Sermón XV después de Pentecostés

Sermón XV domingo después de Pentecostés
El Apóstol comienza haciendo resaltar las tendencias opuestas de la carne y del espíritu, exhortando a los gálatas a que sigan las del espíritu.
Esa oposición es tan irreductible que nunca podremos obrar con pleno consentimiento de todo nuestro ser; pues, si queremos hacer el bien, la carne protesta; y, si queremos hacer el mal, protesta el espíritu.
San Pablo da por supuesto que, en esta lucha entre carne y espíritu, los cristianos se dejarán guiar por el Espíritu.
A continuación, el Apóstol, en expresivo contraste, presenta un catálogo de obras de la carne y de frutos del Espíritu.
Con la expresión “no heredarán el reino de Dios” hace una grave advertencia, con la que nos previene de falsas ilusiones respecto al negocio de la salvación. Y por esa razón nos intima: si vivimos del Espíritu, andemos también según el Espíritu, es decir, que sea también el Espíritu Santo el que nos impulse a obrar.
La última idea paulina, poniendo delante la perspectiva del juicio futuro, expresa: No os engañéis, Dios no se deja burlar; pues lo que el hombre sembrare, eso cosechará. El que siembra en su carne, de la carne cosechará corrupción; mas el que siembra en el Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna.
La admonición debe servir de sostén al cristiano en las duras luchas que continuamente habrá de soportar contra las tendencias egoístas de la carne, contrarias a las del Espíritu, contrarias a las de la caridad.
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Para ayudarnos en este combate espiritual, examinemos la enseñanza de San Francisco de Sales en su obra Tratado del amor de Dios, donde analiza cómo la voluntad gobierna las potencias del alma.
La voluntad gobierna la facultad de nuestro movimiento exterior como a un siervo esclavo; porque, si no hay fuera alguna cosa que lo impida, jamás deja de obedecer. Abrimos y cerramos la boca, movemos la lengua, las manos, los pies, los ojos y todas las partes del cuerpo que poseen la facultad de moverse, sin resistencia, a nuestro arbitrio y según nuestro querer.
Mas, en cuanto a nuestros sentidos, no podemos gobernarlos tan fácilmente, sino que es menester que empleemos en ello la industria y el arte. Es inútil mandar a los ojos que no vean, ni a los oídos que no escuchen, ni a las manos que no toquen, porque estas facultades carecen de inteligencia, y, por lo tanto, son incapaces de obedecer. Es necesario apartar los ojos o cerrarlos, si se quiere que no vean, y, con estos artificios, serán reducidos a lo que la voluntad desee.
La voluntad tiene dominio sobre la imaginación y la memoria; aunque no puede manejarlas ni gobernarlas de una manera tan absoluta como lo hace con las manos, los pies o la lengua, pues las facultades sensitivas no obedecen a la voluntad de una manera tan pronta e infalible; de suerte que, como exclama el Apóstol, yo hago no el bien que quiero, sino el mal que aborrezco.
¿De qué manera la voluntad gobierna el apetito sensual, las pasiones?
El apetito sensual es en verdad un súbdito rebelde, sedicioso e inquieto; es menester reconocer que no es posible destruirlo de manera que no se levante, acometa y asalte la razón; pero tiene la voluntad tanto poder sobre él que, si quiere, puede abatirle, desbaratar sus planes y rechazarle, no consintiendo a sus sugestiones.
No podemos impedir que la concupiscencia conciba pecados, pero sí que ella dé a luz el pecado. Sentir no es consentir.
El apetito sensual con sus movimientos, como por otros tantos capitanes amotinados, promueve la sedición en el hombre. Cuando turban el alma, se llaman perturbaciones; y en cuanto inquietan el cuerpo, se llaman pasiones.
Sobre toda esta turba de pasiones sensuales, la voluntad ejerce su imperio, rechazando sus sugestiones, resistiendo sus ataques, estorbando sus efectos, o, a lo menos, negándoles su consentimiento, sin el cual no pueden causarle daño.
Es más, gracias a esta negativa, quedan vencidas; y, a la larga, postradas, disminuidas, enflaquecidas y, si no del todo muertas, a lo menos amortiguadas o mortificadas.
Precisamente para ejercitar nuestra voluntad en la virtud y en la valentía espiritual, quedó en nuestra alma esta multitud de pasiones.
El gran Apóstol nos dice que tenemos en nuestro cuerpo una ley que repugna a la ley de nuestro espíritu.
Los cristianos, los ciudadanos de la sagrada ciudad de Dios, que viven según Dios, peregrinando por este mundo, temen, desean, se duelen y se regocijan. El mismo Rey y Soberano de esta ciudad, temió, deseó, se dolió y se alegró, hasta llorar, palidecer, temblar y sudar sangre, aunque en Él estos movimientos no fueron pasiones iguales a las nuestras, por cuanto no sentía ni padecía de parte de las mismas sino lo que quería y le parecía bien, y las gobernaba y manejaba a su arbitrio; cosa que no podemos hacer nosotros, los pecadores, que sentimos y padecemos estos movimientos de una manera desordenada, contra nuestra voluntad, con gran perjuicio del bienestar y gobierno de nuestras almas.
No hay menos movimientos en el apetito intelectual o racional, llamado voluntad, que en el apetito sensual o sensitivo; pero a aquéllos se les llama, ordinariamente, afectos, y a éstos se les llama pasiones.
¡Cuántas veces sentimos pasiones en el apetito sensual o en la concupiscencia, contrarios a los afectos que, al mismo tiempo, sentimos en el apetito racional o en la voluntad!
¡Cuántas veces temblamos de miedo entre los peligros a los cuales nuestra voluntad nos conduce y en los que nos obliga a permanecer!
¡Cuántas veces aborrecemos los gustos en los cuales nuestro apetito sensual se complace, y amamos los bienes espirituales, que tanto le desagradan!
En esto consiste precisamente la guerra que sentimos todos los días entre la carne y el espíritu, entre nuestro hombre exterior, que depende de los sentidos, y el hombre interior que depende de la razón.
Ahora bien, las pasiones y afectos son buenos o malos, viciosos o virtuosos, según que sea bueno o malo el amor del cual proceden.
Los ciudadanos de la ciudad de Dios, temen, desean, se duelen, se regocijan…; y, porque su amor es recto, lo son también todos sus afectos.
La doctrina cristiana sujeta el espíritu a Dios, para que Él lo guíe y asista; y sujeta al espíritu todas las pasiones, para que las refrene y modere, de suerte que queden todas ellas reducidas al servicio de la justicia y de la virtud.
La voluntad recta es el amor bueno; la voluntad mala es el amor malo, es decir, para expresarlo en pocas palabras, el amor de tal manera domina la voluntad que la vuelve según es él.
La voluntad no se mueve sino por sus afectos, entre los cuales, el amor, como el primer móvil y el primer sentimiento, pone en marcha todos los demás y produce todos los restantes movimientos del alma.
Mas, a pesar de todo, no se sigue de lo dicho que la voluntad no continúe siendo la reguladora de su amor, pues la voluntad no ama sino lo que quiere amar, y, entre muchos amores que se le ofrecen, puede elegir el que le parece bien; de lo contrario, no podría haber, en manera alguna amores mandados ni amores prohibidos.
La voluntad, que puede elegir el amor a su arbitrio, en cuanto se ha abrazado con uno, queda subordinada a él; mientras un amor viva en la voluntad, reina en ella, y ella queda sometida a los movimientos de aquél; mas, si este amor muere, podrá la voluntad tomar enseguida otro amor.
Hay, empero, en la voluntad, la libertad de poder desechar su amor cuando quiera, aplicando el entendimiento a los motivos que pueden causarle enfado y tomando la resolución de cambiar de objeto.
De esta manera, para que viva y reine en nosotros el amor de Dios, podemos amortiguar el amor propio; si no podemos aniquilarlo del todo, a lo menos lograremos debilitarlo, de suerte que, aunque viva en nosotros, no llegue a reinar.
Los afectos son más o menos nobles y espirituales, según que sean más o menos elevados sus objetos, y según que se hallen en un plano más o menos encumbrado de nuestro espíritu; porque:
— Hay afectos que proceden del razonamiento fundado en los datos que nos procura la experiencia de los sentidos. Se llaman afectos naturales, porque, ¿quién hay que no desee naturalmente la salud, lo necesario para comer y vestir, las dulces y agradables conversaciones?
— Hay afectos que se originan del estudio de las ciencias humanas. Se llaman afectos racionales, porque se apoyan en el conocimiento espiritual de la razón, por la cual nuestra voluntad es movida a buscar la tranquilidad del corazón, las virtudes morales, el verdadero honor, la contemplación filosófica de las verdades eternas.
— Otros afectos estriban en motivos de fe. Se llaman cristianos, porque nacen de la meditación de la doctrina de Nuestro Señor, que nos hace amar la pobreza voluntaria, la castidad perfecta, la gloria del Paraíso.
— Otros afectos, finalmente, nacen del simple sentimiento y conformidad del alma con la verdad y la voluntad divina. Se llaman divinos y sobrenaturales, porque es el mismo Dios quien los infunde en nuestras almas, y se refieren y tienden a Dios sin la intervención de discurso alguno ni de luz alguna natural.
Estos afectos sobrenaturales se reducen principalmente a tres:
— El amor del espíritu por las bellezas de los misterios de la fe.
— El amor a la utilidad de los bienes que se nos han prometido en la otra vida.
— El amor a la soberana bondad de la santísima y eterna Divinidad.
Además de las pasiones y de los afectos, es muy importante saber que en el alma hay, por decir así, dos porciones. Expliquemos un poco esto.
Si bien tenemos una sola alma, y ésta es indivisible; en ella, en cuanto es racional, advertimos claramente dos grados de perfección, que el gran San Agustín, y con él todos los doctores, ha llamado porciones del alma, una inferior y otra superior.
La inferior discurre y saca sus consecuencias según lo que percibe y experimenta por los sentidos.
La superior discurre y saca sus consecuencias según el conocimiento intelectual, que no se funda en la experiencia de los sentidos, sino en el discernimiento y en el juicio del espíritu.
Por esta causa, la parte superior se llama también comúnmente espíritu o parte mental del alma, y la inferior se llama ordinariamente sentido o sentimiento y razón humana.
Ahora bien, la parte superior puede discurrir según dos clases de luces:
— según la luz natural, como lo hacen todos los filósofos y todos los que discurren científicamente,
— según la luz sobrenatural, como lo hacen los teólogos y los cristianos, en cuanto fundan sus discursos sobre la fe y la palabra de Dios revelada; y todavía de una manera más particular aquellos cuyo espíritu es conducido por especiales ilustraciones, inspiraciones y mociones celestiales; por lo que la porción superior del alma es aquella por la cual nos adherimos y nos aplicamos a la obediencia de la ley eterna.
Comprobamos todos los días dos voluntades contrarias. Sin embargo, no se puede decir que en el hombre haya dos almas, sino que, atraída el alma por diversos incentivos y movida por diversas razones, parece que está dividida, mientras se siente movida hacia dos extremos opuestos, hasta que, resolviéndose, por el uso de su libertad, toma partido por el uno o por el otro; porque entonces la voluntad más poderosa vence, y se sobrepone, y sólo deja en el alma un resabio del malestar que esta lucha le ha causado, resabio que nosotros llamamos repugnancia.
Es admirable, en este punto, el ejemplo de Nuestro Salvador, que estuvo sujeto a las tristezas, a los pesares y a las aflicciones del corazón.
Rogó que pasase de Él el cáliz de su pasión; con lo que expresó manifiestamente el querer de la parte inferior de su alma, la cual, al discurrir sobre los tristes y angustiosos trances de su pasión, que le aguardaban, y cuya viva imagen se le representaba en su imaginación, sacó, como consecuencia muy razonable, el deseo de huir de ellos y de verlos alejados de sí, cosa que pidió al Padre.
De donde se desprende claramente que la parte inferior del alma no es lo mismo que el grado sensitivo de ella, y que la voluntad inferior no es lo mismo que el apetito sensible; porque ni el apetito sensible, ni el alma en su grado sensitivo, son capaces de hacer un ruego o una oración, que son actos de la facultad racional, y particularmente no son capaces de hablar a Dios, objeto que los sentidos no pueden alcanzar para darlos a conocer al apetito.
Pero el mismo Salvador, habiendo cumplido esa actividad de la parte inferior y dado testimonio de que, según las consideraciones de la misma, su voluntad se inclinaba a huir de los dolores y de las penas, dio pruebas de que poseía la parte superior, por la cual se adhería absolutamente a la voluntad eterna y a los decretos del Padre celestial y aceptaba voluntariamente la muerte, a pesar de la repugnancia de la parte inferior de la razón, y así dijo: Padre mío, que no se haya mi voluntad sino la tuya.
Cuando dice mi voluntad, se refiere a su voluntad según la parte inferior; y precisamente porque dice esto voluntariamente, demuestra que posee una voluntad superior.
Retomando la exhortación de San Pablo Caminad en el espíritu, hemos de caminar como hombres espirituales, debemos sembrar en el espíritu…
El que siembre en la carne, recogerá de la carne corrupción. La carne, los sentimientos carnales se parecen a un vasto y fecundo campo. El que siembre en este terreno, recogerá corrupción.
En cambio, el que siembra en el espíritu, recogerá del espíritu vida eterna. También el espíritu es un campo fecundo. ¡Dichosos los que siembren en este terreno!
Son obras sembradas en la carne todas las que realizamos por un interés o un móvil puramente natural y humano, aunque sea muy bueno y laudable. Son obras sembradas en la carne todas las que no realizamos impulsados por el amor de Dios y de Cristo.
Aunque, desde el punto de vista natural y humano, puedan ser dignas de aprecio, dichas obras carecerán, sin embargo, de todo valor para nuestra verdadera dicha, para nuestra eternidad. ¡Serán grandes pasos, pero dados fuera del verdadero camino!
El que siembre en el espíritu, recogerá del espíritu vida eterna. La vida eterna; he aquí el fruto incorruptible y eternamente precioso de la vida del espíritu, de la vida de fe, de la vida de la gracia, de la vida de unión con Dios y con Cristo.
He aquí también el fruto de todo lo hecho, lo aceptado y lo sufrido en el espíritu. Todo ello, por mínimo que sea, produce constantemente nueva vida eterna, una nueva eternidad.
¡Qué locos somos, si nos esforzarnos por sembrar en la carne!
¡Qué locos somos, si no nos esforzarnos con todo ahínco por sembrar siempre en el espíritu!

