Entrevista histórica de Mons. Viganó

sábado, 27 de junio de 2020
EL ARZOBISPO VIGANÒ DE NUEVO ATACA RESUELTAMENTE AL VATICANO II

Entrevista a Mons. Carlo María Viganò por el Doctor Phil Lawler
Fuente
Lawler: En primer lugar, ¿qué dice usted acerca del Vaticano II? Que las cosas han ido cuesta abajo rápidamente desde entonces, es totalmente cierto. Pero si todo el Concilio es un problema, ¿cómo sucedió eso? ¿Cómo reconciliamos eso con lo que creemos sobre la inerrancia del magisterio? ¿Cómo fueron engañados todos los padres del Concilio? Aunque sólo algunas partes del Concilio (por ejemplo, Nostra Aetate, Dignitatis Humanae) son problemáticas, seguimos enfrentándonos a las mismas preguntas. Muchos de nosotros hemos estado diciendo durante años que el “espíritu del Vaticano II” está en error. ¿Está diciendo ahora que este falso “espíritu” liberal refleja con precisión la obra del Concilio?
Arzobispo Viganò: No creo que sea necesario demostrar que el Concilio representa un problema: el simple hecho de que estemos planteando esta cuestión sobre el Vaticano II y no sobre Trento o el Vaticano I, parece confirmar un hecho que es obvio y reconocido por todos. En realidad, incluso aquellos que defienden el Concilio con las espadas desenvainadas lo consideran como algo aparte de todos los otros concilios ecuménicos anteriores, de los que ni siquiera de uno se dijo que fuera un concilio pastoral. Y nótese que lo llaman “el Concilio” por excelencia, como si fuera el único concilio en toda la historia de la Iglesia, o al menos lo consideran como un unicum, ya sea por la formulación de su doctrina o por la autoridad de su magisterio. Es un concilio que, a diferencia de todos los que lo precedieron, se llamó a sí mismo concilio pastoral, declarando que no quería proponer ninguna nueva doctrina, pero que de hecho creó una distinción entre el antes y el después, entre un concilio dogmático y un concilio pastoral, entre cánones inequívocos y frases vacías, entre el anathema sit y guiñar el ojo al mundo.
En este sentido, creo que el problema de la infalibilidad del Magisterio (la inerrancia que usted menciona es propiamente una cualidad de la Sagrada Escritura) ni siquiera se plantea, porque el Legislador, es decir, el Romano Pontífice en torno al cual se convocó el Concilio, afirmó solemne y claramente que no quería utilizar la autoridad doctrinal que podría haber ejercido si hubiera querido. Quisiera hacer la observación de que no hay nada más pastoral que lo que se propone como dogmático, porque el ejercicio del munus docendi en su forma más elevada coincide con la orden que el Señor dio a Pedro de apacentar sus ovejas y corderos. Sin embargo, esta oposición entre dogmático y pastoral fue hecha precisamente por quien, en su discurso de apertura del Concilio, pretendió dar un sentido severo al dogma y un sentido más suave y conciliador a la pastoral. También encontramos el mismo escenario en las intervenciones de Bergoglio, donde identifica la “pastoralidad” como una versión suave de la rígida enseñanza católica en materia de fe y moral, en nombre del discernimiento.
Es doloroso reconocer que la práctica de recurrir a un léxico equívoco, utilizando términos católicos entendidos de manera impropia, invadió la Iglesia a partir del Vaticano II, que es el primer y más emblemático ejemplo del llamado “circiterismo”: el uso equívoco e intencionadamente impreciso del lenguaje. Esto sucedió porque el Aggiornamento, un término en sí mismo promovido ideológicamente por el Concilio como un absoluto, abrazó el diálogo con el mundo como su prioridad por encima de todo.
Hay otro error que debe ser aclarado. Si por un lado Juan XXIII y Pablo VI declararon que no querían comprometer al Concilio en la definición de nuevas doctrinas y querían que se limitara a ser sólo pastoral, por otro lado, es cierto que externamente -mediáticamente o en los medios de comunicación, diríamos hoy- el énfasis dado a sus actos fue enorme. Este énfasis sirvió para transmitir la idea de una presunta autoridad doctrinal, de una infalibilidad magistral implícita, aunque éstas fueron claramente excluidas desde el principio.
Si se hizo hincapié en ello fue para que las instancias más o menos heterodoxas se percibieran como autorizadas y, por lo tanto, fueran aceptadas por el clero y los fieles. Pero esto bastaría para desacreditar a los autores de un engaño similar, que todavía hoy gritan si alguien toca Nostra Aetate, mientras que permanecen en silencio aunque se niegue la divinidad de Nuestro Señor o la perpetua virginidad de María Santísima. Recordemos que los católicos no veneran un Concilio, ni el Vaticano II ni el de Trento, sino la Santísima Trinidad, el Único Dios Verdadero; no veneran una declaración conciliar o una exhortación postsinodal, sino la Verdad que estos actos del Magisterio transmiten.
Usted me preguntaa: “¿Cómo fueron engañados todos los padres del Concilio?” Respondo aprovechando mi experiencia de esos años y las palabras de mis hermanos con los que discutí en ese momento. Nadie podía imaginar que en el seno del cuerpo eclesiástico existían fuerzas hostiles tan poderosas y organizadas que podían lograr rechazar los esquemas preparatorios perfectamente ortodoxos que habían sido preparados por los cardenales y prelados con una fidelidad inquebrantable a la Iglesia, sustituyéndolos por un conjunto de errores inteligentemente disfrazados detrás de discursos largos y deliberadamente equívocos. Nadie podría haber creído que, justo debajo de las bóvedas de la Basílica Vaticana, se podría convocar a los estados generales que decretarían la abdicación de la Iglesia Católica y la inauguración de la Revolución. (Como ya he mencionado en un artículo anterior, el cardenal Suenens llamó al Vaticano II “el 1789 de la Iglesia”). Los Padres del Concilio fueron objeto de un sensacional engaño, de un fraude que fue ingeniosamente perpetrado recurriendo a los medios más sutiles: se encontraron en minoría en los grupos lingüísticos, excluidos de las reuniones convocadas en el último momento, presionados a dar su placet haciéndoles creer que el Santo Padre lo quería. Y lo que los innovadores no lograron obtener en el aula conciliar, lo lograron en las comisiones y comités, gracias también al activismo de los teólogos y periti [peritos] que fueron acreditados y aclamados por una poderosa maquinaria mediática. Existe una amplia gama de estudios y documentos que atestiguan, por un lado, este sistemático proceder malicioso de algunos de los Padres del Concilio y, por otro, el ingenuo optimismo o descuido de otros Padres del Concilio bienintencionados. La actividad del Coetus Internationalis Patrum [que se opuso a los innovadores] poco o nada pudo hacer, cuando las violaciones de las reglas por parte de los progresistas fueron ratificadas en la misma Mesa Sagrada [por el Papa].
