La Presentación de la Santísima Virgen María en el Templo

La Presentación de la Virgen María en el Templo – 21 de noviembre
La ofrenda que María había hecho de sí misma a Dios desde el momento de su Inmaculada Concepción fue secreta; pero como la virtud de la religión, además de los deberes interiores y ocultos, incluye los deberes exteriores y públicos, Dios quiso que ella renovara su ofrenda en el templo de Jerusalén, único santuario de toda la religión verdadera que había entonces en el mundo. Así que Él mismo le inspiró el pensamiento de ofrecerse a Él en este lugar santo. Esta niña bendita, santificada en su carne, y plenamente penetrada y llena de la divinidad en su alma, fue dirigida en todo por el Espíritu Santo: no habiendo en ella ninguna admisión a la sabiduría humana, sólo podía actuar según Dios, en Dios, para Dios, y por la misma dirección de Dios.
Tan pronto como Dios la inspiró para separarse de la casa de sus padres, ella dejó este mundo vulgar y corrupto sin mirar atrás. No se detuvo a analizar si, en el servicio de Dios, tendría alguna necesidad; si este gran Dios sería suficiente para ella en todas las cosas o no. No pensó en su casa, en sus padres: se abandonó por completo a Él con una confianza maravillosa, sin pensar en ella, ni en nada de lo que pudiera pasar. Poseída por el Espíritu de Dios, todopoderoso, todo ardiente, todo amor, fue conducida al templo por este Espíritu divino, que la elevó por encima de su edad y de las fuerzas de la naturaleza. Aunque solo tenía tres años, subió sola los escalones del templo; y Dios quiso que ella caminara así, sola, sin apoyarse en su madre, para mostrar que solo el Espíritu divino la guiaba; y también para enseñarnos que, operando en nuestras almas por su poder, Él verdaderamente suple nuestras flaquezas y debilidades. Sin embargo, la acompañaba Santa Ana, su madre, porque, por muy llenos que estemos del Espíritu Santo, debemos vivir siempre bajo la guía externa de aquellos que Él nos ha dado para que ocupen su lugar. Él mismo, bajo el exterior de estas personas, nos asegura su dirección.
Separada así de la casa de sus padres, a tan tierna edad, esta santísima niña se abandonó a Dios, en el olvido del mundo y en la muerte de sí misma, con un fervor y un celo incomprensibles. Renovó sus votos de hostia y sierva, con un amor todavía más grande, más puro, más excelente, más admirable que el que había manifestado en el templo sagrado del vientre de Santa Ana. Este amor, que aumentaba en ella a cada instante, sin interrupción ni descanso, era lo que la hacía tan grande.
Completamente consumida por este amor, no quería tener vida, movimiento, libertad, espíritu, cuerpo, más que en Dios. La ofrenda que hizo de sí misma fue tan viva, tan ardiente y tan apremiante, que su alma tenía una disposición actual y perpetua de entregarse sin cesar a Dios, y ser suya cada vez más, creyendo, por así decirlo, que nunca podría ser suficiente y queriendo pertenecerle todavía más, si le era posible. Finalmente, al ofrecerse como hostia viva, enteramente consagrada a Dios en sí misma y en todo lo que un día sería, renovó la consagración que ya le había hecho de toda la Iglesia, en el momento de su concepción; especialmente de las almas que, siguiendo su ejemplo, se consagrarían a su servicio divino en tantas comunidades santas.
En este día, la ley antigua vio cumplirse una de sus figuras; el templo de Jerusalén presenció el cumplimiento de algo que esperaba: recibió en su recinto uno de los templos de los que era imagen, la Santísima Virgen María, templo vivo de Jesucristo, como Jesucristo debía ser el templo perfecto y verdadero de la Divinidad.

Jean-Jacques Olier, Vie intérieure de la Très Sainte Vierge

Día de la Conmemoración de los fieles difuntos

Estimados amigos y benefactores:

Les recordamos que por favor nos envien las listas de sus fieles difuntos. Todo el mes de noviembre estaremos rezando por su descanso eterno en las Santas Misas. Es urgente rezar por las benditas áninas del Purgatorio ya que muy pocos rezan por ellas para aliviarlas.

Les recordamos que mientras visitan un cementerio u oratorio, pueden ganar indulgencias por ellas rezando cada día allí un Credo, un Padre nuestro y un Ave María.

Con bendición.

Rev. Padre Prior

MEDITACIÓN
SOBRE LAS ALMAS DEL PURGATORIO

Las almas del purgatorio sufren la pena de daño, porque están privadas de la vista de Dios. ¡Qué cruel es esta separación! La naturaleza y la gracia los impulsan violentamente hacia Dios, pero no pueden llegar hasta Él. Lo que les causa más pena es ver que su dicha es aplazada porque, en la tierra, gozaron de algunos leves placeres que les estaban prohibidos. Ten piedad de estas almas y, con tus mortificaciones, trabaja por retirarlas de esta triste morada.

Estas almas son atormentadas por el mismo fuego que atormenta a los condenados, su pena es la misma; la única diferencia está en que los condenados sufrirán toda la eternidad y las almas del purgatorio solamente un tiempo. Puedes abreviar este tiempo con tus oraciones, ayunos y limosnas. ¿Negarás esta caridad a tus padres, a tus hermanos cristianos que te la piden? Oye su queja: ¡Tened piedad de mí, tened piedad de mí, por lo menos vosotros que fuisteis mis amigos!

Estas santas almas, sin embargo, tienen consuelos en medio de sus suplicios, porque están resignadas a la voluntad de Dios que en ellas se cumple para purificarlas, y porque ven, por un lado, el infierno que evitaron, y por el otro, el cielo que las espera. Cristianos, aprended de ellas cómo hay que sufrir y pasad lo más que podáis vuestro purgatorio en esta vida; sufrid con la misma fortaleza y la misma esperanza que las almas del purgatorio. Señor, purificadme en esta vida, a fin de que después de esta vida escape de las llamas del purgatorio (San Agustín).

Dales Señor el eterno descanso

Fiesta de todos los Santos

Tenemos obligación de ser santos…

Es la voluntad, muy formal, de Dios de que seamos santos. Es por esta razón, y no para otro propósito, que Dios nos ha creado, que se hizo hombre, que se dignó padecer tanto sufrimiento y que ha establecido en su Iglesia fuentes de santidad tan fructíferas.

Es el honor y la gloria de Dios que seamos santos; porque, si no lo somos, no sólo lo privamos de la gloria que tiene derecho a esperar, sino que lo despreciamos, como si fuera impotente para santificarnos por los medios que nos ofrece.

Por el contrario, si nos santificamos, lo glorificamos, lo consolamos y lo compensamos por los ultrajes que recibe de los malvados; y en Cielo ocuparemos los lugares vacíos provocados por la caída de los ángeles rebeldes.

También está en juego el interés de las almas; porque, si nos santificamos, difundiremos la santidad a nuestro alrededor. Nadie se salva solo. ¡Cuántos de nuestros hermanos deberán su salvación a nuestras oraciones, a nuestros buenos ejemplos, a nuestra devoción!

¡Cuidado!, porque esto también vale en el caso inverso…

Si no nos santificamos, no podemos esperar ir al paraíso. Por eso, debemos tener la imagen, la semejanza de Jesús; es decir, que debemos participar en la santidad de Jesús y reproducir su vida y sus virtudes.