Viganò alaba a Mons Marcel Lefebvre

Respuesta del Arzobispo Viganò al Sitio Catholic Family News.
Estimado Mr. Kokx,
Leo con vivo interés su artículo “Preguntas para Viganò: Su Excelencia acierta sobre el Vaticano II, pero ¿qué piensa que debe hacer un católico ahora?” que fue publicado por el sitio Catholic Family News el 22 de Agosto (liga del artículo). Estoy contento de responder sus preguntas, que abordan asuntos de gran importancia para los fieles.
Pregunta: “¿Cómo se vería, en la opinión del Arzobispo Viganò, ´separarse´ de la Iglesia Conciliar?” Les respondo con otra pregunta: “¿Qué significa el separarse de la Iglesia Católica según los seguidores del Concilio?” Si bien está claro que no es posible ninguna mezcla con aquellos que proponen doctrinas adulteradas del manifiesto ideológico conciliar, se debe notar que el simple hecho de ser bautizados y el ser miembros vivos de la Iglesia de Cristo no implica adhesión al equipo conciliar; esto es cierto sobre todo para todos los simples fieles y también para los clérigos seculares y regulares que, por varias razones, sinceramente se consideran Católicos y reconocen la Jerarquía.
En vez, lo que se necesita clarificar es la posición de quiénes, declarándose Católicos, abrazan las doctrinas heterodoxas que se han extendido a lo largo de estas décadas. con la conciencia que estas representan una ruptura con el Magisterio precedente. En este caso, es lícito dudar de su real adhesión a la Iglesia Católica, en la que, sin embargo, desempeñan roles oficiales que les confieren autoridad. Es una autoridad ilícitamente ejercida si su propósito es forzar a los fieles a aceptar la revolución impuesta desde el Concilio.
Una vez que este punto ha sido clarificado, es evidente que no son los fieles tradicionales -estos son, Católicos verdaderos, en palabras de San Pío X- los que deben abandonar la Iglesia en la que tienen el completo derecho de permanecer y de la cual sería desafortunado separarse; sino los modernistas que usurpan el nombre de Católicos, precisamente porque solo el elemento burocrático les permite no ser considerados a la par de una secta herética. Este reclamo suyo, sirve de hecho para prevenir que terminen entre los cientos de movimientos heréticos que a lo largo de los siglos se han creído capaces de reformar la Iglesia a su propio placer, prefiriendo su orgullo a humildemente guardar la enseñanza de Nuestro Señor. Pero, así como no es posible reclamar la ciudadanía en una patria en la que uno desconoce su idioma, ley, fe y tradición, por eso es imposible que quienes no comparten la fe, la moral, la liturgia y la disciplina de la Iglesia Católica que puedan arrogarse el derecho a permanecer dentro de ella e incluso a ascender los niveles de la jerarquía.
Por lo tanto, no caigamos en la tentación de abandonar -aunque con justificada indignación-la Iglesia Católica, con el pretexto de que ha sido invadida por herejes y fornicadores: son ellos los que deben ser expulsados del recinto sagrado, en una obra de purificación y penitencia que debe comenzar con cada uno de nosotros.
(Claro llamado de Mons. Viganò a evitar el Sedevacantismo, n.b.)

También es evidente que hay extensos casos en los que los fieles encuentran graves problemas para frecuentar su iglesia parroquial, así como cada vez son menos las iglesias donde se celebra la Santa Misa en el Rito Católico. Los horrores que han estado desenfrenados durante décadas en muchas de nuestras parroquias y santuarios hacen imposible (énfasis del blog) incluso asistir a una “Eucaristía” sin ser perturbado y sin poner en riesgo la fe de uno, así como es muy difícil garantizar ahí una educación católica, y que los Sacramentos sean dignamente celebrados, y poder poner una sólida guía espiritual para uno mismo y sus hijos. En estos casos, los laicos fieles tienen el derecho y el deber (énfasis del blog) de encontrar sacerdotes, comunidades e institutos fieles al Magisterio perenne. Y que sepan cómo acompañar la loable celebración de la liturgia en el Antiguo Rito con apego a la sana doctrina y moral, sin ningún compromiso con el frente Conciliar.
(Imposible asistir a la Nueva misa. Deber de los fieles unirse a la Resistencia verdadera fieles a la Tradición doctrinal y sacramental, n.b.)

La situación ciertamente es más compleja para los clérigos, quienes dependen jerárquicamente de su obispo o superior religioso, pero que al mismo tiempo tienen el derecho de permanece Católicos y ser capaces de celebrar de acuerdo al Rito Católico. Por un lado, los laicos tienen más libertad de movimiento para elegir la comunidad a la que acuden para la Misa, los sacramentos y la instrucción religiosa, pero menos autonomía por el hecho de que todavía tienen que depender de un sacerdote; por otro lado, los clérigos tienen menos libertad de movimiento, ya que están incardinados en una diócesis u orden y están sujetos a la autoridad eclesiástica, pero tienen más autonomía por el hecho de que pueden decidir legítimamente celebrar la Misa y administrar los sacramentos en el Rito Tridentino y predicar de acuerdo con la sana doctrina. El Motu Proprio Summorum Pontificum reafirmó que los fieles y sacerdotes tienen el derecho inalienable -que no puede ser negado- de aprovechar la liturgia que expresa más perfectamente su fe católica. Pero este derecho debe usarse hoy, no solo y no tanto para preservar la forma extraordinaria del rito, sino para atestiguar la adhesión al depositum fidei que encuentra correspondencia perfecta sólo en el Rito Antiguo.
(O sea, que SOLO la misa Tridentina, es fiel a la fe. O sea es el único Rito católico ordinario, n.b).

Diariamente, recibo sentidas cartas sentidas de sacerdotes y religiosos que son marginados, transferidos o condenados al ostracismo por su fidelidad a la Iglesia: la tentación de encontrar un ubi consistam (un lugar para quedarse) lejos del clamor de los innovadores es fuerte, pero debemos tomar un ejemplo de las persecuciones que muchos santos han sufrido, incluido San Atanasio, quien nos ofrece un modelo de cómo comportarnos ante la herejía generalizada y la furia perseguidora. Como ha recordado muchas veces mi venerado hermano el obispo Athanasius Schneider, el arrianismo que afligió a la Iglesia en la época del Santo Doctor de Alejandría en Egipto estaba tan extendido entre los obispos que casi nos hace creer que la ortodoxia católica había desaparecido por completo. Pero fue gracias a la fidelidad y al testimonio heroico de los pocos obispos que se mantuvieron fieles que la Iglesia supo volver a levantarse. Sin este testimonio, el arrianismo no habría sido derrotado; sin nuestro testimonio hoy, el Modernismo y la apostasía globalista de este pontificado no serán derrotados.
(Ésta fidelidad y testimonio heróico de San Atanasio fue exitoso gracias a que resistió lejos “del clamor de los innovadores” arrianos. Por ésta razón no debe considerarse como una “tentación fuerte” el resistir lejos de la influencia contaminante de Roma, sino al contrario, debe considerarse esta manera de actuar como una medida prudencial sobrenatural debido a que “no son los inferiores los que hacen a los superiores sino a la inversa” como bien dijera Mons. Marcel Lefebvre, n.b.)

