El Papa León XIII condena los pusilánimes y cobardes de cara a la apostasía

El Papa León XIII nos exhortó en Sapientiae Christinae del 10 de enero de 1890 a defender y proclamar la verdad de la fe católica en todo momento sin falta. Salvaguardar la integridad de la Fe, insiste, es un deber que pertenece a cada uno de los fieles y no solo a los que tienen poder de gobierno. Además, el que guarda silencio frente al error es repulsivo para Dios e indigno de la salvación eterna. Estas son lecciones importantes para el clero progresista y los laicos de nuestros días.

PAPA LEON XIII

Pero en la misma materia, tocante a la fe cristiana, hay otros deberes cuya observancia exacta y religiosa, necesaria en todo momento en aras de la salvación eterna, lo es más especialmente en nuestros días.

En medio de una opinión tan imprudente y generalizada, es, como hemos dicho, el oficio de la Iglesia emprender la defensa de la verdad y desarraigar los errores de la mente, y esta acusación debe ser observada en todo momento sagrada por ella, teniendo en cuenta que el honor de Dios y la salvación de los hombres le son confiados a ella.

Pero cuando la necesidad obliga,no sólo aquellos que están investidos con el poder de gobernar están obligados a salvaguardar la integridad de la Fe, sino que, como sostiene Santo Tomás, cada uno tiene la obligación de mostrar su fe ya sea para instruir y alentar a otros de los fieles o para repeler los ataques de los incrédulos .

Retroceder ante un enemigo o guardar silencio cuando de todos lados se levanta tal clamor contra la verdad, pertenece a un hombre desprovisto de carácter o que alberga dudas en cuanto a la verdad de lo que profesa creer. En ambos casos, tal modo de comportarse es vergonzoso e insultante para Dios, y ambos son incompatibles con la salvación de la humanidad. Este tipo de conducta es provechosa solo para los enemigos de la Fe, porque nada envalentona tanto a los malvados como la falta de valor por parte de los buenos.

Además, la falta de vigor por parte de los cristianos es tanto más reprochable, ya que no pocas veces se necesitaría poco de su parte para anular acusaciones falsas y refutar opiniones erróneas. Y, al esforzarse siempre más enérgicamente, podrían contar con el éxito.

La verdadera Misa Vs Nueva Misa

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PREGUNTAS Y RESPUESTAS SOBRE LA SANTA MISA Y LA NUEVA MISA

¿Qué es la Santa Misa?

Según la enseñanza infalible de la Santa Iglesia, la Misa es la renovación del Sacrificio de la Cruz. En el Calvario, Nuestro Señor, al precio de su Sangre (lo que es la prueba de su amor), ha librado al género humano de la esclavitud del pecado y lo ha reconciliado con Dios. Este Sacrificio es de un valor infinito, más agradable a Dios que lo que le pueden agraviar la totalidad de los pecados de todos los hombres.

¿Estas verdades pueden cambiar?

No, porque han sido definidas por la Iglesia de manera irreformable. Serán tan verdaderas siempre, como 2 más 2 hacen 4, por todos los siglos. La certeza de la Fe está basada sobre la autoridad de Dios que revela; es una certeza absoluta, inmutable.

¿Qué es el rito de San Pío V (o Misa Tridentina, Misa Tradicional)?

Es el rito promulgado por ese Papa en 1570. No fue un invento, ni propiamente hablando, una reforma, sino más bien una codificación, restitución, unificación. Se restituyó la Misa Romana de siempre, cuyo rito se desarrolló armónicamente desde los tiempo de los Apóstoles, eliminando lo que, en distintas regiones, se le agregó en tiempo relativamente recientes.

Fue promulgada por la bula “Quo Primum Tempore”, con intención de obligar a todos los clérigos a seguirla. “No hay en toda la Cristiandad un rito tan venerable como el del Misal Romano” dice uno de los más sabios liturgistas (Fortescue).

¿Está la doctrina católica del Santo Sacrificio de la Misa correctamente expresada en el rito de San Pío V?

Sí, está allí perfectamente bien expresada. Este rito viene visiblemente del corazón de nuestra Santa Madre Iglesia y es el fruto de una larga tradición. Cuando leemos nuestro misal, todo lleva a la piedad. Ilumina el espíritu e inflama el corazón.

¿Puede ser abolido este rito?

No, no puede ser abolido. Es tan venerable que sería ir contra la prudencia y la inteligencia abolir ese rito apostólico para reemplazarlo por otro. Esa Misa está canonizada. San Pío V la ha canonizado definitivamente. Ha establecido ese rito como la manera oficial de decir

la Santa Misa, válido para todos los sacerdotes de rito romano, en todo tiempo. Dios ha elegido un Santo (San Pío V) para fijar el rito de la Misa en su perfección para los siglos futuros.

 

¿Qué bienes producen los frutos de la Santa Misa Católica?

La gloria de Dios, la santificación de las almas, la edificación de la Cristiandad, múltiples gracias y bendiciones.

¿Qué es el “Novus Ordo” (misa de Pablo VI)?

Primero parece que la nueva misa no tiene fuerza de ley (las reglas

canónicas no han sido respetadas). Pero igualmente si realmente fuera ley, ella no aboliría el rito de San Pío V, sino que solamente introduciría un nuevo rito (al lado del tradicional) siempre que ese rito fuere lícito.

¿Cómo puede probarlo?

Para abolir la ley precedente, la nueva ley debe mencionar la abrogación explícitamente o ser directamente contraria a la ley antigua. Pero la constitución “Missale Romanum,” que es el único documento con valor jurídico (la declaración de los obispos, los discursos del Papa, no tienen ningún valor jurídico), no lleva ninguna de las condiciones mencionadas, ella es pluralista en su intención (permittitur).

Pero queda en duda.

En caso de duda, el Derecho Canónico establece que la renovación de la ley

antigua no debe ser presumida, sino la nueva ley debe ser comprendida en conformidad con la ley antigua y si es posible, conciliada con ella.

¿Puede usted probar de otra manera que la Santa Misa tradicional no está abolida?

Sí, el Derecho Canónico dice que una ley no suprime las costumbres que son inmemoriales o de una antigüedad de cien años. La Santa Misa de San Pío V tiene una antigüedad de mas de 400 años, y de hecho se remota al siglo IV en su parte principal.

¿Está la doctrina católica del Sacrificio de la Misa correctamente expresada en la nueva misa?

Después de un serio estudio, estamos obligados a responder: NO. Esta fue la respuesta de los cardenales Ottaviani y Bacci en su “Breve examen crítico” dirigido al Papa en 1969. (Hay que hacer notar que el cardenal Ottaviani era autoridad en el Santo Oficio, encargado de velar por la pureza de la Fe). Cuando el Novus Ordo fue propuesto al sínodo en 1967, fue rechazado por la mayor parte de los obispos.

 

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¿Cómo fue definida la Misa en el Novus Ordo?

Como “una sinaxis (reunión) sagrada o asamblea del pueblo de Dios, bajo la presidencia del sacerdote, para celebrar el memorial del Señor”. Esta definición no implica ninguno de los valores esenciales de la Misa que da la verdadera definición Católica.

Un niño que sabe su catecismo es capaz de decir que la Santa Misa es “El sacrificio de la Nueva Ley en el cual Nuestro Señor Jesucristo, por el ministerio del sacerdote, se ofrece a Sí mismo a Dios de manera incruenta bajo las apariencias del pan y del vino”. (Catecismo de Baltimore).

La primera definición del Novus Ordo parece totalmente protestante. En

realidad, la presencia del pueblo no es requerida en absoluto para la esencia de la Santa Misa. Un sacerdote puede celebrar válidamente sin la asistencia de los fieles.

¿Por qué piensa, Padre, que eso es un punto importante?

Porque la definición de una cosa es el principio de donde son deducidas las conclusiones (por ejemplo: de la definición del cuadrado, se llega a encontrar las propiedades…). La definición expresa la esencia de una cosa. Y es necesario no olvidar que es esta mala definición la que ha influenciado en toda la composición del Novus Ordo.

¿Qué dice la segunda parte de la definición del Novus Ordo?

Que “la promesa de Cristo: ‘Allá donde dos o más estén reunidos en mi nombre Yo estaré en medio de ellos,’ es eminentemente verdadera en la asamblea de los fieles en la Misa.”

Pero las palabras del Santo Evangelio aquí se refieren solamente a la presencia espiritual de Nuestro Señor Jesucristo por su gracia. Asimismo si esa presencia existe en la Santa Misa (de la misma manera que Nuestro Señor está presente cuando una familia reza reunida el Santo Rosario), esa presencia es menos importante que la presencia substancial y física de Nuestro Señor Jesucristo, autor de la gracia, sobre el altar bajo las apariencias del pan y el vino.

¿Qué más hay de falso en la nueva misa?

Una gran cantidad de cosas. Si allí no hubiera más que una se podría decir

que se trata de un error. Pero hay docenas de cambios y todos tienen el mismo espíritu, en vista a protestantizar el rito de la Misa.

Ahora un luterano que asiste a una nueva misa puede ver en ella, si lo desea, la última cena de los protestantes, o un ágape memorial…

Mirad en la consagración: En la Santa Misa tradicional, las palabras de

consagración, son pronunciadas de manera imperativa, con el tono de alguien que cumple una obra personal, como cuando el sacerdote dice “yo te bautizo” o “yo te absuelvo de tus pecados”; de esta manera dice “hoc est enim corpus meum” (este es mi cuerpo). Los caracteres se escriben con letra de imprenta diferentes para subrayar esta doctrina.

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En la nueva misa, el sacerdote no interrumpe la narración de la última cena, y pronuncia las palabras de la consagración con el mismo tono narrativo, como si él contara una historia, sin separarlas de las palabras precedentes. (En los nuevos misales, las palabras de la consagración no han sido impresas con caracteres diferentes).

La nueva misa no hace necesaria la interpretación luterana, pero la permite, y eso es muy grave. (Para Lutero, no son las palabras de la consagración sino la fe de los fieles presentes las que producen una cierta espiritualidad de Cristo).

¿Por qué en la nueva misa el sacerdote se arrodilla solamente después de

la elevación de la Hostia?

Parece bien claro que eso se hace en vista de autorizar la interpretación luterana (negación de la presencia real por las palabras de la consagración) a saber que la fe de los fieles produce la presencia de Cristo.

En la Misa Tradicional el sacerdote se arrodilla después de haber consagrado, para adorar a Nuestro Señor Jesucristo, y no solamente después de haber mostrado la Hostia a los fieles.

¿La noción de sacrificio es conservada en la nueva misa?

No, porque el ofertorio es ahora reducido a un cambio de presentes entre Dios y el hombre “Tú eres bendito Dios del universo, Tú que nos das este pan, fruto de la tierra y del trabajo de los hombres”.

El Concilio de Trento definió que la Santa Misa Tradicional es un Sacrificio verdaderamente propiciatorio: “acto que aplaca a Dios ofendido por el pecado”

(Dz. 1753). En la Misa Católica, en el ofertorio, el Sacrificio es preparado, anunciado, y ofrecido por anticipación. Las antiguas oraciones se refieren a Nuestro Señor Jesucristo, Sumo Sacerdote, ofreciéndose El mismo, único Sacrificio agradable a Dios.

¿Por qué el altar es transformado en una mesa?

A fin de dar la idea de una comida, y no aquella de un sacrificio. (Un Sacrificio es ofrecido sobre un altar hecho de piedra o Ara conteniendo reliquias de mártires).

¿Piensa Padre, que el papel del sacerdote se desdibuja en la nueva misa?

Sí: El confiteor en común, la comunión también. Las vestimentas sagradas simplificadas o reducidas a un alba o a una estola y a veces ni a eso. El sacerdote vuelto cara al pueblo se convierte en presidente de la asamblea, pero ya no es más el ministro obrando “in persona Christi”. Esto es muy importante porque la

identidad entre la Víctima (Nuestro Señor Jesucristo) y el Sacerdote (Nuestro Señor Jesucristo, personalmente sobre la Cruz, y por intermedio de los sacerdotes en la Santa Misa) es una noción esencial del Sacrificio perfecto de la Nueva Ley.

¿Puede darme una información más amplia?

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Se podría enumerar sin fin todas las nuevas reformas (misa en lengua vernácula, comunión en la mano, dada por laicos, desaparición de los signos de adoración, etc…)

Hay un acercamiento hacia la teología protestante.

¿Qué hace Lutero cuando cambia la Misa en el siglo XVI? Abandona el latín, agrega “quod pro vobis tradetur” (que será entregado por vosotros) a las palabras de la consagración, y suprime “Mysterium fidei”, divide la Misa en “Liturgia de la palabra” y “Liturgia de la Eucaristía”… en suma es exactamente lo que hicieron los reformadores en 1969.

