propiamente sólo se la puede dar en la tierra el hombre…

La gloria es un conocimiento seguido de la alabanza. No podemos alabar si no conocemos. Y como las demás criaturas no tienen conocimiento, nos dan a nosotros ese encargo, de que en ellas veamos y conozcamos a Dios, para que en nombre suyo le alabemos.

Éste es nuestro oficio…, recoger esas notas de bondad, sabiduría, poder, hermosura y caridad, que Dios ha ido depositando en las criaturas, y con ellas formar el himno de la gratitud que debemos entonar en alabanza de Dios.

¡Oficio magnífico y sublime!

Son las primeras palabras de María Santísima al recoger las alabanzas y grandezas que Santa Isabel la dice, para dirigirlas a Dios.

A Él solo la gloria y el honor.

¡Qué hermoso comienzo de este magnífico cántico!

María Santísima engrandece al Señor con toda su alma y corazón. Sólo Ella es la que nunca, ni un momento, dejó de engrandecerle…, siempre, sin cesar…, fue creciendo y aumentando a Dios en su purísima alma.

Por eso dice, en presente, Mi alma magnifica; no dice engrandeció o engrandecerá…, sino ahora y siempre engrandece.

Esa es su ocupación perpetua, su oficio principal; como si no tuviera otro…

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Y exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador.

Los dos sujetos, “alma” y “espíritu”, vienen a ser sinónimos, usados sólo por razón de variación literaria. Es, pues, María Santísima la que alaba y se exulta profundamente en Dios.

María Santísima se alegra y se goza, mejor aún, se encuentra como inundada de un gozo-infinito.

¿De qué se goza? Es un gozo íntimo, espiritual, que tiene por objeto al mismo Dios. Se goza y se alegra en Dios, en la posesión plena y perfecta de Dios.

Santa Isabel la recuerda sus grandes gracias y privilegios, y aunque son motivo suficiente para alegrarse y gozarse en ellos, no obstante, parece que no repara tanto en los dones, como en el autor y dador de los mismos.

Pero reparemos que, no dice sólo que su gozo está en Dios, sino en Dios Salvador. Este gozo de María es en Dios, “mi Salvador”.

Dios Salvador es fórmula bíblica. Nunca como aquí cobra esta expresión el sentido mesiánico más profundo. Ese Dios Salvador es el Dios que Ella lleva en su vientre, y que se llamará Jesús, es decir, Yahvé salva. Y ella se goza y alaba a Dios, su Salvador.

Ésta es la raíz y fundamento de la alegría espiritual y del gozo eterno que esperamos, porque es Él nuestro Salvador.

Pensemos también que el gozo de María Santísima no fue en sí misma, sino sólo en Dios, es decir, nada de gozo egoísta, que busca su comodidad y complacencia, sino gozo de amor, que se alegra de amar y ver amado el objeto de su amor, aunque por este amor sufra y padezca.

María miraba en sí misma y allí veía a Jesús en sus mismas entrañas y esta vista causaba su gozo en Dios.

Porque ha mirado la humildad de su esclava.

María atribuye esta obra a la pura bondad de Dios, que miró la humildad de su esclava. Fue pura elección de Dios, que no escogió para Madre del Mesías a una reina, sino a una esclava desconocida.

Es admirable la lección práctica de humildad que aquí nos da la Santísima Virgen. Acaba de ser saludada por el Ángel de parte de Dios; acaba de ser elevada a la dignidad de Madre suya; acaba de ser bendita entre todas las mujeres por Santa Isabel…, y Ella, empeñándose en abismarse en el profundo de su humildad, reconoce que no es más que una simple esclava del Señor.

Con esto nos dice que todo lo que hay en Ella es de Dios, pues todo procede del hecho que Dios la ha mirado… Y mirado, en lenguaje bíblico, significa mirar con buenos ojos y amar…

Y así, todo procede de esa mirada de amor de Dios hacia Ella…; pues, de lo contrario, no hubiera pasado de ser una de tantas hijas de Eva.

Consideremos como María Santísima nos enseña que el fundamento de todos los bienes del Señor y de todas las gracias que de Él recibimos, es la humildad.

Y así dice, que por eso alaba al Señor y se regocija en su Salvador, porque ha mirado la pequeñez de su esclava.

Y he aquí que todas las generaciones me llamarán bienaventurada.