Por lo tanto, no se trata de trabajar desde dentro o fuera de la Iglesia: los enólogos están llamados a trabajar en la Viña del Señor, y es allí donde deben permanecer incluso a costa de sus vidas; los pastores están llamados a pastorear el rebaño del Señor, a mantener a raya a los lobos hambrientos y a expulsar a los mercenarios que no se preocupan por la salvación de las ovejas y los corderos.
Esta obra oculta y muchas veces silenciosa ha sido realizada por la Fraternidad San Pío X, que merece un reconocimiento por no haber permitido que se apagara la llama de la Tradición en un momento en el que celebrar la Misa antigua se consideraba subversivo y motivo de excomunión. Sus sacerdotes han sido una saludable espina en el costado para una jerarquía que ha visto en ellos un punto de comparación inaceptable para los fieles, un reproche constante por la traición cometida contra el pueblo de Dios, una alternativa inadmisible al nuevo camino conciliar. Y si su fidelidad hizo inevitable la desobediencia al Papa con las consagraciones episcopales, gracias a ellas la Fraternidad pudo protegerse del furioso ataque de los Innovadores y por su misma existencia permitió la posibilidad de la liberalización del Rito Antiguo, que hasta entonces estaba prohibido. Su presencia también permitió que emergieran las contradicciones y errores de la secta conciliar, siempre guiñando a los herejes e idólatras, pero implacablemente rígida e intolerante hacia la Verdad Católica.
(Mons. Viganò se refiere obviamente a la antigua FSSPX de los tiempos cuando Mons. Lefebvre todavía vivía. Hay que recordar a los lectores de que la Nueva-FSSPX ha abandonado la fidelidad heroica de Mons. Lefebvre al ya no querer aceptar de manera sistemática tener las apariencias de ser “subversivos” y “desobedientes” a Roma, exigiendo el retiro de las “excomuniones” que nunca existieron, optando por el silencio doctrinal culpable para agradar más a los Conciliares que a Cristo, no protegiendo las almas de las garras del lobo. Ahora la Neo-FSSPX ya son una alternativa “admisible” declarada por Roma misma para aquellos que caminan por el nuevo camino conciliar (i.e. La Neo-FSSPX aceptó el compromiso de poseer el permiso conciliar para poder administrar Sacramentos a cambio de la “amistad” y el silencio culpable).

Considero al Arzobispo Lefebvre un confesor ejemplar de la fe, y creo que a estas alturas es evidente que su denuncia del Concilio y la apostasía modernista es más relevante que nunca. No hay que olvidar que la persecución a la que fue sometido Monseñor Lefebvre por la Santa Sede y el episcopado mundial sirvió sobre todo de disuasión para los católicos que se resistían a la revolución conciliar.
También estoy de acuerdo con la observación de Su Excelencia el Obispo Bernard Tissier de Mallerais sobre la copresencia de dos entidades en Roma: la Iglesia de Cristo ha sido ocupada y eclipsada por la estructura conciliar modernista, que se ha establecido en la misma jerarquía y utiliza la autoridad de sus ministros para prevalecer sobre la Esposa de Cristo y Nuestra Madre.
La Iglesia de Cristo- que no solo subsiste en la Iglesia Católica, pero que es exclusivamente la Iglesia Católica- sólo es oscurecida y eclipsada por una extraña y extravagante Iglesia establecida en Roma, según la visión de la Beata Ana Catalina Emmerich. Coexiste, como el trigo con la cizaña, en la Curia romana, en las diócesis, en las parroquias. No podemos juzgar a nuestros pastores por sus intenciones, ni suponer que todos ellos sean corruptos en la fe y la moral; por el contrario, podemos esperar que muchos de ellos, hasta ahora intimidados y en silencio, entenderán, a medida que la confusión y la apostasía continúen extendiéndose, el engaño al que han sido sometidos y finalmente se sacudirán de su sueño. Hay muchos laicos que están alzando la voz; otros seguirán necesariamente, junto con buenos sacerdotes, ciertamente presentes en cada diócesis. Este despertar de la Iglesia militante – me atrevería a llamarlo casi una resurrección – es necesario, urgente e inevitable: ningún hijo tolera que su madre sea ultrajada por los sirvientes, o que su padre sea tiranizado por los administradores de sus bienes. El Señor nos ofrece, en estas dolorosas situaciones, la posibilidad de ser sus aliados en esta santa batalla bajo su estandarte: el Rey vencedor del error y la muerte nos permite compartir el honor de la victoria triunfal y la recompensa eterna que se deriva de ella, después de haber perseverado y sufrido con él.
Pero para merecer la gloria inmortal del Cielo estamos llamados a redescubrir- en una época castrada y desprovista de valores como el honor, la fidelidad a la palabra y el heroísmo- un aspecto fundamental de la fe de todo bautizado: la vida cristiana es una milicia, y con el sacramento de la Confirmación estamos llamados a ser soldados de Cristo, bajo cuya insignia debemos luchar. Por supuesto, en la mayoría de los casos se trata esencialmente de una batalla espiritual, pero a lo largo de la historia hemos visto con qué frecuencia, ante la violación de los derechos soberanos de Dios y la libertad de la Iglesia, también fue necesario tomar las armas: esto nos lo enseña la enérgica resistencia para repeler las invasiones islámicas en Lepanto y en las afueras de Viena, la persecución de los Cristeros en México, de los Católicos en España, y aún hoy por la cruel guerra contra los Cristianos en todo el mundo. Nunca como hoy podremos entender el odio teológico proveniente de los enemigos de Dios, inspirados por Satanás. El ataque a todo lo que recuerda la Cruz de Cristo- sobre la virtud, sobre lo bueno y lo bello, sobre la pureza-debe impulsarnos a levantarnos, en un acto de orgullo, para reclamar nuestro derecho no solo a no ser perseguidos por nuestros enemigos externos, sino también y sobre todo a tener pastores fuertes y valientes, santos y temerosos de Dios, que harán exactamente lo que sus predecesores han hecho durante siglos: predicar el Evangelio de Cristo, convertir personas y naciones, y expandir el Reino del Dios vivo y verdadero por todo el mundo.
(Esperamos que Mons. Viganò haga mención en algún futuro cercano acerca de la adulteración grave sufrida por los sacramentos de Confirmación, del Orden Sacerdotal, y de la Extremaunción que dudosos a los nuevos sacramentos, n.b.)

Todos estamos llamados a hacer un acto de Fortaleza – virtud cardinal olvidada, que no por casualidad en griego recuerda la fuerza viril, ἀνδρεία – en saber cómo resistir a los modernistas: una resistencia que tiene sus raíces en la Caridad y la Verdad, que son atributos de Dios.
(La Resistencia se realiza por motivos de caridad y de la verdad. O sea que no se puede llamar Resistencia cuando no se lucha por estos dos motivos como absoluta prioridad, n.b.)

Si solo celebras la Misa Tridentina y predicas la sana doctrina sin ni siquiera mencionar el Concilio, ¿qué pueden hacerte ellos? Echarte de tus iglesias, tal vez, ¿y luego qué? Nadie puede impedirte nunca renovar el Santo Sacrificio, aunque sea en un altar improvisado en un sótano o un ático, como hicieron los sacerdotes refractarios durante la Revolución Francesa, o como sucede todavía hoy en China. Y si intentan distanciarte, resiste: el derecho canónico sirve para garantizar el gobierno de la Iglesia en la búsqueda de sus propósitos primordiales, no para demolerlo. Dejemos de temer que la culpa del cisma sea de quienes lo denuncian, y no, en cambio, de quienes lo llevan a cabo: ¡los que son cismáticos y herejes son los que hieren y crucifican el Cuerpo Místico de Cristo, no los que lo defienden denunciando a los verdugos!
Los laicos pueden esperar que sus ministros se comporten como tales, prefiriendo a aquellos que prueben que no están contaminados por los errores presentes. Si una Misa se convierte en ocasión de tortura para los fieles, si se ven obligados a asistir a sacrilegios o a sustentar herejías y divagaciones indignas de la Casa del Señor, es mil veces preferible acudir a una iglesia donde el sacerdote celebre dignamente el Santo Sacrificio, en el rito que nos da la Tradición, con predicación conforme a la sana doctrina. Cuando los párrocos y obispos se den cuenta de que el pueblo cristiano exige el Pan de la Fe, y no las piedras y los escorpiones de la neo-iglesia, dejarán de lado sus miedos y cumplirán con las legítimas peticiones de los fieles. Los otros, verdaderos mercenarios, se mostrarán por lo que son y podrán reunir a su alrededor solo a aquellos que comparten sus errores y perversiones. Se extinguirán por sí mismos: el Señor seca el pantano y hace que la tierra en la que crecen las zarzas se vuelva árida; extingue vocaciones en seminarios corruptos y en conventos rebeldes a la Regla.
(Un llamado a la lucha, al martirio, a la persecución inevitable. Es muy llamativo el hecho de que la Neo-FSSPX no apoya a Mons. Viganò, n.b.)