Aquellos que han mantenido que el “espíritu del Concilio” representó una interpretación heterodoxa o errónea del Vaticano II, se comprometieron en una operación innecesaria y dañina, aunque fueron impulsados de buena fe a hacerlo. Es comprensible que un cardenal u obispo quisiera defender el honor de la Iglesia y deseara que no fuera desacreditada ante los fieles y el mundo, por lo que se pensó que lo que los progresistas atribuyeron al Concilio era en realidad una tergiversación indebida, un forzamiento arbitrario. Pero si en aquel entonces era difícil pensar que una libertad religiosa condenada por Pío XI (Mortalium Animos) pudiera ser afirmada por Dignitatis Humanae, o que el Romano Pontífice pudiera ver su autoridad usurpada por un fantasmagórico colegio episcopal, hoy comprendemos que lo que fue astutamente ocultado en el Vaticano II es hoy afirmado ore rotundo en los documentos papales, precisamente en nombre de la aplicación coherente del Concilio.
Por otra parte, cuando hablamos comúnmente del espíritu de un acontecimiento, queremos decir precisamente que constituye el alma, la esencia de ese acontecimiento. Podemos, pues, afirmar que el espíritu del Concilio es el propio Concilio, que los errores del período posconciliar fueron contenidos in nuce [en germen] en las actas conciliares, así como se dice con razón que el Novus Ordo es la Misa del Concilio, aunque en presencia de los Padres del Concilio se celebrara la Misa que los progresistas llaman significativamente preconciliar. Y de nuevo: si el Vaticano II realmente no representó un punto de ruptura, ¿cuál es la razón para hablar de una Iglesia preconciliar y una iglesia posconciliar, como si se tratara de dos entidades diferentes, definidas en su esencia por el propio Concilio? Y si el Concilio estaba verdaderamente en línea con el ininterrumpido e infalible Magisterio de la Iglesia, ¿por qué es el único Concilio que plantea graves y serios problemas de interpretación, demostrando su heterogeneidad ontológica con respecto a otros Concilios?
Lawler: En segundo lugar, ¿cuál es la solución? El obispo Schneider propone que un futuro Pontífice debe repudiar los errores; el arzobispo Viganò lo encuentra inadecuado. Pero entonces, ¿cómo se pueden corregir los errores, de manera que se mantenga la autoridad de la enseñanza del magisterio?
Arzobispo Viganò: La solución, en mi opinión, reside sobre todo en un acto de humildad que todos nosotros, comenzando por la Jerarquía y el Papa, debemos reconocer la infiltración del enemigo en el corazón de la Iglesia, la ocupación sistemática de puestos clave en la Curia Romana, los seminarios y las escuelas eclesiásticas, la conspiración de un grupo de rebeldes -incluyendo, en primera línea, a la desviada Compañía de Jesús- que ha logrado dar la apariencia de legitimidad y legalidad a un acto subversivo y revolucionario. También debemos reconocer la insuficiencia de la respuesta del bien, la ingenuidad de muchos, el temor de otros y los intereses de los que se han beneficiado gracias a esa conspiración. Después de su triple negación de Cristo en el patio del sumo sacerdote, Pedro “flevit amare”, lloró amargamente. La tradición cuenta que el Príncipe de los Apóstoles tenía dos surcos en sus mejillas por el resto de sus días, como resultado de las lágrimas que derramó copiosamente, arrepintiéndose de su traición. Corresponderá a uno de sus sucesores, el Vicario de Cristo, en la plenitud de su poder apostólico, volver a unir el hilo de la Tradición allí donde fue cortado. Esto no será una derrota sino un acto de verdad, humildad y valentía. La autoridad e infalibilidad del Sucesor del Príncipe de los Apóstoles emergerá intacta y reconfirmada. De hecho, éstas no fueron deliberadamente cuestionadas en el Vaticano II, pero, irónicamente, estarán ahí en ese día futuro en el que un Pontífice corregirá los errores que ese Concilio permitió, bromeando con el equívoco de una autoridad que oficialmente negó tener, pero que toda la Jerarquía subrepticiamente dio a entender a los fieles que tenía, comenzando justamente por los Papas del Concilio.
Deseo recordar que para algunas personas lo expresado anteriormente puede sonar excesivo, porque parecería cuestionar la autoridad de la Iglesia y de los Romanos Pontífices. Sin embargo, ningún escrúpulo impidió la violación de la Bula Quo primum tempore de San Pío V, aboliendo de un día para otro toda la Liturgia Romana, el venerable tesoro milenario de la doctrina y la espiritualidad de la Misa tradicional, el inmenso patrimonio del canto gregoriano y de la música sagrada, la belleza de los ritos y de las vestiduras sagradas, desfigurando la armonía arquitectónica incluso en las basílicas más distinguidas, quitando balaustradas, altares monumentales y tabernáculos: todo fue sacrificado en el altar de la renovación conciliar del coram populo [cara al pueblo], con el agravante de haberlo hecho sólo porque esa Liturgia era admirablemente católica e irreconciliable con el espíritu del Vaticano II.
La Iglesia es una institución divina, y todo en ella debe comenzar con Dios y volver a Él. Lo que está en juego no es el prestigio de una clase dirigente, ni la imagen de una empresa o de un partido: se trata de la gloria de la Majestad de Dios, de no anular la Pasión de Nuestro Señor en la Cruz, de los sufrimientos de su Santísima Madre, de la sangre de los Mártires, del testimonio de los Santos, de la salvación eterna de las almas. Si por soberbia o desafortunada obstinación no sabemos reconocer el error y el engaño en que hemos caído, tendremos que dar cuenta a Dios, que es tan misericordioso con su pueblo cuando se arrepiente como implacable en la justicia cuando sigue a Lucifer en su non serviam.
Querido Doctor Lawler, para usted y sus lectores, le envío cordialmente mis saludos y la bendición de nuestro Señor, por la intercesión de Su y nuestra Madre Santísima.