No hay recompensa sin mérito, no hay mérito sin la gracia, la cual es una participación de la vida de Jesús.

No podemos esgrimir ninguna excusa, pues se nos ofrecen muchos medios de santificación, muy prácticos y efectivos: Sacramentos, devoción a María, instrucciones, lecturas piadosas, inspiraciones santas, buenos ejemplos, etc.

Por lo tanto, es una obligación para todos nosotros procurar la santidad.

Está claro que la santidad no consiste en milagros, cosas extraordinarias, gracias especiales, etc.

Ella consiste, en primer lugar, en odiar, huir y evitar todo pecado y toda ocasión de pecado.

Luego, en corregir cualquier imperfección voluntaria, toda negligencia, cobardía y tibieza en el servicio de Dios.

Por consiguiente, requiere de nuestra parte una aplicación constante en hacernos violencia para vencernos, para desarraigar nuestros vicios y nuestros defectos.

Dios ama a las almas en proporción de su progreso en la virtud, que es necesariamente una ascensión a la perfección, es decir, a la santidad.

Ella consiste, no sólo en abstenerse de lo que desagrada a Dios, sino en hacer todo lo que le agrada; por lo tanto, en observar sus mínimos preceptos y cumplir fielmente todos nuestros deberes de estado o vocación.

Ella consiste, simplemente en amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, por el amor de Dios, de acuerdo con el gran precepto del Salvador, quien nos declara que es a esta señal que reconoceremos a sus verdaderos discípulos.

¿Cómo podemos llegar al Cielo?

En el mundo reina un doble error respecto del camino que conduce al Cielo:

Algunos creen que pueden hacerlo sin muchos problemas; que es suficiente no hacer daño a nadie, evitar algunos vicios groseros y practicar algunas virtudes morales…

Otros, por el contrario, exageran las dificultades, imaginan que nunca se pueden superar…

El primer error, consecuencia de la presunción, al ampliar indebidamente el camino que conduce al Cielo, apenas tiene en cuenta la necesidad absoluta de la gracia, lleva a la relajación y a una falsa seguridad.

El segundo, estrechando más de lo que dice Nuestro Señor esta senda, de por sí estrecha, y haciendo abstracción o despreciando la poderosa ayuda de la gracia, lleva al desánimo y desesperación.

Para desengañarnos y prevenirnos respecto de este doble peligro, echemos un vistazo a los Santos: lo que han hecho para llegar al Cielo nos enseña que la gloria celestial no se puede obtener sin dolor y sin violencia; pero, lo que han podido hacer con la ayuda de la gracia de Dios, nos muestra que podemos hacerlo como ellos, con la misma asistencia.

El Cielo es el precio de una lucha. Es necesario hacerse violencia para conquistar y dominar la naturaleza, por medio de la gracia; para crucificar la carne y sus inclinaciones; para resistir nuestras pasiones y todas las tentaciones de Satanás; para evitar todo pecado y hacer la guerra contra nuestros defectos.

Procuremos hacer siempre y en todo lo que agrada a Dios, cumplir con sus preceptos, hacer fielmente todos los deberes de estado…

Finalmente, tengamos cuidado de orar bien, de buscar constantemente en Dios las gracias que tanto necesitamos… Sin gracia, no podemos hacer nada; con ella, todo lo podemos.

Recurramos a la intercesión de los Santos, especialmente de la Reina de todos Ellos, la Santísima Virgen María.

Mons. Lefebvre y Santa Teresita

Monseñor Marcel Lefebvre,
La Misa de Siempre,
pág. 102-104

“Haced penitencia”. La penitencia no es sino unir nuestros
sufrimientos a los de Nuestro Señor. Si no, nuestra vida no
tiene ningún sentido. En esto consiste la profundidad y la
hermosura de nuestra fe católica. De este modo, incluso en las
pruebas y en el sufrimiento, los católicos tienen la sonrisa en los
labios. Tienen la alegría en el corazón porque saben que su
sufrimiento sirve de algo.

Ante la prueba, sabemos lo que tenemos que hacer. Si mañana
tenéis que guardar cama en un hospital o si tenemos que ir a una
clínica, si mueren nuestros parientes, o si somos abandonados, la
Cruz de Jesús está siempre ante nuestros ojos. “Lleva tus
sufrimientos! ¡Lleva tu Cruz! ¡Sígueme! ¡No abandones tu Cruz!
¡No arrojes la cruz que te doy para que la lleves! ¡Sígueme! Y
siguiéndome, ¡tendrás la vida eterna y salvarás al mundo entero!
Santa Teresita del Niño Jesús en su Carmelo salvó a millones de
almas. ¡Qué hermosa es nuestra Santa religión católica!

Todas las generaciones de esos padres y madres santos que
sufrieron cristianamente y aceptaron sus sufrimientos con alegría,
siendo un ejemplo para sus hijos, entendieron bien que es la vida
cristiana. Soportaron sus sufrimientos y sus dolores con Nuestro
Señor Jesucristo. Por eso, esas generaciones de familias cristianas
dieron vocaciones. Las vocaciones nacieron del ejemplo de sus
padres. Vieron a sus padres vivir con Nuestro Señor Jesucristo y
rezar con Él, asistir al santo sacrifico de la misa con esa fe y con esa
piedad, ofreciéndose en oblación como víctimas con Nuestro Señor
Jesucristo.


San Jeronimo

En Roma estudió latín bajo la dirección del más famoso profesor de su tiempo, Donato, el cual hablaba el latín a la perfección, pero era pagano. Esta instrucción recibida de un hombre muy instruido pero no creyente, llevó a Jerónimo a llegar a ser un gran latinista y muy buen conocedor del griego y de otros idiomas, pero muy poco conocedor de los libros espirituales y religiosos. Pasaba horas y días leyendo y aprendiendo de memoria a los grandes autores latinos, Cicerón, Virgilio, Horacio y Tácito, y a los autores griegos: Homero, y Platón, pero no dedicaba tiempo a leer libros religiosos que lo pudieran volver más espiritual.

En una carta que escribió a Santa Eustoquia, San Jerónimo le cuenta el diálogo aterrador que sostuvo en un sueño o visión. Sintió que se presentaba ante el trono de Jesucristo para ser juzgado, Nuestro Señor le preguntaba: “¿A qué religión pertenece? Él le respondió: “Soy cristiano – católico”, y Jesús le dijo: “No es verdad”. Que borren su nombre de la lista de los cristianos católicos. No es cristiano sino pagano, porque sus lecturas son todas paganas. Tiene tiempo para leer a Virgilio, Cicerón y Homero, pero no encuentra tiempo para leer las Sagradas Escrituras”. Se despertó llorando, y en adelante su tiempo será siempre para leer y meditar libros sagrados, y exclamará emocionado: “Nunca más me volveré a trasnochar por leer libros paganos”. A veces dan ganas de que a ciertos católicos les sucediera una aparición como la que tuvo Jerónimo, para ver si dejan de dedicar tanto tiempo a lecturas paganas e inútiles (revistas, novelas) y dedican unos minutos más a leer el libro que los va a salvar, la Sagrada Biblia.

