¿Es posible que la mujer participe del Sacerdocio?

¿ES POSIBLE EL SACERDOCIO FEMENINO?
El sexo femenino no puede recibir ningún tipo de Orden Sacerdotal.
La razón de ello es que no está en la naturaleza de la mujer serlo ya que Cristo, único y eterno Sacerdote, tiene sexo masculino (Gálatas 3,27-28). Además de esto, no hay ninguna ley positiva apostólica al respecto (“Las mujeres callen en la Iglesia” 1 Cor 14,34; 1Tim 2,11-12).
Las diaconisas de la Iglesia primitiva eran aquellas que se ocupaban de la instrucción de las mujeres catecúmenas, las que auxiliaban en el bautismo de inmersión de las mujeres, las que vigilaban la puerta de entrada de las mujeres durante la liturgia, y las que se dedicaban a las obras de caridad (Cons. Apostólica 8,28).
San Epifanio observa: “Todavía hay en la Iglesia una orden de diaconisas, ellas no fueron instituidas para las funciones sacerdotales o para algún servicio semejante, sino solo para velar por las buenas costumbres de las mujeres” (Haer. 79,3).
“Desde que el mundo es mundo jamás una mujer sirvió al Señor como sacerdote” (ib 70,2; cfr. Tertuliano, de vel. vig. 9).
Así como se ha encontrado éste título de diaconisa en los escritos antiguos, así también se han encontrado títulos como “sacerdotisas” o “obispas”, pero de ninguna manera se refieren éstos títulos a que estas mujeres tuvieran alguna orden sacerdotal. Estos títulos se usaban en aquella época para designar a las que habían sido esposas de los sacerdotes u obispos, especialmente cuando, al renunciar voluntariamente a su matrimonio, ellas habían permitido al marido abrazar el estado Sacerdotal. También se usaban esos títulos como costumbre de aquella época para llamar de ésta manera a las propias madres de los sacerdotes.
Más tarde existieron las Abadesas. Las Abadesas NO eran revestidas de ninguna función clerical como los Abades, sino que aunque recibían una bendición solemnísima durante la cuál se les hacía entrega de las insignias correspondientes a su cargo para ejercer cierta jurisdicción sobre los habitantes del Convento, sin embargo, como K.H. Shafer afirma, apoyado por las antiguas oraciones medievales (Const. apost. 8,19), de que a éstas Abadesas nunca jamás fueron promovidas a las Órdenes sagradas, y eso a pesar de la gran necesidad que llegaba a existir de tener más sacerdotes o ayuda sacerdotal; y eso lo prueba el hecho que que jamás en la historia de la Iglesia se le permitió a las mujeres la distribución de la Sagrada Eucaristía (La tradición de la Iglesia nos enseña de que ni siquiera la Santísima Virgen María tocó algún vez la Sagrada Hostia). 
Tertuliano escribe: “Non permittitur mulieri in ecclesia loqui, sed nec docere, nec tingere, nec offerre, nec ilíus viriles muneris, necdum sacerdotalis officii sortem sibi vindicare” (De vel. virgo. 9”. No está permitido que una mujer hable en la Iglesia, ni que enseñe, ni que se le laven los pies, ni ofrecer, ni que tenga responsabilidades, ni atribuirse ningún tipo de oficio sacerdotal”
Conclusión:
Por estos mismo motivos, a las mujeres jamás les fue permitido y jamás les podrá ser permitido (ni el Papa podrá cambiar ésto) alguna función sacerdotal como predicar, o bautizar, o distribuir la Santa Comunión, ni ser acólitos, ni ayudar en el Altar, ni hacer lecturas en la Iglesia.
Nota: Con respecto al diaconado femenino en la época apostólica, ver Rom 16,1.6,12: Tim 5,9-10

San Miguel Arcángel

El 13 de octubre de 1884, el Papa León XIII experimentó una visión horrible. Después de rezar la Santa Misa estaba consultando sobre ciertos temas con sus cardenales en la capilla privada del Vaticano cuando, de pronto, se detuvo al pie del altar y quedó sumido en una realidad que sólo él veía.

Su rostro tenía expresión de horror y de impacto. Se fue palideciendo. Algo muy grave había visto. De repente, se incorporó, levantó su mano como saludando y se fue a su estudio privado.

Lo siguieron y le preguntaron: ¿Qué le sucede su Santidad? ¿Se siente mal?

El respondió: ¡Oh, qué imágenes tan terribles se me han permitido ver y escuchar!, y se encerró en su oficina.

¿Qué vio León XIII? Él mismo lo relató más tarde: Vi demonios y oí sus crujidos, sus blasfemias, sus burlas. Oí la espeluznante voz de Satanás desafiando a Dios, diciendo que él podía destruir la Iglesia y llevar todo el mundo al infierno, si se le daba suficiente tiempo y poder. Satanás pidió permiso a Dios de tener cien años para poder influenciar al mundo como nunca antes había podido hacerlo.

También León XIII pudo comprender que, si el demonio no lograba cumplir su propósito en el tiempo permitido, sufriría una derrota humillante. Vio a San Miguel Arcángel aparecer y lanzar a Satanás con sus legiones en el abismo del infierno.

Después de media hora, llamó al Secretario para la Congregación de Ritos. Le entregó una hoja de papel y le ordenó que la enviara a todos los Obispos del mundo, indicando que, bajo mandato, tenía que ser recitada después de cada Misa la oración que ahí él había escrito.

Es la famosa oración que todos conocemos y rezamos con fervor: San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes. Y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén.