Histórica carta de Viganó

“Monseñor” Viganó condena el Concilio Vaticano II y lo coloca como el origen de una nueva y falsa Iglesia paralela “diametralmente opuesta a la religión católica”.

Esta es una carta historica que bien podría pensarse venir de la pluma de Mons Marcel Lefebvre.

Solo le faltaría a Mons. Viganó pedir a los católicos se abstengan de los nuevos Sacramentos promulgados a raíz del Concilio Vaticano II que ya no confieren la gracia y que fueron gravemente modificados.

A continuación la carta de Mons Vigano:

“9 de junio de 2020
San Efrén

He leído con gran interés el ensayo de Su Excelencia, Mons. Athanasius Schneider, publicado en LifeSiteNews el 1 de junio, posteriormente traducido al italiano por Chiesa e post concilio, titulado “No existe la voluntad divina positiva de que haya diversidad de religiones ni hay un derecho natural a dicha diversidad”. El estudio de Su Excelencia resume, con la claridad que distingue las palabras de quienes hablan de acuerdo con Cristo, las objeciones contra la supuesta legitimidad del ejercicio de la libertad religiosa teorizada por el Concilio Vaticano II en contradicción con el testimonio de la Sagrada Escritura y con la voz de la Tradición, y en contradicción también con el Magisterio católico, que es el fiel guardián de ambas.

El mérito del ensayo de Su Excelencia consiste, primero que nada, en su comprensión del vínculo causal entre los principios enunciados -o implícitos- del Concilio Vaticano II y su consiguiente efecto lógico en las desviaciones doctrinales, morales, litúrgicas y disciplinarias que han surgido y se están desarrollando progresivamente hasta el día de hoy.

El monstruo generado en los círculos modernistas podría haber sido, al comienzo, equívoco, pero ha crecido y se ha fortalecido, de modo que hoy se muestra como lo que verdaderamente es en su naturaleza subversiva y rebelde. La criatura concebida en aquellos tiempos es siempre la misma, y sería ingenuo pensar que su perversa naturaleza podría cambiar. Los intentos de corregir los excesos conciliares -invocando la hermenéutica de la continuidad- han demostrado no tener éxito: Naturam expellas furca, tamen usque recurret [“Expulsa a la naturaleza con una horqueta: regresará”] (Horacio, Epist., I, 10, 24). La Declaración de Abu Dhabi -y como Mons. Schneider acertadamente observa, sus primeros síntomas en el panteón de Asís- “fue concebida en el espíritu del Concilio Vaticano II”, como lo afirma Bergoglio, orgullosamente.

Este “espíritu del Concilio” es la patente de legitimidad que los innovadores oponen a sus críticos, sin darse cuenta de que ello es confesar, precisamente, un legado que confirma no sólo la naturaleza errada de las declaraciones presentes, sino también la matriz herética que supuestamente las justifica. Si se mira más de cerca, jamás en la historia de la Iglesia un Concilio se ha presentado a sí mismo como un hecho histórico diferente de todos los concilios anteriores: jamás se ha hablado del “espíritu del Concilio de Nicea” o del “espíritu del Concilio de Ferrara-Florencia” ni, mucho menos, del “espíritu del Concilio de Trento”. Tampoco existió jamás una era “post-conciliar” después del Letrán IV o del Vaticano I.