Pero, por esa mirada de elección de Dios, desde ahora, es decir, en adelante, después de estos momentos, la van a llamar bienaventurada todas las generaciones.

Es una confirmación de lo anterior. El humilde enamora al corazón de Dios, y Dios no repara en medios para levantarle y ensalzarle.

¡Cuánto ha ensalzado y sublimado Dios a María Santísima! ¿Quién más humilde que Ella? Pues, por eso la llamarán bienaventurada todas las generaciones.

Ella su humilla y Dios la ensalza. Contemplemos esta divina porfía.

Si María no se hubiera hecho esclava, no sería ahora Reina y Señora, ni Madre del mismo Dios.

En Israel la madre se llama dichosa con el nacimiento de un niño; pero aquí no es el motivo de regocijo familiar. Es la universalidad de las generaciones. Es la eterna bendición a la Madre del Mesías.

Esta afirmación parecería entonces una hipérbole oriental si no hubiese sido una profecía cumplida ya por veinte siglos.

Estas palabras encierran, pues, una profecía…; dice que la llamarán bienaventurada. Habla de un futuro que debía desconocer, y, no obstante, con toda seguridad afirma que así será.

¡Qué dulcísimo es para nosotros ver el exacto cumplimiento de estas palabras! Reunamos todos los títulos de María…, sus santuarios y templos… ¿Conocemos alguna iglesia que no tenga uno o varios altares de María?… ¿Hay población, grande o pequeña, que no posea su Virgen y le celebre su fiesta con alegría y esplendor?

Subamos al Cielo y miremos a todos los Santos reconociendo su santidad por María, y a todos los Ángeles que, juntamente con los hombres, no cesan de llamar bienaventurada a María.

¡Qué espléndida confirmación la de esta profecía!

Porque ha hecho en mí maravillas el Todopoderoso, cuyo Nombre es Santo.

Y todo es debido a que hizo en Ella maravillas, cosas grandes el único que puede hacerlas, Dios. Lo hizo el Poderoso. Esta obra sólo podía ser obra de la omnipotencia de Dios.

Y cuyo Nombre es Santo. En los semitas, el nombre está por la persona. Es, pues, obra de la santidad de Dios.

¡Qué mal entendemos la humildad!… Creemos que consiste en decir al exterior palabras en contra nuestra…, en no reconocer lo bueno que hacemos…, en no ver las gracias que el Señor nos concede…

¡Y nada de esto es la humildad!

Escuchemos a María Inmaculada: Me llamarán bienaventurada todas las generaciones… Ha hecho en mí grandes cosas el Todopoderoso… Y, no obstante, esto es humildad.

No olvidemos que humildad es verdad y sencillez.

Reconocer lo bueno que haya en nosotros, pero no para alabarnos por ello. Comprender la obra de Dios, tan grandiosa e inmensa, pero que eso nos sirva para alabarle más, para corresponderle mejor, para amarle con mayor fervor y entusiasmo cada día, como consecuencia natural de nuestro agradecimiento.

¿A qué cosas se refería la Santísima Virgen, al decir que había hecho en ella Dios grandes cosas?… ¿En qué pensaría cuando decía estas palabras?

Recorramos, como Ella recorrería, los favores y dones que del Señor ha recibido… Su predestinación desde toda eternidad…; el privilegio inefable de su Concepción Inmaculada, con todas las gracias inherentes al mismo…; todas las maravillas que en su Corazón quiso el Señor acumular…; y recordaría el saludo del Ángel…, el misterio de la Encarnación del Verbo…

Y entonces, saltaría a su vista el milagro de los milagros, el que Ella, ¡criatura!…, ¡esclava del Señor!…, fuera a la vez verdaderamente ¡Madre suya!… Y cómo para eso fue necesario hacer algo muy grande y desconocido, en el cielo y en la tierra, esto es, el ser Madre sin dejar de ser Virgen…

Por eso, extasiada al ver todo esto…, penetrando en el valor y significado de todo ello…, con gran fervor exclama: Ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso.

Todo lo atribuye al poder de Dios…, ¡al Todopoderoso!…, ¡a la santidad de Dios!…, ¡a su Santo Nombre!

Dios, con su santidad y bondad y misericordia divina, determinó hacer todo esto…, y con su poder infinito lo hizo.

Su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.

El pensamiento progresa, haciendo ver que todo este poder es ejercido por efecto de su misericordia.

Y ninguna obra era de mayor misericordia que la obra de la Redención.