¿Puede agregar otras pruebas de la protestanización de la Misa?

Sí, el hecho de que muchas autoridades protestantes hayan dicho oficialmente: “Nosotros podemos ahora celebrar la nueva misa”. Como ellos no han cambiado su teología herética, es evidente que el nuevo rito permite una interpretación protestante.

Como también la presencia de seis pastores protestantes en la elaboración de la nueva misa, fotografiados con el Papa Pablo VI cuando la misa fue publicada. Asimismo el testimonio de antiguos protestantes (ahora convertidos), que afirman que la nueva misa está en marcha de convertirse, cada vez más, a aquella

que ellos han dejado en la iglesia protestante (Ej.: el escritor Julien Green).

¿Cuáles son los frutos de la nueva misa?

Los fieles pierden la fe, los seminarios se vacían, no hay mas vocaciones para a vida religiosa en los conventos, etc… Toda nueva reforma en la Iglesia ha

producido un crecimiento de fe, de devoción y de santidad.

Nuestro Señor Jesucristo ha dicho: “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se sacan uvas de los espinos, o higos de las zarzas? Así es, que todo árbol bueno produce buenos frutos, y todo árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni un árbol malo darlos buenos” (S. Mateo, 7:15-19).

Esta nueva misa es realmente equívoca, pintada de un espíritu protestante ¿Significa eso que la nueva misa sea en sí siempre inválida?

No, si un sacerdote ordenado válidamente celebra la nueva misa con la materia propia (pan de trigo y vino de uva) la forma propia (“Esto es mi cuerpo;

este el cáliz de mi Sangre”). Así era en la edición de 1906 del catecismo de San Pío X. La versión de 1912 agrega: “La forma de la Eucaristía son las palabras de Jesucristo”: “Esto es mi Cuerpo; Este es el cáliz de mi Sangre… derramada por vosotros y por muchos para la remisión de los pecados”. Y la intención recta: hacer la que hace la Iglesia; el Sacramento se realiza en virtud de las palabras de

la consagración que producen la que significan.

¿Puede la nueva misa ser inválida?

Sí, por ejemplo, si un sacerdote utiliza galletas, pastel (hay defecto de

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materia) o si cambia las palabras de la consagración (hay defecto de forma), o cuando no hay intención de hacer lo que hace la Iglesia, cuando se quiere hacer explícitamente solamente un memorial.

¿Es la nueva misa a menudo inválida en razón del defecto de la intención?

En sacerdotes ordenados últimamente, es probable que sí. Porque su formación no es católica y de hecho la nueva misa está protestantizada. Reciben su influencia y tienen muchos la intención de hacer un simple memorial, una comida eucarística y entonces no consagran válidamente.

¿Cuál debe ser la actitud de un católico frente a la nueva misa?

La debe rechazar y no puede asistir a tal misa. Esa misa no puede obligar, ni puede servir para cumplir el precepto dominical. Si alguien le da veneno, usted lo tomaría. La nueva misa es un veneno para nuestra fe. No tiene más el espíritu sobrenatural y disminuirá y destruirá poco a poco vuestra fe (la ley de la oración es la ley de la fe: lex orandi, lex credendi).

¿Pero cuando ocurre que la nueva misa es válida (por ejemplo: si es dicha por un sacerdote anciano), estoy autorizado a asistir?

¡No! Porque aunque sea válida, la nueva misa es peligrosa para nuestra fe y no es agradable a Dios, pues no da la adoración conveniente a Nuestro Señor Jesucristo. El Novus Ordo no honra a Nuestro Señor Jesucristo.

Es mejor ir a una verdadera Misa tradicional una vez por mes (o incluso más espaciado) y los otros domingos santificar el día del Señor en familia; rezando el

Santo Rosario, leyendo el misal, etc. Dios recompensará vuestra generosidad y vuestra firmeza en la fe y le dará las gracias que necesita.

Pero, si no tiene la Misa, importa en grado sumo, intensificar la vida de oración, la devoción a la Santísima Virgen. Suplicarle a Ella la restauración universal de la Misa de siempre.

¿Una misa puede ser válida y no lícita?

Sí, una misa negra en las logias de la francmasonería, una misa dicha por un sacerdote oriental no católico, etc., y como hemos visto, igualmente las nuevas misas cuando todas las condiciones para la validez están presentes, pero que, sin embargo son lícitas.

¿Qué debo hacer cuando estoy obligado a asistir a la nueva misa por una razón de caridad, (por ejemplo mis padres son enterrados con la nueva misa)?

En esos casos puede asistir a la nueva misa, pero de manera pasiva (sin tomar parte en las oraciones de la misma, ni comulgar). Es como la Santa Iglesia autoriza la asistencia pasiva a servicios protestantes excepcionales, por las mismas razones.

 

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¿Todas las personas que asisten a la nueva misa son culpables?

No, solamente si ellos saben que hacen mal. Si un padre de familia manda a su hijo a robar y este hijo no sabe que robar es un mal, él no ha pecado. De igual manera, ciertos católicos pueden asistir a la nueva misa por obediencia sin comprender bien su peligro, entonces no son culpables.

Comprendo que debo evitar la nueva misa ¡pero la impone mi obispo!

Cuando la autoridad es ejercida contra su fin (el bien de la Santa Iglesia, la propagación de la Fe, la salvación de las almas), no obliga más y usted tiene el derecho y el deber de “desobedecer”. Si un jefe de estado le da una orden que

va de manera visible contra el bien de la Patria, usted debe desobedecer. Si un padre de familia manda a su hija a prostituirse para ganar dinero, ella debe desobedecer. La obediencia es inferior a la Fe y a la salvación de nuestra alma.

¿Pero no ha sido acaso el Papa Pablo VI infalible cuando promulgó la nueva misa?

No. Un Papa es infalible cuando habla “Ex Cathedra” (Ej. Pío IX definiendo la Inmaculada Concepción). La enseñanza ordinaria del Papa no es infalible en sí misma, sino solamente cuando va en el sentido de la Tradición.

San Pablo nos dice que si algún ángel del cielo viniese para enseñaros alguna cosa contraria a la Tradición, debéis rechazarlo (Gal. I:18).

Pablo VI manifestó públicamente en su discurso del 19 de noviembre de 1969, refiriéndose al Novus Ordo Missae lo siguiente: “El rito y la respectiva rúbrica por sí NO SON UNA DEFINICIÓN DOGMÁTICA; son susceptibles de una calificación teológica de valor diverso, según el contexto litúrgico a que se refieren.”

¡Pero el Papa actual dice la nueva misa!

Sí, pero aunque los Santos celebrasen la nueva misa o asistiesen a ella, eso no quiere decir que la nueva misa sea buena. Durante el gran cisma de Occidente, en la Edad Media, Santa Catalina de Siena y San Vicente Ferrer, cometían un error sobre una materia importante al seguir a antipapas. Fueron canonizados. Un Papa puede equivocarse. Además Juan Pablo II, Benedicto XVI, como Pablo VI, están imbuido de liberalismo, agradan al mundo, que es enemigo de Nuestro Señor Jesucristo. La nueva misa ecuménica está en completo acuerdo con la enseñanza “Postconciliar”, con la mentalidad del “hombre moderno”.

¿Tenemos nosotros derecho de resistir a la voluntad del Papa?

Sí, es hasta un deber cuando la fe y la salvación de las almas están en juego. San Pablo resistió a San Pedro, el primer Papa. San Atanasio fue excomulgado por el Papa Liberio porque no estaba de acuerdo con él. Santa Hildegarda escribió al Papa Anastasio IV cartas muy severas. Santa Catalina de Siena hace lo mismo con Gregorio XI. El obispo Robert Grossetete desobedeció al Papa Inocencio IV que había nombrado canónigo a su sobrino. Los dominicos de París resistieron al Papa Juan XXII que quería enseñar un error teológico. San Francisco Javier se negó a aceptar un breviario contrario a la Tradición, el cual fue promulgado por el Papa.

Reconocemos la autoridad del Papa mientras obre como sus predecesores y enseñe en conformidad con la enseñanza de la Santa Iglesia. Pero cuando hablan como enemigo de la Santa Iglesia, no podemos seguirlo. Es necesario elegir entre 2.000 años de Tradición Católica y cerca de 50 años de innovaciones.

 
 

¿Pero cómo puede usted pretender tener razón cuando la mayoría de los sacerdotes y obispos del mundo están contra usted?

No es la mayoría la que hace la verdad. En tiempos del arrianismo, sólo San Atanasio con algunos pocos permanecieron fieles. El resto de los obispos cayeron en la herejía. En tiempos del anglicanismo, sólo San Juan Fisher quedó firme en la fe y por esa razón fue martirizado, mientras que todos los otros obispos de Inglaterra se rindieron para seguir al Rey Enrique VIII. Esto muestra que un pequeño número puede tener razón, cuando los más están en el error.

Estoy de acuerdo, pero no es muy divertido recorrer 60 kilómetros todos los domingos para ir a una Misa Tradicional, o de no tener la Santa Misa más que una sola vez al mes o menos aún. Tampoco es muy agradable ser tratado de rebelde y encontrarse en oposición las autoridades actuales de la Iglesia.

Escuche la respuesta de Nuestro Señor Jesucristo: “Si alguno quiere venir en pos de mi, renúnciese a sí mismo, lleve su cruz cada día y sígame” (S. Lucas, 9:23), y aún: “vendréis a ser odiados de todos por causa de mi Nombre; pero quien perseverare hasta el fin, éste se salvará” (S. Mateo, 40:23).

En los primeros siglos los cristianos debieron hacer grandes sacrificios y a menudo dar la vida. Nosotros tenemos ahora oportunidad para hacer sacrificios y sufrir persecuciones de otra manera.

Comprendamos el valor infinito del Sacrificio de la Misa, unámonos a Nuestro Señor Jesucristo y ofrezcamos nuestra vida con todos los sufrimientos para mayor gloria de Dios, pidiendo la fortaleza de permanecer fieles a su divino Hijo. †

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La principal excelencia del santo sacrificio de la Misa es que debe ser considerado como esencial y absolutamente el mismo que se ofreció sobre la cruz en la cima del Calvario, con esta sola diferencia: que el sacrificio de la cruz fue sangriento, y no se ofreció más que una vez, satisfaciendo plenamente el Hijo de Dios, con esta única oblación, por todos los pecados del mundo; mientras que el sacrificio del altar es un sacrificio incruento, que puede ser renovado infinitas veces, y que fue instituido para aplicar a cada uno en particular el precio universal que Jesucristo pagó sobre el Calvario por el rescate de todo el mundo. De esta manera, el sacrificio sangriento fue el medio de nuestra redención, y el sacrificio incruento nos da su posesión: el primero nos franquea el inagotable tesoro de los méritos infinitos de nuestro divino Salvador; el segundo nos facilita el uso de ellos poniéndolos en nuestras manos. La Misa, pues, no es una simple representación o la memoria únicamente de la Pasión y muerte del Redentor, sino la reproducción real y verdadera del sacrificio que se hizo en el Calvario; y así con toda verdad puede decirse que nuestro divino Salvador, en cada Misa que se celebra, renueva místicamente su muerte sin morir en realidad, pues está en ella vivo y al mismo tiempo sacrificado e inmolado: “Vidi (…) agnum stantem tamquam occisum”3.






	

El Concilio Vaticano II NO es obra del Espíritu Santo

Respuesta de monseñor Carlo Maria Viganò al P. Raymond J. de Souza en el debate en torno al Concilio

Puedo comprender que en ciertos aspectos mis intervenciones resulten bastante molestas a quienes apoyan el Concilio, y que poner su ídolo en tela de juicio suponga un motivo suficiente para incurrir en las más severas sanciones canónicas tras haber dado la alarma alertando de cisma. A la molestia de esos va unido cierto enojo por ver -pese a mi decisión de no hacer apariciones públicas- que mis intervenciones despiertan interés y fomentan un saludable debate sobre el Concilio, y más en general sobre la crisis de la jerarquía eclesiástica. No me atribuyo el mérito de haberlo iniciado; antes de mí, eminentes prelados e intelectuales de alto nivel ya habían puesto en evidencia que hace falta una solución. Otros han puesto de relieve la relación de causa-efecto entre el Concilio Vaticano II y la apostasía actual. Ante tan numerosas y argumentadas denuncias, nadie ha propuesto jamás soluciones válidas o aceptables; por el contrario, para defender el tótem conciliar se ha recurrido a desacreditar al interlocutor, a condenarlo al ostracismo y a la acusación genérica de querer atentar contra la unidad de la Iglesia. Esta última acusación resulta tanto más grotesca cuando más patente es el estrabismo de los acusadores que desenfundan el martillo de herejes contra quienes defienden la ortodoxia católica mientras se desloman haciendo reverencias a los eclesiásticos, religiosos y teólogos que atentan a diario contra la integridad del Depósito de la Fe. Las dolorosas experiencias de tantos prelados, entre los que destaca sin duda monseñor Marcel Lefebvre, confirman que también en ausencia de acusaciones concretas hay quienes consiguen valerse de las normas canónicas para perseguir a los buenos, guárdandose al mismo tiempo de utilizarlas contra los verdaderos cismáticos y herejes.