Obviamente es necesario seguir rezando esta oración y las preces prescritas para después de la Santa Misa

Necesitamos la ayuda de San Miguel Arcángel en estos tiempos apocalípticos. Necesitamos su intercesión como remedio contra los espíritus infernales, que se han desencadenado en el mundo moderno.

En estos tiempos, cuando la misma base de la sociedad está tambaleándose como consecuencia de haber negado los derechos de Dios, debemos revivir la devoción a San Miguel y con Él gritar: ¿Quién como Dios?

Ya lo había dicho San Francisco de Sales: La veneración a San Miguel es el más grande remedio en contra de la rebeldía y la desobediencia a los mandamientos de Dios, en contra del ateísmo, escepticismo y de la infidelidad.

Precisamente, estos pecados están al orden del día en nuestros tiempos. Más que nunca necesitamos la ayuda de San Miguel para mantenernos fieles en la Fe.

El ateísmo, la apostasía, la infidelidad, la perfidia han infiltrado todos los sectores de la sociedad humana. Es nuestra misión, como fieles católicos, confesar nuestra fe con valentía y gozo, y demostrar con celo nuestro amor por Jesucristo.

En el fin de los tiempos, la presencia y acción de San Miguel y sus Ángeles es más necesaria y valiosa que nunca.

Con sus Ángeles, librará la batalla victoriosa contra Satanás y los Ángeles rebeldes, los cuales serán arrojados del cielo, tal como lo narra el Apocalipsis:

Y se hizo guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles pelearon contra el dragón; y peleaba el dragón y sus ángeles, mas no prevalecieron, y no se halló más su lugar en el cielo. Y fue precipitado el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama el Diablo y Satanás, el engañador del universo. Arrojado fue a la tierra, y con el fueron arrojados sus ángeles. Y oí una gran voz en el cielo que decía: “Ahora ha llegado la salvación, el poderío y el reinado de nuestro Dios y el imperio de su Cristo, porque ha sido precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. Ellos lo han vencido en virtud de la sangre del Cordero y por la palabra, de la cual daban testimonio, menospreciando sus vidas hasta morir. Por tanto alegraos, oh cielos, y los que habitáis en ellos. Mas ¡ay de la tierra y del mar! porque descendió a vosotros el Diablo, lleno de gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo.”

Esta batalla no se es la misma que narra San Pedro, la cual hubo en el cielo cuando la defección de Lucifer, sino una batalla que tendrá lugar en los últimos tiempos, antes del desenlace final del misterio de iniquidad y la venida del Anticristo.

Entretanto, el dragón espera el momento, pues la lucha primordial se repetirá en los tiempos finales; y todos los intentos de Satanás serán arruinar a Cristo y a su obra.

Toda la vida de la Iglesia será sufrir los dolores que necesita sufrir para que los tiempos mesiánicos traigan a los hombres la paz de Cristo en el reino de Cristo.

Por todo esto, San Miguel es venerado como guardián de la Iglesia.

La Cruz es nuestra vida

Los sacramentos son armas poderosas que Dios nos da para santificarnos y fortalecernos. Nos da por medio de los sacramentos la gracia y fortaleza que necesitamos.
Los sacramentos nos incrementan la vida en el alma. Pero ellos NO son el árbol de la vida. El árbol de la vida es la Cruz. Su fruto son los Sacramentos. Uno no puede querer el fruto sin querer también el árbol. Uno no puede solo amar el fruto y despreciar al árbol.
Es en estos momentos cuando casi no tenemos sacerdotes ni sacramentos verdaderos cuando la Cruz, fuente de toda santidad nos es absolutamente necesaria. Nos encontramos en el presente estado de necesidad en una situación similar  en el que estuviera la iglesia del  Japón hace unos siglos.
Es ahora entonces cuando hay que meditar y profundizar en el hecho de que nuestro instrumento esencial,
La Cruz, la tendremos siempre ahí, nadie nos la puede quitar, solo depende de nosotros mismos que la abracemos para que nos santifique o de que la quitemos  para que sea nuestra perdición.
Dios dijo a Santa Catalina de Siena que muchos quieren ir directamente a Él para no pasar por la Cruz ya que en Él en  este momento no hay dolor; pero que esto NO es posible y añade: “En mi verdad, en mi palabra está el dolor. Así como en mi Cruz, en mi Pasión y muerte, ahí está el dolor, y nadie podrá venir a Mí si primero no pasa por la Cruz”.

Pero la Cruz es precisamente la parte que la mayoría de los católicos no quieren. Esto es lo que la Iglesia Conciliar y la falsa misa nueva enseñan. No están dispuestos a aceptar el dolor que causa la fidelidad a Cristo, la fidelidad a la Cruz,  la Cruz que causa la fidelidad a su verdad, el amor a la verdad, único amor capaz de hacernos libres.
La bendita Cruz es entonces, sin duda alguna, el medio más eficaz para llegar a Dios. Y esta, gracias a Dios todos la tenemos. NO busquemos la santificación donde Cristo NO la ofrece. Donde esta Cristo ahí está la Verdad, y donde esta la verdad está la Cruz y la salvación eterna.

Digamos con San Pablo “No me glorío sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo”. AMEN

¿ES CATÓLICO EL “REINO DE LA DIVINA VOLUNTAD” DE LUISA PICCARRETA?