Otro detalle delicadísimo de la humildad. María Inmaculada se goza en extender esta misericordia del Señor, que ha tenido con Ella, a todos los demás.

Cuanto ha hecho de grande en su alma, hará con todos los que le temen…; nada de querer ser la única…; se complace en publicar la participación que todos pueden tener en esta bondad de Dios.

La verdadera humildad, no es exclusivista, ni ambiciosa, ni menos envidiosa del bien ajeno.

Pero se añade que esta obra de misericordia de Dios, que se extiende de generación en generación, es precisamente sobre los que le temen.

No se refiere al temor servil, sino al temor reverencial y filial de los buenos hijos. Es aquel temor santo de Dios, de quien dice la Escritura Santa, que es el principio de la sabiduría y, por lo mismo, el comienzo de la santidad y el fundamento del amor.

2ª Parte) Reconocimiento de la Providencia de Dios en el gobierno del mundo.

Este segundo grupo de ideas lo constituyen los versículos 51-53, y celebra esta Providencia divina con tres imágenes.

1ª Desplegó el poder de su brazo, y dispersó a los que se engríen con los pensamientos de su corazón.

La primera hace ver cómo Dios utiliza su poder, antropomórficamente su brazo, para dispersar a los que se engríen con los pensamientos de su corazón.

Estos enemigos, que así se ensoberbecen, no son ni los enemigos de Israel, pueblo de Dios, ni los paganos. Son personalmente los sabios, que se guían por la sabiduría de este mundo. Son aquellos a quienes les falta aquella sabiduría que viene de Dios.

A éstos no se los considera como un cuerpo de ejército, sino idealmente reunidos, coincidiendo en la necedad y orgullo de su vida.

Frente a esta sabiduría, Dios realiza sus obras con la suya, totalmente opuesta.

Tal es el caso de María: a una virgen, la hace madre milagrosamente; y a una esclava, Madre del Mesías.

Aquí ensalza, pues, la Santísima Virgen el poder de Dios, que se manifiesta especialmente en algunas de sus obras. Todas son fruto de ese poder infinito de Dios, pero en algunas se manifiesta más claramente esa omnipotencia.

Miraría la Santísima Virgen los Cielos, y la tierra… Y a los Ángeles y a toda la corte lucidísima que rodea el trono de Dios… Vería al hombre y, sobre todo, se vería a sí misma…

¿Dónde vio mejor la fuerza del brazo poderoso de Dios que en la obra de su Corazón y de su Alma purísima e inmaculada?

Contemplaría la Encarnación, en la Dios tuvo que hacer fuerza a la divinidad…, tuvo que hacer violencia a sí mismo para empequeñecer y achicar y anonadar al mismo Dios…; y así poderlo encerrar en el seno de María…

Y para ello tuvo que hacer la obra única y nunca más repetida, hacer Madre suya a una mujer… y vaciar en Ella todos los prodigios y maravillas de toda la creación…; y hacerla Inmaculada…, y Virgen y Madre a la vez…

Su omnipotencia se manifiesta en las obras de la misericordia y de la bondad…, pero también en las de su justicia.

He aquí otra prueba del poder del brazo divino.

Y así como para los humildes es toda su misericordia, así su justicia se emplea con los soberbios.

¡Cómo recordaría la Santísima Virgen la diferencia de su exaltación hasta el trono de Dios, para ser Reina y Emperatriz del Cielo, con la caída tan ruidosa de Lucifer desde las alturas hasta el mismo infierno!

Ella subió por su humildad, éste cayó por su soberbia.

Y notemos bien que dice a los soberbios de mente y de corazón. Aquí se refiere, claramente, a la soberbia interna, no precisamente a la externa, que es una fatuidad… Es más refinada la interior…; esto es, aparecer humilde al exterior, e interiormente tener asentada la soberbia en el corazón y la mente.

Y lo peor de esta soberbia es, que es tan sutil y tan fina, que penetra hasta lo más íntimo sin apenas darnos cuenta.

Soberbia de mente es el propio parecer…, el no querer ceder…, el no sufrir una contradicción…

Soberbia de corazón es el maldito amor propio, que tan profundamente arraiga en nuestro corazón.

2ª Derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes.

La segunda imagen celebra cómo desaloja Dios a los poderosos de sus tronos y ensalza a los que no son socialmente poderosos.

Es la teología de la Providencia divina, que señala la Escritura en tantos casos.