Hace algunos días, poco después de otro artículo de contenido análogo publicado por el P. Thomas Weinandy (aquí), el P. Raymond J. de Souza escribió un comentario titulado ¿Promueve el cisma el rechazo del Concilio por parte de monseñor Viganò? El autor expone a continuación lo que piensa: «En su último testimonio, el exnuncio manifiesta una postura contraria a la fe católica en cuanto a la autoridad de los concilios ecuménicos».

Es inevitable recordar a este respecto a aquellos teólogos que habían sido suspendidos por sus enseñanzas, apartados de los seminarios o sancionados con censuras por el Santo Oficio, y que precisamente por esos méritos suyos fueron convocados al Concilio como asesores y peritos. Entre ellos se encuentran los rebeldes de la teología de la liberación que fueron amonestados durante el reinado de Juan Pablo II y rehabilitados por Bergoglio, por no mencionar a continuación a los protagonistas del Sínodo para la Amazonía y los obispos del camino sinodal que promueven una iglesia nacional alemana herética y cismática. Sin olvidar a los obispos de la secta patriótica china, plenamente reconocidos y promovidos por el acuerdo entre el Vaticano y la dictadura comunista de Pekín.

El padre De Souza y el padre Weinandy, sin entrar a valorar los argumentos que expuse y que ambos califican desdeñosamente de intrínsecamente cismáticos, deberían tener la buena educación de leer mis intervenciones antes de censurar mi pensamiento. En ellas encontrarían el dolor y el trabajo que en los últimos años me llevó por fin a entender que había sido llamado a engaño por aquellos a quienes, constituidos de autoridad, jamás se les habría ocurrido replicar a esta farsa y haber denunciado este engaño: laicos, eclesiásticos y prelados se encuentran en la dolorosa situación de tener que reconocer un fraude astutamente tramado, fraude que a mi juicio consistió en servirse de un concilio para dar visos de autoridad a las iniciativas de los novadores y granjearse la obediencia del clero y del pueblo de Dios. Esa obediencia ha sido fingida por los pastores, sin la menor excepción, para derribar desde dentro la Iglesia de Cristo.

He escrito y declarado en varias ocasiones que precisamente a raíz de dicha falsificación los fieles, respetuosos para con la autoridad de la Jerarquía, no se han atrevido a desobedecer en masa la imposición de doctrinas heterodoxas y ritos protestantizados. Por otra parte, esa revolución no se ha producido de golpe y porrazo, sino siguiendo un proceso, por etapas, en que las novedades introducidas a modo de experimento terminaban por volverse norma universal con vueltas de tuerca cada vez más apretadas.

Asimismo, he recalcado varias veces que si los errores y equívocos del Concilio ecuménico formulados por un grupo de obispos alemanes y holandeses no se hubieran presentado so capa de la autoridad de un concilio habrían merecido probablemente la condena del Santo Oficio, y sus escritos incluidos en el Índice. Tal vez por eso mismo quienes alteraron los esquemas preparatorios del Concilio se encargaron, durante el pontificado de Pablo VI, de debilitar la Suprema Congregación y suprimir el Índice de libros prohibidos, en el cual en otros tiempos habrían terminado sus propios escritos.

De Souza y Weinandy sostienen evidentemente que no es posible cambiar de opinión, y que es preferible seguir en el error a desandar lo andado. Pero esa actitud es muy extraña: multitudes de cardenales y obispos, de sacerdotes y laicos, de frailes y monjas, de teólogos y moralistas y de laicos e intelectuales católicos han considerado que en nombre de la obediencia a la Jerarquía se les ha impuesto el deber de renunciar a la Misa Tridentina y que se la sustituyan por rito calcado del Book of Commom Prayer de Cranmer; que se han abandonado tesoros de doctrina, de moral, de espiritualidad y un patrimonio artístico y cultural de valor incalculable, borrando dos mil años de Magisterio en nombre de un Concilio que además se ha querido pastoral en vez de dogmático. Les han dicho que la Iglesia conciliar se ha abierto por fin al mundo, que se ha liberado del odioso triunfalismo postridentino, de incrustaciones dogmáticas medievales, de oropeles litúrgicos, de la moral sexofóbica de San Alfonso, del nocionismo del Catecismo de San Pío X y del clericalismo de la curia pacelliana. Se nos ha pedido renunciar a todo en nombre del Concilio; transcurrido medio siglo, ¡observamos que no se ha salvado nada de lo poco que al parecer había quedado vigente! (El Book of Common Prayer fue un libro devocional publicado en el 1552 por el arzobispo anglicano Thomas Crammer a raíz de la reforma de Enrique VIII con oraciones y lecturas para los protestantes ingleses. N. del T.)

Y sin embargo, si repudiar la Iglesia Católica preconciliar para abrazar la renovación postconciliar ha sido recibido como un gesto de gran madurez, como un signo profético, una manera de estar a tono con los tiempos y, en definitiva, algo inevitable e incontestable, repudiar hoy un experimento fallido que ha llevado a la Iglesia al colapso se considera señal de incoherencia o insubordinación, según el lema de los novadores: ni un paso atrás. En aquel entonces la revolución era saludable y obligada; ahora la restauración sería dañina y fomentaría divisiones. Antes se podía y debía renegar del glorioso pasado de la Iglesia en nombre del aggionarmento; hoy en día se considera cismático poner en tela de juicio varias décadas de desviaciones. Pero lo más grotesco es que los defensores del Concilio sean tan inflexibles con quienes niegan el Magisterio preconciliar mientras estigmatizan con la jesuítica y denigrante calificación de rígidos a los que por coherencia con dicho Magisterio se niegan a aceptar el ecumenismo y el diálogo interreligioso (que han desembocado en Asís y en Abu Dabi), la nueva eclesiología y la reforma litúrgica nacidos del Concilio Vaticano II.

Es evidente que nada de esto tiene fundamento filosófico, no digamos teológico. El superdogma del Concilio se impone por encima de todo. Todo lo anula, todo lo deroga, pero no tolera que se lo trate de la misma manera. Pero eso mismo confirma que el Concilio, aun siendo un concilio ecuménico legítimo –como ya he afirmado en otras ocasiones– no es como los demás, porque si lo fuera, los concilios y el Magisterio anterior deberían ser vinculantes (no sólo de palabra), lo cual habría impedido que se formularan los errores contenidos o implicados en los textos conciliares. Una ciudad dividida contra sí misma…

De Souza y Weinandy no quieren reconocer que la estratagema adoptada por los novadores fue de lo más astuta: conseguir que se apruebe la revolución bajo un aparente respeto a las normas por parte de cuantos pensaban que se trataba de un concilio católico como el Vaticano I; afirmar que se trataba de un concilio meramente pastoral y no dogmático; hacer creer a los padres conciliares que los puntos delicados se organizarían y se aclararían los equívocos, que toda reforma se reconsideraría en el sentido más moderado… Y mientras los enemigos lo habían organizado todo, hasta los más mínimos detalles, al menos veinte años antes de la convocatoria del Concilio, había quienes creían ingenuamente que Dios impediría el golpe de los modernistas, como si el Espíritu Santo pudiera actuar contra la voluntad subversiva de los novadores. Ingenuidad en la que yo mismo caí junto a la mayoría de mis compañeros en el episcopado, formados y criados en la convicción de que a los pastores –y en primer lugar y por encima de todos al Sumo Pontífice– se les debía obediencia incondicional. De ese modo los buenos, con su concepto distorsionado de obediencia absoluta, obedeciendo incondicionalmente a los pastores fueron inducidos a desobedecer a Cristo, precisamente por quienes tenían muy claros sus objetivos. En este caso también salta a la vista que la aceptación del magisterio conciliar no ha impedido el disenso con el Magisterio perenne de la Iglesia, sino que más bien lo ha exigido como lógica e inevitable consecuencia.

Al cabo de más de cincuenta años todavía no quieren darse cuenta de algo innegable: que se quiso emplear un método subversivo hasta entonces aplicado en los ámbitos político y civil, aplicándolo sin comentarios a la esfera religiosa y eclesial. Este método, típico de quienes tienen un concepto como mínimo materialista del mundo, sorprendió desprevenidos a los padres conciliares, que creyeron sinceramente ver en ello la acción del Paráclito mientras los enemigos supieron hacer trampa en las votaciones, debilitar a la oposición, derogar procedimientos establecidos y presentar normas en apariencia inocuas que luego tendrían un efecto rompedor de sentido contrario. Que aquel concilio tuviera lugar en la basílica del Vaticano, con los padres en mitra, capa pluvial y hábito coral, y Juan XXIII con tiara y manto, era plenamente coherente con una puesta en escena pensada a propósito para engatusar a los participantes para que no se preocuparan y creyeran que al final el Espíritu Santo remediaría los embrollos del subsistit in o los despropósitos sobre la libertad religiosa.

A este respecto, me permito citar un artículo publicado hace unos días en Settimo Cielo, titulado Historicizar el Concilio Vaticano II: así influyó sobre la Iglesia el mundo de esos años (aquí). En él, Sandro Magister nos da a conocer un estudio del profesor Roberto Pertici sobre el Concilio, el cual recomiendo leer en su totalidad pero se puede sintetizar en estos dos párrafos:

La disputa que está encendiendo a la Iglesia sobre cómo juzgar el Vaticano II, no debe ser solo teológica porque, ante todo, lo que hay que analizar es el contexto histórico de ese evento, especialmente de un Concilio que, desde un punto de vista programático, declaró querer abrirse al mundo.

Soy consciente de que la Iglesia -como confirmaba Pablo VI en Ecclesiam suam- está en el mundo pero no es del mundo: tiene valores, comportamientos, procedimientos específicos que no pueden ser juzgados ni enmarcados con criterios totalmente histórico-políticos, mundanos. Por otra parte, hay que añadir, tampoco es un cuerpo separado. En los años sesenta –y los documentos conciliares están llenos de referencias en este sentido– el mundo se dirigía hacia la que hoy llamamos globalización, estaba ya muy condicionado por los nuevos medios de comunicación de masa, se difundían a gran velocidad ideas y actitudes inéditas, emergían formas de mimetismo generacional. Es impensable que un evento de la amplitud y relevancia del Concilio se desarrollara dentro de la basílica de San Pedro sin confrontarse con lo que estaba sucediendo fuera de ella.

A mi entender, esta es una clave interesante para interpretar el Concilio, pues confirma la influencia que tuvo en él el pensamiento democrático. La gran coartada del Concilio fue presentar como decisiones colegiadas y casi como un plebiscito la introducción de novedades que de otro modo serían inaceptables. No fue ciertamente el contenido concreto de las actas ni su futuro alcance a la luz del espíritu del Concilio lo que abrió la puerta a doctrinas heterodoxas que ya se introducían sigilosamente en ambientes eclesiásticos del norte de Europa, sino el carisma de la democracia, asumido de modo casi inconsciente por los obispos del mundo entero en aras de una sumisión ideológica que desde hacía tiempo veía como muchos miembros de la Jerarquía poco menos que se sometían a la mentalidad secular. El ídolo del parlamentarismo surgido de la Revolución Francesa –que tan eficaz resultó para subvertir el orden social en su totalidad– debió de significar para algunos prelados una etapa inevitable de la modernización de la Iglesia que había que aceptar a cambio de una especie de tolerancia por parte del mundo contemporáneo hacia todo lo que ella se empeñaba en ofrecer de lo era antiguo y estaba superado. ¡Craso error! Este sentimiento de inferioridad por parte de la Jerarquía, esta sensación de atraso e insuficiencia ante las exigencias del progreso y de las ideologías traicionaron una visión sobrenatural muy deficiente y un ejercicio aún más deficiente de las virtudes teologales. ¡Es la Iglesia la que debe atraer a sí al mundo, y no al revés! El mundo debe convertirse a Cristo y al Evangelio, sin que se presente a Nuestro Señor como a un revolucionario por el estilo del Che Guevara y a la Iglesia como una organización filantrópica más preocupada por la ecología que por la salvación eterna de las almas.