¿ES CATÓLICO EL “REINO DE LA DIVINA VOLUNTAD” DE LUISA PICCARRETA?
¡No! Hay verdaderas herejías en los escritos de Luisa Piccarreta que explicaremos en seguida.
Herejías:
La primera y principal herejía es que viola claramente la noción católica de Revelación Divina y además el papel de la revelación privada en la Iglesia. Ella (Luisa) afirma claramente que lo que ha recibido es una “nueva revelación”, disponible únicamente a través de sus escritos. Esta herejía es sostenida, entre otros, por el Modernismo.
La segunda herejía se llama Monotelismo. Esta herejía fue presentada por el 3er Concilio de Constantinopla (680-681). La herejía propuso que en Cristo había en efecto una sola voluntad, la Divina Voluntad, y que la voluntad humana de Cristo estaba totalmente absorbida por la Divinidad. Esta “absorción” entonces no puede suceder. Es imposible que la voluntad de cualquier persona sea absorbida por la Divina Voluntad. Y eso es exactamente lo que Luisa enseña una y otra vez en sus “revelaciones”. Luisa enseña clara y repetidamente que cuando uno recibe este nuevo “Sacramento” de la Divina Voluntad, la voluntad humana deja de funcionar como tal, quedando solo la Divina Voluntad en nosotros. Repito, si esto ni siquiera pasa con Jesucristo, mucho menos pasará con nosotros. Es de fe que Nuestro Señor tiene dos voluntades, una divina y una humana.
La tercera herejía se llama Quietismo. Luisa sigue esta herejía enseñando la aniquilación interior, afirmando que por este medio se alcanza la santidad. Como consecuencia ella también afirma que nuestro libre albedrío no es responsable de nuestras acciones una vez que ésta se coloca en la Divina Voluntad.
Además, hay una condena formal de los libros de Luisa:
“El miércoles 13 de julio de 1938, en la Sesión General de la Suprema Congregación Sagrada del Santo Oficio, los Cardenales más Eminentes y Reverendos, preocupados por la defensa de la fe y la buena moral, siguiendo la recomendación anterior de los Reverendos Consultores, han CONDENADO y ordenado insertar en el Índice de libros prohibidos los siguientes trabajos escritos por Luisa Piccarreta y publicados por otros en diferentes momentos en varios lugares:
1. La Contemplación de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, junto con un Tratado sobre la Divina Voluntad.
2. El Reino de la Divina Voluntad.
3. La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad.
El jueves siguiente, 14 de julio del mismo mes y año, Nuestro Santísimo Padre, Pío XI, Papa por la Divina Providencia, en la audiencia habitual que otorgó a los mas Excelentes y Reverendos Asesores del Santo Oficio, aprobó la decisión de los Eminentísimos Cardenales, y confirmó y ordenó su publicación” (Acta Apostolicae Sedis, 30 de agosto de 1938).
PRINCIPIOS CATÓLICOS PARA TENER EN CUENTA:
1.- La fe cristiana no puede aceptar “revelaciones” que pretendan superar o corregir la Revelación que efectivamente se cerró con la muerte del último Apóstol, San Juan Evangelista.
2- La enseñanza dada en cualquier revelación privada debe ser sometida a las Sagradas Escrituras y la Tradición para probarla.
3.- Jesucristo y los apóstoles nos dieron todo lo que necesitamos para nuestra salvación y santificación hacia la más alta perfección. Enseñanzas que han sido transmitidas fielmente por la Iglesia Católica.
EJEMPLOS DE ESTAS HEREJIAS EN LOS LIBROS DE LUISA:
1. Jesús a Luisa: “Deseo emitir un tercer FIAT ya que no puedo contener más mi Amor. Esto completará el trabajo que comencé. De lo contrario el trabajo tanto de la Creación como de la Redención quedaría incompleto.¨ (BH, pág. 119). Va en contra de los principios 1 y 2.
2. Jesús a Luisa: “No habrá ni antes ni después de ti, ninguna criatura hacia quién obligaré, por necesidad, la ayuda de mis ministros”.
COMENTARIO: Uno no puede ser obligado por necesidad a seguir una revelación privada. (Principio 1 y 2)
3. Jesús a Luisa: “Mi madre tiene supremacía sobre toda la Iglesia. He hecho lo mismo contigo … todo lo que te revelo acerca de mi Voluntad: los Bienes que contiene y cómo la criatura debe entrar en ella y cómo la bondad paterna quiere abrir otra era de gracia “. (BH pág.14)
COMENTARIO: Luisa afirma haber recibido un nuevo “depósito de fe” que es paralelo a la revelación dada a los apóstoles. Santo Tomás enseña lo contrario: “Hay un triple estado de la humanidad; el primero estaba bajo la Ley antigua; el segundo es el de la nueva Ley; el tercero no tendrá lugar en esta vida, sino en el Cielo … no debemos esperar un estado en el que el hombre posea la gracia del Espíritu Santo más perfectamente de lo que lo ha poseído hasta ahora “. (Summa I-II, 106).
Contra Santo Tomás está otra vez la “revelación” de Luisa por parte de “Jesús”: “Estas revelaciones con respecto a mi Voluntad serán como un bálsamo para curar las heridas producidas por la voluntad humana. Quien tenga el beneficio de este conocimiento sentirá el flujo de una nueva vida de luz, de gracia y fortaleza para cumplir mi Voluntad en todo … Mi hija, el Reino de mi Voluntad es invisible. En estos escritos he colocado luz, gracia y atracción superabundantes para hacer que mi reino sea victorioso. EN LA PROPORCION DE QUE ESTOS ESCRITOS SEAN CONOCIDOS, ellos librarán una dulce batalla contra la voluntad humana y ganarán “. (p.16, BH) (Contra los principios 1 y 3)