Los fieles laicos tienen hoy una tarea sagrada: consolar a los buenos sacerdotes y a los buenos obispos, reuniéndose como ovejas en torno a sus pastores. Dales hospitalidad, ayúdalos, consuélalos en sus pruebas. Crea comunidad en la que no predomine la murmuración y la división, sino la caridad fraterna en el vínculo de la fe. Y como en el orden establecido por Dios – κόσμος – los sujetos deben obediencia a la autoridad y no pueden hacer otra cosa que resistirla cuando abusa de su poder, no se les imputará culpa alguna por la infidelidad de sus líderes, sobre quienes recae la gravísima responsabilidad por la forma en que ejercen el poder vicario que les ha sido dado. No debemos rebelarnos, sino oponernos; no debemos complacernos con los errores de nuestros pastores, sino orar por ellos y amonestarlos respetuosamente; no debemos cuestionar su autoridad sino la forma en que la usan.
Estoy seguro, con una certeza que me viene de la fe, que el Señor no dejará de premiar nuestra fidelidad, después de habernos castigado por las faltas de los hombres de Iglesia, otorgándonos santos sacerdotes, santos obispos, santos cardenales, y sobre todo un Papa santo. Pero estos santos surgirán de nuestras familias, de nuestras comunidades, de nuestras iglesias: familias, comunidades e iglesias en las que la gracia de Dios debe cultivarse con la oración constante, con la frecuencia de la Santa Misa y los sacramentos, con la ofrenda de sacrificios y penitencias que la Comunión de los Santos nos permite ofrecer a la Divina Majestad para expiar nuestros pecados y los de nuestros hermanos, incluidos los que ejercen la autoridad. Los laicos tienen un papel fundamental en esto, custodiando la Fe en sus familias, de tal manera que nuestros jóvenes, educados en el amor y en el temor de Dios, sean algún día padres y madres responsables, pero también dignos ministros del Señor, sus heraldos en las órdenes religiosas masculinas y femeninas, y sus apóstoles en la sociedad civil.
La cura para la rebelión es la obediencia. La cura para la herejía es la fidelidad a la enseñanza de la Tradición. La cura del cisma es la devoción filial por los Sagrados Pastores. La cura para la apostasía es el amor a Dios y a su Santísima Madre. La cura para el vicio es la práctica humilde de la virtud. La cura para la corrupción de la moral es vivir constantemente en la presencia de Dios. Pero la obediencia no puede pervertirse en un servilismo impasible; el respeto por la autoridad no puede pervertirse en la reverencia del tribunal. Y no olvidemos que si es deber de los laicos obedecer a sus pastores, es aún más grave deber de los pastores obedecer a Dios, usque ad effusionem sanguinis.
+ Carlo Maria Viganò, Archbishop
Septiembre 1, 2020

Fiesta de la Asunción de la Bienaventurada Siempre Virgen María

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El Sumo Pontífice Pío XII, por su constitución dogmática Munificentissimus Deus, de 1° de noviembre de 1950, lo definió solemnemente con estas palabras:

“Para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acreditar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste. Por eso, si alguno, lo que Dios no quiera, osase negar o poner en duda voluntariamente lo que por Nos ha sido definido, sepa que ha caído de la fe divina y católica”.

Se señalan 3 aureolas, conforme a las tres victorias privilegiadas correspondientes a los tres combates que amagan a cualquier hombre: contra la carne, el mundo y el demonio. Enseña Santo Tomás:

“En la lucha contra la carne obtiene una gran victoria el que se abstiene por completo de las delectaciones venéreas, que son las principales en este género; como son las vírgenes, y por esto se les debe la aureola de la virginidad. En la lucha contra el mundo, la principal victoria está en sufrir la persecución del mundo hasta la muerte; y esta segunda aureola se debe a los mártires, que consiguen la victoria en esta lucha. En la lucha contra el demonio, la principal victoria está en apartar al enemigo no sólo de sí, sino también del corazón de los demás, lo que se realiza por la doctrina y la predicación; y por esto la tercera aureola se debe a los doctores y predicadores”.

La Bienaventurada Virgen fue adornada más ilustre y eminentemente con las tres aureolas dichas, pues María conservó perpetuamente purísima virginidad de alma y de cuerpo, fue la principal maestra de la fe, y fue más que mártir tolerando en la pasión de su Hijo penas más dolorosas que la misma muerte.

Por el oficio de la maternidad de Dios está adornada María con cierto resplandor singular, que es más perfecto y de un orden más elevado que toda otra aureola; este resplandor es ciertamente singularísimo y como insignia de su regia dignidad y principado sobre todos los bienaventurados.

El cuerpo de la Virgen Madre de Dios, además de las dotes comunes a los cuerpos gloriosos, brilla con singular hermosura.

Y así lo estuvieron en la Santísima Virgen, cuya bienaventuranza es incomparablemente superior a la de todos los Santos.

Explicación del Magnificat

EL MAGNIFICAT
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46 Y María dijo: Mi alma magnifica al Señor

47 Y exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador.

48 Porque ha mirado la humildad de su esclava; y he aquí que todas las generaciones me llamarán bienaventurada.

49 Porque ha hecho en mí maravillas el Todopoderoso, cuyo Nombre es Santo.

50 Su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.

51 Desplegó el poder de su brazo, y dispersó a los que se engríen con los pensamientos de su corazón.

52 Derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes.

53 A los hambrientos los llenó de bienes, y a los ricos los despidió vacíos.

54 Acogió a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia.

55 Según lo que había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia para siempre.

El Magnificat responde a una explosión de júbilo en Dios, incubada desde que se había realizado el misterio de la Encarnación en el seno purísimo de la Virgen Inmaculada.

El himno de María no es ni una respuesta a Isabel, ni propiamente una plegaria a Dios; es una elevación, un éxtasis y una profecía.

Se ven en él tres partes bien marcadas:

1ª) Alabanza de María a Dios por la elección que hizo de Ella (versículos 46-50);

2ª) Reconocimiento de la Providencia de Dios en el mundo (versículos 51-53);

3ª) Con esta obra se cumplen las promesas hechas a los padres (versículos 54-55).

1ª Parte) Alabanza que María hace a Dios por la elección que hizo de Ella.

Mi alma magnifica al Señor.

María comienza magnificando, engrandeciendo a Dios.

Es el fin del hombre… alabar y engrandecer al Señor. Obligación dulcísima, pero, al fin, obligación.

Dios todo lo ha creado para su gloria, pero la gloria propiamente sólo se la puede dar en la tierra el hombre…

La gloria es un conocimiento seguido de la alabanza. No podemos alabar si no conocemos. Y como las demás criaturas no tienen conocimiento, nos dan a nosotros ese encargo, de que en ellas veamos y conozcamos a Dios, para que en nombre suyo le alabemos.

Éste es nuestro oficio…, recoger esas notas de bondad, sabiduría, poder, hermosura y caridad, que Dios ha ido depositando en las criaturas, y con ellas formar el himno de la gratitud que debemos entonar en alabanza de Dios.

¡Oficio magnífico y sublime!

Son las primeras palabras de María Santísima al recoger las alabanzas y grandezas que Santa Isabel la dice, para dirigirlas a Dios.

A Él solo la gloria y el honor.

¡Qué hermoso comienzo de este magnífico cántico!

María Santísima engrandece al Señor con toda su alma y corazón. Sólo Ella es la que nunca, ni un momento, dejó de engrandecerle…, siempre, sin cesar…, fue creciendo y aumentando a Dios en su purísima alma.

Por eso dice, en presente, Mi alma magnifica; no dice engrandeció o engrandecerá…, sino ahora y siempre engrandece.

Esa es su ocupación perpetua, su oficio principal; como si no tuviera otro…

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Y exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador.

Los dos sujetos, “alma” y “espíritu”, vienen a ser sinónimos, usados sólo por razón de variación literaria. Es, pues, María Santísima la que alaba y se exulta profundamente en Dios.

María Santísima se alegra y se goza, mejor aún, se encuentra como inundada de un gozo-infinito.

¿De qué se goza? Es un gozo íntimo, espiritual, que tiene por objeto al mismo Dios. Se goza y se alegra en Dios, en la posesión plena y perfecta de Dios.

Santa Isabel la recuerda sus grandes gracias y privilegios, y aunque son motivo suficiente para alegrarse y gozarse en ellos, no obstante, parece que no repara tanto en los dones, como en el autor y dador de los mismos.

Pero reparemos que, no dice sólo que su gozo está en Dios, sino en Dios Salvador. Este gozo de María es en Dios, “mi Salvador”.

Dios Salvador es fórmula bíblica. Nunca como aquí cobra esta expresión el sentido mesiánico más profundo. Ese Dios Salvador es el Dios que Ella lleva en su vientre, y que se llamará Jesús, es decir, Yahvé salva. Y ella se goza y alaba a Dios, su Salvador.

Ésta es la raíz y fundamento de la alegría espiritual y del gozo eterno que esperamos, porque es Él nuestro Salvador.

Pensemos también que el gozo de María Santísima no fue en sí misma, sino sólo en Dios, es decir, nada de gozo egoísta, que busca su comodidad y complacencia, sino gozo de amor, que se alegra de amar y ver amado el objeto de su amor, aunque por este amor sufra y padezca.

María miraba en sí misma y allí veía a Jesús en sus mismas entrañas y esta vista causaba su gozo en Dios.

Porque ha mirado la humildad de su esclava.

María atribuye esta obra a la pura bondad de Dios, que miró la humildad de su esclava. Fue pura elección de Dios, que no escogió para Madre del Mesías a una reina, sino a una esclava desconocida.

Es admirable la lección práctica de humildad que aquí nos da la Santísima Virgen. Acaba de ser saludada por el Ángel de parte de Dios; acaba de ser elevada a la dignidad de Madre suya; acaba de ser bendita entre todas las mujeres por Santa Isabel…, y Ella, empeñándose en abismarse en el profundo de su humildad, reconoce que no es más que una simple esclava del Señor.

Con esto nos dice que todo lo que hay en Ella es de Dios, pues todo procede del hecho que Dios la ha mirado… Y mirado, en lenguaje bíblico, significa mirar con buenos ojos y amar…

Y así, todo procede de esa mirada de amor de Dios hacia Ella…; pues, de lo contrario, no hubiera pasado de ser una de tantas hijas de Eva.

Consideremos como María Santísima nos enseña que el fundamento de todos los bienes del Señor y de todas las gracias que de Él recibimos, es la humildad.

Y así dice, que por eso alaba al Señor y se regocija en su Salvador, porque ha mirado la pequeñez de su esclava.

Y he aquí que todas las generaciones me llamarán bienaventurada.

Pero, por esa mirada de elección de Dios, desde ahora, es decir, en adelante, después de estos momentos, la van a llamar bienaventurada todas las generaciones.

Es una confirmación de lo anterior. El humilde enamora al corazón de Dios, y Dios no repara en medios para levantarle y ensalzarle.

¡Cuánto ha ensalzado y sublimado Dios a María Santísima! ¿Quién más humilde que Ella? Pues, por eso la llamarán bienaventurada todas las generaciones.

Ella su humilla y Dios la ensalza. Contemplemos esta divina porfía.

Si María no se hubiera hecho esclava, no sería ahora Reina y Señora, ni Madre del mismo Dios.

En Israel la madre se llama dichosa con el nacimiento de un niño; pero aquí no es el motivo de regocijo familiar. Es la universalidad de las generaciones. Es la eterna bendición a la Madre del Mesías.

Esta afirmación parecería entonces una hipérbole oriental si no hubiese sido una profecía cumplida ya por veinte siglos.

Estas palabras encierran, pues, una profecía…; dice que la llamarán bienaventurada. Habla de un futuro que debía desconocer, y, no obstante, con toda seguridad afirma que así será.