Afirma De Souza, al contrario de cuanto he escrito, que yo he calificado al Concilio de «concilio del Diablo». Me gustaría saber de dónde sacó esas supuestas palabras mías. Supongo que sea una interpretación errónea y atrevida que hizo de la palabra italiana conciliabolo [conciliábulo], según la etimología latina, que no corresponde al significado actual en italiano.

Deduce de esta errónea traducción suya que tengo «una postura contraria a la fe católica en lo que se refiere a la autoridad de los concilios ecuménicos». De haberse tomado la molestia de leer mis declaraciones al respecto, habría entendido que precisamente porque profeso la mayor veneración por los concilios ecuménicos y por todo el Magisterio en general, no me es posible conciliar las clarísimas enseñanzas ortodoxas de todos los concilios hasta el Vaticano II con las equívocas y a veces heterodoxas de este último. Y no creo que sea el único. El mismo P Weinandy no es capaz de conciliar el papel del Vicario de Cristo con Jorge Mario Bergoglio, que es al mismo tiempo ocupante y demoledor del cargo. Pero para De Souza y Wenandy, contra toda lógica, es posible criticar al Vicario de Cristo pero no al Concilio; a ese concilio, y no a otro. La verdad es que nunca he visto tanta solicitud en recalcar los cánones del Concilio Vaticano I cuando algunos teólogos hablan de redimensionamiento del Papado o de sentido sinodal. Tampoco he visto tantos defensores de la autoridad del de Trento mientras se niega la esencia misma del sacerdocio católico.

Cree De Souza que con mi carta al P. Weinandy yo buscaba en él un aliado. Aunque fuese cierto, no creo que tuviera nada de de malo en tanto que dicha alianza tuviera por objeto la defensa de la Verdad en el vínculo de la Caridad. En realidad, mi intención fue lo que vengo declarando desde el principio: establecer una comparación que permita entender mejor la crisis actual y sus causas para que la autoridad de la Iglesia pueda pronunciarse a su debido tiempo. Jamás me he permitido imponer una solución definitiva ni resolver cuestiones que quedan fuera de mis competencias como arzobispo y caen directamente bajo la jurisdicción de la Sede Apostólica. No es, por tanto, lo que afirma el P. De Souza, y tampoco lo que incomprensiblemente me atribuye el P. Weinandy, que haya caído «en el pecado imperdonable contra el Espíritu Santo». Tal vez podría creer en la buena fe de ambos si tuvieran la misma severidad al juzgar a nuestros adversarios comunes y a ellos mismos, pero desgraciadamente no me parece que sea así.

Dice el P. De Souza: «Cisma. Herejía. Obra del Diablo. Pecado imperdonable. ¿Cómo pueden aplicarse ahora estas palabras al arzobispo Viganò por voces respetadas y escuchadas?» Creo que la respuesta es ya bastante obvia: se ha roto un tabú y se ha iniciado un debate a gran escala en torno al Concilio Vaticano II, debate que hasta ahora estaba restringido a ámbitos muy reducidos del cuerpo eclesial. Lo que más molesta a los partidarios del Concilio es constatar que esta controversia no versa sobre si el Concilio es o no criticable, sino sobre qué se puede hacer para remediar los errores y sus pasajes equívocos. Es un hecho innegable sobre el que ya no cabe ninguna labor de deslegitimación. Lo dice también Magister en Settimo Cielo, refiriéndose a «la disputa que está encendiendo la Iglesia sobre cómo juzgar el Concilio» y a «las controversias que periódicamente se reabren en los medios de comunicación denominados católicos sobre el significado del Vaticano II y el nexo que existiría entre dicho Concilio y la situación actual de la Iglesia». Pretender que se crea que el Concilio está por encima de toda crítica es falsificar la realidad, independientemente de las intenciones de quien critica su carácter equívoco y su heterodoxia.

Sostiene además el padre De Souza que el profesor John Paul Meenan habría demostrado en LifeSiteNews (aquí) «los puntos flacos de la argumentación de monseñor Viganò y de sus errores teológicos». Dejo al profesor Meenan el honor de refutar mis intervenciones sobre la base de lo que afirmo, no de cuanto no digo y deliberadamente se quiere malinterpretar. También en este caso, cuánta indulgencia con las actas del Concilio, y qué severidad más implacable hacia quien pone en evidencia las lagunas, hasta el punto de insinuar sospechas de donatismo.

Por lo que respecta a la famosa hermenéutica de la continuidad, me parece evidente que no deja de ser una tentativa -quizás inspirada en un concepto un tanto kantiano de los asuntos de la Iglesia- de conciliar un preconcilio y un postconcilio, cosa que nunca había sido necesario hacer hasta entonces. Está claro que la hermenéutica de la continuidad es válida y tiene que seguir dentro del discurso católico: en lenguaje teológico se llama analogía fidei, y es uno de los elementos fundamentales a los que debe atenerse el estudioso de las ciencias sagradas. Pero no tiene sentido aplicar ese criterio a un caso aislado que precisamente por su carácter equívoco ha conseguido expresar o dar a entender lo que por el contrario se debería haber condenado abiertamente, porque supone como postulado que hay verdadera coherencia entre el Magisterio de la Iglesia y el magisterio contrario que actualmente se enseña en las academias, en las universidades pontificias, en las cátedras episcopales y en los seminarios y se predica desde los púlpitos. Pero mientras es ontológicamente necesario que totalidad de la Verdad sea coherente consigo misma, no es posible al mismo tiempo faltar al principio de no contradicción, según el cual dos proposiciones que se excluyen mutuamente no pueden ser ciertas las dos. Así, no puede haber la menor hermenéutica de la continuidad entre sostener la necesidad de la Iglesia Católica para la salvación eterna y la declaración de Abu Dabi, que está en continuidad con las enseñanzas conciliares. No es, por tanto, cierto que rechazo la hermenéutica de la continuidad en sí; sólo cuando no se puede aplicar a un contexto claramente heterogéneo. Pero si esta observación mía resulta infundada y se quieren dar a conocer sus deficiencias, con mucho gusto las repudiaré yo mismo.

En la conclusión de artículo, el P. De Souza pregunta provocativamente: «Sacerdote, curialista, diplomático, nuncio, administrador, reformados, informador… ¿Podría ser que, al final, a esta lista haya que añadir hereje y cismático?» No es mi intención responder a los insultos y las palabras gravemente ofensivas del P. Raymond K.M., que no son propias de un caballero. Me limito a preguntarle: ¿a cuántos cardenales y obispos progres sería superfluo plantearles la misma cuestión, sabiendo de antemano que la respuesta es lamentablemente positiva? Quizás, antes de ver cismas y herejías donde no los hay, sería oportuno y más provechoso combatir los errores y divisiones allí donde se instalan y propagan desde hace décadas.

Sancte Pie X, ora pro nobis!
3 de septiembre de 2020

Festividad de San Pío X, papa y confesor

Viganò alaba a Mons Marcel Lefebvre

Respuesta del Arzobispo Viganò al Sitio Catholic Family News.
Estimado Mr. Kokx,
Leo con vivo interés su artículo “Preguntas para Viganò: Su Excelencia acierta sobre el Vaticano II, pero ¿qué piensa que debe hacer un católico ahora?” que fue publicado por el sitio Catholic Family News el 22 de Agosto (liga del artículo). Estoy contento de responder sus preguntas, que abordan asuntos de gran importancia para los fieles.
Pregunta: “¿Cómo se vería, en la opinión del Arzobispo Viganò, ´separarse´ de la Iglesia Conciliar?” Les respondo con otra pregunta: “¿Qué significa el separarse de la Iglesia Católica según los seguidores del Concilio?” Si bien está claro que no es posible ninguna mezcla con aquellos que proponen doctrinas adulteradas del manifiesto ideológico conciliar, se debe notar que el simple hecho de ser bautizados y el ser miembros vivos de la Iglesia de Cristo no implica adhesión al equipo conciliar; esto es cierto sobre todo para todos los simples fieles y también para los clérigos seculares y regulares que, por varias razones, sinceramente se consideran Católicos y reconocen la Jerarquía.
En vez, lo que se necesita clarificar es la posición de quiénes, declarándose Católicos, abrazan las doctrinas heterodoxas que se han extendido a lo largo de estas décadas. con la conciencia que estas representan una ruptura con el Magisterio precedente. En este caso, es lícito dudar de su real adhesión a la Iglesia Católica, en la que, sin embargo, desempeñan roles oficiales que les confieren autoridad. Es una autoridad ilícitamente ejercida si su propósito es forzar a los fieles a aceptar la revolución impuesta desde el Concilio.
Una vez que este punto ha sido clarificado, es evidente que no son los fieles tradicionales -estos son, Católicos verdaderos, en palabras de San Pío X- los que deben abandonar la Iglesia en la que tienen el completo derecho de permanecer y de la cual sería desafortunado separarse; sino los modernistas que usurpan el nombre de Católicos, precisamente porque solo el elemento burocrático les permite no ser considerados a la par de una secta herética. Este reclamo suyo, sirve de hecho para prevenir que terminen entre los cientos de movimientos heréticos que a lo largo de los siglos se han creído capaces de reformar la Iglesia a su propio placer, prefiriendo su orgullo a humildemente guardar la enseñanza de Nuestro Señor. Pero, así como no es posible reclamar la ciudadanía en una patria en la que uno desconoce su idioma, ley, fe y tradición, por eso es imposible que quienes no comparten la fe, la moral, la liturgia y la disciplina de la Iglesia Católica que puedan arrogarse el derecho a permanecer dentro de ella e incluso a ascender los niveles de la jerarquía.
Por lo tanto, no caigamos en la tentación de abandonar -aunque con justificada indignación-la Iglesia Católica, con el pretexto de que ha sido invadida por herejes y fornicadores: son ellos los que deben ser expulsados del recinto sagrado, en una obra de purificación y penitencia que debe comenzar con cada uno de nosotros.
(Claro llamado de Mons. Viganò a evitar el Sedevacantismo, n.b.)

También es evidente que hay extensos casos en los que los fieles encuentran graves problemas para frecuentar su iglesia parroquial, así como cada vez son menos las iglesias donde se celebra la Santa Misa en el Rito Católico. Los horrores que han estado desenfrenados durante décadas en muchas de nuestras parroquias y santuarios hacen imposible (énfasis del blog) incluso asistir a una “Eucaristía” sin ser perturbado y sin poner en riesgo la fe de uno, así como es muy difícil garantizar ahí una educación católica, y que los Sacramentos sean dignamente celebrados, y poder poner una sólida guía espiritual para uno mismo y sus hijos. En estos casos, los laicos fieles tienen el derecho y el deber (énfasis del blog) de encontrar sacerdotes, comunidades e institutos fieles al Magisterio perenne. Y que sepan cómo acompañar la loable celebración de la liturgia en el Antiguo Rito con apego a la sana doctrina y moral, sin ningún compromiso con el frente Conciliar.
(Imposible asistir a la Nueva misa. Deber de los fieles unirse a la Resistencia verdadera fieles a la Tradición doctrinal y sacramental, n.b.)

La situación ciertamente es más compleja para los clérigos, quienes dependen jerárquicamente de su obispo o superior religioso, pero que al mismo tiempo tienen el derecho de permanece Católicos y ser capaces de celebrar de acuerdo al Rito Católico. Por un lado, los laicos tienen más libertad de movimiento para elegir la comunidad a la que acuden para la Misa, los sacramentos y la instrucción religiosa, pero menos autonomía por el hecho de que todavía tienen que depender de un sacerdote; por otro lado, los clérigos tienen menos libertad de movimiento, ya que están incardinados en una diócesis u orden y están sujetos a la autoridad eclesiástica, pero tienen más autonomía por el hecho de que pueden decidir legítimamente celebrar la Misa y administrar los sacramentos en el Rito Tridentino y predicar de acuerdo con la sana doctrina. El Motu Proprio Summorum Pontificum reafirmó que los fieles y sacerdotes tienen el derecho inalienable -que no puede ser negado- de aprovechar la liturgia que expresa más perfectamente su fe católica. Pero este derecho debe usarse hoy, no solo y no tanto para preservar la forma extraordinaria del rito, sino para atestiguar la adhesión al depositum fidei que encuentra correspondencia perfecta sólo en el Rito Antiguo.
(O sea, que SOLO la misa Tridentina, es fiel a la fe. O sea es el único Rito católico ordinario, n.b).