4. Jesús a Luisa: “Incluso ésta manera como te pido que ores no se encuentra en ningún otro” (p. 19, BH).
COMENTARIO: Aquí bastará que el Magisterio responda por nosotros: “Dejemos que la comprensión, el conocimiento y la sabiduría de los individuos como de todos, de un hombre como de toda la Iglesia, crezcan y progresen fuertemente con el paso de las edades y los siglos; pero tiene únicamente que ser en su propio género, es decir, en el mismo dogma, con el mismo sentido y la misma comprensión “. (DS 1800).
5. Jesús a Luisa: “El alma que hace mi Voluntad de acuerdo con la perfección que te enseñé … ella superará a todos los demás Santos … porque al permanecer en mi Voluntad, actuarán de manera divina, secreta y de manera extraordinaria” (BH, p 38).
COMENTARIO: Además de la herejía del Monotelismo y Quietismo que se encuentran es este texto, tengamos en cuenta que Luisa está diciendo que sin esta “revelación”, las enseñanzas y los sacramentos de la Iglesia, tal como han llegado a nosotros a través de las Sagradas Escrituras y la Tradición, son ineptas para llevarnos al nivel de santificación que Dios desea que tengamos ”. También contradice el principio # 3.
6. “Yo (Luisa), al oír esto, me dije: ‘Pronto dirá que Su Voluntad es más que la Comunión Sacramental misma’. Entonces Él inmediatamente agregó: “¡Correcto! ¡Correcto! Porque la comunión sacramental dura unos minutos. Es temporal, Mi Voluntad, por otro lado, es la Comunión perenne. ”(p.36 BH).
COMENTARIO: Esto es completamente imposible. ¡La Sagrada Comunión no puede compararse con la morada de Dios, por la Gracia Santificante,  en nuestras almas! La Sagrada Eucaristía es el mismo Dios que dura físicamente unos pocos minutos en nosotros, mientras que en nuestra unión con Dios ¡nosotros no dejamos de ser nosotros mismos! ¡NO somos aniquilados! Esta es la herejía Monotelista y la Quietista en todo su monstruoso tamaño. Aquí vemos de nuevo la voz de la antigua serpiente: “¡Seréis semejantes a Dios!” (Entendiendo tal como Él es en Su propia esencia).
7. Jesús a Luisa: “Ah, te repito y te confirmo que mi Voluntad es sacramento y supera todos los sacramentos juntos de una manera mucho más admirable, ya que no necesita la intervención de nadie ni nada material. El Sacramento de mi Voluntad se forma entre mi Voluntad y la voluntad de un alma. Cuando ambas voluntades se funden entre sí, forman el Sacramento. ”(P. 106, BH).
COMENTARIO: Esta declaración que describe la naturaleza de la unión entre la voluntad humana y la Divina no se puede decir ni siquiera de Cristo mismo. Decir que su voluntad humana se fundió o fusionó con su voluntad divina es herético.
8. “Cuando un alma actúa en mi Voluntad, su humanidad está, por así decirlo, suspendida. Entonces la Vida Divina de mi Amor toma su lugar y actúa ”. (p. 86, BH).
“Así es como el alma, hasta que es enterrada en mi Voluntad y muere completamente en Ella, se desintegra su voluntad en la Mía” (p. 28 BH).
COMENTARIOS: Es la herejía del Quietismo. Aniquilación de nosotros mismos cuando nos ponemos en manos de Dios. San Atanasio explica: “La voluntad humana no resistirá ni dudará sino que se someterá siempre a la omnipotente Voluntad Divina. Porque es necesario que la voluntad de la carne actúe, pero estando sujeta a la Voluntad divina “.
9. “Jesús me dijo: ‘Querida mía, mira cómo para el que vive en mi Querer no hay gracia que salga de mi Voluntad hacia todas las criaturas en el Cielo o en la tierra en la que él ( es decir, el que vive en la Divina Voluntad) no es el primero en participar. Esto es natural porque el que vive en la casa de su padre abunda en sus posesiones. Y si aquellos en el exterior reciben algo, es en virtud de aquél que vive dentro ”. (p.25 BH).
COMENTARIOS: Evidentemente para Luisa el ¡vivir en la Divina Voluntad es unirse a Nuestra Señora como Mediadora de todas las gracias! (??).
10.-Después de que su confesor le rechazó la Absolución, Luisa, sin embargo, recibió la Sagrada Comunión. Después de esa negativa ella nos dice que Jesús le dijo a ella que no se preocupara … “Porque una vez que una persona es liberada de su propia voluntad humana y entregada a mi Divina Voluntad, no hay necesidad de una absolución sacerdotal, ya que ésta te será dada por tu amoroso Jesús”. (BH, Vol. 16. 5 de noviembre de 1923)
COMENTARIOS: Excelente ejemplo de las herejías del Monotelismo y Quietismo. ¡Al hacer este acto de “abandono en la Divina Voluntad”, uno será justificado automáticamente sin necesidad de practicar la religión en absoluto!
CONCLUSIÓN:
La Divina Voluntad de Luisa Piccarreta es más que una herejía. Es una religión completamente nueva que tiene una mezcla de Protestantismo, Modernismo, Budismo, Monotelismo, y Quietismo. Estas herejías destruyen la responsabilidad humana con respecto a las propias acciones. Esta nueva religión “revela” la “fórmula mágica” para convertirse esencialmente en igual a Dios.
Nota 1.- BH = Traducida de la versión en inglés del libro:
“When the Divine Will Reign in souls, Book of Heaven: A selection of Passages. Luisa Piccarreta Center for the Divine Will. Jacksonville, FL. 1995.