La razón de ello es obvia: estos Concilios fueron todos, sin distinción alguna, expresión unánime de la voz de la Santa Madre Iglesia, y por esta misma causa, voz de Nuestro Señor Jesucristo. Es elocuente que quienes sostienen la novedad del Concilio Vaticano II adhieran también a la doctrina herética que pone al Dios del Antiguo Testamente en oposición al Dios del Nuevo Testamento, como si pudiera existir contradicción entre las Divinas Personas de la Santísima Trinidad. Evidentemente esta oposición, que es casi gnóstica o cabalística, es funcional para la legitimación de un sujeto nuevo, que se quiere diferente y opuesto a la Iglesia católica. Los errores doctrinales casi siempre revelan algún tipo de herejía trinitaria, y por tanto es mediante el regreso a la proclamación del dogma trinitario que las doctrinas que se le oponen pueden ser derrotadas: ut in confessione veræ sempiternæque deitatis, et in Personis proprietas, et in essentia unitas, et in majestate adoretur æqualitas: confesando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las Personas, la unidad en la esencia y la igualdad en la Majestad.

Juan Pablo II en el encuentro ecuménico de Asís de 1986(Foto: Asianews)
Mons. Schneider cita varios cánones de los Concilios Ecuménicos que proponen lo que, en su opinión, son doctrinas difíciles de aceptar hoy, como, por ejemplo, la obligación de diferenciar a los judíos por las ropas, o la prohibición de que los cristianos sirvan a patrones mahometanos o judíos. Entre esos ejemplos existe también la exigencia de la traditio instrumentorum proclamada por el Concilio de Florencia, que fue posteriormente corregida por la Constitución Apostólica Sacramentum Ordinis de Pío XII. Mons. Schneider comenta: “Se puede rectamente esperar y creer que un futuro Papa o Concilio Ecuménico corrija las declaraciones erróneas hechas” por el Concilio Vaticano II. Esto me parece ser un argumento que, aunque hecho con la mejor de las intenciones, debilita el edificio católico desde sus mismos fundamentos. Si de hecho admitimos que puede haber actos magisteriales que, por el cambio en la sensibilidad, son susceptibles de abrogación, modificación o diferente interpretación por el paso del tiempo, caemos inevitablemente en la condenación del Decreto Lamentabili, y terminamos concediendo justificaciones a quienes, recientemente, y precisamente sobre la base de aquel erróneo supuesto, han declarado que la pena de muerte “no es conforme al Evangelio”, enmendando así el Catecismo de la Iglesia Católica. De acuerdo con el mismo principio, podríamos sostener que las palabras del Beato Pío IX en Quanta Cura fueron en cierta forma corregidas por el Concilio Vaticano II, tal como Su Excelencia espera que ocurra con Dignitatis Humanae. +

Ninguno de los ejemplos que ofrece Su Excelencia es, en sí mismo, gravemente erróneo o herético: el hecho de que el Concilio de Florencia declarara que la traditio instrumentorum era necesaria para la validez de las órdenes no comprometió de ningún modo el ministerio sacerdotal en la Iglesia, haciendo que se confirieran órdenes inválidas. No me parece tampoco que se pueda afirmar que este aspecto, a pesar de su importancia, haya conducido a errores doctrinales por parte de los fieles, algo que sí ha ocurrido, por el contrario, sólo en el último Concilio. Y cuando en el curso de la historia se han difundido diversas herejías, la Iglesia siempre ha intervenido prontamente para condenarlas, como ocurrió en el tiempo del Sínodo de Pistoya de 1786, que fue en cierto modo un anticipo del Concilio Vaticano II, especialmente en su abolición de la comunión fuera de la Misa, la introducción de la lengua vernácula, y la abolición de las oraciones del Canon dichas en voz baja, pero especialmente en la teorización sobre el fundamento de la colegialidad episcopal, reduciendo la primacía del Papa a una función meramente ministerial. El releer las actas de aquel Sínodo causa estupor por la formulación literal de los mismos errores que encontramos posteriormente, aumentados, en el Concilio que presidieron Juan XXIII y Pablo VI. Por otra parte, tal como la Verdad procede de Dios, el error es alimentado por el Adversario y se alimenta de él, que odia a la Iglesia de Cristo y su corazón, la Santa Misa y la Santísima Eucaristía.

Llega un momento en nuestras vidas en que, por disposición de la Providencia, nos enfrentamos a una opción decisiva para el futuro de la Iglesia y para nuestra salvación eterna. Me refiero a la opción entre comprender el error en que prácticamente todos hemos caído, casi siempre sin mala intención, y seguir mirando para el otro lado o justificándonos a nosotros mismos.

También hemos cometido, entre otros, el error de considerar a nuestros interlocutores como personas que, a pesar de la diferencia de ideas y de fe, se han movido siempre por buenas intenciones y que estarían dispuestas a corregir sus errores si pudieran convertirse a nuestra Fe. Junto con numerosos Padres Conciliares, concebimos el ecumenismo como un proceso, como una invitación que llama a los disidentes a la única Iglesia de Cristo, a los idólatras y paganos al único Dios verdadero, al pueblo judío al Mesías prometido. Pero desde el instante en que fue teorizado en las comisiones conciliares, el ecumenismo fue entendido de un modo que está en directa oposición con la doctrina previamente sostenida por el Magisterio.