Así como en el verso anterior expuso lo que el Señor hace siempre con los soberbios de mente y corazón, así ahora nos habla de la vanidad, el orgullo, el deseo de mandar…

Escuchemos la frase enérgica de María Santísima: a ésos, el Señor los arrojará de sus tronos y asientos de vanidad, y con desprecio los abandonará…

Dios ni siquiera mira la fatua vanidad de la tierra… ¡Qué terrible debe ser este desprecio divino! ¡Qué espantoso ese castigo, que con palabras tan fuertes anuncia la Virgen Santísima!

3ª A los hambrientos los llenó de bienes, y a los ricos los despidió vacíos.

El tercer cuadro parece tomado de una corte oriental. En ella los ricos son admitidos a la presencia del monarca, al que, según costumbre, le ofrecen regalos; pero el monarca, en cambio, para no dejarse vencer en opulencia —ya que ésta es una tónica de las cortes orientales— les hace presentes mayores. Los pobres no son admitidos ni reciben estos dones.

Pero en la obra divina esto no cuenta. Los ricos, como tales, no cuentan con su influjo ante Dios. Él los castiga y empobrece; mientras que los pobres son socorridos y enriquecidos.

Pero…, ¿todavía más? No acierta la Santísima Virgen a acabar con la humildad. ¡Cuánto la ama!

Porque estas palabras son una confirmación o repetición de las anteriores.

Aquí habla de otra manifestación de la humildad, que es la pobreza…, y de la soberbia, que es la abundancia y el regalo.

No se trata de una revolución social. El gobierno del mundo está en sus manos, y Él ejerce su justicia sabia y libremente.

En este canto estos bienes no son específicamente los bienes o pobreza materiales. Se trata de los bienes mesiánicos.

Se ve por el tono general del canto. A María la elige para enriquecerla mesiánicamente. Es lo mismo que cantará luego: los bienes prometidos a Abraham, que eran las promesas mesiánicas. Al fin y al cabo, todo el Antiguo Testamento giraba en torno a estas promesas.

3ª Parte) Con esta obra cumple Dios las promesas, hechas a los padres.

El tercer pensamiento fundamental lo constituyen los dos últimos versículos.

Se confiesa que esas maravillas que Dios obró en María son el cumplimiento de las promesas mesiánicas hechas a los padres.

Se presenta antropomórficamente a Dios, acordándose.

Después de tantas vicisitudes pasadas en la historia de Israel, parecería como si Dios lo hubiese olvidado. Pero las va a cumplir ahora.

Y las va a cumplir para la época que las señaló y cómo las anunció. No el mesianismo racial, sino el mesianismo espiritual.

En realidad, ya las comenzó a cumplir, pues ya está el Mesías en su pueblo. Por eso ya acogió a Israel.

Acogió a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia.

Recuerda aquí la Santísima Virgen la gran misericordia efectuada con Israel.

Era un pueblo esclavizado a los Faraones; y el Señor milagrosamente le sacó de aquella esclavitud y le llevó a través del desierto. Allí le alimentó con un maná del Cielo, y, después de sacarle triunfante de sus enemigos, le llevó a la rica tierra de promisión.

En fin, le tomó como cosa suya…, le hizo su pueblo escogido…, y le cuidó como a un miembro de familia, con providencia admirable.

Acogió a Israel, su siervo. Otros traducen su hijo. El griego paidós y el latín puerum, admiten ambas traducciones.

¿Alude aquí la Virgen al Mesías, Hijo de Dios, a quien le llegaban los tiempos de su Encarnación, o al pueblo de Israel, a quien Dios acogía enviándole al Mesías prometido?

En realidad caben ambas interpretaciones del nombre de Israel.

Este Israel es el Israel universal, el que se prometió a Abraham, ya que en él serían bendecidas todas la gentes de la tierra.

María no es ajena a esto, cuando reconoce que esta maravilla es la prometida a los padres —Abraham, Isaac, Jacob, David— y cuando, por ello, la llamarán bienaventurada todas las generaciones, que se beneficiarán, como enseñaban los Profetas, del mesianismo.

Como se ve, este texto, no dice que Dios se acordó de su misericordia, como lo hubiese anunciado a los patriarcas incluso Abrahán y su descendencia hasta ese momento, sino que Dios, según lo había anunciado a los patriarcas, recordó la misericordia prometida a Abrahán, a quien había dicho que su descendencia duraría para siempre.