¡Qué dulcísimo es para nosotros ver el exacto cumplimiento de estas palabras! Reunamos todos los títulos de María…, sus santuarios y templos… ¿Conocemos alguna iglesia que no tenga uno o varios altares de María?… ¿Hay población, grande o pequeña, que no posea su Virgen y le celebre su fiesta con alegría y esplendor?

Subamos al Cielo y miremos a todos los Santos reconociendo su santidad por María, y a todos los Ángeles que, juntamente con los hombres, no cesan de llamar bienaventurada a María.

¡Qué espléndida confirmación la de esta profecía!

Porque ha hecho en mí maravillas el Todopoderoso, cuyo Nombre es Santo.

Y todo es debido a que hizo en Ella maravillas, cosas grandes el único que puede hacerlas, Dios. Lo hizo el Poderoso. Esta obra sólo podía ser obra de la omnipotencia de Dios.

Y cuyo Nombre es Santo. En los semitas, el nombre está por la persona. Es, pues, obra de la santidad de Dios.

¡Qué mal entendemos la humildad!… Creemos que consiste en decir al exterior palabras en contra nuestra…, en no reconocer lo bueno que hacemos…, en no ver las gracias que el Señor nos concede…

¡Y nada de esto es la humildad!

Escuchemos a María Inmaculada: Me llamarán bienaventurada todas las generaciones… Ha hecho en mí grandes cosas el Todopoderoso… Y, no obstante, esto es humildad.

No olvidemos que humildad es verdad y sencillez.

Reconocer lo bueno que haya en nosotros, pero no para alabarnos por ello. Comprender la obra de Dios, tan grandiosa e inmensa, pero que eso nos sirva para alabarle más, para corresponderle mejor, para amarle con mayor fervor y entusiasmo cada día, como consecuencia natural de nuestro agradecimiento.

¿A qué cosas se refería la Santísima Virgen, al decir que había hecho en ella Dios grandes cosas?… ¿En qué pensaría cuando decía estas palabras?

Recorramos, como Ella recorrería, los favores y dones que del Señor ha recibido… Su predestinación desde toda eternidad…; el privilegio inefable de su Concepción Inmaculada, con todas las gracias inherentes al mismo…; todas las maravillas que en su Corazón quiso el Señor acumular…; y recordaría el saludo del Ángel…, el misterio de la Encarnación del Verbo…

Y entonces, saltaría a su vista el milagro de los milagros, el que Ella, ¡criatura!…, ¡esclava del Señor!…, fuera a la vez verdaderamente ¡Madre suya!… Y cómo para eso fue necesario hacer algo muy grande y desconocido, en el cielo y en la tierra, esto es, el ser Madre sin dejar de ser Virgen…

Por eso, extasiada al ver todo esto…, penetrando en el valor y significado de todo ello…, con gran fervor exclama: Ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso.

Todo lo atribuye al poder de Dios…, ¡al Todopoderoso!…, ¡a la santidad de Dios!…, ¡a su Santo Nombre!

Dios, con su santidad y bondad y misericordia divina, determinó hacer todo esto…, y con su poder infinito lo hizo.

Su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.

El pensamiento progresa, haciendo ver que todo este poder es ejercido por efecto de su misericordia.

Y ninguna obra era de mayor misericordia que la obra de la Redención.

Otro detalle delicadísimo de la humildad. María Inmaculada se goza en extender esta misericordia del Señor, que ha tenido con Ella, a todos los demás.

Cuanto ha hecho de grande en su alma, hará con todos los que le temen…; nada de querer ser la única…; se complace en publicar la participación que todos pueden tener en esta bondad de Dios.

La verdadera humildad, no es exclusivista, ni ambiciosa, ni menos envidiosa del bien ajeno.

Pero se añade que esta obra de misericordia de Dios, que se extiende de generación en generación, es precisamente sobre los que le temen.

No se refiere al temor servil, sino al temor reverencial y filial de los buenos hijos. Es aquel temor santo de Dios, de quien dice la Escritura Santa, que es el principio de la sabiduría y, por lo mismo, el comienzo de la santidad y el fundamento del amor.

2ª Parte) Reconocimiento de la Providencia de Dios en el gobierno del mundo.

Este segundo grupo de ideas lo constituyen los versículos 51-53, y celebra esta Providencia divina con tres imágenes.

1ª Desplegó el poder de su brazo, y dispersó a los que se engríen con los pensamientos de su corazón.

La primera hace ver cómo Dios utiliza su poder, antropomórficamente su brazo, para dispersar a los que se engríen con los pensamientos de su corazón.

Estos enemigos, que así se ensoberbecen, no son ni los enemigos de Israel, pueblo de Dios, ni los paganos. Son personalmente los sabios, que se guían por la sabiduría de este mundo. Son aquellos a quienes les falta aquella sabiduría que viene de Dios.

A éstos no se los considera como un cuerpo de ejército, sino idealmente reunidos, coincidiendo en la necedad y orgullo de su vida.

Frente a esta sabiduría, Dios realiza sus obras con la suya, totalmente opuesta.

Tal es el caso de María: a una virgen, la hace madre milagrosamente; y a una esclava, Madre del Mesías.

Aquí ensalza, pues, la Santísima Virgen el poder de Dios, que se manifiesta especialmente en algunas de sus obras. Todas son fruto de ese poder infinito de Dios, pero en algunas se manifiesta más claramente esa omnipotencia.

Miraría la Santísima Virgen los Cielos, y la tierra… Y a los Ángeles y a toda la corte lucidísima que rodea el trono de Dios… Vería al hombre y, sobre todo, se vería a sí misma…

¿Dónde vio mejor la fuerza del brazo poderoso de Dios que en la obra de su Corazón y de su Alma purísima e inmaculada?

Contemplaría la Encarnación, en la Dios tuvo que hacer fuerza a la divinidad…, tuvo que hacer violencia a sí mismo para empequeñecer y achicar y anonadar al mismo Dios…; y así poderlo encerrar en el seno de María…

Y para ello tuvo que hacer la obra única y nunca más repetida, hacer Madre suya a una mujer… y vaciar en Ella todos los prodigios y maravillas de toda la creación…; y hacerla Inmaculada…, y Virgen y Madre a la vez…

Su omnipotencia se manifiesta en las obras de la misericordia y de la bondad…, pero también en las de su justicia.

He aquí otra prueba del poder del brazo divino.

Y así como para los humildes es toda su misericordia, así su justicia se emplea con los soberbios.

¡Cómo recordaría la Santísima Virgen la diferencia de su exaltación hasta el trono de Dios, para ser Reina y Emperatriz del Cielo, con la caída tan ruidosa de Lucifer desde las alturas hasta el mismo infierno!

Ella subió por su humildad, éste cayó por su soberbia.

Y notemos bien que dice a los soberbios de mente y de corazón. Aquí se refiere, claramente, a la soberbia interna, no precisamente a la externa, que es una fatuidad… Es más refinada la interior…; esto es, aparecer humilde al exterior, e interiormente tener asentada la soberbia en el corazón y la mente.

Y lo peor de esta soberbia es, que es tan sutil y tan fina, que penetra hasta lo más íntimo sin apenas darnos cuenta.

Soberbia de mente es el propio parecer…, el no querer ceder…, el no sufrir una contradicción…

Soberbia de corazón es el maldito amor propio, que tan profundamente arraiga en nuestro corazón.

2ª Derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes.

La segunda imagen celebra cómo desaloja Dios a los poderosos de sus tronos y ensalza a los que no son socialmente poderosos.

Es la teología de la Providencia divina, que señala la Escritura en tantos casos.

Así como en el verso anterior expuso lo que el Señor hace siempre con los soberbios de mente y corazón, así ahora nos habla de la vanidad, el orgullo, el deseo de mandar…

Escuchemos la frase enérgica de María Santísima: a ésos, el Señor los arrojará de sus tronos y asientos de vanidad, y con desprecio los abandonará…

Dios ni siquiera mira la fatua vanidad de la tierra… ¡Qué terrible debe ser este desprecio divino! ¡Qué espantoso ese castigo, que con palabras tan fuertes anuncia la Virgen Santísima!

3ª A los hambrientos los llenó de bienes, y a los ricos los despidió vacíos.

El tercer cuadro parece tomado de una corte oriental. En ella los ricos son admitidos a la presencia del monarca, al que, según costumbre, le ofrecen regalos; pero el monarca, en cambio, para no dejarse vencer en opulencia —ya que ésta es una tónica de las cortes orientales— les hace presentes mayores. Los pobres no son admitidos ni reciben estos dones.

Pero en la obra divina esto no cuenta. Los ricos, como tales, no cuentan con su influjo ante Dios. Él los castiga y empobrece; mientras que los pobres son socorridos y enriquecidos.

Pero…, ¿todavía más? No acierta la Santísima Virgen a acabar con la humildad. ¡Cuánto la ama!

Porque estas palabras son una confirmación o repetición de las anteriores.

Aquí habla de otra manifestación de la humildad, que es la pobreza…, y de la soberbia, que es la abundancia y el regalo.

No se trata de una revolución social. El gobierno del mundo está en sus manos, y Él ejerce su justicia sabia y libremente.

En este canto estos bienes no son específicamente los bienes o pobreza materiales. Se trata de los bienes mesiánicos.

Se ve por el tono general del canto. A María la elige para enriquecerla mesiánicamente. Es lo mismo que cantará luego: los bienes prometidos a Abraham, que eran las promesas mesiánicas. Al fin y al cabo, todo el Antiguo Testamento giraba en torno a estas promesas.

3ª Parte) Con esta obra cumple Dios las promesas, hechas a los padres.

El tercer pensamiento fundamental lo constituyen los dos últimos versículos.

Se confiesa que esas maravillas que Dios obró en María son el cumplimiento de las promesas mesiánicas hechas a los padres.

Se presenta antropomórficamente a Dios, acordándose.

Después de tantas vicisitudes pasadas en la historia de Israel, parecería como si Dios lo hubiese olvidado. Pero las va a cumplir ahora.

Y las va a cumplir para la época que las señaló y cómo las anunció. No el mesianismo racial, sino el mesianismo espiritual.

En realidad, ya las comenzó a cumplir, pues ya está el Mesías en su pueblo. Por eso ya acogió a Israel.

Acogió a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia.

Recuerda aquí la Santísima Virgen la gran misericordia efectuada con Israel.

Era un pueblo esclavizado a los Faraones; y el Señor milagrosamente le sacó de aquella esclavitud y le llevó a través del desierto. Allí le alimentó con un maná del Cielo, y, después de sacarle triunfante de sus enemigos, le llevó a la rica tierra de promisión.

En fin, le tomó como cosa suya…, le hizo su pueblo escogido…, y le cuidó como a un miembro de familia, con providencia admirable.