Jerónimo dispuso irse al desierto a hacer penitencia por sus pecados (especialmente por su sensualidad que era muy fuerte, y por su terrible mal genio y su gran orgullo). Pero allá aunque rezaba mucho y ayunaba, y pasaba noches sin dormir, no consiguió la paz. Se dio cuenta de que su temperamento no era para vivir en la soledad de un desierto deshabitado, sin tratar con nadie.
El mismo en una carta cuenta cómo fueron las tentaciones que sufrió en el desierto (y esta experiencia puede servirnos de consuelo a nosotros cuando nos vengan horas de violentos ataques de los enemigos del alma). San Francisco de Sales recomendaba leer esta página de nuestro santo porque es bellísima y provechosa: Dice así: “En el desierto salvaje y árido, quemado por un sol tan despiadado y abrasador que asusta hasta a los que han vivido allá toda la vida, mi imaginación hacía que me pareciera estar en medio de las fiestas mundanas de Roma. En aquel destierro al que por temor al infierno yo me condené voluntariamente, sin más compañía que los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginaba estar en los bailes de Roma contemplando a las bailarinas. Mi rostro estaba pálido por tanto ayunar, y sin embargo los malos deseos me atormentaban noche y día. Mi alimentación era miserable y desabrida, y cualquier alimento cocinado me habría parecido un manjar exquisito, y no obstante las tentaciones de la carne me seguían atormentando. Tenía el cuerpo frío por tanto aguantar hambre y sed, mi carne estaba seca y la piel casi se me pegaba a los huesos, pasaba las noches orando y haciendo penitencia y muchas veces estuve orando desde el anochecer hasta el amanecer, y aunque todo esto hacía, las pasiones seguían atacándome sin cesar. Hasta que al fin, sintiéndome impotente ante tan grandes enemigos, me arrodillé llorando ante Jesús crucificado, bañé con mis lágrimas sus pies clavados, y le supliqué que tuviera compasión de mí, y ayudándome el Señor con su poder y misericordia, pude resultar vencedor de tan espantosos ataques de los enemigos del alma. Y yo me pregunto: si esto sucedió a uno que estaba totalmente dedicado a la oración y a la penitencia, ¿qué no les sucederá a quienes viven dedicados a comer, beber, bailar y darle a su carne todos los gustos sensuales que pide?”.

Vuelto a la ciudad, sucedió que los obispos de Italia tenían una gran reunión o Concilio con el Papa, y habían nombrado como secretario a San Ambrosio. Pero este se enfermó, y entonces se les ocurrió nombrar a Jerónimo. Y allí se dieron cuenta de que era un gran sabio que hablaba perfectamente el latín, el griego y varios idiomas más. El Papa San Dámaso, que era poeta y literato, lo nombró entonces como su secretario, encargado de redactar las cartas que el Pontífice enviaba, y algo más tarde le encomendó un oficio importantísimo: hacer la traducción de la S. Biblia.

Las traducciones de la Biblia que existían en ese tiempo tenían muchas imperfecciones de lenguaje y varias imprecisiones o traducciones no muy exactas.

Jerónimo, que escribía con gran elegancia el latín, tradujo a este idioma toda la S. Biblia, y esa traducción llamada “Vulgata” (o traducción hecha para el pueblo o vulgo) fue la Biblia oficial para la Iglesia Católica durante 15 siglos. Unicamente en los últimos años los modernistas han pretendido reemplazarla con nuevas versiones con traducciones más modernas y menos exactas, que no toman en cuenta la interpretación espiritual, como por ejemplo, La Biblia de Jerusalén y otras.

Casi de 40 años Jerónimo fue ordenado de sacerdote. Pero sus altos cargos en Roma y la dureza con la cual corregía ciertos defectos de la alta clase social le trajeron envidias y rencores (Él decía que las señoras ricas tenían tres manos: la derecha, la izquierda y una mano de pintura… y que a las familias adineradas sólo les interesaba que sus hijas fueran hermosas como terneras, y sus hijos fuertes como potros salvajes y los papás brillantes y mantecosos, como marranos gordos…). Toda la vida tuvo un modo duro de corregir, lo cual le consiguió muchos enemigos. Con razón el Papa Sixto V cuando vio un cuadro donde pintan a San Jerónimo dándose golpes de pecho con una piedra, exclamó: “¡Menos mal que te golpeaste duramente y bien arrepentido, porque si no hubiera sido por esos golpes y por ese arrepentimiento, la Iglesia nunca te habría declarado santo, porque eras muy duro en tu modo de corregir!”.

Sintiéndose incomprendido y hasta calumniado en Roma, donde no aceptaban el modo fuerte que él tenía de conducir hacia la santidad a muchas mujeres que antes habían sido fiesteras y vanidosas y que ahora por sus consejos se volvían penitentes y dedicadas a la oración, dispuso alejarse de allí para siempre y se fue a la Tierra Santa donde nació Jesús.

Sus últimos 35 años los pasó San Jerónimo en una gruta, junto a la Cueva de Belén. Varias de las ricas matronas romanas que él había convertido con sus predicaciones y consejos, vendieron sus bienes y se fueron también a Belén a seguir bajo su dirección espiritual. Con el dinero de esas señoras construyó en aquella ciudad un convento para hombres y tres para mujeres, y una casa para atender a los peregrinos que llegaban de todas partes del mundo a visitar el sitio donde nació Jesús.

Allí, haciendo penitencia, dedicando muchas horas a la oración y días y semanas y años al estudio de la S. Biblia, Jerónimo fue redactando escritos llenos de sabiduría, que le dieron fama en todo el mundo.

Con tremenda energía escribía contra los herejes que se atrevían a negar las verdades de nuestra santa religión. Muchas veces se extralimitaba en sus ataques a los enemigos de la verdadera fe, pero después se arrepentía humildemente.

La Santa Iglesia Católica ha reconocido siempre a San Jerónimo como un hombre elegido por Dios para explicar y hacer entender mejor la S. Biblia. Por eso ha sido nombrado Patrono de todos los que en el mundo se dedican a hacer entender y amar más las Sagradas Escrituras. El Papa Clemente VIII decía que el Espíritu Santo le dio a este gran sabio unas luces muy especiales para poder comprender mejor el Libro Santo. Y el vivir durante 35 años en el país donde Jesús y los grandes personajes de la S. Biblia vivieron, enseñaron y murieron, le dio mayores luces para poder explicar mejor las palabras del Libro Santo.

Se cuenta que una noche de Navidad, después de que los fieles se fueron de la gruta de Belén, el santo se quedó allí solo rezando y le pareció que el Niño Jesús le decía: “Jerónimo ¿qué me vas a regalar en mi cumpleaños?”. Él respondió: “Señor te regalo mi salud, mi fama, mi honor, para que dispongas de todo como mejor te parezca”. El Niño Jesús añadió: “¿Y ya no me regalas nada más?”. Oh mi amado Salvador, exclamó el anciano, por Ti repartí ya mis bienes entre los pobres. Por Ti he dedicado mi tiempo a estudiar las Sagradas Escrituras… ¿qué más te puedo regalar? Si quisieras, te daría mi cuerpo para que lo quemaras en una hoguera y así poder desgastarme todo por Ti”. El Divino Niño le dijo: “Jerónimo: regálame tus pecados para perdonártelos”. El santo al oír esto se echó a llorar de emoción y exclamaba: “¡Loco tienes que estar de amor, cuando me pides esto!”. Y se dio cuenta de que lo que más deseaba Dios que le ofrezcamos los pecadores es un corazón humillado y arrepentido, que le pide perdón por las faltas cometidas.