Lo cual concordaría también con el hecho de que la Virgen ignoraba el misterio del rechazo del Mesías por parte del pueblo elegido en su primera venida, y creía, como Zacarías, el anciano Simeón, los Reyes Magos, los apóstoles y todos los piadosos israelitas que aclamaron a Jesús el Domingo de Ramos, que el Mesías Rey sería reconocido por su pueblo.

Según lo que había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia para siempre.

Se trata de la promesa que María había recibido del Ángel con respecto a su Hijo: el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob para siempre, y su reinado no tendrá fin.

Se trata, pues, del mesianismo espiritual y eterno.

¡Qué bien cumple Dios su palabra! Asilo prometió a Abraham y a sus hijos, los demás grandes Patriarcas del Antiguo Testamento… Y como lo prometió, lo cumplió.

No ignoraba Él, lo que aquel pueblo iba a hacer con sus beneficios, y, no obstante…, no se echa para atrás y deshace su promesa.

¡Qué fiel es el Señor!

Pero tengamos en cuenta, como dice la Virgen Santísima, que esta fidelidad de Dios es por todos los siglos…, esto es, que como cumplió lo prometido entonces, también lo cumplirá en lo que prometió después…

Resumen y conclusión

¡Qué sublime el Cántico del Magnificat!

¡Qué hermosísima la Oración de María!

¡Cuántas cosas abarca!

¡El Canto de la gratitud de su alma a Dios!

¡El Canto de la Redención, con el que publica las maravillas y grandezas que en esta obra hizo el brazo poderoso del Señor y su misericordia!

¡El Canto, en fin, de la humildad!

Claramente nos señala el camino que hemos de seguir…

No hay otro…

Ni Ella ni Jesús encontraron, ni siguieron, tampoco otro…

¡Lancémonos generosamente por él!

Tengamos, por lo tanto, una devoción fervorosa a este sublime Cántico, y diariamente repitámoslo para alabar y dar gracias al Señor.

(Por Radio Cristiandad)

Entrevista histórica de Mons. Viganó

sábado, 27 de junio de 2020
EL ARZOBISPO VIGANÒ DE NUEVO ATACA RESUELTAMENTE AL VATICANO II