Diariamente, recibo sentidas cartas sentidas de sacerdotes y religiosos que son marginados, transferidos o condenados al ostracismo por su fidelidad a la Iglesia: la tentación de encontrar un ubi consistam (un lugar para quedarse) lejos del clamor de los innovadores es fuerte, pero debemos tomar un ejemplo de las persecuciones que muchos santos han sufrido, incluido San Atanasio, quien nos ofrece un modelo de cómo comportarnos ante la herejía generalizada y la furia perseguidora. Como ha recordado muchas veces mi venerado hermano el obispo Athanasius Schneider, el arrianismo que afligió a la Iglesia en la época del Santo Doctor de Alejandría en Egipto estaba tan extendido entre los obispos que casi nos hace creer que la ortodoxia católica había desaparecido por completo. Pero fue gracias a la fidelidad y al testimonio heroico de los pocos obispos que se mantuvieron fieles que la Iglesia supo volver a levantarse. Sin este testimonio, el arrianismo no habría sido derrotado; sin nuestro testimonio hoy, el Modernismo y la apostasía globalista de este pontificado no serán derrotados.
(Ésta fidelidad y testimonio heróico de San Atanasio fue exitoso gracias a que resistió lejos “del clamor de los innovadores” arrianos. Por ésta razón no debe considerarse como una “tentación fuerte” el resistir lejos de la influencia contaminante de Roma, sino al contrario, debe considerarse esta manera de actuar como una medida prudencial sobrenatural debido a que “no son los inferiores los que hacen a los superiores sino a la inversa” como bien dijera Mons. Marcel Lefebvre, n.b.)

Por lo tanto, no se trata de trabajar desde dentro o fuera de la Iglesia: los enólogos están llamados a trabajar en la Viña del Señor, y es allí donde deben permanecer incluso a costa de sus vidas; los pastores están llamados a pastorear el rebaño del Señor, a mantener a raya a los lobos hambrientos y a expulsar a los mercenarios que no se preocupan por la salvación de las ovejas y los corderos.
Esta obra oculta y muchas veces silenciosa ha sido realizada por la Fraternidad San Pío X, que merece un reconocimiento por no haber permitido que se apagara la llama de la Tradición en un momento en el que celebrar la Misa antigua se consideraba subversivo y motivo de excomunión. Sus sacerdotes han sido una saludable espina en el costado para una jerarquía que ha visto en ellos un punto de comparación inaceptable para los fieles, un reproche constante por la traición cometida contra el pueblo de Dios, una alternativa inadmisible al nuevo camino conciliar. Y si su fidelidad hizo inevitable la desobediencia al Papa con las consagraciones episcopales, gracias a ellas la Fraternidad pudo protegerse del furioso ataque de los Innovadores y por su misma existencia permitió la posibilidad de la liberalización del Rito Antiguo, que hasta entonces estaba prohibido. Su presencia también permitió que emergieran las contradicciones y errores de la secta conciliar, siempre guiñando a los herejes e idólatras, pero implacablemente rígida e intolerante hacia la Verdad Católica.
(Mons. Viganò se refiere obviamente a la antigua FSSPX de los tiempos cuando Mons. Lefebvre todavía vivía. Hay que recordar a los lectores de que la Nueva-FSSPX ha abandonado la fidelidad heroica de Mons. Lefebvre al ya no querer aceptar de manera sistemática tener las apariencias de ser “subversivos” y “desobedientes” a Roma, exigiendo el retiro de las “excomuniones” que nunca existieron, optando por el silencio doctrinal culpable para agradar más a los Conciliares que a Cristo, no protegiendo las almas de las garras del lobo. Ahora la Neo-FSSPX ya son una alternativa “admisible” declarada por Roma misma para aquellos que caminan por el nuevo camino conciliar (i.e. La Neo-FSSPX aceptó el compromiso de poseer el permiso conciliar para poder administrar Sacramentos a cambio de la “amistad” y el silencio culpable).

Considero al Arzobispo Lefebvre un confesor ejemplar de la fe, y creo que a estas alturas es evidente que su denuncia del Concilio y la apostasía modernista es más relevante que nunca. No hay que olvidar que la persecución a la que fue sometido Monseñor Lefebvre por la Santa Sede y el episcopado mundial sirvió sobre todo de disuasión para los católicos que se resistían a la revolución conciliar.
También estoy de acuerdo con la observación de Su Excelencia el Obispo Bernard Tissier de Mallerais sobre la copresencia de dos entidades en Roma: la Iglesia de Cristo ha sido ocupada y eclipsada por la estructura conciliar modernista, que se ha establecido en la misma jerarquía y utiliza la autoridad de sus ministros para prevalecer sobre la Esposa de Cristo y Nuestra Madre.
La Iglesia de Cristo- que no solo subsiste en la Iglesia Católica, pero que es exclusivamente la Iglesia Católica- sólo es oscurecida y eclipsada por una extraña y extravagante Iglesia establecida en Roma, según la visión de la Beata Ana Catalina Emmerich. Coexiste, como el trigo con la cizaña, en la Curia romana, en las diócesis, en las parroquias. No podemos juzgar a nuestros pastores por sus intenciones, ni suponer que todos ellos sean corruptos en la fe y la moral; por el contrario, podemos esperar que muchos de ellos, hasta ahora intimidados y en silencio, entenderán, a medida que la confusión y la apostasía continúen extendiéndose, el engaño al que han sido sometidos y finalmente se sacudirán de su sueño. Hay muchos laicos que están alzando la voz; otros seguirán necesariamente, junto con buenos sacerdotes, ciertamente presentes en cada diócesis. Este despertar de la Iglesia militante – me atrevería a llamarlo casi una resurrección – es necesario, urgente e inevitable: ningún hijo tolera que su madre sea ultrajada por los sirvientes, o que su padre sea tiranizado por los administradores de sus bienes. El Señor nos ofrece, en estas dolorosas situaciones, la posibilidad de ser sus aliados en esta santa batalla bajo su estandarte: el Rey vencedor del error y la muerte nos permite compartir el honor de la victoria triunfal y la recompensa eterna que se deriva de ella, después de haber perseverado y sufrido con él.
Pero para merecer la gloria inmortal del Cielo estamos llamados a redescubrir- en una época castrada y desprovista de valores como el honor, la fidelidad a la palabra y el heroísmo- un aspecto fundamental de la fe de todo bautizado: la vida cristiana es una milicia, y con el sacramento de la Confirmación estamos llamados a ser soldados de Cristo, bajo cuya insignia debemos luchar. Por supuesto, en la mayoría de los casos se trata esencialmente de una batalla espiritual, pero a lo largo de la historia hemos visto con qué frecuencia, ante la violación de los derechos soberanos de Dios y la libertad de la Iglesia, también fue necesario tomar las armas: esto nos lo enseña la enérgica resistencia para repeler las invasiones islámicas en Lepanto y en las afueras de Viena, la persecución de los Cristeros en México, de los Católicos en España, y aún hoy por la cruel guerra contra los Cristianos en todo el mundo. Nunca como hoy podremos entender el odio teológico proveniente de los enemigos de Dios, inspirados por Satanás. El ataque a todo lo que recuerda la Cruz de Cristo- sobre la virtud, sobre lo bueno y lo bello, sobre la pureza-debe impulsarnos a levantarnos, en un acto de orgullo, para reclamar nuestro derecho no solo a no ser perseguidos por nuestros enemigos externos, sino también y sobre todo a tener pastores fuertes y valientes, santos y temerosos de Dios, que harán exactamente lo que sus predecesores han hecho durante siglos: predicar el Evangelio de Cristo, convertir personas y naciones, y expandir el Reino del Dios vivo y verdadero por todo el mundo.
(Esperamos que Mons. Viganò haga mención en algún futuro cercano acerca de la adulteración grave sufrida por los sacramentos de Confirmación, del Orden Sacerdotal, y de la Extremaunción que dudosos a los nuevos sacramentos, n.b.)

Todos estamos llamados a hacer un acto de Fortaleza – virtud cardinal olvidada, que no por casualidad en griego recuerda la fuerza viril, ἀνδρεία – en saber cómo resistir a los modernistas: una resistencia que tiene sus raíces en la Caridad y la Verdad, que son atributos de Dios.
(La Resistencia se realiza por motivos de caridad y de la verdad. O sea que no se puede llamar Resistencia cuando no se lucha por estos dos motivos como absoluta prioridad, n.b.)

Si solo celebras la Misa Tridentina y predicas la sana doctrina sin ni siquiera mencionar el Concilio, ¿qué pueden hacerte ellos? Echarte de tus iglesias, tal vez, ¿y luego qué? Nadie puede impedirte nunca renovar el Santo Sacrificio, aunque sea en un altar improvisado en un sótano o un ático, como hicieron los sacerdotes refractarios durante la Revolución Francesa, o como sucede todavía hoy en China. Y si intentan distanciarte, resiste: el derecho canónico sirve para garantizar el gobierno de la Iglesia en la búsqueda de sus propósitos primordiales, no para demolerlo. Dejemos de temer que la culpa del cisma sea de quienes lo denuncian, y no, en cambio, de quienes lo llevan a cabo: ¡los que son cismáticos y herejes son los que hieren y crucifican el Cuerpo Místico de Cristo, no los que lo defienden denunciando a los verdugos!
Los laicos pueden esperar que sus ministros se comporten como tales, prefiriendo a aquellos que prueben que no están contaminados por los errores presentes. Si una Misa se convierte en ocasión de tortura para los fieles, si se ven obligados a asistir a sacrilegios o a sustentar herejías y divagaciones indignas de la Casa del Señor, es mil veces preferible acudir a una iglesia donde el sacerdote celebre dignamente el Santo Sacrificio, en el rito que nos da la Tradición, con predicación conforme a la sana doctrina. Cuando los párrocos y obispos se den cuenta de que el pueblo cristiano exige el Pan de la Fe, y no las piedras y los escorpiones de la neo-iglesia, dejarán de lado sus miedos y cumplirán con las legítimas peticiones de los fieles. Los otros, verdaderos mercenarios, se mostrarán por lo que son y podrán reunir a su alrededor solo a aquellos que comparten sus errores y perversiones. Se extinguirán por sí mismos: el Señor seca el pantano y hace que la tierra en la que crecen las zarzas se vuelva árida; extingue vocaciones en seminarios corruptos y en conventos rebeldes a la Regla.
(Un llamado a la lucha, al martirio, a la persecución inevitable. Es muy llamativo el hecho de que la Neo-FSSPX no apoya a Mons. Viganò, n.b.)

Los fieles laicos tienen hoy una tarea sagrada: consolar a los buenos sacerdotes y a los buenos obispos, reuniéndose como ovejas en torno a sus pastores. Dales hospitalidad, ayúdalos, consuélalos en sus pruebas. Crea comunidad en la que no predomine la murmuración y la división, sino la caridad fraterna en el vínculo de la fe. Y como en el orden establecido por Dios – κόσμος – los sujetos deben obediencia a la autoridad y no pueden hacer otra cosa que resistirla cuando abusa de su poder, no se les imputará culpa alguna por la infidelidad de sus líderes, sobre quienes recae la gravísima responsabilidad por la forma en que ejercen el poder vicario que les ha sido dado. No debemos rebelarnos, sino oponernos; no debemos complacernos con los errores de nuestros pastores, sino orar por ellos y amonestarlos respetuosamente; no debemos cuestionar su autoridad sino la forma en que la usan.
Estoy seguro, con una certeza que me viene de la fe, que el Señor no dejará de premiar nuestra fidelidad, después de habernos castigado por las faltas de los hombres de Iglesia, otorgándonos santos sacerdotes, santos obispos, santos cardenales, y sobre todo un Papa santo. Pero estos santos surgirán de nuestras familias, de nuestras comunidades, de nuestras iglesias: familias, comunidades e iglesias en las que la gracia de Dios debe cultivarse con la oración constante, con la frecuencia de la Santa Misa y los sacramentos, con la ofrenda de sacrificios y penitencias que la Comunión de los Santos nos permite ofrecer a la Divina Majestad para expiar nuestros pecados y los de nuestros hermanos, incluidos los que ejercen la autoridad. Los laicos tienen un papel fundamental en esto, custodiando la Fe en sus familias, de tal manera que nuestros jóvenes, educados en el amor y en el temor de Dios, sean algún día padres y madres responsables, pero también dignos ministros del Señor, sus heraldos en las órdenes religiosas masculinas y femeninas, y sus apóstoles en la sociedad civil.
La cura para la rebelión es la obediencia. La cura para la herejía es la fidelidad a la enseñanza de la Tradición. La cura del cisma es la devoción filial por los Sagrados Pastores. La cura para la apostasía es el amor a Dios y a su Santísima Madre. La cura para el vicio es la práctica humilde de la virtud. La cura para la corrupción de la moral es vivir constantemente en la presencia de Dios. Pero la obediencia no puede pervertirse en un servilismo impasible; el respeto por la autoridad no puede pervertirse en la reverencia del tribunal. Y no olvidemos que si es deber de los laicos obedecer a sus pastores, es aún más grave deber de los pastores obedecer a Dios, usque ad effusionem sanguinis.
+ Carlo Maria Viganò, Archbishop
Septiembre 1, 2020