El 30 de septiembre del año 420, cuando ya su cuerpo estaba debilitado por tantos trabajos y penitencias, y la vista y la voz agotadas, y Jerónimo parecía más una sombra que un ser viviente, entregó su alma a Dios para ir a recibir el premio de sus fatigas. Se acercaba ya a los 80 años. Más de la mitad los había dedicado a la santidad.

Sermón XV después de Pentecostés

Sermón XV domingo después de Pentecostés
El Apóstol comienza haciendo resaltar las tendencias opuestas de la carne y del espíritu, exhortando a los gálatas a que sigan las del espíritu.
Esa oposición es tan irreductible que nunca podremos obrar con pleno consentimiento de todo nuestro ser; pues, si queremos hacer el bien, la carne protesta; y, si queremos hacer el mal, protesta el espíritu.
San Pablo da por supuesto que, en esta lucha entre carne y espíritu, los cristianos se dejarán guiar por el Espíritu.
A continuación, el Apóstol, en expresivo contraste, presenta un catálogo de obras de la carne y de frutos del Espíritu.
Con la expresión “no heredarán el reino de Dios” hace una grave advertencia, con la que nos previene de falsas ilusiones respecto al negocio de la salvación. Y por esa razón nos intima: si vivimos del Espíritu, andemos también según el Espíritu, es decir, que sea también el Espíritu Santo el que nos impulse a obrar.
La última idea paulina, poniendo delante la perspectiva del juicio futuro, expresa: No os engañéis, Dios no se deja burlar; pues lo que el hombre sembrare, eso cosechará. El que siembra en su carne, de la carne cosechará corrupción; mas el que siembra en el Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna.
La admonición debe servir de sostén al cristiano en las duras luchas que continuamente habrá de soportar contra las tendencias egoístas de la carne, contrarias a las del Espíritu, contrarias a las de la caridad.
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Para ayudarnos en este combate espiritual, examinemos la enseñanza de San Francisco de Sales en su obra Tratado del amor de Dios, donde analiza cómo la voluntad gobierna las potencias del alma.
La voluntad gobierna la facultad de nuestro movimiento exterior como a un siervo esclavo; porque, si no hay fuera alguna cosa que lo impida, jamás deja de obedecer. Abrimos y cerramos la boca, movemos la lengua, las manos, los pies, los ojos y todas las partes del cuerpo que poseen la facultad de moverse, sin resistencia, a nuestro arbitrio y según nuestro querer.
Mas, en cuanto a nuestros sentidos, no podemos gobernarlos tan fácilmente, sino que es menester que empleemos en ello la industria y el arte. Es inútil mandar a los ojos que no vean, ni a los oídos que no escuchen, ni a las manos que no toquen, porque estas facultades carecen de inteligencia, y, por lo tanto, son incapaces de obedecer. Es necesario apartar los ojos o cerrarlos, si se quiere que no vean, y, con estos artificios, serán reducidos a lo que la voluntad desee.
La voluntad tiene dominio sobre la imaginación y la memoria; aunque no puede manejarlas ni gobernarlas de una manera tan absoluta como lo hace con las manos, los pies o la lengua, pues las facultades sensitivas no obedecen a la voluntad de una manera tan pronta e infalible; de suerte que, como exclama el Apóstol, yo hago no el bien que quiero, sino el mal que aborrezco.
¿De qué manera la voluntad gobierna el apetito sensual, las pasiones?
El apetito sensual es en verdad un súbdito rebelde, sedicioso e inquieto; es menester reconocer que no es posible destruirlo de manera que no se levante, acometa y asalte la razón; pero tiene la voluntad tanto poder sobre él que, si quiere, puede abatirle, desbaratar sus planes y rechazarle, no consintiendo a sus sugestiones.
No podemos impedir que la concupiscencia conciba pecados, pero sí que ella dé a luz el pecado. Sentir no es consentir.
El apetito sensual con sus movimientos, como por otros tantos capitanes amotinados, promueve la sedición en el hombre. Cuando turban el alma, se llaman perturbaciones; y en cuanto inquietan el cuerpo, se llaman pasiones.
Sobre toda esta turba de pasiones sensuales, la voluntad ejerce su imperio, rechazando sus sugestiones, resistiendo sus ataques, estorbando sus efectos, o, a lo menos, negándoles su consentimiento, sin el cual no pueden causarle daño.
Es más, gracias a esta negativa, quedan vencidas; y, a la larga, postradas, disminuidas, enflaquecidas y, si no del todo muertas, a lo menos amortiguadas o mortificadas.
Precisamente para ejercitar nuestra voluntad en la virtud y en la valentía espiritual, quedó en nuestra alma esta multitud de pasiones.
El gran Apóstol nos dice que tenemos en nuestro cuerpo una ley que repugna a la ley de nuestro espíritu.
Los cristianos, los ciudadanos de la sagrada ciudad de Dios, que viven según Dios, peregrinando por este mundo, temen, desean, se duelen y se regocijan. El mismo Rey y Soberano de esta ciudad, temió, deseó, se dolió y se alegró, hasta llorar, palidecer, temblar y sudar sangre, aunque en Él estos movimientos no fueron pasiones iguales a las nuestras, por cuanto no sentía ni padecía de parte de las mismas sino lo que quería y le parecía bien, y las gobernaba y manejaba a su arbitrio; cosa que no podemos hacer nosotros, los pecadores, que sentimos y padecemos estos movimientos de una manera desordenada, contra nuestra voluntad, con gran perjuicio del bienestar y gobierno de nuestras almas.
No hay menos movimientos en el apetito intelectual o racional, llamado voluntad, que en el apetito sensual o sensitivo; pero a aquéllos se les llama, ordinariamente, afectos, y a éstos se les llama pasiones.
¡Cuántas veces sentimos pasiones en el apetito sensual o en la concupiscencia, contrarios a los afectos que, al mismo tiempo, sentimos en el apetito racional o en la voluntad!
¡Cuántas veces temblamos de miedo entre los peligros a los cuales nuestra voluntad nos conduce y en los que nos obliga a permanecer!
¡Cuántas veces aborrecemos los gustos en los cuales nuestro apetito sensual se complace, y amamos los bienes espirituales, que tanto le desagradan!
En esto consiste precisamente la guerra que sentimos todos los días entre la carne y el espíritu, entre nuestro hombre exterior, que depende de los sentidos, y el hombre interior que depende de la razón.
Ahora bien, las pasiones y afectos son buenos o malos, viciosos o virtuosos, según que sea bueno o malo el amor del cual proceden.
Los ciudadanos de la ciudad de Dios, temen, desean, se duelen, se regocijan…; y, porque su amor es recto, lo son también todos sus afectos.
La doctrina cristiana sujeta el espíritu a Dios, para que Él lo guíe y asista; y sujeta al espíritu todas las pasiones, para que las refrene y modere, de suerte que queden todas ellas reducidas al servicio de la justicia y de la virtud.
La voluntad recta es el amor bueno; la voluntad mala es el amor malo, es decir, para expresarlo en pocas palabras, el amor de tal manera domina la voluntad que la vuelve según es él.
La voluntad no se mueve sino por sus afectos, entre los cuales, el amor, como el primer móvil y el primer sentimiento, pone en marcha todos los demás y produce todos los restantes movimientos del alma.
Mas, a pesar de todo, no se sigue de lo dicho que la voluntad no continúe siendo la reguladora de su amor, pues la voluntad no ama sino lo que quiere amar, y, entre muchos amores que se le ofrecen, puede elegir el que le parece bien; de lo contrario, no podría haber, en manera alguna amores mandados ni amores prohibidos.