Entrevista a Mons. Carlo María Viganò por el Doctor Phil Lawler
Fuente
Lawler: En primer lugar, ¿qué dice usted acerca del Vaticano II? Que las cosas han ido cuesta abajo rápidamente desde entonces, es totalmente cierto. Pero si todo el Concilio es un problema, ¿cómo sucedió eso? ¿Cómo reconciliamos eso con lo que creemos sobre la inerrancia del magisterio? ¿Cómo fueron engañados todos los padres del Concilio? Aunque sólo algunas partes del Concilio (por ejemplo, Nostra Aetate, Dignitatis Humanae) son problemáticas, seguimos enfrentándonos a las mismas preguntas. Muchos de nosotros hemos estado diciendo durante años que el “espíritu del Vaticano II” está en error. ¿Está diciendo ahora que este falso “espíritu” liberal refleja con precisión la obra del Concilio?
Arzobispo Viganò: No creo que sea necesario demostrar que el Concilio representa un problema: el simple hecho de que estemos planteando esta cuestión sobre el Vaticano II y no sobre Trento o el Vaticano I, parece confirmar un hecho que es obvio y reconocido por todos. En realidad, incluso aquellos que defienden el Concilio con las espadas desenvainadas lo consideran como algo aparte de todos los otros concilios ecuménicos anteriores, de los que ni siquiera de uno se dijo que fuera un concilio pastoral. Y nótese que lo llaman “el Concilio” por excelencia, como si fuera el único concilio en toda la historia de la Iglesia, o al menos lo consideran como un unicum, ya sea por la formulación de su doctrina o por la autoridad de su magisterio. Es un concilio que, a diferencia de todos los que lo precedieron, se llamó a sí mismo concilio pastoral, declarando que no quería proponer ninguna nueva doctrina, pero que de hecho creó una distinción entre el antes y el después, entre un concilio dogmático y un concilio pastoral, entre cánones inequívocos y frases vacías, entre el anathema sit y guiñar el ojo al mundo.
En este sentido, creo que el problema de la infalibilidad del Magisterio (la inerrancia que usted menciona es propiamente una cualidad de la Sagrada Escritura) ni siquiera se plantea, porque el Legislador, es decir, el Romano Pontífice en torno al cual se convocó el Concilio, afirmó solemne y claramente que no quería utilizar la autoridad doctrinal que podría haber ejercido si hubiera querido. Quisiera hacer la observación de que no hay nada más pastoral que lo que se propone como dogmático, porque el ejercicio del munus docendi en su forma más elevada coincide con la orden que el Señor dio a Pedro de apacentar sus ovejas y corderos. Sin embargo, esta oposición entre dogmático y pastoral fue hecha precisamente por quien, en su discurso de apertura del Concilio, pretendió dar un sentido severo al dogma y un sentido más suave y conciliador a la pastoral. También encontramos el mismo escenario en las intervenciones de Bergoglio, donde identifica la “pastoralidad” como una versión suave de la rígida enseñanza católica en materia de fe y moral, en nombre del discernimiento.
Es doloroso reconocer que la práctica de recurrir a un léxico equívoco, utilizando términos católicos entendidos de manera impropia, invadió la Iglesia a partir del Vaticano II, que es el primer y más emblemático ejemplo del llamado “circiterismo”: el uso equívoco e intencionadamente impreciso del lenguaje. Esto sucedió porque el Aggiornamento, un término en sí mismo promovido ideológicamente por el Concilio como un absoluto, abrazó el diálogo con el mundo como su prioridad por encima de todo.
Hay otro error que debe ser aclarado. Si por un lado Juan XXIII y Pablo VI declararon que no querían comprometer al Concilio en la definición de nuevas doctrinas y querían que se limitara a ser sólo pastoral, por otro lado, es cierto que externamente -mediáticamente o en los medios de comunicación, diríamos hoy- el énfasis dado a sus actos fue enorme. Este énfasis sirvió para transmitir la idea de una presunta autoridad doctrinal, de una infalibilidad magistral implícita, aunque éstas fueron claramente excluidas desde el principio.
Si se hizo hincapié en ello fue para que las instancias más o menos heterodoxas se percibieran como autorizadas y, por lo tanto, fueran aceptadas por el clero y los fieles. Pero esto bastaría para desacreditar a los autores de un engaño similar, que todavía hoy gritan si alguien toca Nostra Aetate, mientras que permanecen en silencio aunque se niegue la divinidad de Nuestro Señor o la perpetua virginidad de María Santísima. Recordemos que los católicos no veneran un Concilio, ni el Vaticano II ni el de Trento, sino la Santísima Trinidad, el Único Dios Verdadero; no veneran una declaración conciliar o una exhortación postsinodal, sino la Verdad que estos actos del Magisterio transmiten.
Usted me preguntaa: “¿Cómo fueron engañados todos los padres del Concilio?” Respondo aprovechando mi experiencia de esos años y las palabras de mis hermanos con los que discutí en ese momento. Nadie podía imaginar que en el seno del cuerpo eclesiástico existían fuerzas hostiles tan poderosas y organizadas que podían lograr rechazar los esquemas preparatorios perfectamente ortodoxos que habían sido preparados por los cardenales y prelados con una fidelidad inquebrantable a la Iglesia, sustituyéndolos por un conjunto de errores inteligentemente disfrazados detrás de discursos largos y deliberadamente equívocos. Nadie podría haber creído que, justo debajo de las bóvedas de la Basílica Vaticana, se podría convocar a los estados generales que decretarían la abdicación de la Iglesia Católica y la inauguración de la Revolución. (Como ya he mencionado en un artículo anterior, el cardenal Suenens llamó al Vaticano II “el 1789 de la Iglesia”). Los Padres del Concilio fueron objeto de un sensacional engaño, de un fraude que fue ingeniosamente perpetrado recurriendo a los medios más sutiles: se encontraron en minoría en los grupos lingüísticos, excluidos de las reuniones convocadas en el último momento, presionados a dar su placet haciéndoles creer que el Santo Padre lo quería. Y lo que los innovadores no lograron obtener en el aula conciliar, lo lograron en las comisiones y comités, gracias también al activismo de los teólogos y periti [peritos] que fueron acreditados y aclamados por una poderosa maquinaria mediática. Existe una amplia gama de estudios y documentos que atestiguan, por un lado, este sistemático proceder malicioso de algunos de los Padres del Concilio y, por otro, el ingenuo optimismo o descuido de otros Padres del Concilio bienintencionados. La actividad del Coetus Internationalis Patrum [que se opuso a los innovadores] poco o nada pudo hacer, cuando las violaciones de las reglas por parte de los progresistas fueron ratificadas en la misma Mesa Sagrada [por el Papa].