La cobardía es pecado

El cobarde no siempre se reconoce como tal, sino que trata de convencerse de que en realidad es “prudente” cuando no avanza; “tolerante” cuando NO RESISTE; “humilde” cuando somete de buena gana sus principios; “pacífico” cuando establece componendas con el enemigo. ¿Mera cuestión de terminología?…No: cuestión de fe, y de amor a Cristo Crucificado.

Santo Tomás trata este tema cuando se refiere a la pusilanimidad, que en nuestros tiempos de minimalismo teológico y moral –hijo dilecto del modernismo-, tal vez sea el vicio por antonomasia. Señala el Doctor Angélico:
“…Así como por la presunción uno sobrepasa la medida de su capacidad al pretender más de lo que puede, así también el pusilánime falla en esa medida de su capacidad al rehusar tender a lo que es proporcionado a sus posibilidades. Por tanto, la pusilanimidad es pecado, lo mismo que la presunción. De ahí que el siervo que enterró el dinero de su señor y no negoció con él por temor, surgido de la pusilanimidad, es castigado por su señor, como leemos en Mt 25, 14 ss y Lc 19, 12 ss.

(…) La pusilanimidad puede incluso provenir en algún modo de la soberbia; por ejemplo, si el pusilánime se aferra excesivamente a su parecer, y por eso cree que no puede hacer cosas de las que es capaz.

De ahí que se diga en Pr 26, 16: “El perezoso se cree prudente más que siete que sepan responder”. En efecto, nada impide que para unas cosas uno se sienta abatido y muy orgulloso respecto de otras.

(…)La pusilanimidad, según su propia especie, es pecado más grave que la presunción, ya que por ella el hombre se aparta del bien, lo cual es pésimo, según leemos en IV Ethic.

San Juan en el Apokalypsis, que es una profecía acerca de los últimos tiempos, añade a la lista de pecados otros dos que no están en San Pablo: “los mentirosos y los cobardes”. Lo cual parece indicar que en los últimos tiempos habrá un gran esfuerzo de mentira y de cobardía.
La cobardía en un cristiano es un pecado serio, porque es señal de poca fe en Cristo

Como testamento de su última cena, Jesús anuncia tribulaciones, pero invita a la confianza en su victoria, que adelanta la de los que lo aman: “No temáis, yo he vencido al mundo” (Jn.16,33). Y el apóstol Juan exhorta a su comunidad diciendo:“Os he escrito, jóvenes, porque sois fuertes y habéis vencido al maligno” (Jn 2,14)
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La acedia, en efecto, aún en sus formas atenuadas de tibieza, ingratitud o indiferencia, es ya una parálisis y debilidad del amor y denota por lo tanto una débil adhesión al Bien, un miedo al sacrificio por amor, que conduce de antemano a la derrota en la lucha entre el bien y el mal, a sacrificar el amor al otro, en este caso a Dios, por el amor propio.

La cobardía procede de la debilidad del amor o de la falta de amor, o de inconstancia en el amor al punto de que se la pueda considerar como un nombre del desamor y hasta de la traición. Haber preferido sus intereses, el temor, el miedo a perjudicar sus bienes, lo hacen indigno de llevar en nombre de católico. Le sucede algo parecido a Esaú con la venta de su progenitura. Y al joven rico del evangelio cuyas riquezas le impiden atarse a Jesús.

A veces la caridad resulta demasiado cara. Permanecer en la caridad enfrenta al amigo de Dios una y otra vez al examen del precio que está dispuesto a pagar por mantenerse en esa amistad. La dilección no es sólo una elección inicial. Es una elección que se renueva. Siempre hay que estar vendiéndolo todo por la perla preciosa, vendiéndolo todo para comprar el campo del tesoro escondido. La fortaleza que nace de la caridad es la que hace posible seguir sacrificando siempre, cada vez con mayor alegría a medida que crece la amistad y el amor, cada vez con mayor decisión y facilidad.

En la historia de la Iglesia, San Cipriano discernía las causas profundas por la que algunos cristianos habían terminado negando a Cristo. No lo hicieron, discierne el santo obispo, por haber estado demasiado apegados a sus casas, sus bienes y sus intereses.  Una cadena de oro los retuvo. En no dejarla se puso de manifiesto que estaban ya minusvalorando el tesoro de la amistad con Dios. No hay que admirarse, concluye Cipriano, que llegado el momento negaran al que habían ya menos-preciado en su corazón.
Se comprende así, que la cobardía, en su sentido amplio de miedo a sacrificar, como vicio opuesto al amor antes que a la misma fortaleza, sea considerada, por el autor del Apocalipsis, como un pecado tan horrendo, que encabeza la lista de pecados que precipitan para siempre en el lago ardiente, y en la muerte segunda:
“Los COBARDES, los incrédulos, los abominables, los asesinos, los impuros, los hechiceros, los idólatras, y todos los embusteros tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Apocalipsis 21,8).”

Invalidez en los nuevos Sacramentos

 Si analizamos Nueva Misa a la luz de la Teología Sacramental sana y sólida, y no averiada como esta viene, cojeando desde hace tiempo y mucho antes del Concilio Vaticano II, veremos que la supuesta validez dela Nueva Misa no resiste la consideración teológica, si nos atenemos a los principios dados por Santo Tomás de Aquino, quien lamentablemente se ve muchas veces mutilado hasta por aquellos que se tienen por sus discípulos, pero que no poseen la visión integral y profunda que nos deja el Angélico Doctor.