La voluntad, que puede elegir el amor a su arbitrio, en cuanto se ha abrazado con uno, queda subordinada a él; mientras un amor viva en la voluntad, reina en ella, y ella queda sometida a los movimientos de aquél; mas, si este amor muere, podrá la voluntad tomar enseguida otro amor.
Hay, empero, en la voluntad, la libertad de poder desechar su amor cuando quiera, aplicando el entendimiento a los motivos que pueden causarle enfado y tomando la resolución de cambiar de objeto.
De esta manera, para que viva y reine en nosotros el amor de Dios, podemos amortiguar el amor propio; si no podemos aniquilarlo del todo, a lo menos lograremos debilitarlo, de suerte que, aunque viva en nosotros, no llegue a reinar.
Los afectos son más o menos nobles y espirituales, según que sean más o menos elevados sus objetos, y según que se hallen en un plano más o menos encumbrado de nuestro espíritu; porque:
— Hay afectos que proceden del razonamiento fundado en los datos que nos procura la experiencia de los sentidos. Se llaman afectos naturales, porque, ¿quién hay que no desee naturalmente la salud, lo necesario para comer y vestir, las dulces y agradables conversaciones?
— Hay afectos que se originan del estudio de las ciencias humanas. Se llaman afectos racionales, porque se apoyan en el conocimiento espiritual de la razón, por la cual nuestra voluntad es movida a buscar la tranquilidad del corazón, las virtudes morales, el verdadero honor, la contemplación filosófica de las verdades eternas.
— Otros afectos estriban en motivos de fe. Se llaman cristianos, porque nacen de la meditación de la doctrina de Nuestro Señor, que nos hace amar la pobreza voluntaria, la castidad perfecta, la gloria del Paraíso.
— Otros afectos, finalmente, nacen del simple sentimiento y conformidad del alma con la verdad y la voluntad divina. Se llaman divinos y sobrenaturales, porque es el mismo Dios quien los infunde en nuestras almas, y se refieren y tienden a Dios sin la intervención de discurso alguno ni de luz alguna natural.
Estos afectos sobrenaturales se reducen principalmente a tres:
— El amor del espíritu por las bellezas de los misterios de la fe.
— El amor a la utilidad de los bienes que se nos han prometido en la otra vida.
— El amor a la soberana bondad de la santísima y eterna Divinidad.
Además de las pasiones y de los afectos, es muy importante saber que en el alma hay, por decir así, dos porciones. Expliquemos un poco esto.
Si bien tenemos una sola alma, y ésta es indivisible; en ella, en cuanto es racional, advertimos claramente dos grados de perfección, que el gran San Agustín, y con él todos los doctores, ha llamado porciones del alma, una inferior y otra superior.
La inferior discurre y saca sus consecuencias según lo que percibe y experimenta por los sentidos.
La superior discurre y saca sus consecuencias según el conocimiento intelectual, que no se funda en la experiencia de los sentidos, sino en el discernimiento y en el juicio del espíritu.
Por esta causa, la parte superior se llama también comúnmente espíritu o parte mental del alma, y la inferior se llama ordinariamente sentido o sentimiento y razón humana.
Ahora bien, la parte superior puede discurrir según dos clases de luces:
— según la luz natural, como lo hacen todos los filósofos y todos los que discurren científicamente,
— según la luz sobrenatural, como lo hacen los teólogos y los cristianos, en cuanto fundan sus discursos sobre la fe y la palabra de Dios revelada; y todavía de una manera más particular aquellos cuyo espíritu es conducido por especiales ilustraciones, inspiraciones y mociones celestiales; por lo que la porción superior del alma es aquella por la cual nos adherimos y nos aplicamos a la obediencia de la ley eterna.
Comprobamos todos los días dos voluntades contrarias. Sin embargo, no se puede decir que en el hombre haya dos almas, sino que, atraída el alma por diversos incentivos y movida por diversas razones, parece que está dividida, mientras se siente movida hacia dos extremos opuestos, hasta que, resolviéndose, por el uso de su libertad, toma partido por el uno o por el otro; porque entonces la voluntad más poderosa vence, y se sobrepone, y sólo deja en el alma un resabio del malestar que esta lucha le ha causado, resabio que nosotros llamamos repugnancia.
Es admirable, en este punto, el ejemplo de Nuestro Salvador, que estuvo sujeto a las tristezas, a los pesares y a las aflicciones del corazón.
Rogó que pasase de Él el cáliz de su pasión; con lo que expresó manifiestamente el querer de la parte inferior de su alma, la cual, al discurrir sobre los tristes y angustiosos trances de su pasión, que le aguardaban, y cuya viva imagen se le representaba en su imaginación, sacó, como consecuencia muy razonable, el deseo de huir de ellos y de verlos alejados de sí, cosa que pidió al Padre.
De donde se desprende claramente que la parte inferior del alma no es lo mismo que el grado sensitivo de ella, y que la voluntad inferior no es lo mismo que el apetito sensible; porque ni el apetito sensible, ni el alma en su grado sensitivo, son capaces de hacer un ruego o una oración, que son actos de la facultad racional, y particularmente no son capaces de hablar a Dios, objeto que los sentidos no pueden alcanzar para darlos a conocer al apetito.
Pero el mismo Salvador, habiendo cumplido esa actividad de la parte inferior y dado testimonio de que, según las consideraciones de la misma, su voluntad se inclinaba a huir de los dolores y de las penas, dio pruebas de que poseía la parte superior, por la cual se adhería absolutamente a la voluntad eterna y a los decretos del Padre celestial y aceptaba voluntariamente la muerte, a pesar de la repugnancia de la parte inferior de la razón, y así dijo: Padre mío, que no se haya mi voluntad sino la tuya.
Cuando dice mi voluntad, se refiere a su voluntad según la parte inferior; y precisamente porque dice esto voluntariamente, demuestra que posee una voluntad superior.
Retomando la exhortación de San Pablo Caminad en el espíritu, hemos de caminar como hombres espirituales, debemos sembrar en el espíritu…
El que siembre en la carne, recogerá de la carne corrupción. La carne, los sentimientos carnales se parecen a un vasto y fecundo campo. El que siembre en este terreno, recogerá corrupción.
En cambio, el que siembra en el espíritu, recogerá del espíritu vida eterna. También el espíritu es un campo fecundo. ¡Dichosos los que siembren en este terreno!
Son obras sembradas en la carne todas las que realizamos por un interés o un móvil puramente natural y humano, aunque sea muy bueno y laudable. Son obras sembradas en la carne todas las que no realizamos impulsados por el amor de Dios y de Cristo.
Aunque, desde el punto de vista natural y humano, puedan ser dignas de aprecio, dichas obras carecerán, sin embargo, de todo valor para nuestra verdadera dicha, para nuestra eternidad. ¡Serán grandes pasos, pero dados fuera del verdadero camino!
El que siembre en el espíritu, recogerá del espíritu vida eterna. La vida eterna; he aquí el fruto incorruptible y eternamente precioso de la vida del espíritu, de la vida de fe, de la vida de la gracia, de la vida de unión con Dios y con Cristo.
He aquí también el fruto de todo lo hecho, lo aceptado y lo sufrido en el espíritu. Todo ello, por mínimo que sea, produce constantemente nueva vida eterna, una nueva eternidad.
¡Qué locos somos, si nos esforzarnos por sembrar en la carne!
¡Qué locos somos, si no nos esforzarnos con todo ahínco por sembrar siempre en el espíritu!