Hemos pensado que ciertos excesos eran sólo exageraciones de los que se dejaron arrastrar por el entusiasmo de novedades, y creímos sinceramente que ver a Juan Pablo II rodeado por brujos sanadores, monjes budistas, imanes, rabíes, pastores protestantes y otros herejes era prueba de la capacidad de la Iglesia de convocar a todos los pueblos para pedir a Dios la paz, cuando el autorizado ejemplo de esta acción iniciaba una desviada sucesión de panteones más o menos oficiales, hasta el punto de ver a algunos obispos portar el sucio ídolo de la pachamama sobre sus hombros, escondido sacrílegamente con el pretexto de ser una representación de la sagrada maternidad.

Juan Pablo II recibe una bendición ritual de parte un chaman durante una de sus visitas a Estados Unidos(Foto: Burbuja)
Pero si la imagen de una divinidad infernal pudo ingresar a San Pedro, fue parte de un crescendo que algunos previeron como un comienzo. Hoy hay muchos católicos practicantes, y quizá la mayor parte del clero católico, que están convencidos de que la Fe católica ya no es necesaria para la salvación eterna: creen que el Dios Uno y Trino revelado a nuestros padres es igual que el dios de Mahoma. Hace veinte años oímos esto repetido desde los púlpitos y las cátedras episcopales, pero recientemente lo hemos oído, afirmado con énfasis, incluso desde el más alto Trono.

Sabemos muy bien que, invocando la palabra de la Escritura Littera enim occidit, spiritus autem vivificat [“La letra mata, el espíritu da vida” (2 Cor 3, 6)], los progresistas y modernistas astutamente encontraron cómo esconder expresiones equívocas en los textos conciliares, que en su tiempo parecieron inofensivos pero que, hoy, revelan su valor subversivo. Es el método usado en la frase subsistit in: decir una semi-verdad como para no ofender al interlocutor (suponiendo que es lícito silenciar la verdad de Dios por respeto a sus criaturas), pero con la intención de poder usar un semi-error que sería instantáneamente refutado si se proclamara la verdad entera. Así, “Ecclesia Christi subsistit in Ecclesia Catholica” no especifica la identidad de ambas, pero sí la subsistencia de una en la otra y, en pro de la coherencia, también en otras iglesias: he aquí la apertura a celebraciones interconfesionales, a oraciones ecuménicas, y al inevitable fin de la necesidad de la Iglesia para la salvación, en su unicidad y en su naturaleza misionera.

Puede que algunos recuerden que los primeros encuentros ecuménicos tuvieron lugar con los cismáticos del Oriente, y muy prudentemente con otras sectas protestantes. Fuera de Alemania, Holanda y Suiza, al comienzo los países de tradición católica no vieron con buenos ojos las celebraciones mixtas en que había juntos pastores protestantes y sacerdotes católicos. Recuerdo que en aquellos años se habló de eliminar la penúltima doxología del Veni Creator para no ofender a los ortodoxos, que no aceptan el Filioque. Hoy escuchamos los surahs del Corán leídos desde el púlpito de nuestras iglesias, vemos un ídolo de madera adorado por hermanas y hermanos religiosos, oímos a los obispos desautorizar lo que hasta ayer nos parecía ser las excusas más plausibles de tantos extremismos. Lo que el mundo quiere, por instigación de la masonería y sus infernales tentáculos, es crear una religión universal que sea humanitaria y ecuménica, de la cual es expulsado el celoso Dios que adoramos. Y si esto es lo que el mundo quiere, todo paso en esa dirección que dé la Iglesia es una desafortunada elección que se volverá en contra de quienes creen que pueden burlarse de Dios. No se puede dar de nuevo vida a las esperanzas de la Torre de Babel, con un plan globalizante que tiene como meta la neutralización de la Iglesia católica a fin de reemplazarla por una confederación de idólatras y herejes unidos por el ambientalismo y la fraternidad universal. No puede haber hermandad sino en Cristo, y sólo en Cristo: qui non est mecum, contra me est.

Es desconcertante que tan poca gente se dé cuenta de esta carrera hacia el precipicio, y que pocos adviertan la responsabilidad de los niveles más altos de la Iglesia que apoyan estas ideologías anti cristianas, como si los líderes de la Iglesia quisieran la garantía de que tendrán un lugar y un papel en el carro del pensamiento correcto. Y es sorprendente que haya gente que persista en la negativa a investigar las causas de fondo de la presente crisis, limitándose a deplorar los excesos actuales como si no fueran la consecuencia inevitable de un plan orquestado hace ya décadas. El que la pachamama haya sido adorada en una iglesia, se lo debemos a Dignitatis Humanae. El que tengamos una liturgia protestantizada y a veces incluso paganizada, se lo debemos a la revolucionaria acción de monseñor Annibale Bugnini y a las reformas postconciliares. La firma de la Declaración de Abu Dabhi, se la debemos a Nostra Aetate. Y si hemos llegado hasta delegar decisiones en las Conferencias Episcopales -incluso con grave violación del Concordato, como es el caso en Italia-, se lo debemos a la colegialidad y a su versión puesta al día, la sinodalidad. Gracias a la sinodalidad nos encontramos con Amoris Laetitia y teniendo que ver el modo de impedir que aparezca lo que era obvio para todos: este documento, preparado por una impresionante máquina organizacional, pretendió legitimar la comunión a los divorciados y convivientes, tal como Querida Amazonia va a ser usada para legitimar a la mujeres sacerdotes (como en el caso reciente de una “vicaria episcopal” en Friburgo de Brisgovia) y la abolición del Sagrado Celibato. Los prelados que enviaron las Dubia a Francisco, a mi juicio, evidenciaron la misma piadosa ingenuidad: pensar que Bergoglio, confrontado con una contestación razonablemente argumentada de su error, iba a comprender, a corregir los puntos heterodoxos y a pedir perdón.