Aquellos que han mantenido que el “espíritu del Concilio” representó una interpretación heterodoxa o errónea del Vaticano II, se comprometieron en una operación innecesaria y dañina, aunque fueron impulsados de buena fe a hacerlo. Es comprensible que un cardenal u obispo quisiera defender el honor de la Iglesia y deseara que no fuera desacreditada ante los fieles y el mundo, por lo que se pensó que lo que los progresistas atribuyeron al Concilio era en realidad una tergiversación indebida, un forzamiento arbitrario. Pero si en aquel entonces era difícil pensar que una libertad religiosa condenada por Pío XI (Mortalium Animos) pudiera ser afirmada por Dignitatis Humanae, o que el Romano Pontífice pudiera ver su autoridad usurpada por un fantasmagórico colegio episcopal, hoy comprendemos que lo que fue astutamente ocultado en el Vaticano II es hoy afirmado ore rotundo en los documentos papales, precisamente en nombre de la aplicación coherente del Concilio.
Por otra parte, cuando hablamos comúnmente del espíritu de un acontecimiento, queremos decir precisamente que constituye el alma, la esencia de ese acontecimiento. Podemos, pues, afirmar que el espíritu del Concilio es el propio Concilio, que los errores del período posconciliar fueron contenidos in nuce [en germen] en las actas conciliares, así como se dice con razón que el Novus Ordo es la Misa del Concilio, aunque en presencia de los Padres del Concilio se celebrara la Misa que los progresistas llaman significativamente preconciliar. Y de nuevo: si el Vaticano II realmente no representó un punto de ruptura, ¿cuál es la razón para hablar de una Iglesia preconciliar y una iglesia posconciliar, como si se tratara de dos entidades diferentes, definidas en su esencia por el propio Concilio? Y si el Concilio estaba verdaderamente en línea con el ininterrumpido e infalible Magisterio de la Iglesia, ¿por qué es el único Concilio que plantea graves y serios problemas de interpretación, demostrando su heterogeneidad ontológica con respecto a otros Concilios?
Lawler: En segundo lugar, ¿cuál es la solución? El obispo Schneider propone que un futuro Pontífice debe repudiar los errores; el arzobispo Viganò lo encuentra inadecuado. Pero entonces, ¿cómo se pueden corregir los errores, de manera que se mantenga la autoridad de la enseñanza del magisterio?
Arzobispo Viganò: La solución, en mi opinión, reside sobre todo en un acto de humildad que todos nosotros, comenzando por la Jerarquía y el Papa, debemos reconocer la infiltración del enemigo en el corazón de la Iglesia, la ocupación sistemática de puestos clave en la Curia Romana, los seminarios y las escuelas eclesiásticas, la conspiración de un grupo de rebeldes -incluyendo, en primera línea, a la desviada Compañía de Jesús- que ha logrado dar la apariencia de legitimidad y legalidad a un acto subversivo y revolucionario. También debemos reconocer la insuficiencia de la respuesta del bien, la ingenuidad de muchos, el temor de otros y los intereses de los que se han beneficiado gracias a esa conspiración. Después de su triple negación de Cristo en el patio del sumo sacerdote, Pedro “flevit amare”, lloró amargamente. La tradición cuenta que el Príncipe de los Apóstoles tenía dos surcos en sus mejillas por el resto de sus días, como resultado de las lágrimas que derramó copiosamente, arrepintiéndose de su traición. Corresponderá a uno de sus sucesores, el Vicario de Cristo, en la plenitud de su poder apostólico, volver a unir el hilo de la Tradición allí donde fue cortado. Esto no será una derrota sino un acto de verdad, humildad y valentía. La autoridad e infalibilidad del Sucesor del Príncipe de los Apóstoles emergerá intacta y reconfirmada. De hecho, éstas no fueron deliberadamente cuestionadas en el Vaticano II, pero, irónicamente, estarán ahí en ese día futuro en el que un Pontífice corregirá los errores que ese Concilio permitió, bromeando con el equívoco de una autoridad que oficialmente negó tener, pero que toda la Jerarquía subrepticiamente dio a entender a los fieles que tenía, comenzando justamente por los Papas del Concilio.
Deseo recordar que para algunas personas lo expresado anteriormente puede sonar excesivo, porque parecería cuestionar la autoridad de la Iglesia y de los Romanos Pontífices. Sin embargo, ningún escrúpulo impidió la violación de la Bula Quo primum tempore de San Pío V, aboliendo de un día para otro toda la Liturgia Romana, el venerable tesoro milenario de la doctrina y la espiritualidad de la Misa tradicional, el inmenso patrimonio del canto gregoriano y de la música sagrada, la belleza de los ritos y de las vestiduras sagradas, desfigurando la armonía arquitectónica incluso en las basílicas más distinguidas, quitando balaustradas, altares monumentales y tabernáculos: todo fue sacrificado en el altar de la renovación conciliar del coram populo [cara al pueblo], con el agravante de haberlo hecho sólo porque esa Liturgia era admirablemente católica e irreconciliable con el espíritu del Vaticano II.
La Iglesia es una institución divina, y todo en ella debe comenzar con Dios y volver a Él. Lo que está en juego no es el prestigio de una clase dirigente, ni la imagen de una empresa o de un partido: se trata de la gloria de la Majestad de Dios, de no anular la Pasión de Nuestro Señor en la Cruz, de los sufrimientos de su Santísima Madre, de la sangre de los Mártires, del testimonio de los Santos, de la salvación eterna de las almas. Si por soberbia o desafortunada obstinación no sabemos reconocer el error y el engaño en que hemos caído, tendremos que dar cuenta a Dios, que es tan misericordioso con su pueblo cuando se arrepiente como implacable en la justicia cuando sigue a Lucifer en su non serviam.
Querido Doctor Lawler, para usted y sus lectores, le envío cordialmente mis saludos y la bendición de nuestro Señor, por la intercesión de Su y nuestra Madre Santísima.