Entrevista histórica de Mons. Viganó

sábado, 27 de junio de 2020
EL ARZOBISPO VIGANÒ DE NUEVO ATACA RESUELTAMENTE AL VATICANO II

Entrevista a Mons. Carlo María Viganò por el Doctor Phil Lawler
Fuente
Lawler: En primer lugar, ¿qué dice usted acerca del Vaticano II? Que las cosas han ido cuesta abajo rápidamente desde entonces, es totalmente cierto. Pero si todo el Concilio es un problema, ¿cómo sucedió eso? ¿Cómo reconciliamos eso con lo que creemos sobre la inerrancia del magisterio? ¿Cómo fueron engañados todos los padres del Concilio? Aunque sólo algunas partes del Concilio (por ejemplo, Nostra Aetate, Dignitatis Humanae) son problemáticas, seguimos enfrentándonos a las mismas preguntas. Muchos de nosotros hemos estado diciendo durante años que el “espíritu del Vaticano II” está en error. ¿Está diciendo ahora que este falso “espíritu” liberal refleja con precisión la obra del Concilio?
Arzobispo Viganò: No creo que sea necesario demostrar que el Concilio representa un problema: el simple hecho de que estemos planteando esta cuestión sobre el Vaticano II y no sobre Trento o el Vaticano I, parece confirmar un hecho que es obvio y reconocido por todos. En realidad, incluso aquellos que defienden el Concilio con las espadas desenvainadas lo consideran como algo aparte de todos los otros concilios ecuménicos anteriores, de los que ni siquiera de uno se dijo que fuera un concilio pastoral. Y nótese que lo llaman “el Concilio” por excelencia, como si fuera el único concilio en toda la historia de la Iglesia, o al menos lo consideran como un unicum, ya sea por la formulación de su doctrina o por la autoridad de su magisterio. Es un concilio que, a diferencia de todos los que lo precedieron, se llamó a sí mismo concilio pastoral, declarando que no quería proponer ninguna nueva doctrina, pero que de hecho creó una distinción entre el antes y el después, entre un concilio dogmático y un concilio pastoral, entre cánones inequívocos y frases vacías, entre el anathema sit y guiñar el ojo al mundo.
En este sentido, creo que el problema de la infalibilidad del Magisterio (la inerrancia que usted menciona es propiamente una cualidad de la Sagrada Escritura) ni siquiera se plantea, porque el Legislador, es decir, el Romano Pontífice en torno al cual se convocó el Concilio, afirmó solemne y claramente que no quería utilizar la autoridad doctrinal que podría haber ejercido si hubiera querido. Quisiera hacer la observación de que no hay nada más pastoral que lo que se propone como dogmático, porque el ejercicio del munus docendi en su forma más elevada coincide con la orden que el Señor dio a Pedro de apacentar sus ovejas y corderos. Sin embargo, esta oposición entre dogmático y pastoral fue hecha precisamente por quien, en su discurso de apertura del Concilio, pretendió dar un sentido severo al dogma y un sentido más suave y conciliador a la pastoral. También encontramos el mismo escenario en las intervenciones de Bergoglio, donde identifica la “pastoralidad” como una versión suave de la rígida enseñanza católica en materia de fe y moral, en nombre del discernimiento.
Es doloroso reconocer que la práctica de recurrir a un léxico equívoco, utilizando términos católicos entendidos de manera impropia, invadió la Iglesia a partir del Vaticano II, que es el primer y más emblemático ejemplo del llamado “circiterismo”: el uso equívoco e intencionadamente impreciso del lenguaje. Esto sucedió porque el Aggiornamento, un término en sí mismo promovido ideológicamente por el Concilio como un absoluto, abrazó el diálogo con el mundo como su prioridad por encima de todo.
Hay otro error que debe ser aclarado. Si por un lado Juan XXIII y Pablo VI declararon que no querían comprometer al Concilio en la definición de nuevas doctrinas y querían que se limitara a ser sólo pastoral, por otro lado, es cierto que externamente -mediáticamente o en los medios de comunicación, diríamos hoy- el énfasis dado a sus actos fue enorme. Este énfasis sirvió para transmitir la idea de una presunta autoridad doctrinal, de una infalibilidad magistral implícita, aunque éstas fueron claramente excluidas desde el principio.
Si se hizo hincapié en ello fue para que las instancias más o menos heterodoxas se percibieran como autorizadas y, por lo tanto, fueran aceptadas por el clero y los fieles. Pero esto bastaría para desacreditar a los autores de un engaño similar, que todavía hoy gritan si alguien toca Nostra Aetate, mientras que permanecen en silencio aunque se niegue la divinidad de Nuestro Señor o la perpetua virginidad de María Santísima. Recordemos que los católicos no veneran un Concilio, ni el Vaticano II ni el de Trento, sino la Santísima Trinidad, el Único Dios Verdadero; no veneran una declaración conciliar o una exhortación postsinodal, sino la Verdad que estos actos del Magisterio transmiten.
Usted me preguntaa: “¿Cómo fueron engañados todos los padres del Concilio?” Respondo aprovechando mi experiencia de esos años y las palabras de mis hermanos con los que discutí en ese momento. Nadie podía imaginar que en el seno del cuerpo eclesiástico existían fuerzas hostiles tan poderosas y organizadas que podían lograr rechazar los esquemas preparatorios perfectamente ortodoxos que habían sido preparados por los cardenales y prelados con una fidelidad inquebrantable a la Iglesia, sustituyéndolos por un conjunto de errores inteligentemente disfrazados detrás de discursos largos y deliberadamente equívocos. Nadie podría haber creído que, justo debajo de las bóvedas de la Basílica Vaticana, se podría convocar a los estados generales que decretarían la abdicación de la Iglesia Católica y la inauguración de la Revolución. (Como ya he mencionado en un artículo anterior, el cardenal Suenens llamó al Vaticano II “el 1789 de la Iglesia”). Los Padres del Concilio fueron objeto de un sensacional engaño, de un fraude que fue ingeniosamente perpetrado recurriendo a los medios más sutiles: se encontraron en minoría en los grupos lingüísticos, excluidos de las reuniones convocadas en el último momento, presionados a dar su placet haciéndoles creer que el Santo Padre lo quería. Y lo que los innovadores no lograron obtener en el aula conciliar, lo lograron en las comisiones y comités, gracias también al activismo de los teólogos y periti [peritos] que fueron acreditados y aclamados por una poderosa maquinaria mediática. Existe una amplia gama de estudios y documentos que atestiguan, por un lado, este sistemático proceder malicioso de algunos de los Padres del Concilio y, por otro, el ingenuo optimismo o descuido de otros Padres del Concilio bienintencionados. La actividad del Coetus Internationalis Patrum [que se opuso a los innovadores] poco o nada pudo hacer, cuando las violaciones de las reglas por parte de los progresistas fueron ratificadas en la misma Mesa Sagrada [por el Papa].
Aquellos que han mantenido que el “espíritu del Concilio” representó una interpretación heterodoxa o errónea del Vaticano II, se comprometieron en una operación innecesaria y dañina, aunque fueron impulsados de buena fe a hacerlo. Es comprensible que un cardenal u obispo quisiera defender el honor de la Iglesia y deseara que no fuera desacreditada ante los fieles y el mundo, por lo que se pensó que lo que los progresistas atribuyeron al Concilio era en realidad una tergiversación indebida, un forzamiento arbitrario. Pero si en aquel entonces era difícil pensar que una libertad religiosa condenada por Pío XI (Mortalium Animos) pudiera ser afirmada por Dignitatis Humanae, o que el Romano Pontífice pudiera ver su autoridad usurpada por un fantasmagórico colegio episcopal, hoy comprendemos que lo que fue astutamente ocultado en el Vaticano II es hoy afirmado ore rotundo en los documentos papales, precisamente en nombre de la aplicación coherente del Concilio.
Por otra parte, cuando hablamos comúnmente del espíritu de un acontecimiento, queremos decir precisamente que constituye el alma, la esencia de ese acontecimiento. Podemos, pues, afirmar que el espíritu del Concilio es el propio Concilio, que los errores del período posconciliar fueron contenidos in nuce [en germen] en las actas conciliares, así como se dice con razón que el Novus Ordo es la Misa del Concilio, aunque en presencia de los Padres del Concilio se celebrara la Misa que los progresistas llaman significativamente preconciliar. Y de nuevo: si el Vaticano II realmente no representó un punto de ruptura, ¿cuál es la razón para hablar de una Iglesia preconciliar y una iglesia posconciliar, como si se tratara de dos entidades diferentes, definidas en su esencia por el propio Concilio? Y si el Concilio estaba verdaderamente en línea con el ininterrumpido e infalible Magisterio de la Iglesia, ¿por qué es el único Concilio que plantea graves y serios problemas de interpretación, demostrando su heterogeneidad ontológica con respecto a otros Concilios?
Lawler: En segundo lugar, ¿cuál es la solución? El obispo Schneider propone que un futuro Pontífice debe repudiar los errores; el arzobispo Viganò lo encuentra inadecuado. Pero entonces, ¿cómo se pueden corregir los errores, de manera que se mantenga la autoridad de la enseñanza del magisterio?
Arzobispo Viganò: La solución, en mi opinión, reside sobre todo en un acto de humildad que todos nosotros, comenzando por la Jerarquía y el Papa, debemos reconocer la infiltración del enemigo en el corazón de la Iglesia, la ocupación sistemática de puestos clave en la Curia Romana, los seminarios y las escuelas eclesiásticas, la conspiración de un grupo de rebeldes -incluyendo, en primera línea, a la desviada Compañía de Jesús- que ha logrado dar la apariencia de legitimidad y legalidad a un acto subversivo y revolucionario. También debemos reconocer la insuficiencia de la respuesta del bien, la ingenuidad de muchos, el temor de otros y los intereses de los que se han beneficiado gracias a esa conspiración. Después de su triple negación de Cristo en el patio del sumo sacerdote, Pedro “flevit amare”, lloró amargamente. La tradición cuenta que el Príncipe de los Apóstoles tenía dos surcos en sus mejillas por el resto de sus días, como resultado de las lágrimas que derramó copiosamente, arrepintiéndose de su traición. Corresponderá a uno de sus sucesores, el Vicario de Cristo, en la plenitud de su poder apostólico, volver a unir el hilo de la Tradición allí donde fue cortado. Esto no será una derrota sino un acto de verdad, humildad y valentía. La autoridad e infalibilidad del Sucesor del Príncipe de los Apóstoles emergerá intacta y reconfirmada. De hecho, éstas no fueron deliberadamente cuestionadas en el Vaticano II, pero, irónicamente, estarán ahí en ese día futuro en el que un Pontífice corregirá los errores que ese Concilio permitió, bromeando con el equívoco de una autoridad que oficialmente negó tener, pero que toda la Jerarquía subrepticiamente dio a entender a los fieles que tenía, comenzando justamente por los Papas del Concilio.
Deseo recordar que para algunas personas lo expresado anteriormente puede sonar excesivo, porque parecería cuestionar la autoridad de la Iglesia y de los Romanos Pontífices. Sin embargo, ningún escrúpulo impidió la violación de la Bula Quo primum tempore de San Pío V, aboliendo de un día para otro toda la Liturgia Romana, el venerable tesoro milenario de la doctrina y la espiritualidad de la Misa tradicional, el inmenso patrimonio del canto gregoriano y de la música sagrada, la belleza de los ritos y de las vestiduras sagradas, desfigurando la armonía arquitectónica incluso en las basílicas más distinguidas, quitando balaustradas, altares monumentales y tabernáculos: todo fue sacrificado en el altar de la renovación conciliar del coram populo [cara al pueblo], con el agravante de haberlo hecho sólo porque esa Liturgia era admirablemente católica e irreconciliable con el espíritu del Vaticano II.
La Iglesia es una institución divina, y todo en ella debe comenzar con Dios y volver a Él. Lo que está en juego no es el prestigio de una clase dirigente, ni la imagen de una empresa o de un partido: se trata de la gloria de la Majestad de Dios, de no anular la Pasión de Nuestro Señor en la Cruz, de los sufrimientos de su Santísima Madre, de la sangre de los Mártires, del testimonio de los Santos, de la salvación eterna de las almas. Si por soberbia o desafortunada obstinación no sabemos reconocer el error y el engaño en que hemos caído, tendremos que dar cuenta a Dios, que es tan misericordioso con su pueblo cuando se arrepiente como implacable en la justicia cuando sigue a Lucifer en su non serviam.
Querido Doctor Lawler, para usted y sus lectores, le envío cordialmente mis saludos y la bendición de nuestro Señor, por la intercesión de Su y nuestra Madre Santísima.