Acogió a Israel, su siervo. Otros traducen su hijo. El griego paidós y el latín puerum, admiten ambas traducciones.

¿Alude aquí la Virgen al Mesías, Hijo de Dios, a quien le llegaban los tiempos de su Encarnación, o al pueblo de Israel, a quien Dios acogía enviándole al Mesías prometido?

En realidad caben ambas interpretaciones del nombre de Israel.

Este Israel es el Israel universal, el que se prometió a Abraham, ya que en él serían bendecidas todas la gentes de la tierra.

María no es ajena a esto, cuando reconoce que esta maravilla es la prometida a los padres —Abraham, Isaac, Jacob, David— y cuando, por ello, la llamarán bienaventurada todas las generaciones, que se beneficiarán, como enseñaban los Profetas, del mesianismo.

Como se ve, este texto, no dice que Dios se acordó de su misericordia, como lo hubiese anunciado a los patriarcas incluso Abrahán y su descendencia hasta ese momento, sino que Dios, según lo había anunciado a los patriarcas, recordó la misericordia prometida a Abrahán, a quien había dicho que su descendencia duraría para siempre.

Lo cual concordaría también con el hecho de que la Virgen ignoraba el misterio del rechazo del Mesías por parte del pueblo elegido en su primera venida, y creía, como Zacarías, el anciano Simeón, los Reyes Magos, los apóstoles y todos los piadosos israelitas que aclamaron a Jesús el Domingo de Ramos, que el Mesías Rey sería reconocido por su pueblo.

Según lo que había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia para siempre.

Se trata de la promesa que María había recibido del Ángel con respecto a su Hijo: el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob para siempre, y su reinado no tendrá fin.

Se trata, pues, del mesianismo espiritual y eterno.

¡Qué bien cumple Dios su palabra! Asilo prometió a Abraham y a sus hijos, los demás grandes Patriarcas del Antiguo Testamento… Y como lo prometió, lo cumplió.

No ignoraba Él, lo que aquel pueblo iba a hacer con sus beneficios, y, no obstante…, no se echa para atrás y deshace su promesa.

¡Qué fiel es el Señor!

Pero tengamos en cuenta, como dice la Virgen Santísima, que esta fidelidad de Dios es por todos los siglos…, esto es, que como cumplió lo prometido entonces, también lo cumplirá en lo que prometió después…

Resumen y conclusión

¡Qué sublime el Cántico del Magnificat!

¡Qué hermosísima la Oración de María!

¡Cuántas cosas abarca!

¡El Canto de la gratitud de su alma a Dios!

¡El Canto de la Redención, con el que publica las maravillas y grandezas que en esta obra hizo el brazo poderoso del Señor y su misericordia!

¡El Canto, en fin, de la humildad!

Claramente nos señala el camino que hemos de seguir…

No hay otro…

Ni Ella ni Jesús encontraron, ni siguieron, tampoco otro…

¡Lancémonos generosamente por él!

Tengamos, por lo tanto, una devoción fervorosa a este sublime Cántico, y diariamente repitámoslo para alabar y dar gracias al Señor.

(Por Radio Cristiandad)

San Bernardo y el Sagrado Corazón

“Verdaderamente, ¿en dónde hallarán los débiles una seguridad más cierta y firme que en las llagas del Salvador?

En ellas tengo mi morada con tanta mayor confianza cuanto Jesús es más poderoso para salvarme.

Puede enfurecerse el mundo, agobiarme la carne y perseguirme el diablo, que no por esto seré vencido, apoyándome sobre la piedra firme.

Ciertamente he pecado mucho, y mi conciencia se turba, pero el recuerdo de las llagas del Salvador impide que sea perturbada, ya que fue herido por causa de nuestras iniquidades.

¿Qué mal tan mortífero podemos imaginar que no pueda ser curado por la muerte de Cristo? Así, pues, si considero la eficacia y el poder de esta medicina, no temeré ninguna enfermedad por maligna que sea.

En cuanto a mí, estos bienes que me hacen falta, voy a buscarlos, lleno de confianza, en las entrañas del Señor rebosantes de misericordia; hay allí aberturas bastantes para que manen por ellas sus sagrados efluvios.

Horadaron sus manos y sus pies, y abrieron su costado de una lanzada; y por estas grietas yo puedo sorber la miel que destila la piedra y el óleo de la peña durísima; es decir, yo puedo gustar y ver cuán suave es el Señor.

Él formaba designios de paz, y yo lo ignoraba. Porque, ¿quién conoció jamás los pensamientos del Señor? ¿Quién fue su consejero? Mas los clavos que le atravesaron han sido para mí la llave que me ha permitido penetrar en los secretos de su voluntad.

¿Qué es lo que veo por estas aberturas? Claman los clavos, claman las llagas, diciendo que Dios está realmente en Jesucristo reconciliándose con el mundo.

Por el hierro traspaso su alma, y llego hasta su Corazón, a fin de que se compadezca de mis dolencias.

Queda abierto el arcano del Corazón mediante la herida del cuerpo. De esta manera queda manifiesto aquel gran misterio de piedad, y se nos muestran las entrañas de misericordia de Nuestro Dios por las cuales nos ha visitado el Oriente que viene de lo alto.

¿A qué fin se nos manifiestan las entrañas por medio de las heridas? ¿Podía darse algo que mostrara mejor que vuestras llagas vuestra bondad, vuestra mansedumbre y la grandeza de vuestra misericordia? Nadie puede dar una mayor prueba de misericordia que el dar la vida por los delincuentes condenados a muerte.

La misericordia del Señor es, pues, mi mérito. No estaré privado de méritos mientras Él no lo esté de misericordia. Mas como las misericordias del Señor son eternas, yo cantaré eternamente las misericordias del Señor”

El Sagrado Corazón de Jesús: Símbolo de Combatividad y Restauración de la Cristiandad

El vínculo de amistad entre la Sabiduría eterna y el hombre está tan cerca que es incomprensible, nos dice St. Louis de Montfort. Desde el momento en que la Sabiduría Divina asumió una naturaleza humana y murió para redimir al hombre, “la Sabiduría Divina lo ama como un hermano, un amigo, un discípulo, un alumno. El hombre es el precio de su sangre, y el heredero de su reino “. (1)

Una estatua devocional a Nuestro Señor.
En un mundo que ha huido de la sabiduría de la Palabra, esa amistad que buscamos con Nuestro Señor Jesucristo puede parecer difícil de lograr, o incluso de creer. En la sociedad actual, llena de estrés, dominada por el dólar y escasa de tiempo, es facil quedar abrumado por nuestros asuntos diarios y las tumultuosas relaciones humanas.

Paradójicamente, Nuestro Señor decidió darnos una intimidad eterna, suprema y amorosa con Él, no cuando toda la sociedad fue ordenada a Su Ley en la Edad Media, sino en un momento de la historia cuando el corazón del hombre, influenciado por el racionalismo y la visión cartesiana del mundo , se estaba volviendo frío y distante.

A mediados del siglo XVII, Nuestro Señor se le apareció a una simple monja de 24 años de la Orden de la Visitación de Nuestra Señora en Paray-le-Monial. “He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres”, dijo, y a través de Santa Margarita María Alacoque, invitó al mundo entero a regresar a esta intimidad y amistad divinas por medio de la devoción a Su Sagrado Corazón.

Es un mensaje de misericordia y amor. Pero es mucho mas. En este momento de la historia, es interesante observar más de cerca las invitaciones del Sagrado Corazón al hombre. Porque en este mensaje, hay una visión global de la historia, una reiteración de las enseñanzas sociales de la Iglesia, un llamado a la militancia católica, un rechazo al jansenismo, una afirmación de la bondad de la abundancia y la coherencia de la superfluidad, y un invitación a convertirse en los apóstoles de los últimos tiempos.

Plan de devoción al Corazón de Jesús en el curso de la Historia

Adán, rey de la creación, hecho del “limo de la tierra y de haber recibido el aliento de vida de Dios”, fue una imagen y semejanza dignas del Creador. (Génesis 2: 7) Para que pudiera tener un compañero en el paraíso terrenal, Dios le dio un cónyuge. Dios le comunicó a Adán un misterioso sueño profundo, y mientras Adán dormía, tomó una de las costillas cerca de su corazón e hizo a Eva. (Génesis 2: 21-22).

Por lo tanto, mientras el hombre procede del limo de la tierra, la mujer procede de cierta manera del corazón del hombre, si el primero fue creado fuera del Paraíso y se introdujo como un privilegio en él, la segunda, Eva, nació dentro del Paraíso, teniendo como materia prima lo que el hombre tenía de lo más noble, algo cerca de su corazón. Es por eso que la mujer es más refinada y frágil que el hombre. Y el hombre, hecho fuera del Paraíso, es más áspero y más fuerte por naturaleza.

Si Adán hubiera gobernado la Creación de acuerdo con el plan de Dios, Eva habría sido su compañera en la intimidad y le habría dado reposo. A partir de esto, uno puede entender la afirmación de San Pablo (tan odiada e incomprendida por las feministas) de que el hombre “es la imagen y la gloria de Dios; pero la mujer es la gloria del hombre. Porque el hombre no es de la mujer, sino la mujer del hombre. (1.Cor. 11: 7-8) Tal fue el primer borrador del plan que Dios tenía para la primera pareja, y luego, para toda la humanidad.

Después de que el hombre pecó, este plan se alteró. Del rey y la reina de toda la creación, los dos de muchas maneras quedaron sujetos a la tierra: “Con trabajo comerás de ella todos los días de tu vida”. El hombre fue sentenciado a ganarse el pan con el sudor de su frente, y la mujer a dar a luz a los niños. (Génesis 3: 16-19) Estas fueron las oraciones de castigo que Adán y Eva trajeron sobre sí mismos y toda su progenie. Ya no es la gloria de la amistad de Dios, el reinado sobre un paraíso dócil y obediente, sino una creación hostil volcada contra el hombre, y dentro de sí mismo un oscurecimiento de la luz de la gracia, el enturbiamiento de la inteligencia, la rebelión de la voluntad, y el desencadenamiento de las sensibilidades. Este fue el castigo por la desobediencia del hombre a Dios. En breve, Nuestro Señor Jesucristo vino para redimir este pecado y aliviar el sufrimiento. En un segundo “sueño profundo” metafórico, en el misterioso sueño de la Cruz, Dios tomó del Corazón abierto del Segundo Adán ese Esposo perfecto: la Iglesia, que sería para Él la concentración de todos Sus refinamientos, la alegría de Su intimidad, y el compañero perfecto para su reposo: su gloria en esta tierra. Del Sagrado Lado de Cristo, nacería la Santa Iglesia Católica, Esposa Mística del Salvador. El agua y la sangre que fluye de Su Sagrado Corazón lavaría los ojos de los pecadores, abriría las mentes de los hombres a la luz divina y, al caer al suelo, bautizaría la tierra que hasta entonces estaba en posesión del “príncipe de este mundo”. Esta sangre y esta agua darían origen a un río, el río de los sacramentos de donde provienen todas las gracias.