San Bernardo y el Sagrado Corazón

“Verdaderamente, ¿en dónde hallarán los débiles una seguridad más cierta y firme que en las llagas del Salvador?

En ellas tengo mi morada con tanta mayor confianza cuanto Jesús es más poderoso para salvarme.

Puede enfurecerse el mundo, agobiarme la carne y perseguirme el diablo, que no por esto seré vencido, apoyándome sobre la piedra firme.

Ciertamente he pecado mucho, y mi conciencia se turba, pero el recuerdo de las llagas del Salvador impide que sea perturbada, ya que fue herido por causa de nuestras iniquidades.

¿Qué mal tan mortífero podemos imaginar que no pueda ser curado por la muerte de Cristo? Así, pues, si considero la eficacia y el poder de esta medicina, no temeré ninguna enfermedad por maligna que sea.

En cuanto a mí, estos bienes que me hacen falta, voy a buscarlos, lleno de confianza, en las entrañas del Señor rebosantes de misericordia; hay allí aberturas bastantes para que manen por ellas sus sagrados efluvios.

Horadaron sus manos y sus pies, y abrieron su costado de una lanzada; y por estas grietas yo puedo sorber la miel que destila la piedra y el óleo de la peña durísima; es decir, yo puedo gustar y ver cuán suave es el Señor.

Él formaba designios de paz, y yo lo ignoraba. Porque, ¿quién conoció jamás los pensamientos del Señor? ¿Quién fue su consejero? Mas los clavos que le atravesaron han sido para mí la llave que me ha permitido penetrar en los secretos de su voluntad.

¿Qué es lo que veo por estas aberturas? Claman los clavos, claman las llagas, diciendo que Dios está realmente en Jesucristo reconciliándose con el mundo.

Por el hierro traspaso su alma, y llego hasta su Corazón, a fin de que se compadezca de mis dolencias.

Queda abierto el arcano del Corazón mediante la herida del cuerpo. De esta manera queda manifiesto aquel gran misterio de piedad, y se nos muestran las entrañas de misericordia de Nuestro Dios por las cuales nos ha visitado el Oriente que viene de lo alto.

¿A qué fin se nos manifiestan las entrañas por medio de las heridas? ¿Podía darse algo que mostrara mejor que vuestras llagas vuestra bondad, vuestra mansedumbre y la grandeza de vuestra misericordia? Nadie puede dar una mayor prueba de misericordia que el dar la vida por los delincuentes condenados a muerte.

La misericordia del Señor es, pues, mi mérito. No estaré privado de méritos mientras Él no lo esté de misericordia. Mas como las misericordias del Señor son eternas, yo cantaré eternamente las misericordias del Señor”