Con respecto a las cuatro condiciones, que si se cumplen garantizan la validez de un sacramento, tenemos que no hay problema con la materia, pues ésta consiste en el pan y el vino; con respecto al ministro, hay que hacer una doble consideración: de una parte los sacerdotes ordenados según la nueva fórmula de ordenación sacerdotal y de otra parte la consideración sobre la consagración episcopal de aquel que va a su vez a ordenar a los nuevos sacerdotes. Respecto a la ordenación sacerdotal, hay por lo menos una duda, ya que es más difícil tener una certeza de su invalidez, puesto que el cambio fue menor que el cambio que sufrió la consagración episcopal, como ya veremos.

El cambio consiste en dos palabras, la supresión del ut (a fin de, o de suerte que) suprime toda relación causal entre las dos frases y hace que la nueva forma no precise claramente que el ordenando recibe el oficio de segundo rango (el presbiterado) como resultado de la gracia que recibe; la otra palabra es la sustitución de hos por his. El acusativo de hos implica que eso que se da al ordenando le penetra y le transforma interiormente, en cambio, con his, eso que se da, permanece exterior al que lo recibe. Así la diferencia de significación es enorme pues se trata aquí del orden sacerdotal que comporta un carácter indeleble imprimido en el alma y esto no queda con el cambio claramente expresado.

Esto hace que haya por lo menos una duda, sino es que conlleva una invalidez y esto postula entonces la duda si es que no, hasta la misma invalidez.

Por el lado del obispo que ordena, el cambio de la fórmula de la consagración episcopal que recibe para después poder ordenar sacerdotes, es más evidente, pues el cambio ha sido total, quedando una sola partícula, un et (y), con lo cual quedó completamente modificada y cambiada la fórmula en su significación sacramental, lo cual hace que sea muy difícil probar y pretende sostener que cambiándose de modo prácticamente total, cómo se puede seguir pensando que la fórmula siga significando sacramentalmente lo mismo, ya que no queda ni una sola palabra esencial igual o que sea la misma; máxime que con mucho menos, el Papa León XIII declaró inválidas las órdenes impartidas por los anglicanos.

Fuera de la conjunción de coordinación et (y) que no representa un aspecto esencial en la fórmula, todas las otras palabras han sido cambiadas.

De este modo, siendo las consagraciones episcopales inválidas debido al cambio total de la fórmula, en consecuencia las órdenes sacerdotales que estos impartan también lo serán, por más que utilicen en el supuesto caso una fórmula sacramental válida, pues carecen del poder, no son ministros válidos.

Como se ve, lo del ministro no es como pretende Mons. Williamson, que para él es válido, incluso excluyendo toda duda, mientras que la duda se plantea ciertamente, de una parte, y se puede afirmar, que si bien por el lado de la ordenación son dudosos, por el lado del obispo no hay la menor duda de que son inválidos, a menos que se piense gratuita e ingenuamente, por ejemplo, que cambiando totalmente los planos de una casa o de un edificio, se siga pensando que es la misma casa o edificio el que se va a construir a pesar de la modificación.

Con respecto a la intención, tenemos que Mons. Lefebvre en el Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae, que fue redactado por el P. Guerard des Lauriers bajo la supervisión de Mons. Lefebvre quien lo hizo firmar luego por los cardenales Ottaviani y Bacci para darle una mayor relevancia y peso, se dice en la Nota 15, la más importante: “Las palabras de la Consagración, por el modo como se insertan en el contexto del Novus Ordo, pueden ser válidas por la eficacia subjetiva de la intención del ministro. Pero pueden no ser válidas como en cuanto que ya no son tales por la fuerza misma de las palabras, o más exactamente, por la virtud objetiva del modo de significar que tenían hasta ahora en la Misa, por lo cual, los sacerdotes en un futuro próximo no habrán sido instruidos conforme a la doctrina tradicional, quienes simplemente se fiaran del Novus Ordo con la intención de ‘hacer lo que hace la Iglesia’, ¿consagrarán en realidad válidamente? Es lícito dudar de ello”.

En esta nota se está manifestando que la fórmula de la consagración no contienen objetivamente en sus palabras, la significación de la intención de hacer lo que hace la Iglesia, es decir, carece de esta intención, no la tiene, pero que puede ser suplida por la intención subjetiva del sacerdote al consagrar y puede lo mismo que decía o pensaba el P. Meinvielle al decir que la nueva fórmula no llevaba al sacerdote a tener la intención de hacer lo que hace la Iglesia, mientras que la antigua fórmula, sí. Pero esto no es todo, sino el primer gran equívoco en la significación sacramental de la nueva fórmula, y esto postula un segundo y peor más grande equívoco en la significación sacramental que no ha sido contemplado en el Breve Examen Crítico.

Resulta que, si nos atenemos a la teología sacramental que dice que los sacramentos son signos que producen por la acción misma de lo realizado (ex operae operato) la gracia que significan, un sacramento y aquí no se trata ya de la gracia, sino de la Presencia Real y Personal del mismo Autor de la gracia, Nuestro Señor Jesucristo.

La sola equivocidad o equívoco en la significación, es inadmisible, pues equivale a su ineficacia o invalidez, pues no podría cumplir con la definición que dice que los sacramentos producen la gracia que significan, y como van a producir, si no significan la gracia de una manera unívoca y determinadamente. El solo equívoco desnaturaliza la significación de la gracia que debe de producirse, pues es evidente que no puede producir (causar) la gracia, si no la significa.