Viganò alaba a Mons Marcel Lefebvre

Respuesta del Arzobispo Viganò al Sitio Catholic Family News.
Estimado Mr. Kokx,
Leo con vivo interés su artículo “Preguntas para Viganò: Su Excelencia acierta sobre el Vaticano II, pero ¿qué piensa que debe hacer un católico ahora?” que fue publicado por el sitio Catholic Family News el 22 de Agosto (liga del artículo). Estoy contento de responder sus preguntas, que abordan asuntos de gran importancia para los fieles.
Pregunta: “¿Cómo se vería, en la opinión del Arzobispo Viganò, ´separarse´ de la Iglesia Conciliar?” Les respondo con otra pregunta: “¿Qué significa el separarse de la Iglesia Católica según los seguidores del Concilio?” Si bien está claro que no es posible ninguna mezcla con aquellos que proponen doctrinas adulteradas del manifiesto ideológico conciliar, se debe notar que el simple hecho de ser bautizados y el ser miembros vivos de la Iglesia de Cristo no implica adhesión al equipo conciliar; esto es cierto sobre todo para todos los simples fieles y también para los clérigos seculares y regulares que, por varias razones, sinceramente se consideran Católicos y reconocen la Jerarquía.
En vez, lo que se necesita clarificar es la posición de quiénes, declarándose Católicos, abrazan las doctrinas heterodoxas que se han extendido a lo largo de estas décadas. con la conciencia que estas representan una ruptura con el Magisterio precedente. En este caso, es lícito dudar de su real adhesión a la Iglesia Católica, en la que, sin embargo, desempeñan roles oficiales que les confieren autoridad. Es una autoridad ilícitamente ejercida si su propósito es forzar a los fieles a aceptar la revolución impuesta desde el Concilio.
Una vez que este punto ha sido clarificado, es evidente que no son los fieles tradicionales -estos son, Católicos verdaderos, en palabras de San Pío X- los que deben abandonar la Iglesia en la que tienen el completo derecho de permanecer y de la cual sería desafortunado separarse; sino los modernistas que usurpan el nombre de Católicos, precisamente porque solo el elemento burocrático les permite no ser considerados a la par de una secta herética. Este reclamo suyo, sirve de hecho para prevenir que terminen entre los cientos de movimientos heréticos que a lo largo de los siglos se han creído capaces de reformar la Iglesia a su propio placer, prefiriendo su orgullo a humildemente guardar la enseñanza de Nuestro Señor. Pero, así como no es posible reclamar la ciudadanía en una patria en la que uno desconoce su idioma, ley, fe y tradición, por eso es imposible que quienes no comparten la fe, la moral, la liturgia y la disciplina de la Iglesia Católica que puedan arrogarse el derecho a permanecer dentro de ella e incluso a ascender los niveles de la jerarquía.
Por lo tanto, no caigamos en la tentación de abandonar -aunque con justificada indignación-la Iglesia Católica, con el pretexto de que ha sido invadida por herejes y fornicadores: son ellos los que deben ser expulsados del recinto sagrado, en una obra de purificación y penitencia que debe comenzar con cada uno de nosotros.
(Claro llamado de Mons. Viganò a evitar el Sedevacantismo, n.b.)

También es evidente que hay extensos casos en los que los fieles encuentran graves problemas para frecuentar su iglesia parroquial, así como cada vez son menos las iglesias donde se celebra la Santa Misa en el Rito Católico. Los horrores que han estado desenfrenados durante décadas en muchas de nuestras parroquias y santuarios hacen imposible (énfasis del blog) incluso asistir a una “Eucaristía” sin ser perturbado y sin poner en riesgo la fe de uno, así como es muy difícil garantizar ahí una educación católica, y que los Sacramentos sean dignamente celebrados, y poder poner una sólida guía espiritual para uno mismo y sus hijos. En estos casos, los laicos fieles tienen el derecho y el deber (énfasis del blog) de encontrar sacerdotes, comunidades e institutos fieles al Magisterio perenne. Y que sepan cómo acompañar la loable celebración de la liturgia en el Antiguo Rito con apego a la sana doctrina y moral, sin ningún compromiso con el frente Conciliar.
(Imposible asistir a la Nueva misa. Deber de los fieles unirse a la Resistencia verdadera fieles a la Tradición doctrinal y sacramental, n.b.)

La situación ciertamente es más compleja para los clérigos, quienes dependen jerárquicamente de su obispo o superior religioso, pero que al mismo tiempo tienen el derecho de permanece Católicos y ser capaces de celebrar de acuerdo al Rito Católico. Por un lado, los laicos tienen más libertad de movimiento para elegir la comunidad a la que acuden para la Misa, los sacramentos y la instrucción religiosa, pero menos autonomía por el hecho de que todavía tienen que depender de un sacerdote; por otro lado, los clérigos tienen menos libertad de movimiento, ya que están incardinados en una diócesis u orden y están sujetos a la autoridad eclesiástica, pero tienen más autonomía por el hecho de que pueden decidir legítimamente celebrar la Misa y administrar los sacramentos en el Rito Tridentino y predicar de acuerdo con la sana doctrina. El Motu Proprio Summorum Pontificum reafirmó que los fieles y sacerdotes tienen el derecho inalienable -que no puede ser negado- de aprovechar la liturgia que expresa más perfectamente su fe católica. Pero este derecho debe usarse hoy, no solo y no tanto para preservar la forma extraordinaria del rito, sino para atestiguar la adhesión al depositum fidei que encuentra correspondencia perfecta sólo en el Rito Antiguo.
(O sea, que SOLO la misa Tridentina, es fiel a la fe. O sea es el único Rito católico ordinario, n.b).

Diariamente, recibo sentidas cartas sentidas de sacerdotes y religiosos que son marginados, transferidos o condenados al ostracismo por su fidelidad a la Iglesia: la tentación de encontrar un ubi consistam (un lugar para quedarse) lejos del clamor de los innovadores es fuerte, pero debemos tomar un ejemplo de las persecuciones que muchos santos han sufrido, incluido San Atanasio, quien nos ofrece un modelo de cómo comportarnos ante la herejía generalizada y la furia perseguidora. Como ha recordado muchas veces mi venerado hermano el obispo Athanasius Schneider, el arrianismo que afligió a la Iglesia en la época del Santo Doctor de Alejandría en Egipto estaba tan extendido entre los obispos que casi nos hace creer que la ortodoxia católica había desaparecido por completo. Pero fue gracias a la fidelidad y al testimonio heroico de los pocos obispos que se mantuvieron fieles que la Iglesia supo volver a levantarse. Sin este testimonio, el arrianismo no habría sido derrotado; sin nuestro testimonio hoy, el Modernismo y la apostasía globalista de este pontificado no serán derrotados.
(Ésta fidelidad y testimonio heróico de San Atanasio fue exitoso gracias a que resistió lejos “del clamor de los innovadores” arrianos. Por ésta razón no debe considerarse como una “tentación fuerte” el resistir lejos de la influencia contaminante de Roma, sino al contrario, debe considerarse esta manera de actuar como una medida prudencial sobrenatural debido a que “no son los inferiores los que hacen a los superiores sino a la inversa” como bien dijera Mons. Marcel Lefebvre, n.b.)