Histórica carta de Viganó

“Monseñor” Viganó condena el Concilio Vaticano II y lo coloca como el origen de una nueva y falsa Iglesia paralela “diametralmente opuesta a la religión católica”.

Esta es una carta historica que bien podría pensarse venir de la pluma de Mons Marcel Lefebvre.

Solo le faltaría a Mons. Viganó pedir a los católicos se abstengan de los nuevos Sacramentos promulgados a raíz del Concilio Vaticano II que ya no confieren la gracia y que fueron gravemente modificados.

A continuación la carta de Mons Vigano:

“9 de junio de 2020
San Efrén

He leído con gran interés el ensayo de Su Excelencia, Mons. Athanasius Schneider, publicado en LifeSiteNews el 1 de junio, posteriormente traducido al italiano por Chiesa e post concilio, titulado “No existe la voluntad divina positiva de que haya diversidad de religiones ni hay un derecho natural a dicha diversidad”. El estudio de Su Excelencia resume, con la claridad que distingue las palabras de quienes hablan de acuerdo con Cristo, las objeciones contra la supuesta legitimidad del ejercicio de la libertad religiosa teorizada por el Concilio Vaticano II en contradicción con el testimonio de la Sagrada Escritura y con la voz de la Tradición, y en contradicción también con el Magisterio católico, que es el fiel guardián de ambas.

El mérito del ensayo de Su Excelencia consiste, primero que nada, en su comprensión del vínculo causal entre los principios enunciados -o implícitos- del Concilio Vaticano II y su consiguiente efecto lógico en las desviaciones doctrinales, morales, litúrgicas y disciplinarias que han surgido y se están desarrollando progresivamente hasta el día de hoy.

El monstruo generado en los círculos modernistas podría haber sido, al comienzo, equívoco, pero ha crecido y se ha fortalecido, de modo que hoy se muestra como lo que verdaderamente es en su naturaleza subversiva y rebelde. La criatura concebida en aquellos tiempos es siempre la misma, y sería ingenuo pensar que su perversa naturaleza podría cambiar. Los intentos de corregir los excesos conciliares -invocando la hermenéutica de la continuidad- han demostrado no tener éxito: Naturam expellas furca, tamen usque recurret [“Expulsa a la naturaleza con una horqueta: regresará”] (Horacio, Epist., I, 10, 24). La Declaración de Abu Dhabi -y como Mons. Schneider acertadamente observa, sus primeros síntomas en el panteón de Asís- “fue concebida en el espíritu del Concilio Vaticano II”, como lo afirma Bergoglio, orgullosamente.

Este “espíritu del Concilio” es la patente de legitimidad que los innovadores oponen a sus críticos, sin darse cuenta de que ello es confesar, precisamente, un legado que confirma no sólo la naturaleza errada de las declaraciones presentes, sino también la matriz herética que supuestamente las justifica. Si se mira más de cerca, jamás en la historia de la Iglesia un Concilio se ha presentado a sí mismo como un hecho histórico diferente de todos los concilios anteriores: jamás se ha hablado del “espíritu del Concilio de Nicea” o del “espíritu del Concilio de Ferrara-Florencia” ni, mucho menos, del “espíritu del Concilio de Trento”. Tampoco existió jamás una era “post-conciliar” después del Letrán IV o del Vaticano I.

La razón de ello es obvia: estos Concilios fueron todos, sin distinción alguna, expresión unánime de la voz de la Santa Madre Iglesia, y por esta misma causa, voz de Nuestro Señor Jesucristo. Es elocuente que quienes sostienen la novedad del Concilio Vaticano II adhieran también a la doctrina herética que pone al Dios del Antiguo Testamente en oposición al Dios del Nuevo Testamento, como si pudiera existir contradicción entre las Divinas Personas de la Santísima Trinidad. Evidentemente esta oposición, que es casi gnóstica o cabalística, es funcional para la legitimación de un sujeto nuevo, que se quiere diferente y opuesto a la Iglesia católica. Los errores doctrinales casi siempre revelan algún tipo de herejía trinitaria, y por tanto es mediante el regreso a la proclamación del dogma trinitario que las doctrinas que se le oponen pueden ser derrotadas: ut in confessione veræ sempiternæque deitatis, et in Personis proprietas, et in essentia unitas, et in majestate adoretur æqualitas: confesando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las Personas, la unidad en la esencia y la igualdad en la Majestad.

Juan Pablo II en el encuentro ecuménico de Asís de 1986(Foto: Asianews)
Mons. Schneider cita varios cánones de los Concilios Ecuménicos que proponen lo que, en su opinión, son doctrinas difíciles de aceptar hoy, como, por ejemplo, la obligación de diferenciar a los judíos por las ropas, o la prohibición de que los cristianos sirvan a patrones mahometanos o judíos. Entre esos ejemplos existe también la exigencia de la traditio instrumentorum proclamada por el Concilio de Florencia, que fue posteriormente corregida por la Constitución Apostólica Sacramentum Ordinis de Pío XII. Mons. Schneider comenta: “Se puede rectamente esperar y creer que un futuro Papa o Concilio Ecuménico corrija las declaraciones erróneas hechas” por el Concilio Vaticano II. Esto me parece ser un argumento que, aunque hecho con la mejor de las intenciones, debilita el edificio católico desde sus mismos fundamentos. Si de hecho admitimos que puede haber actos magisteriales que, por el cambio en la sensibilidad, son susceptibles de abrogación, modificación o diferente interpretación por el paso del tiempo, caemos inevitablemente en la condenación del Decreto Lamentabili, y terminamos concediendo justificaciones a quienes, recientemente, y precisamente sobre la base de aquel erróneo supuesto, han declarado que la pena de muerte “no es conforme al Evangelio”, enmendando así el Catecismo de la Iglesia Católica. De acuerdo con el mismo principio, podríamos sostener que las palabras del Beato Pío IX en Quanta Cura fueron en cierta forma corregidas por el Concilio Vaticano II, tal como Su Excelencia espera que ocurra con Dignitatis Humanae. +

Ninguno de los ejemplos que ofrece Su Excelencia es, en sí mismo, gravemente erróneo o herético: el hecho de que el Concilio de Florencia declarara que la traditio instrumentorum era necesaria para la validez de las órdenes no comprometió de ningún modo el ministerio sacerdotal en la Iglesia, haciendo que se confirieran órdenes inválidas. No me parece tampoco que se pueda afirmar que este aspecto, a pesar de su importancia, haya conducido a errores doctrinales por parte de los fieles, algo que sí ha ocurrido, por el contrario, sólo en el último Concilio. Y cuando en el curso de la historia se han difundido diversas herejías, la Iglesia siempre ha intervenido prontamente para condenarlas, como ocurrió en el tiempo del Sínodo de Pistoya de 1786, que fue en cierto modo un anticipo del Concilio Vaticano II, especialmente en su abolición de la comunión fuera de la Misa, la introducción de la lengua vernácula, y la abolición de las oraciones del Canon dichas en voz baja, pero especialmente en la teorización sobre el fundamento de la colegialidad episcopal, reduciendo la primacía del Papa a una función meramente ministerial. El releer las actas de aquel Sínodo causa estupor por la formulación literal de los mismos errores que encontramos posteriormente, aumentados, en el Concilio que presidieron Juan XXIII y Pablo VI. Por otra parte, tal como la Verdad procede de Dios, el error es alimentado por el Adversario y se alimenta de él, que odia a la Iglesia de Cristo y su corazón, la Santa Misa y la Santísima Eucaristía.

Llega un momento en nuestras vidas en que, por disposición de la Providencia, nos enfrentamos a una opción decisiva para el futuro de la Iglesia y para nuestra salvación eterna. Me refiero a la opción entre comprender el error en que prácticamente todos hemos caído, casi siempre sin mala intención, y seguir mirando para el otro lado o justificándonos a nosotros mismos.

También hemos cometido, entre otros, el error de considerar a nuestros interlocutores como personas que, a pesar de la diferencia de ideas y de fe, se han movido siempre por buenas intenciones y que estarían dispuestas a corregir sus errores si pudieran convertirse a nuestra Fe. Junto con numerosos Padres Conciliares, concebimos el ecumenismo como un proceso, como una invitación que llama a los disidentes a la única Iglesia de Cristo, a los idólatras y paganos al único Dios verdadero, al pueblo judío al Mesías prometido. Pero desde el instante en que fue teorizado en las comisiones conciliares, el ecumenismo fue entendido de un modo que está en directa oposición con la doctrina previamente sostenida por el Magisterio.

Hemos pensado que ciertos excesos eran sólo exageraciones de los que se dejaron arrastrar por el entusiasmo de novedades, y creímos sinceramente que ver a Juan Pablo II rodeado por brujos sanadores, monjes budistas, imanes, rabíes, pastores protestantes y otros herejes era prueba de la capacidad de la Iglesia de convocar a todos los pueblos para pedir a Dios la paz, cuando el autorizado ejemplo de esta acción iniciaba una desviada sucesión de panteones más o menos oficiales, hasta el punto de ver a algunos obispos portar el sucio ídolo de la pachamama sobre sus hombros, escondido sacrílegamente con el pretexto de ser una representación de la sagrada maternidad.

Juan Pablo II recibe una bendición ritual de parte un chaman durante una de sus visitas a Estados Unidos(Foto: Burbuja)
Pero si la imagen de una divinidad infernal pudo ingresar a San Pedro, fue parte de un crescendo que algunos previeron como un comienzo. Hoy hay muchos católicos practicantes, y quizá la mayor parte del clero católico, que están convencidos de que la Fe católica ya no es necesaria para la salvación eterna: creen que el Dios Uno y Trino revelado a nuestros padres es igual que el dios de Mahoma. Hace veinte años oímos esto repetido desde los púlpitos y las cátedras episcopales, pero recientemente lo hemos oído, afirmado con énfasis, incluso desde el más alto Trono.

Sabemos muy bien que, invocando la palabra de la Escritura Littera enim occidit, spiritus autem vivificat [“La letra mata, el espíritu da vida” (2 Cor 3, 6)], los progresistas y modernistas astutamente encontraron cómo esconder expresiones equívocas en los textos conciliares, que en su tiempo parecieron inofensivos pero que, hoy, revelan su valor subversivo. Es el método usado en la frase subsistit in: decir una semi-verdad como para no ofender al interlocutor (suponiendo que es lícito silenciar la verdad de Dios por respeto a sus criaturas), pero con la intención de poder usar un semi-error que sería instantáneamente refutado si se proclamara la verdad entera. Así, “Ecclesia Christi subsistit in Ecclesia Catholica” no especifica la identidad de ambas, pero sí la subsistencia de una en la otra y, en pro de la coherencia, también en otras iglesias: he aquí la apertura a celebraciones interconfesionales, a oraciones ecuménicas, y al inevitable fin de la necesidad de la Iglesia para la salvación, en su unicidad y en su naturaleza misionera.

Puede que algunos recuerden que los primeros encuentros ecuménicos tuvieron lugar con los cismáticos del Oriente, y muy prudentemente con otras sectas protestantes. Fuera de Alemania, Holanda y Suiza, al comienzo los países de tradición católica no vieron con buenos ojos las celebraciones mixtas en que había juntos pastores protestantes y sacerdotes católicos. Recuerdo que en aquellos años se habló de eliminar la penúltima doxología del Veni Creator para no ofender a los ortodoxos, que no aceptan el Filioque. Hoy escuchamos los surahs del Corán leídos desde el púlpito de nuestras iglesias, vemos un ídolo de madera adorado por hermanas y hermanos religiosos, oímos a los obispos desautorizar lo que hasta ayer nos parecía ser las excusas más plausibles de tantos extremismos. Lo que el mundo quiere, por instigación de la masonería y sus infernales tentáculos, es crear una religión universal que sea humanitaria y ecuménica, de la cual es expulsado el celoso Dios que adoramos. Y si esto es lo que el mundo quiere, todo paso en esa dirección que dé la Iglesia es una desafortunada elección que se volverá en contra de quienes creen que pueden burlarse de Dios. No se puede dar de nuevo vida a las esperanzas de la Torre de Babel, con un plan globalizante que tiene como meta la neutralización de la Iglesia católica a fin de reemplazarla por una confederación de idólatras y herejes unidos por el ambientalismo y la fraternidad universal. No puede haber hermandad sino en Cristo, y sólo en Cristo: qui non est mecum, contra me est.