La historia de la redención es la historia de la dificultad del hombre para conquistar las consecuencias del pecado y adaptarse a los deseos de Dios. Incluso ante la debilidad del hombre, el Segundo Adán no abandonó a los hombres que vino a salvar. Al ver su vacilación, su inconstancia, su ingratitud, ofreció una solución para esta debilidad, un estímulo para la lucha. Él vino a abrir al mundo una nueva y sorprendente puerta a la perfección. A medida que la Sabiduría Divina se hizo Hombre para atraer los corazones de los hombres a amarlo e imitarlo, ahora vino a traer Su Sagrado Corazón a los hombres. Y Su Corazón que, en el comienzo de la Historia de la Redención, formó la Esposa Mística de Cristo, ahora, en los últimos tiempos, viene a darle alivio, a prepararse para el apogeo y la glorificación de la Iglesia.

El Corazón de Jesús: una devoción aristocrática queapunta a la restauración de la cristiandad

En las revelaciones de Nuestro Señor a Santa Margarita María Alacoque (1647-1690), hay claras peticiones de que la devoción a Su Sagrado Corazón debería comenzar con el Rey Luis XIV y el Corte francesa, y desde allí se extienden al resto de los reinos de la cristiandad y al mundo entero. En una carta de la Santa a su Superior en 1689, declaró que el Sagrado Corazón tenía “diseños aún mayores” que el primer diseño de ser alabado y conocido por las almas individuales. Ella escribió:

“Él desea, entonces, me parece”, escribió, “entrar con pompa y magnificencia en los palacios de reyes y príncipes, para ser honrado tanto como ha sido despreciado, humillado e indignado en Su Pasión.” (2)

Ella dijo que Nuestro Señor quería recibir “la consagración y el homenaje del Rey y toda su corte”. Fue sobre el corazón del Rey mismo que el Sagrado Corazón deseaba triunfar, y luego, “por su mediación sobre las de los grandes del mundo”. (3)

Es difícil imaginar un plan más eficaz para difundir la devoción al Corazón de Jesús en todo el mundo. La brillantez del reino y la persona de Luis XIV (1638-1715) estaban en su apogeo. Pocas épocas en la historia han visto una personalidad tan fuerte y penetrante como la del Rey Sol, cuyos rayos e influencia penetraron en todas las cortes de Europa. Políticamente hablando, Luis XIV no brilló de manera extraordinaria. Pero en los ámbitos social y cultural, este Rey marcó su siglo como ningún otro.

Luis XIV sentado en medio de sus nobles.
Nuestro Señor quería que Luis XIV usara su prestigio para dar a conocer el Sagrado Corazón en todo el mundo.

Entre los otros monarcas europeos, se destacó y su corte y costumbres fueron imitados en todas partes. Otros miraban, admiraban, copiaban: sus palacios estaban inspirados en el modelo de Versalles. Las ceremonias, vestimentas, muebles, obras de arte, música, bailes y jardines más elegantes y admirados fueron los de la corte francesa. Si hubo un solo hombre en una época que marcó la pauta para toda Europa, esta época fue el Gran Siècle, el siglo XVII, y este hombre fue Louis XIV, el Rey Sol. En este momento, Francia, en palabras de Lord Macaulay, tenía “sobre los países vecinos la ascendencia … que Grecia tenía sobre Roma”. (4)

Nuestro Señor no podría haber diseñado y elegido un instrumento más brillante y eficiente en la esfera secular para difundir la devoción a Su Sagrado Corazón que pedirle al Rey de Francia que lo ayude a crecer y expandirse por todo el mundo. Nuestro Señor deseaba así mover el reino de Francia, y luego, “todos los grandes hombres de la tierra” para que pudiera ser adorado “en los palacios de los Príncipes y los Reyes”. Este era, por lo tanto, el deseo de una devoción que permeará los ambientes más reales y aristocráticos, así como los hogares campesinos más humildes. Así se extendería por todo el cuerpo social.

Este es un principio que parece ser olvidado en nuestra era igualitaria. Muy a menudo, la devoción al Sagrado Corazón, cuando se permite o fomenta, solo se fomenta para las personas o las familias. Hay una verdadera y sincera devoción que se ha desarrollado en torno a las Promesas hechas a las personas que hacen las comuniones de reparación los primeros viernes y que hacen la entronización solemne del Sagrado Corazón en los hogares. Pero este todavía no es el ideal solicitado por Nuestro Señor Jesucristo, quien como Maestro de las partes del cuerpo social, es decir, individuos, familias e incluso instituciones, evidentemente también debe ser el Maestro de toda la sociedad humana.

Todas las naciones también son obra de Dios y le pertenecen, y por lo tanto, Cristo es su Maestro, Señor y Rey. El Corazón de Jesús quiere reinar en el corazón de las naciones, y en primer lugar aquellos que los gobiernan y los representan, quienes deben reconocer este dominio y someterse a él. Esta sumisión debe ser más por amor que por un sentido del deber, no tanto porque Cristo tiene el derecho de exigirlo a los gobernantes, sino porque desean someterse a su amor.

El clamor de Nuestro Señor a Santa Margarita María “Contempla este corazón que ha amado tanto a los hombres que no escatimó nada, incluso llegando a agotarse y consumirse para demostrarles su amor” es un llamado de conversión no solo a los hombres o familias, sino también a las naciones. De cierta manera, fue la restauración de la cristiandad la que se puso al alcance del Rey y la nobleza de Francia. El plan de Nuestro Señor era tocar a todas las naciones y todas las clases sociales, comenzando con Francia, Primera Hija de la Iglesia. Así, el Sagrado Corazón sería la piedra angular de una nueva cristiandad.

El Sagrado Corazón y la lucha armada en defensa de la Fe.

El Sagrado Corazón reveló a Santa Margarita María Alacoque que Él quería que Su Sagrado Corazón “reinara en el palacio del Rey, que fuera pintado sobre sus estandartes y grabado en sus brazos, para hacerlo victorioso sobre todos sus enemigos”. (5) En una carta posterior a su Madre Superiora, la Hermana Margaret Mary reveló que el Corazón Divino deseaba “ser el protector y defensor de su persona sagrada [Luis XIV] contra todos sus enemigos visibles e invisibles. Por medio de esta devoción, Él quiere defenderlo y asegurar su salvación. … Hará que todas sus empresas redunden en Su gloria al otorgar un feliz éxito a sus ejércitos “.

Nuestro Señor no dudó en pedir que el símbolo de su gran amor por el hombre se pintara en los brazos de los guerreros católicos. Esto es bastante diferente de una cantidad de eclesiásticos ecuménicos de hoy que nunca se cansan de pedir perdón a los enemigos de la Iglesia por el uso de armas católicas en defensa de la fe. ¿Cómo explicarían que Nuestro Señor llegó incluso a garantizar Su participación en las batallas que el Rey de Francia debería librar en las guerras religiosas de la época y solicitar que Su Corazón sea pintado en los brazos mismos? Prometió la victoria a esos guerreros católicos, ofreciendo su corazón como un apoyo como un general que trae a sus tropas una nueva arma estratégica invencible.

Lamentablemente, Luis XIV no atendió las peticiones de Nuestro Señor. Y otros lo hicieron. Estos fueron los chouans, esos gloriosos campesinos de Vendée y Bretagne que se levantaron contra la Revolución Francesa en 1793 para luchar por la restauración de la Monarquía. En sus brazos pintaron el Sagrado Corazón de Jesús y en sus cuerpos portaban la insignia del Sagrado Corazón, popularizada por San Juan Eudes. Del mismo modo, los carlistas con sus boinas rojas y el grito de batalla de “Viva Christo Rey” en la Guerra Civil española de la década de 1930 pusieron el emblema del Sagrado Corazón en sus rifles, revólveres, armas pesadas e incluso sus tanques.

Quizás uno de los ejemplos más conmovedores de cómo Nuestro Señor deseaba trabajar a pesar de que un hombre ganara una nación para Su Corazón Amoroso es el caso de Gabriel García Moreno, el Presidente de Ecuador martirizado por los masones en 1875 fuera de la catedral donde acababa de recibió el primer viernes de comunión. Dos años antes de esto, el Presidente de esta República hizo una consagración pública de Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús y promulgó una ley única en la legislación nacional:

Nuestro Señor y su Sagrado Corazón
Ecuador fue consagrado al Sagrado Corazón de Jesús por el presidente García Moreno. Imagen presentada en la Consagración

“Arte. 1: La República del Ecuador se consagra al Sagrado Corazón de Jesús, proclamándolo como Patrón y Protector.

“Arte. 2: La fiesta de ese mismo Sagrado Corazón de Jesús se prescribe como un día de fiesta civil de primera clase, para ser observado en cada catedral de esta República por los prelados diocesanos con todas las ceremonias posibles “.

Las últimas palabras de este magnífico estadista católico fueron “¡Ánimo! ¡Dios nunca muere! (6)

Hay una tendencia en nuestros días a enfatizar la bondad, gentileza y lástima del Magnífico Corazón de Jesús, quien ciertamente se conmueve por la debilidad y la angustia de aquellos a quienes ama. Pero el buen pastor también es un héroe y un guerrero; y su amor es esencialmente un tipo de amor contencioso. El corazón de Cristo anhela ganar una batalla. Como dijo en el Evangelio, no vino a traer paz a la tierra, sino a la espada.

Cuán admirable es este mandato de Nuestro Señor de pintar Su Sagrado Corazón en los estándares franceses. Es de destacar que en esta época el uso de banderas nacionales todavía no era la costumbre general. Pero desde las primeras épocas, Francia siempre había tenido un estándar sagrado con las tres flores de lis, una que descansaba en el santuario de St. Denis y fue expuesta en horas de peligro o guerra santa. Simbolizaba el alma católica de Francia, y flotaba como una oración sagrada en medio de las banderas de la nación.

Según una hermosa tradición, antes de una batalla crucial contra el feroz Allemani en 496, el rey Clovis de los francos invocó al “Dios de Clotilda”. (Santa Clotilda, su esposa, una princesa de Borgoña instrumental en su conversión.) Pidió protección para la batalla que se avecinaba y si ganaba, prometía convertirse a la fe católica. Durante un momento muy difícil del combate, el símbolo del Rey de los francos, una pancarta con tres ranas, milagrosamente se convirtió en otra con las tres flores de lis. A partir de este momento, la flor de lis fue el símbolo principal de los reyes de Francia.