Es tan así, que este concepto lo encontramos en el Breve Examen Crítico, pero lamentablemente, sus autores no sacaron las consecuencias y conclusiones, pues en el fragor del combate, muchas veces se pierde la clarividencia intelectual y teológica; ya sabemos que la pasión ofusca el intelecto.

Así, en el Breve Examen Crítico dice: “… veremos cómo y con qué coherencia estos equívocos se introducen y se repiten en la fórmula misma de la Consagración y, en general, en todo el Novus Ordo”. Con esto sólo, sin ahondar más, queda el principio esbozado y evidenciado, de que un rito en la parte esencial, si es equívoco, no cumple la definición que la Iglesia exige de un sacramento, producir la gracia que significa, y la Misa con la doble consagración, es un sacrificio sacramental, o un sacramento sacrificial, tal y como Dom Vonier en su excelente libro, La Clef de la Doctrine Eucharistique, expone; libro que fue valorado por el P. Garrigou Lagrange.

Entonces queda claro que la definición general de los sacramentos exige que para que estos sean tales, produzcan, causen (con causalidad instrumental) ex operae operato, la gracia que significan, y va de suyo, que esta significación no puede ser aleatoria, ni ambigua, ni equívoca, sino que debe ser determinada, unívoca e inequívoca, de lo contrario no puede cumplir con su definición de producir la gracia que significa. Luego, como dice el Breve Examen Crítico, el equívoco no es, únicamente en el rito ceremonial, sino en la fórmula misma de la Consagración, esto es, en el rito esencial.

Si analizamos así la fórmula de la Nueva Misa, el equívoco en la significación de la intención, se produce por la añadidura de palabras del contexto que fueron integradas al texto de la fórmula, tales como: “Tomad y comed todos de él… Tomad y bebed todos de él”; y al final: “Que será entregado por vosotros”, “Haced esto en memoria mía”, que era parte del contexto, parte de la narración histórica y ahora es parte del texto de la nueva fórmula, y esto hace que toda la fórmula quede encapsulada dentro de todo el contexto narrativo, no siendo ya una acción o confección operativa, sino meramente un relato conmemorativo e histórico.

En el segundo gran equívoco que atinge, o incumbe no ya a la significación intencional (la intención), sino que afecta la significación causal o causativa de la fórmula sacramental en orden a la producción o causación de la gracia como sacramento que el rito esencial debe tener y si no lo tiene, no es susceptible de suplencia alguna de parte del ministro. Es decir, que si bien el primer equívoco podía ser suplido y debía de serlo y hacerlo el ministro para que la consagración fuera válida, aquí ya no se puede suplir, porque la exigencia de la causalidad que la fórmula de la consagración debe tener como sacramento, objetiva y realmente, por la fuerza misma de las palabras; es decir que si el rito esencial no tiene por la fuerza de las mismas palabras de la Consagración y por la virtud objetiva del modo de significar sacramental causativo que debe tener y por lo tanto no puede ser suplida bajo ningún aspecto por el ministro o sacerdote que dice la Misa.

Entonces, aquí como para todo docto en la materia, no caben ni equívocos ni dudas y por eso con todo el rigor y el peso teológico doctrinal, se puede y se debe afirmar como conclusión evidente quoad sapientes, es decir, para los entendidos o doctos en la materia, afirmar irrefutablemente o sin poderlo refutar, que la Nueva Misa, por este segundo equívoco, en su significación causal, es inválida.

Por eso, aparece en la Misa vernácula, y no en el texto en latín que prácticamente nadie dice, el cambio de pro multis (por muchos) por pro ómnibus (por todos), afecta la significación causativa, si nos atenemos a la teología sacramental de Santo Tomás sobre la Misa o Eucaristía, que al ser no un simple sacramento más, sino un sacramento sacrificial, debe de expresar no solamente con cosas, sino también con palabras, la realidad sacramental y sacrificial que hace a la Santa Misa, pues no basta la doble consagración que se realiza por separado para significar el sacrificio, sino que hacen también falta, formalmente, y no solo materialmente (la cosa, la res) el sacrificio. Por eso son como dice Santo Tomás, son esenciales o sustanciales todas las palabras de la consagración del vino y no solamente las primeras, como afirman la gran mayoría de los que dicen ser de la Escuela Tomista, pero que en realidad más que tomista son de la escuela que debería llamarse con más rigor, Cayetano – bañeciana; y por eso, Gonet, en este punto, en su Clypeus Theologiae Thomisticae reivindica a justo título, siguiendo a Santo Tomás de Aquino, que son necesarias todas las palabras de la consagración del vino para expresar, significar y producir, no solo la Transubstanciación sino también el Sacrificio, es decir, la Transubstanciación sacrificial, la Inmolación de Cristo en su Pasión y Muerte, derramando su Sangre en la Cruz, pues la doble consagración no se trata únicamente de la significación y causación de la Transubstanciación, sino además de la significación y causación del sacrificio, es decir, no sólo del Cuerpo y la Sangre de Cristo, sino del Cuerpo exangüe, muerto, separado del alma (y no del Cuerpo vivo), y de la Sangre derramada en la Cruz (y no de la Sangre que circula por las venas y arterias de Cristo vivo), sino de la Sangre derramada, aunque esté glorioso y vivo actualmente en el cielo y no muerto como en la Cruz, aunque por concomitancia, están en la Hostia consagrada, la Sangre, Alma y Divinidad, y en el Cáliz, están Cuerpo, Alma y Divinidad, debido a que por la virtud de las palabras de la consagración del pan, está sólo el Cuerpo, así como por el de la consagración del vino, está sólo la Sangre, nada más.