Juan Pablo II besa el Corán(Foto: Pinterest)
El Concilio fue usado para legitimar las más aberrantes desviaciones doctrinales, las más osadas innovaciones litúrgicas y los más inescrupulosos abusos, todo ello mientras la Autoridad guardaba silencio. Se exaltó de tal modo a este Concilio que se lo presentó como la única referencia legítima para los católicos, para el clero, para los obispos, oscureciendo y connotando con una nota de desprecio la doctrina que la Iglesia había siempre enseñado autorizadamente, y prohibiendo la liturgia perenne que había, durante milenios, alimentado la fe de una línea ininterrumpida de fieles, mártires y santos. Entre otras cosas, este Concilio ha demostrado ser el único que ha causado tantos problemas interpretativos y tantas contradicciones respecto del Magisterio precedente, en tanto que no existe ni un solo Concilio -desde el Concilio de Jerusalén hasta el Vaticano I- que no haya armonizado perfectamente con todo el Magisterio o que haya necesitado tanta interpretación.

Confieso con serenidad y sin controversia: fui una de las muchas personas que, a pesar de tantas perplejidades y temores como hoy se ha demostrado ser legítimos, confié en la autoridad de la Jerarquía con incondicional obediencia. En realidad, creo que mucha gente, incluido yo mismo, no consideró en un comienzo la posibilidad de que pudiera haber un conflicto entre la obediencia a una orden de la Jerarquía y la fidelidad a la Iglesia. Lo que hizo tangible esta separación no natural, diría incluso perversa, entre la Jerarquía y la Iglesia, entre la obediencia y la fidelidad, fue ciertamente el presente pontificado.

En la Sala de Lágrimas, adyacente a la Capilla Sixtina, mientras monseñor Guido Marini preparaba el roquete, la muceta y la estola para la primera aparición del Papa “recién elegido”, Bergoglio exclamó: “Sono finite le carnevalate!” [“Se acabó el carnaval”], rehusando desdeñosamente las insignias que todos los Papas hasta ahora habían aceptado, humildemente, como el atuendo del Vicario de Cristo. Pero esas palabras contenían una verdad, aunque dicha involuntariamente: el 23 de marzo de 2013, los conspiradores dejaron caer la máscara, libres ya de la inconveniente presencia de Benedicto XVI y osadamente orgullosos de haber finalmente promovido a un Cardenal que representaba sus ideas, su modo de revolucionar la Iglesia, de hacer maleable la doctrina, adaptable la moral, adulterable la liturgia y desechable la disciplina. Todo esto se consideró, por los mismos protagonistas de la conspiración, como lógica consecuencia y obvia aplicación del Concilio Vaticano II que, según ellos, había sido debilitado por las críticas hechas por Benedicto XVI. La mayor osadía de ese Pontificado fue el permiso para celebrar libremente la venerada liturgia tridentina, cuya legitimidad fue finalmente reconocida, refutando cincuenta años de ilegítimo ostracismo. No es un accidente el que los partidarios de Bergoglio sean los mismos que vieron el Concilio como el primer paso de una nueva Iglesia, antes de la cual había existido una vieja religión con una vieja liturgia.

El papa Francisco junto a una machi mapuche durante su visita a Chile en 2018 (Foto: El País)
No es accidente: lo que estos hombres afirman impunemente, escandalizando a los moderados, es lo mismo que creen los católicos, vale decir, que a pesar de todos los esfuerzos de la hermenéutica de la continuidad, que naufragó miserablemente con la primera confrontación con la realidad de la presente crisis, es innegable que, desde el Concilio Vaticano II en adelante, se construyó una nueva iglesia, superimpuesta a la Iglesia de Cristo y diametralmente opuesta a ella. Esta Iglesia paralela oscureció progresivamente la institución divina fundada por el Señor, reemplazándola por una entidad espuria, que corresponde a la deseada religión universal, teorizada primeramente por la masonería. Expresiones como nuevo humanismo, fraternidad universal, dignidad del hombre, son muletillas del humanitarismo filantrópico que niega al verdadero Dios, de una solidaridad horizontal de inspiración vagamente espiritualista y de un irenismo ecuménico, condenado inequívocamente por la Iglesia. “Nam et loquela tua manifestum te facit [“Tus palabras te ponen en evidencia”]” (Mt 26, 73): este recurrir frecuente, incluso obsesivo, al mismo vocabulario de los enemigos revela la adhesión a la ideología inspirada por ellos. Por otra parte, la renuncia sistemática al lenguaje claro, inequívoco y cristalino de la Iglesia confirma el deseo de separarse no sólo de las formas católicas, sino incluso de su sustancia misma.