Es interesante imaginar los resultados fortuitos de la adición del Sagrado Corazón a las delicadas tres flores de lis. Los franceses, ciertamente sin falta de buen gusto ni un sentido refinado de la estética, habrían estado dispuestos naturalmente a tomar este mandato de Nuestro Señor y presentar las expresiones más magníficas del espíritu católico. Lamentablemente, esto no es lo que sucedió. Las palabras de Santa Margarita María en 1689 no fueron escuchadas, y un siglo después se levantó la tormenta que arrasó con las monarquías francesas y, con ello, otras monarquías.

El Sagrado Corazón y la glorificación de lo superfluo.

En el ambiente religioso de los tiempos en que Nuestro Señor eligió hacer Sus revelaciones a Santa Margarita María Alacoque a mediados del siglo XVII, la influencia del jansenismo fue fuerte en los medios religiosos e intelectuales. Los adeptos del jansenismo enfatizaron la justicia y la severidad de Dios con poco énfasis en su voluntad de perdonar o su misericordia divina.

La doctrina jansenista nació de un espíritu de orgullo y autosuficiencia. Sugirió que el hombre no podía recibir nada de Dios sin haberlo merecido moral o intelectualmente. Fue un intento de aprovechar la infinita generosidad de Dios hacia los pequeños confines de justicia y reciprocidad dentro de los límites finitos de la comprensión del hombre.

Nuestro Señor dio el regalo de Su Sagrado Corazón al mundo para contrarrestar este espíritu duro y puritano que ha sobrevivido incluso hasta nuestros días. En el Sagrado Corazón de Jesús el hombre encuentra el perdón por el pasado, la paz por el presente, la esperanza por el futuro. La misericordia de este Corazón, la fuente de todas las aguas vivas, es tan sobreabundante que incluso en las situaciones morales más irreversibles y sin esperanza, el hombre puede encontrar en esta devoción una posibilidad de perdón y un retorno completo a la vida de la gracia. y paz.

Así, Nuestro Señor quería que la humanidad conociera Su excedente de misericordia, un tipo de lujo que supera la economía común de la gracia. Un espíritu infectado con tendencias socialistas podría ver en este exceso de misericordia una disipación o exceso, si no una injusticia. Es el mismo tipo de objeción que tendría frente a lo superfluo, lo magnífico y lo maravilloso en la sociedad secular. Al mirar un castillo magnífico, un signo externo y visible de grandeza y trascendencia, solo pudo reaccionar con indignación: “Pero esto es un desperdicio. Es una injusticia que tal edificio exista cuando hay personas hambrientas en chozas miserables ”. Tales objeciones son fáciles de responder para el hombre con un espíritu católico y jerárquico.

En Cristo estaba la abundancia de la gracia: “Y de su plenitud todos hemos recibido, y gracia por gracia”. (Juan 1:16) Él mereció todas las gracias por nosotros, y las gracias a través de las cuales nuestras almas son santificadas nos llegan y fluyen de la plenitud de la gracia de Cristo. Nuestro Señor, tan extraordinariamente rico y tan deseoso de la salvación del hombre, ha permitido que Su munificencia brille en la multitud de devociones, oraciones, pompa y ceremonia de Su Iglesia. Deseaba establecer esta devoción al Sagrado Corazón como un beneficio adicional y una ayuda para que el hombre logre la salvación. Es una manifestación de superabundancia, superabundancia bastante apropiada para su naturaleza. Así, la devoción a Su Sagrado Corazón podría interpretarse como una legitimación e incluso la glorificación de lo superfluo.

El Sagrado Corazón y los Apóstoles de los Últimos Tiempos:
Confianza ilimitada y deseos ilimitados.

San Juan, el amado apóstol del Corazón de Jesús, apareció en el siglo XIII a uno de los primeros devotos del Sagrado Corazón, San Gertrudis el Grande. La invitó a descansar su cabeza junto a la suya en el Corazón de Jesús. “¿Por qué hablaste tan poco de los secretos amorosos del Corazón de Jesús?” Ella le preguntó. Él respondió: “Mi ministerio en aquellos primeros tiempos de la Iglesia se limitaba a hablar de la Palabra Divina, el Hijo eterno del Padre, algunas palabras de profundo significado sobre las cuales la inteligencia humana podría meditar para siempre, sin agotar sus riquezas. Pero para estos últimos tiempos estaba reservada la gracia de escuchar la voz elocuente del Corazón de Jesús. Con esta voz, el mundo desgastado por el tiempo renovará su juventud, será despertado de su letargo y nuevamente se encenderá con la calidez del amor divino “.

Nuestro Señor le dio la llave al Sagrado Corazón a St. Gertrudis: que todo se puede ganar con ilimitada confianza y deseos ilimitados. Ella entendió que la confianza es la llave que abre los tesoros de la infinita misericordia de Dios. Solo a su confianza, ella atribuyó todos los regalos que recibió. Nuestro Señor mismo le dijo: “Solo la confianza obtiene fácilmente todas las cosas”. Una vez, cuando St. Gertrudis estaba preocupada por la tentación, imploró ayuda divina. Nuestro Señor la consoló con estas palabras:

“Cualquiera que sufra tentaciones humanas, que huye a Mi protección con firme confianza, pertenece a aquellos de quienes puedo decir: ‘Una es Mi paloma, Mi elegida entre miles, que ha atravesado Mi Corazón con una mirada de sus ojos. ‘ Y esta confianza hiere a Mi Corazón tan profundamente que si no pudiera aliviar tal alma, causaría a mi corazón una tristeza que todas las alegrías del Cielo no podrían calmar … La confianza es la flecha que atraviesa Mi Corazón, y hace tanta violencia a Mi amor que nunca puedo abandonarla “.

De la mano con confianza Nuestro Señor desea que seamos hombres y mujeres de gran deseo, un deseo ilimitado para la gloria del Sagrado Corazón de Jesús y María. Santa Gertrudis enseñó el gran secreto para nuestro tiempo: que Nuestro Señor “acepta la voluntad para el hecho”. “La buena voluntad para emprender un trabajo para cumplir Mi deseo, a pesar de la dificultad encontrada, es muy agradable para Mí, y acepto la buena voluntad para el hecho. Incluso si no puede tener éxito, lo recompensaré como si lo hubiera logrado ”, le reveló Nuestro Señor.

Nuestro Señor nos invita a venerar su Sagrado Corazón
Con el Sagrado Corazón, todo se puede ganar con una confianza ilimitada y deseos ilimitados.

Nuestro Señor cumplió los deseos de sus amigos en proporción a su seriedad e intensidad. Él acepta los deseos de sus amigos como si se hubieran realizado. Esta es una clave para los últimos días, cuando los hombres, debilitados por el pecado y abrumados por los problemas y el caos que los confrontan desde todas las direcciones, se sienten incapaces de una acción proporcional a la necesidad.

Otra devota del Sagrado Corazón, la gran Santa Catalina de Siena, pronunció estas palabras proféticas, tal vez en anticipación de nuestros días: “Oh Dios mío, ¿cómo podrás en estos tiempos infelices para satisfacer las necesidades de Tu Iglesia? ? Sé lo que harás. Tu amor levantará hombres de deseos. Sus obras finitas unidas a deseos infinitos, te harán escuchar sus oraciones por la salvación del mundo “.

Las gracias que se derramaron sobre la Iglesia y el mundo en el siglo XVII con las apariciones de Nuestro Señor a Santa Margarita María Alacoque para difundir la devoción al Sagrado Corazón establecieron una nueva intimidad entre los hombres y Jesucristo, cuyo deleite es más con los hijos de los hombres que para gobernar a los serafines. Esta nueva economía de la gracia ciertamente buscó hacer posible una profunda y fácil intimidad con Nuestro Señor. Un amor por Dios hasta entonces desconocido trae como consecuencia una combatividad hasta entonces desconocida contra los enemigos de la Iglesia de Cristo. Es una relación recíproca indispensable.

Así, esta devoción ha sido dada a la Iglesia para ayudar a formar esos guerreros indomables que vendrán a confrontar al Anticristo y sus seguidores. Estos serán los apóstoles de los últimos tiempos, descritos por San Luis Grignion de Montfort:

“En una palabra, sabemos que serán verdaderos discípulos de Jesucristo, caminando en los pasos de la pobreza, la humildad, el desprecio del mundo, la caridad, enseñando el camino angosto de Dios en verdad pura, de acuerdo con el Santo Evangelio, y no de acuerdo con las máximas del mundo; eliminado de cualquier preocupación humana, sin apego a nadie; ahorrando, temiendo y escuchando a ningún mortal, por muy influyente que sea. Tendrán en la boca la espada de dos filos de la Palabra de Dios. Exhibirán en sus hombros el estandarte sangriento de la Cruz, el Crucifijo en su mano derecha y el Rosario en su izquierda, los Nombres sagrados de Jesús y María en sus Corazones, y la modestia y mortificación de Jesucristo en su propio comportamiento.

“Estos son los grandes hombres que están por venir; pero María es quien, por orden del Altísimo, los modelará con el propósito de extender Su imperio sobre el de los impíos, los idólatras y los musulmanes. ¿Pero cuándo y cómo será esto? Solo Dios lo sabe.

El Sagrado Corazón de Jesús quiere inspirar los corazones de los hombres de nuestros días con una gran combatividad y un gran deseo de llevar a cabo los actos de los cuales puede parecer que ni siquiera somos capaces. Estos serán los hijos e hijas de la Beata María: fue de Su Corazón Inmaculado que Cristo atrajo a Su humanidad. Su corazón comenzó a latir por primera vez dentro del recinto casto del útero virginal de María. Ningún corazón humano estará más en sintonía con el Corazón del Dios-Hombre que el de Su Madre. Y así como las oraciones y los deseos de María aceleraron la venida de Nuestro Señor, las oraciones y los deseos de los justos, al acortar los días de tribulación, acelerarán el triunfo de la Iglesia.

Atila S. Guimarães y Marian T. Horvat

1. St. Louis de Montfort, El amor de la sabiduría eterna (Bayshore, NY: Montfort Publications, 1960), p. 31.
2. Emile Bougard, La vida de Santa Margarita María Alacoque (Rockford: TAN, 1990), p. 268.
3. Ibíd ., Pág. 269
4. Nancy Mitford, The Sun King (Nueva York: Crescent Books, 1966), pág. 32.
5. Bougard, La vida de Santa Margarita María , p. 269.
6. Arthur R. McGratty, SJ, El Sagrado Corazón: ayer y hoy , Nueva York: Benzinger Bros., 1951, pp. 202-3