Por lo tanto, no se trata de trabajar desde dentro o fuera de la Iglesia: los enólogos están llamados a trabajar en la Viña del Señor, y es allí donde deben permanecer incluso a costa de sus vidas; los pastores están llamados a pastorear el rebaño del Señor, a mantener a raya a los lobos hambrientos y a expulsar a los mercenarios que no se preocupan por la salvación de las ovejas y los corderos.
Esta obra oculta y muchas veces silenciosa ha sido realizada por la Fraternidad San Pío X, que merece un reconocimiento por no haber permitido que se apagara la llama de la Tradición en un momento en el que celebrar la Misa antigua se consideraba subversivo y motivo de excomunión. Sus sacerdotes han sido una saludable espina en el costado para una jerarquía que ha visto en ellos un punto de comparación inaceptable para los fieles, un reproche constante por la traición cometida contra el pueblo de Dios, una alternativa inadmisible al nuevo camino conciliar. Y si su fidelidad hizo inevitable la desobediencia al Papa con las consagraciones episcopales, gracias a ellas la Fraternidad pudo protegerse del furioso ataque de los Innovadores y por su misma existencia permitió la posibilidad de la liberalización del Rito Antiguo, que hasta entonces estaba prohibido. Su presencia también permitió que emergieran las contradicciones y errores de la secta conciliar, siempre guiñando a los herejes e idólatras, pero implacablemente rígida e intolerante hacia la Verdad Católica.
(Mons. Viganò se refiere obviamente a la antigua FSSPX de los tiempos cuando Mons. Lefebvre todavía vivía. Hay que recordar a los lectores de que la Nueva-FSSPX ha abandonado la fidelidad heroica de Mons. Lefebvre al ya no querer aceptar de manera sistemática tener las apariencias de ser “subversivos” y “desobedientes” a Roma, exigiendo el retiro de las “excomuniones” que nunca existieron, optando por el silencio doctrinal culpable para agradar más a los Conciliares que a Cristo, no protegiendo las almas de las garras del lobo. Ahora la Neo-FSSPX ya son una alternativa “admisible” declarada por Roma misma para aquellos que caminan por el nuevo camino conciliar (i.e. La Neo-FSSPX aceptó el compromiso de poseer el permiso conciliar para poder administrar Sacramentos a cambio de la “amistad” y el silencio culpable).

Considero al Arzobispo Lefebvre un confesor ejemplar de la fe, y creo que a estas alturas es evidente que su denuncia del Concilio y la apostasía modernista es más relevante que nunca. No hay que olvidar que la persecución a la que fue sometido Monseñor Lefebvre por la Santa Sede y el episcopado mundial sirvió sobre todo de disuasión para los católicos que se resistían a la revolución conciliar.
También estoy de acuerdo con la observación de Su Excelencia el Obispo Bernard Tissier de Mallerais sobre la copresencia de dos entidades en Roma: la Iglesia de Cristo ha sido ocupada y eclipsada por la estructura conciliar modernista, que se ha establecido en la misma jerarquía y utiliza la autoridad de sus ministros para prevalecer sobre la Esposa de Cristo y Nuestra Madre.
La Iglesia de Cristo- que no solo subsiste en la Iglesia Católica, pero que es exclusivamente la Iglesia Católica- sólo es oscurecida y eclipsada por una extraña y extravagante Iglesia establecida en Roma, según la visión de la Beata Ana Catalina Emmerich. Coexiste, como el trigo con la cizaña, en la Curia romana, en las diócesis, en las parroquias. No podemos juzgar a nuestros pastores por sus intenciones, ni suponer que todos ellos sean corruptos en la fe y la moral; por el contrario, podemos esperar que muchos de ellos, hasta ahora intimidados y en silencio, entenderán, a medida que la confusión y la apostasía continúen extendiéndose, el engaño al que han sido sometidos y finalmente se sacudirán de su sueño. Hay muchos laicos que están alzando la voz; otros seguirán necesariamente, junto con buenos sacerdotes, ciertamente presentes en cada diócesis. Este despertar de la Iglesia militante – me atrevería a llamarlo casi una resurrección – es necesario, urgente e inevitable: ningún hijo tolera que su madre sea ultrajada por los sirvientes, o que su padre sea tiranizado por los administradores de sus bienes. El Señor nos ofrece, en estas dolorosas situaciones, la posibilidad de ser sus aliados en esta santa batalla bajo su estandarte: el Rey vencedor del error y la muerte nos permite compartir el honor de la victoria triunfal y la recompensa eterna que se deriva de ella, después de haber perseverado y sufrido con él.
Pero para merecer la gloria inmortal del Cielo estamos llamados a redescubrir- en una época castrada y desprovista de valores como el honor, la fidelidad a la palabra y el heroísmo- un aspecto fundamental de la fe de todo bautizado: la vida cristiana es una milicia, y con el sacramento de la Confirmación estamos llamados a ser soldados de Cristo, bajo cuya insignia debemos luchar. Por supuesto, en la mayoría de los casos se trata esencialmente de una batalla espiritual, pero a lo largo de la historia hemos visto con qué frecuencia, ante la violación de los derechos soberanos de Dios y la libertad de la Iglesia, también fue necesario tomar las armas: esto nos lo enseña la enérgica resistencia para repeler las invasiones islámicas en Lepanto y en las afueras de Viena, la persecución de los Cristeros en México, de los Católicos en España, y aún hoy por la cruel guerra contra los Cristianos en todo el mundo. Nunca como hoy podremos entender el odio teológico proveniente de los enemigos de Dios, inspirados por Satanás. El ataque a todo lo que recuerda la Cruz de Cristo- sobre la virtud, sobre lo bueno y lo bello, sobre la pureza-debe impulsarnos a levantarnos, en un acto de orgullo, para reclamar nuestro derecho no solo a no ser perseguidos por nuestros enemigos externos, sino también y sobre todo a tener pastores fuertes y valientes, santos y temerosos de Dios, que harán exactamente lo que sus predecesores han hecho durante siglos: predicar el Evangelio de Cristo, convertir personas y naciones, y expandir el Reino del Dios vivo y verdadero por todo el mundo.
(Esperamos que Mons. Viganò haga mención en algún futuro cercano acerca de la adulteración grave sufrida por los sacramentos de Confirmación, del Orden Sacerdotal, y de la Extremaunción que dudosos a los nuevos sacramentos, n.b.)