Lo que durante años hemos oído proclamar vagamente, sin connotaciones claras, desde el más alto de los Tronos, lo encontramos ahora, elaborado en un verdadero manifiesto propiamente tal, entre los partidarios del presente pontificado: la democratización de la Iglesia, ya no mediante la colegialidad inventada por el Concilio Vaticano II, sino por la vía sinodal inaugurada por el Sínodo de la Familia; la demolición del sacerdocio ministerial mediante su debilitamiento por las excepciones al celibato eclesiástico y la introducción de figuras femeninas con responsabilidades cuasi-sacerdotales; el silencioso tránsito desde un ecumenismo dirigido a los hermanos separados hacia una forma de pan-ecumenismo que reduce la Verdad del Dios Uno y Trino al nivel de las idolatrías y de las más infernales supersticiones; la aceptación de un diálogo interreligioso que presupone un relativismo religioso y excluye la proclamación misionera; la desmitologización del Papado, emprendida por Bergoglio como tema de su pontificado; la progresiva legitimación de todo lo que es políticamente correcto: la teoría de género, la sodomía, el matrimonio homosexual, las doctrinas maltusianas, el ecologismo, el inmigracionismo… Si no reconocemos que las raíces de estas desviaciones se encuentran en los principios establecidos por el último Concilio, será imposible encontrar una cura: si persiste de nuestra parte un diagnóstico que, contra todas las demostraciones, excluye la patología inicial, no podemos prescribir una terapia adecuada.

Esta operación de honestidad intelectual exige una gran humildad, primero que nada, para reconocer que, durante décadas, hemos sido conducidos al error, de buena fe, por personas que, constituidas en autoridad, no han sabido vigilar y cuidar al rebaño de Cristo: algunas de ellas, para poder llevar una vida tranquila, otras debido a que tienen demasiados compromisos, otras por conveniencia y, finalmente, otras de mala fe o incluso con un malicioso propósito. Estas últimas, que han traicionado a la Iglesia, deben ser identificadas, llevadas a un costado e invitadas a corregirse y, si no se arrepienten, deben ser expulsadas de los recintos sagrados. Así es como actúa el Pastor, que tiene en su corazón el bien de las ovejas y que da su vida por ellas. Hemos tenido y todavía tenemos demasiados mercenarios, para quienes la aprobación por parte de los enemigos de Cristo es más importante que la fidelidad a su Esposa.

Tal como, hace sesenta años, honesta y serenamente obedecí cuestionables órdenes, creyendo que representaban la amable voz de la Iglesia, hoy, con la misma serenidad y honestidad, reconozco que he sido engañado. Ser coherente hoy, perseverando en el error, constituiría una desgraciada elección y me convertiría en un cómplice de este fraude. Proclamar que existió claridad de juicio desde el principio no sería honesto: todos supimos que el Concilio iba a ser, más o menos, una revolución, pero no podíamos imaginar que iba a serlo de un modo tan devastador, incluso respecto a la obra de quienes deberían haberla evitado. Y si, hasta Benedicto XVI podíamos todavía pensar que el golpe de estado del Concilio Vaticano II (que el Cardenal Suenens llamó “el 1789 de la Iglesia”) estaba experimentando una desaceleración, en estos últimos años hasta el más ingenuo de entre nosotros ha comprendido que el silencio por temor a causar un cisma, el esfuerzo por remendar los documentos papales en sentido católico para remediar su intencionada ambigüedad, los llamados y dubia dirigidos a Francisco que han quedado elocuentemente sin respuesta, son formas de confirmación de la existencia de la más grave de las apostasías a que están expuestos los más altos niveles de la Jerarquía, en tanto que los fieles cristianos y el clero se sienten desesperadamente abandonados y son vistos por los obispos casi con enfado.

La Declaración de Abu Dhabi es la proclama ideológica de una idea de paz y cooperación entre las religiones que podría posiblemente ser tolerada si proviniera de paganos privados de la luz de la Fe y del fuego de la Caridad. Pero todo el que haya recibido la gracia de ser Hijo de Dios en virtud del Santo Bautismo debería horrorizarse con la idea de construir una versión, moderna y blasfema, de la Torre de Babel, buscando aunar a la única Iglesia de Cristo, heredera de las promesas hechas al Pueblo Elegido, con aquellos que niegan al Mesías y con quienes consideran que la idea misma de un Dios Trino y Uno es una blasfemia. El amor de Dios no tiene límites y no tolera compromisos, porque de otro modo no es, simplemente, Caridad, sin la cual no se puede permanecer en Él: qui manet in caritate, in Deo manet, et Deus in eo [quien permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él] (1 Jn 4, 16). Importa poco que se trate de una declaración o de un documento magisterial: sabemos bien que la mens subversiva de los innovadores juguetea con estas especies de puzzles a fin de difundir el error. Y sabemos bien que la finalidad de estas iniciativas ecuménicas e interreligiosas no es convertir a quienes están lejos de la única Iglesia de Cristo, sino desviar y corromper a quienes todavía creen en la Fe católica, llevándolos a pensar que es deseable tener una gran religión universal que reúna a las tres grandes religiones abrahámicas “en una sola casa”: ¡esto sería el triunfo del plan masónico de preparación del reino del Anticristo! No importa mucho que ello se materialice mediante una bula dogmática, una declaración, o una entrevista con Scalfari en La Repubblica, porque los partidarios de Bergoglio esperan la señal de su palabra, a la cual responderán con una serie de iniciativas que están preparadas y organizadas desde hace ya algún tiempo. Y si Bergoglio no cumple las instrucciones que ha recibido, hay cantidad de teólogos y de clérigos que están preparados para lamentarse de la “soledad del papa Francisco”, a fin de usar esto como premisa para su renuncia (pienso, por ejemplo, en Massimo Faggioli en uno de sus recientes ensayos). Por otra parte, no sería la primera vez que usan al Papa cuando éste actúa según el plan de ellos, y que se deshacen de él o lo atacan tan pronto como no lo hace.