Vamos a citar algunos textos de Gonet sobre este asunto que nos transmiten el pensamiento y la doctrina de Santo Tomás de Aquino que están hoy muy olvidados aún en la Fraternidad San Pio X, siendo prácticamente ignorados en sus seminarios.

“La Eucaristía no sólo tiene razón de sacramento sino también de sacrificio, no sólo son de la esencia de la forma del cáliz estas palabras que significan la presencia de la sangre de Cristo bajo las especies, que pertenecen a la razón de sacramento, sino también estas que expresan la efusión de la sangre, por cuanto significan y declaran la naturaleza del sacrificio”. (Clypeus Theologiae Thomisticae, ed. Ludovicum Vives, Parisiis 1875, Tomo V, p.412).

“No es suficiente para que el efecto sacramental sea expresado sólo las cosas, sino que se requiere también que se exprese con palabras”. (Op. cit., Tomo V, p. 412).

“Luego, no satisface, para que sea expresado el sacrificio de la nueva ley, únicamente las cosas expresadas, si no que se requiere además la significación de las palabras, puesto que no es menos necesaria la significación del sacrificio que la del sacramento”. (Idem, Tomo V, p.412).

“Las palabras que expresan la conversión del vino en la sangre de Cristo, lo significan místicamente como separado del cuerpo, con esto todavía no se expresa suficientemente la naturaleza del sacrificio, porque aún la separación mística que separa la sangre del cuerpo en el altar, es de sí indiferente, para que sea por modo de comida y bebida tan sólo, o para que también lo sea como sacrificio; por consiguiente, para que lo sea también separado místicamente por modo de sacrificio, debe ser expresado por el término Effundetur, puesto que en la fórmula del cáliz, no hay otra palabra que pueda determinar la razón de sacrificio, aquella de la separación mística de la sangre del cuerpo; esta en realidad expresa perfectamente la verdad de la acción por la cual la víctima se inmola”. (Ibídem, Tomo V, p.412).

“La Eucaristía no consta únicamente de la razón de Sacramento, sino también de la razón de sacrificio; sin embargo, la naturaleza del sacrificio no se expresa sino por la efusión de la sangre, pues como enseña el Apóstol en Hebreos 9, el sacrificio se cumple y consuma con la efusión de la sangre”. (Ibíem, Tomo V. p.412).

“Por consiguiente, aquellas palabras, Qui pro vobis et pro multis effundetur, etc. son necesarias para expresar adecuada y perfectamente la naturaleza de la Eucaristía”. (Ibídem, Tomo V. p.412).

“Puesto que la Eucaristía no sólo tiene razón de sacramento sino también de sacrificio, de cuya razón es la inmolación de la víctima y la efusión de la sangre, para la esencia de la forma del cáliz no es suficiente las palabras que significan la conversión del vino en la sangre, sino también se requieren las otras que expresan su efusión”. (Ibídem, Tomo V, p.415).

“Para los que dicen que, al menos no son necesarias aquellas palabras, Pro vobis et pro multis, in remissionis peccatorum, puesto que el término Effundetur satisface la expresión de la naturaleza del sacrificio”. Se responde: “Si no se expresa en realidad el fin al cual se dirige la efusión, la razón del sacrificio no se expresa, pues se puede derramar simplemente la sangre y sin hacerlo por modo de sacrificio… para que signifique, que tal efusión futura sea por modo de sacrificio, se debe explicar que es para nuestro bien, sin lo cual la efusión es indiferente, para significar si lo es por modo de sacrificio o si lo es por modo de pura efusión”. (Ibídem, Tomo V, p.415).

Por todo lo dicho, la Nueva Misa es más que dudosa, es inválida, por falta de significación sacramental, al no significar la gracia que debe producirse (causar) por un doble motivo: primero, el texto narrativo introducido en la nueva fórmula; segundo, por el cambio de la fórmula que ahora es “por todos”. Además tenemos como consecuencia de la misma definición de la Nueva Misa, que no es un sacrificio sino un ágape conmemorativo; se suprimió el “mysterium fidei”, pues ya no tiene mayor sentido porque el significado que tiene, como lo hace ver Santo Tomás, es el de expresar la fe en la realidad de la sangre de Cristo allí presente, aunque ocultamente bajo las especies del vino, los accidentes, pero que constituye la realidad y verdad que hace al objeto de la fe; luego, el haberlo quitado, denota que ya ese objeto de la fe de esa realidad de la presencia real y verdadera de la sangre de Cristo en el sacramento, ya no existe. Y esto en consonancia con la nueva definición de la Misa como cena o sinaxis; por eso el Mysterium Fidei, estaba de más, ya no tiene razón de ser; máxime si tenemos presente, como lo manifiesta Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica, III Pars, q.78, a.3, ad.9, que viene directamente de Nuestro Señor, y habiéndola recibido la Iglesia, por medio de los Apóstoles.

Si bien, la significación narrativa histórica de la nueva fórmula la invalida, puede no obstante ser suplida, por la intención subjetiva del Ministro, pero la significación causativa de esta nueva fórmula, al poner “por todos” en vez de “por muchos”, la hace inválida, porque la fórmula de la consagración del vino debe significar y causar doblemente, tanto la Transubstanciación, como el Sacrificio.

Este es el motivo por el cual son necesarias todas las palabras y no únicamente las primeras en la consagración del vino como se viene enseñando deficientemente con una teología que se dice tomista pero que en realidad no lo es, pues esta teología es más Cayetano-bañeciana que de Santo Tomás.

 

Rev.P Basilio