Todos estamos llamados a hacer un acto de Fortaleza – virtud cardinal olvidada, que no por casualidad en griego recuerda la fuerza viril, ἀνδρεία – en saber cómo resistir a los modernistas: una resistencia que tiene sus raíces en la Caridad y la Verdad, que son atributos de Dios.
(La Resistencia se realiza por motivos de caridad y de la verdad. O sea que no se puede llamar Resistencia cuando no se lucha por estos dos motivos como absoluta prioridad, n.b.)

Si solo celebras la Misa Tridentina y predicas la sana doctrina sin ni siquiera mencionar el Concilio, ¿qué pueden hacerte ellos? Echarte de tus iglesias, tal vez, ¿y luego qué? Nadie puede impedirte nunca renovar el Santo Sacrificio, aunque sea en un altar improvisado en un sótano o un ático, como hicieron los sacerdotes refractarios durante la Revolución Francesa, o como sucede todavía hoy en China. Y si intentan distanciarte, resiste: el derecho canónico sirve para garantizar el gobierno de la Iglesia en la búsqueda de sus propósitos primordiales, no para demolerlo. Dejemos de temer que la culpa del cisma sea de quienes lo denuncian, y no, en cambio, de quienes lo llevan a cabo: ¡los que son cismáticos y herejes son los que hieren y crucifican el Cuerpo Místico de Cristo, no los que lo defienden denunciando a los verdugos!
Los laicos pueden esperar que sus ministros se comporten como tales, prefiriendo a aquellos que prueben que no están contaminados por los errores presentes. Si una Misa se convierte en ocasión de tortura para los fieles, si se ven obligados a asistir a sacrilegios o a sustentar herejías y divagaciones indignas de la Casa del Señor, es mil veces preferible acudir a una iglesia donde el sacerdote celebre dignamente el Santo Sacrificio, en el rito que nos da la Tradición, con predicación conforme a la sana doctrina. Cuando los párrocos y obispos se den cuenta de que el pueblo cristiano exige el Pan de la Fe, y no las piedras y los escorpiones de la neo-iglesia, dejarán de lado sus miedos y cumplirán con las legítimas peticiones de los fieles. Los otros, verdaderos mercenarios, se mostrarán por lo que son y podrán reunir a su alrededor solo a aquellos que comparten sus errores y perversiones. Se extinguirán por sí mismos: el Señor seca el pantano y hace que la tierra en la que crecen las zarzas se vuelva árida; extingue vocaciones en seminarios corruptos y en conventos rebeldes a la Regla.
(Un llamado a la lucha, al martirio, a la persecución inevitable. Es muy llamativo el hecho de que la Neo-FSSPX no apoya a Mons. Viganò, n.b.)

Los fieles laicos tienen hoy una tarea sagrada: consolar a los buenos sacerdotes y a los buenos obispos, reuniéndose como ovejas en torno a sus pastores. Dales hospitalidad, ayúdalos, consuélalos en sus pruebas. Crea comunidad en la que no predomine la murmuración y la división, sino la caridad fraterna en el vínculo de la fe. Y como en el orden establecido por Dios – κόσμος – los sujetos deben obediencia a la autoridad y no pueden hacer otra cosa que resistirla cuando abusa de su poder, no se les imputará culpa alguna por la infidelidad de sus líderes, sobre quienes recae la gravísima responsabilidad por la forma en que ejercen el poder vicario que les ha sido dado. No debemos rebelarnos, sino oponernos; no debemos complacernos con los errores de nuestros pastores, sino orar por ellos y amonestarlos respetuosamente; no debemos cuestionar su autoridad sino la forma en que la usan.
Estoy seguro, con una certeza que me viene de la fe, que el Señor no dejará de premiar nuestra fidelidad, después de habernos castigado por las faltas de los hombres de Iglesia, otorgándonos santos sacerdotes, santos obispos, santos cardenales, y sobre todo un Papa santo. Pero estos santos surgirán de nuestras familias, de nuestras comunidades, de nuestras iglesias: familias, comunidades e iglesias en las que la gracia de Dios debe cultivarse con la oración constante, con la frecuencia de la Santa Misa y los sacramentos, con la ofrenda de sacrificios y penitencias que la Comunión de los Santos nos permite ofrecer a la Divina Majestad para expiar nuestros pecados y los de nuestros hermanos, incluidos los que ejercen la autoridad. Los laicos tienen un papel fundamental en esto, custodiando la Fe en sus familias, de tal manera que nuestros jóvenes, educados en el amor y en el temor de Dios, sean algún día padres y madres responsables, pero también dignos ministros del Señor, sus heraldos en las órdenes religiosas masculinas y femeninas, y sus apóstoles en la sociedad civil.
La cura para la rebelión es la obediencia. La cura para la herejía es la fidelidad a la enseñanza de la Tradición. La cura del cisma es la devoción filial por los Sagrados Pastores. La cura para la apostasía es el amor a Dios y a su Santísima Madre. La cura para el vicio es la práctica humilde de la virtud. La cura para la corrupción de la moral es vivir constantemente en la presencia de Dios. Pero la obediencia no puede pervertirse en un servilismo impasible; el respeto por la autoridad no puede pervertirse en la reverencia del tribunal. Y no olvidemos que si es deber de los laicos obedecer a sus pastores, es aún más grave deber de los pastores obedecer a Dios, usque ad effusionem sanguinis.
+ Carlo Maria Viganò, Archbishop
Septiembre 1, 2020

Fiesta de la Asunción de la Bienaventurada Siempre Virgen María

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El Sumo Pontífice Pío XII, por su constitución dogmática Munificentissimus Deus, de 1° de noviembre de 1950, lo definió solemnemente con estas palabras:

“Para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acreditar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste. Por eso, si alguno, lo que Dios no quiera, osase negar o poner en duda voluntariamente lo que por Nos ha sido definido, sepa que ha caído de la fe divina y católica”.

Se señalan 3 aureolas, conforme a las tres victorias privilegiadas correspondientes a los tres combates que amagan a cualquier hombre: contra la carne, el mundo y el demonio. Enseña Santo Tomás:

“En la lucha contra la carne obtiene una gran victoria el que se abstiene por completo de las delectaciones venéreas, que son las principales en este género; como son las vírgenes, y por esto se les debe la aureola de la virginidad. En la lucha contra el mundo, la principal victoria está en sufrir la persecución del mundo hasta la muerte; y esta segunda aureola se debe a los mártires, que consiguen la victoria en esta lucha. En la lucha contra el demonio, la principal victoria está en apartar al enemigo no sólo de sí, sino también del corazón de los demás, lo que se realiza por la doctrina y la predicación; y por esto la tercera aureola se debe a los doctores y predicadores”.

La Bienaventurada Virgen fue adornada más ilustre y eminentemente con las tres aureolas dichas, pues María conservó perpetuamente purísima virginidad de alma y de cuerpo, fue la principal maestra de la fe, y fue más que mártir tolerando en la pasión de su Hijo penas más dolorosas que la misma muerte.

Por el oficio de la maternidad de Dios está adornada María con cierto resplandor singular, que es más perfecto y de un orden más elevado que toda otra aureola; este resplandor es ciertamente singularísimo y como insignia de su regia dignidad y principado sobre todos los bienaventurados.

El cuerpo de la Virgen Madre de Dios, además de las dotes comunes a los cuerpos gloriosos, brilla con singular hermosura.

Y así lo estuvieron en la Santísima Virgen, cuya bienaventuranza es incomparablemente superior a la de todos los Santos.