El domingo pasado la Iglesia celebró a la Santísima Trinidad, y en el Breviario se recita el Symbolum Athanasianum, hoy puesto fuera de la ley por la liturgia conciliar, y ya reducido a sólo dos ocasiones en la reforma litúrgica de 1962. Las primeras palabras de ese suprimido Symbolum merecen estar escritas con letras de oro: “Quicumque vult salvus esse, ante omnia opus est ut teneat Catholicam fidem; quam nisi quisque integram inviolatamque servaverit, absque dubio in aeternum peribit [Quien quiera ser salvado, es necesario, antes que nada, que crea en la Fe católica, porque a menos que mantenga esta fe íntegra e inviolada, sin duda perecerá eternamente]”.

+ Carlo Maria Viganò

¿Es posible que la mujer participe del Sacerdocio?

¿ES POSIBLE EL SACERDOCIO FEMENINO?
El sexo femenino no puede recibir ningún tipo de Orden Sacerdotal.
La razón de ello es que no está en la naturaleza de la mujer serlo ya que Cristo, único y eterno Sacerdote, tiene sexo masculino (Gálatas 3,27-28). Además de esto, no hay ninguna ley positiva apostólica al respecto (“Las mujeres callen en la Iglesia” 1 Cor 14,34; 1Tim 2,11-12).
Las diaconisas de la Iglesia primitiva eran aquellas que se ocupaban de la instrucción de las mujeres catecúmenas, las que auxiliaban en el bautismo de inmersión de las mujeres, las que vigilaban la puerta de entrada de las mujeres durante la liturgia, y las que se dedicaban a las obras de caridad (Cons. Apostólica 8,28).
San Epifanio observa: “Todavía hay en la Iglesia una orden de diaconisas, ellas no fueron instituidas para las funciones sacerdotales o para algún servicio semejante, sino solo para velar por las buenas costumbres de las mujeres” (Haer. 79,3).
“Desde que el mundo es mundo jamás una mujer sirvió al Señor como sacerdote” (ib 70,2; cfr. Tertuliano, de vel. vig. 9).
Así como se ha encontrado éste título de diaconisa en los escritos antiguos, así también se han encontrado títulos como “sacerdotisas” o “obispas”, pero de ninguna manera se refieren éstos títulos a que estas mujeres tuvieran alguna orden sacerdotal. Estos títulos se usaban en aquella época para designar a las que habían sido esposas de los sacerdotes u obispos, especialmente cuando, al renunciar voluntariamente a su matrimonio, ellas habían permitido al marido abrazar el estado Sacerdotal. También se usaban esos títulos como costumbre de aquella época para llamar de ésta manera a las propias madres de los sacerdotes.
Más tarde existieron las Abadesas. Las Abadesas NO eran revestidas de ninguna función clerical como los Abades, sino que aunque recibían una bendición solemnísima durante la cuál se les hacía entrega de las insignias correspondientes a su cargo para ejercer cierta jurisdicción sobre los habitantes del Convento, sin embargo, como K.H. Shafer afirma, apoyado por las antiguas oraciones medievales (Const. apost. 8,19), de que a éstas Abadesas nunca jamás fueron promovidas a las Órdenes sagradas, y eso a pesar de la gran necesidad que llegaba a existir de tener más sacerdotes o ayuda sacerdotal; y eso lo prueba el hecho que que jamás en la historia de la Iglesia se le permitió a las mujeres la distribución de la Sagrada Eucaristía (La tradición de la Iglesia nos enseña de que ni siquiera la Santísima Virgen María tocó algún vez la Sagrada Hostia). 
Tertuliano escribe: “Non permittitur mulieri in ecclesia loqui, sed nec docere, nec tingere, nec offerre, nec ilíus viriles muneris, necdum sacerdotalis officii sortem sibi vindicare” (De vel. virgo. 9”. No está permitido que una mujer hable en la Iglesia, ni que enseñe, ni que se le laven los pies, ni ofrecer, ni que tenga responsabilidades, ni atribuirse ningún tipo de oficio sacerdotal”
Conclusión:
Por estos mismo motivos, a las mujeres jamás les fue permitido y jamás les podrá ser permitido (ni el Papa podrá cambiar ésto) alguna función sacerdotal como predicar, o bautizar, o distribuir la Santa Comunión, ni ser acólitos, ni ayudar en el Altar, ni hacer lecturas en la Iglesia.
Nota: Con respecto al diaconado femenino en la época apostólica, ver Rom 16,1.6,12: Tim 5,9-10