Es desconcertante que tan poca gente se dé cuenta de esta carrera hacia el precipicio, y que pocos adviertan la responsabilidad de los niveles más altos de la Iglesia que apoyan estas ideologías anti cristianas, como si los líderes de la Iglesia quisieran la garantía de que tendrán un lugar y un papel en el carro del pensamiento correcto. Y es sorprendente que haya gente que persista en la negativa a investigar las causas de fondo de la presente crisis, limitándose a deplorar los excesos actuales como si no fueran la consecuencia inevitable de un plan orquestado hace ya décadas. El que la pachamama haya sido adorada en una iglesia, se lo debemos a Dignitatis Humanae. El que tengamos una liturgia protestantizada y a veces incluso paganizada, se lo debemos a la revolucionaria acción de monseñor Annibale Bugnini y a las reformas postconciliares. La firma de la Declaración de Abu Dabhi, se la debemos a Nostra Aetate. Y si hemos llegado hasta delegar decisiones en las Conferencias Episcopales -incluso con grave violación del Concordato, como es el caso en Italia-, se lo debemos a la colegialidad y a su versión puesta al día, la sinodalidad. Gracias a la sinodalidad nos encontramos con Amoris Laetitia y teniendo que ver el modo de impedir que aparezca lo que era obvio para todos: este documento, preparado por una impresionante máquina organizacional, pretendió legitimar la comunión a los divorciados y convivientes, tal como Querida Amazonia va a ser usada para legitimar a la mujeres sacerdotes (como en el caso reciente de una “vicaria episcopal” en Friburgo de Brisgovia) y la abolición del Sagrado Celibato. Los prelados que enviaron las Dubia a Francisco, a mi juicio, evidenciaron la misma piadosa ingenuidad: pensar que Bergoglio, confrontado con una contestación razonablemente argumentada de su error, iba a comprender, a corregir los puntos heterodoxos y a pedir perdón.

Juan Pablo II besa el Corán(Foto: Pinterest)
El Concilio fue usado para legitimar las más aberrantes desviaciones doctrinales, las más osadas innovaciones litúrgicas y los más inescrupulosos abusos, todo ello mientras la Autoridad guardaba silencio. Se exaltó de tal modo a este Concilio que se lo presentó como la única referencia legítima para los católicos, para el clero, para los obispos, oscureciendo y connotando con una nota de desprecio la doctrina que la Iglesia había siempre enseñado autorizadamente, y prohibiendo la liturgia perenne que había, durante milenios, alimentado la fe de una línea ininterrumpida de fieles, mártires y santos. Entre otras cosas, este Concilio ha demostrado ser el único que ha causado tantos problemas interpretativos y tantas contradicciones respecto del Magisterio precedente, en tanto que no existe ni un solo Concilio -desde el Concilio de Jerusalén hasta el Vaticano I- que no haya armonizado perfectamente con todo el Magisterio o que haya necesitado tanta interpretación.

Confieso con serenidad y sin controversia: fui una de las muchas personas que, a pesar de tantas perplejidades y temores como hoy se ha demostrado ser legítimos, confié en la autoridad de la Jerarquía con incondicional obediencia. En realidad, creo que mucha gente, incluido yo mismo, no consideró en un comienzo la posibilidad de que pudiera haber un conflicto entre la obediencia a una orden de la Jerarquía y la fidelidad a la Iglesia. Lo que hizo tangible esta separación no natural, diría incluso perversa, entre la Jerarquía y la Iglesia, entre la obediencia y la fidelidad, fue ciertamente el presente pontificado.

En la Sala de Lágrimas, adyacente a la Capilla Sixtina, mientras monseñor Guido Marini preparaba el roquete, la muceta y la estola para la primera aparición del Papa “recién elegido”, Bergoglio exclamó: “Sono finite le carnevalate!” [“Se acabó el carnaval”], rehusando desdeñosamente las insignias que todos los Papas hasta ahora habían aceptado, humildemente, como el atuendo del Vicario de Cristo. Pero esas palabras contenían una verdad, aunque dicha involuntariamente: el 23 de marzo de 2013, los conspiradores dejaron caer la máscara, libres ya de la inconveniente presencia de Benedicto XVI y osadamente orgullosos de haber finalmente promovido a un Cardenal que representaba sus ideas, su modo de revolucionar la Iglesia, de hacer maleable la doctrina, adaptable la moral, adulterable la liturgia y desechable la disciplina. Todo esto se consideró, por los mismos protagonistas de la conspiración, como lógica consecuencia y obvia aplicación del Concilio Vaticano II que, según ellos, había sido debilitado por las críticas hechas por Benedicto XVI. La mayor osadía de ese Pontificado fue el permiso para celebrar libremente la venerada liturgia tridentina, cuya legitimidad fue finalmente reconocida, refutando cincuenta años de ilegítimo ostracismo. No es un accidente el que los partidarios de Bergoglio sean los mismos que vieron el Concilio como el primer paso de una nueva Iglesia, antes de la cual había existido una vieja religión con una vieja liturgia.

El papa Francisco junto a una machi mapuche durante su visita a Chile en 2018 (Foto: El País)
No es accidente: lo que estos hombres afirman impunemente, escandalizando a los moderados, es lo mismo que creen los católicos, vale decir, que a pesar de todos los esfuerzos de la hermenéutica de la continuidad, que naufragó miserablemente con la primera confrontación con la realidad de la presente crisis, es innegable que, desde el Concilio Vaticano II en adelante, se construyó una nueva iglesia, superimpuesta a la Iglesia de Cristo y diametralmente opuesta a ella. Esta Iglesia paralela oscureció progresivamente la institución divina fundada por el Señor, reemplazándola por una entidad espuria, que corresponde a la deseada religión universal, teorizada primeramente por la masonería. Expresiones como nuevo humanismo, fraternidad universal, dignidad del hombre, son muletillas del humanitarismo filantrópico que niega al verdadero Dios, de una solidaridad horizontal de inspiración vagamente espiritualista y de un irenismo ecuménico, condenado inequívocamente por la Iglesia. “Nam et loquela tua manifestum te facit [“Tus palabras te ponen en evidencia”]” (Mt 26, 73): este recurrir frecuente, incluso obsesivo, al mismo vocabulario de los enemigos revela la adhesión a la ideología inspirada por ellos. Por otra parte, la renuncia sistemática al lenguaje claro, inequívoco y cristalino de la Iglesia confirma el deseo de separarse no sólo de las formas católicas, sino incluso de su sustancia misma.

Lo que durante años hemos oído proclamar vagamente, sin connotaciones claras, desde el más alto de los Tronos, lo encontramos ahora, elaborado en un verdadero manifiesto propiamente tal, entre los partidarios del presente pontificado: la democratización de la Iglesia, ya no mediante la colegialidad inventada por el Concilio Vaticano II, sino por la vía sinodal inaugurada por el Sínodo de la Familia; la demolición del sacerdocio ministerial mediante su debilitamiento por las excepciones al celibato eclesiástico y la introducción de figuras femeninas con responsabilidades cuasi-sacerdotales; el silencioso tránsito desde un ecumenismo dirigido a los hermanos separados hacia una forma de pan-ecumenismo que reduce la Verdad del Dios Uno y Trino al nivel de las idolatrías y de las más infernales supersticiones; la aceptación de un diálogo interreligioso que presupone un relativismo religioso y excluye la proclamación misionera; la desmitologización del Papado, emprendida por Bergoglio como tema de su pontificado; la progresiva legitimación de todo lo que es políticamente correcto: la teoría de género, la sodomía, el matrimonio homosexual, las doctrinas maltusianas, el ecologismo, el inmigracionismo… Si no reconocemos que las raíces de estas desviaciones se encuentran en los principios establecidos por el último Concilio, será imposible encontrar una cura: si persiste de nuestra parte un diagnóstico que, contra todas las demostraciones, excluye la patología inicial, no podemos prescribir una terapia adecuada.

Esta operación de honestidad intelectual exige una gran humildad, primero que nada, para reconocer que, durante décadas, hemos sido conducidos al error, de buena fe, por personas que, constituidas en autoridad, no han sabido vigilar y cuidar al rebaño de Cristo: algunas de ellas, para poder llevar una vida tranquila, otras debido a que tienen demasiados compromisos, otras por conveniencia y, finalmente, otras de mala fe o incluso con un malicioso propósito. Estas últimas, que han traicionado a la Iglesia, deben ser identificadas, llevadas a un costado e invitadas a corregirse y, si no se arrepienten, deben ser expulsadas de los recintos sagrados. Así es como actúa el Pastor, que tiene en su corazón el bien de las ovejas y que da su vida por ellas. Hemos tenido y todavía tenemos demasiados mercenarios, para quienes la aprobación por parte de los enemigos de Cristo es más importante que la fidelidad a su Esposa.

Tal como, hace sesenta años, honesta y serenamente obedecí cuestionables órdenes, creyendo que representaban la amable voz de la Iglesia, hoy, con la misma serenidad y honestidad, reconozco que he sido engañado. Ser coherente hoy, perseverando en el error, constituiría una desgraciada elección y me convertiría en un cómplice de este fraude. Proclamar que existió claridad de juicio desde el principio no sería honesto: todos supimos que el Concilio iba a ser, más o menos, una revolución, pero no podíamos imaginar que iba a serlo de un modo tan devastador, incluso respecto a la obra de quienes deberían haberla evitado. Y si, hasta Benedicto XVI podíamos todavía pensar que el golpe de estado del Concilio Vaticano II (que el Cardenal Suenens llamó “el 1789 de la Iglesia”) estaba experimentando una desaceleración, en estos últimos años hasta el más ingenuo de entre nosotros ha comprendido que el silencio por temor a causar un cisma, el esfuerzo por remendar los documentos papales en sentido católico para remediar su intencionada ambigüedad, los llamados y dubia dirigidos a Francisco que han quedado elocuentemente sin respuesta, son formas de confirmación de la existencia de la más grave de las apostasías a que están expuestos los más altos niveles de la Jerarquía, en tanto que los fieles cristianos y el clero se sienten desesperadamente abandonados y son vistos por los obispos casi con enfado.

La Declaración de Abu Dhabi es la proclama ideológica de una idea de paz y cooperación entre las religiones que podría posiblemente ser tolerada si proviniera de paganos privados de la luz de la Fe y del fuego de la Caridad. Pero todo el que haya recibido la gracia de ser Hijo de Dios en virtud del Santo Bautismo debería horrorizarse con la idea de construir una versión, moderna y blasfema, de la Torre de Babel, buscando aunar a la única Iglesia de Cristo, heredera de las promesas hechas al Pueblo Elegido, con aquellos que niegan al Mesías y con quienes consideran que la idea misma de un Dios Trino y Uno es una blasfemia. El amor de Dios no tiene límites y no tolera compromisos, porque de otro modo no es, simplemente, Caridad, sin la cual no se puede permanecer en Él: qui manet in caritate, in Deo manet, et Deus in eo [quien permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él] (1 Jn 4, 16). Importa poco que se trate de una declaración o de un documento magisterial: sabemos bien que la mens subversiva de los innovadores juguetea con estas especies de puzzles a fin de difundir el error. Y sabemos bien que la finalidad de estas iniciativas ecuménicas e interreligiosas no es convertir a quienes están lejos de la única Iglesia de Cristo, sino desviar y corromper a quienes todavía creen en la Fe católica, llevándolos a pensar que es deseable tener una gran religión universal que reúna a las tres grandes religiones abrahámicas “en una sola casa”: ¡esto sería el triunfo del plan masónico de preparación del reino del Anticristo! No importa mucho que ello se materialice mediante una bula dogmática, una declaración, o una entrevista con Scalfari en La Repubblica, porque los partidarios de Bergoglio esperan la señal de su palabra, a la cual responderán con una serie de iniciativas que están preparadas y organizadas desde hace ya algún tiempo. Y si Bergoglio no cumple las instrucciones que ha recibido, hay cantidad de teólogos y de clérigos que están preparados para lamentarse de la “soledad del papa Francisco”, a fin de usar esto como premisa para su renuncia (pienso, por ejemplo, en Massimo Faggioli en uno de sus recientes ensayos). Por otra parte, no sería la primera vez que usan al Papa cuando éste actúa según el plan de ellos, y que se deshacen de él o lo atacan tan pronto como no lo hace.

El domingo pasado la Iglesia celebró a la Santísima Trinidad, y en el Breviario se recita el Symbolum Athanasianum, hoy puesto fuera de la ley por la liturgia conciliar, y ya reducido a sólo dos ocasiones en la reforma litúrgica de 1962. Las primeras palabras de ese suprimido Symbolum merecen estar escritas con letras de oro: “Quicumque vult salvus esse, ante omnia opus est ut teneat Catholicam fidem; quam nisi quisque integram inviolatamque servaverit, absque dubio in aeternum peribit [Quien quiera ser salvado, es necesario, antes que nada, que crea en la Fe católica, porque a menos que mantenga esta fe íntegra e inviolada, sin duda perecerá eternamente]”.

+ Carlo Maria Viganò