San Miguel Arcángel

El 13 de octubre de 1884, el Papa León XIII experimentó una visión horrible. Después de rezar la Santa Misa estaba consultando sobre ciertos temas con sus cardenales en la capilla privada del Vaticano cuando, de pronto, se detuvo al pie del altar y quedó sumido en una realidad que sólo él veía.

Su rostro tenía expresión de horror y de impacto. Se fue palideciendo. Algo muy grave había visto. De repente, se incorporó, levantó su mano como saludando y se fue a su estudio privado.

Lo siguieron y le preguntaron: ¿Qué le sucede su Santidad? ¿Se siente mal?

El respondió: ¡Oh, qué imágenes tan terribles se me han permitido ver y escuchar!, y se encerró en su oficina.

¿Qué vio León XIII? Él mismo lo relató más tarde: Vi demonios y oí sus crujidos, sus blasfemias, sus burlas. Oí la espeluznante voz de Satanás desafiando a Dios, diciendo que él podía destruir la Iglesia y llevar todo el mundo al infierno, si se le daba suficiente tiempo y poder. Satanás pidió permiso a Dios de tener cien años para poder influenciar al mundo como nunca antes había podido hacerlo.

También León XIII pudo comprender que, si el demonio no lograba cumplir su propósito en el tiempo permitido, sufriría una derrota humillante. Vio a San Miguel Arcángel aparecer y lanzar a Satanás con sus legiones en el abismo del infierno.

Después de media hora, llamó al Secretario para la Congregación de Ritos. Le entregó una hoja de papel y le ordenó que la enviara a todos los Obispos del mundo, indicando que, bajo mandato, tenía que ser recitada después de cada Misa la oración que ahí él había escrito.

Es la famosa oración que todos conocemos y rezamos con fervor: San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes. Y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén.

Obviamente es necesario seguir rezando esta oración y las preces prescritas para después de la Santa Misa

Necesitamos la ayuda de San Miguel Arcángel en estos tiempos apocalípticos. Necesitamos su intercesión como remedio contra los espíritus infernales, que se han desencadenado en el mundo moderno.

En estos tiempos, cuando la misma base de la sociedad está tambaleándose como consecuencia de haber negado los derechos de Dios, debemos revivir la devoción a San Miguel y con Él gritar: ¿Quién como Dios?

Ya lo había dicho San Francisco de Sales: La veneración a San Miguel es el más grande remedio en contra de la rebeldía y la desobediencia a los mandamientos de Dios, en contra del ateísmo, escepticismo y de la infidelidad.

Precisamente, estos pecados están al orden del día en nuestros tiempos. Más que nunca necesitamos la ayuda de San Miguel para mantenernos fieles en la Fe.

El ateísmo, la apostasía, la infidelidad, la perfidia han infiltrado todos los sectores de la sociedad humana. Es nuestra misión, como fieles católicos, confesar nuestra fe con valentía y gozo, y demostrar con celo nuestro amor por Jesucristo.

En el fin de los tiempos, la presencia y acción de San Miguel y sus Ángeles es más necesaria y valiosa que nunca.

Con sus Ángeles, librará la batalla victoriosa contra Satanás y los Ángeles rebeldes, los cuales serán arrojados del cielo, tal como lo narra el Apocalipsis:

Y se hizo guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles pelearon contra el dragón; y peleaba el dragón y sus ángeles, mas no prevalecieron, y no se halló más su lugar en el cielo. Y fue precipitado el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama el Diablo y Satanás, el engañador del universo. Arrojado fue a la tierra, y con el fueron arrojados sus ángeles. Y oí una gran voz en el cielo que decía: “Ahora ha llegado la salvación, el poderío y el reinado de nuestro Dios y el imperio de su Cristo, porque ha sido precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. Ellos lo han vencido en virtud de la sangre del Cordero y por la palabra, de la cual daban testimonio, menospreciando sus vidas hasta morir. Por tanto alegraos, oh cielos, y los que habitáis en ellos. Mas ¡ay de la tierra y del mar! porque descendió a vosotros el Diablo, lleno de gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo.”

Esta batalla no se es la misma que narra San Pedro, la cual hubo en el cielo cuando la defección de Lucifer, sino una batalla que tendrá lugar en los últimos tiempos, antes del desenlace final del misterio de iniquidad y la venida del Anticristo.

Entretanto, el dragón espera el momento, pues la lucha primordial se repetirá en los tiempos finales; y todos los intentos de Satanás serán arruinar a Cristo y a su obra.

Toda la vida de la Iglesia será sufrir los dolores que necesita sufrir para que los tiempos mesiánicos traigan a los hombres la paz de Cristo en el reino de Cristo.

Por todo esto, San Miguel es venerado como guardián de la Iglesia.

El Apocalipsis y la situación actual

Bien sabemos que ninguna crisis que la iglesia haya pasado tiene semejanza con la que estamos viviendo.

El Apocalipsis(13,1-18) nos advierte:

“1. Y vi surgir del mar una Bestia que tenía diez cuernos y siete cabezas, y en sus cuernos diez diademas, y en sus cabezas títulos blasfemos. 2. La Bestia que vi se parecía a un leopardo, con las patas como de oso, y las fauces como fauces de león: y el Dragón le dio su poder y su trono y gran poderío. 3. Una de sus cabezas parecía herida de muerte, pero su llaga mortal se le curó; entonces la tierra entera siguió maravillada a la Bestia. 4. Y se postraron ante el Dragón, porque había dado el poderío a la Bestia, y se postraron ante la Bestia diciendo: «¿Quién como la Bestia? ¿Y quién puede luchar contra ella?» 5. Le fue dada una boca que profería grandezas y blasfemias, y se le dio poder de actuar durante 42 meses; 6. y ella abrió su boca para blasfemar contra Dios: para blasfemar de su nombre y de su morada y de los que moran en el cielo. 7. Se le concedió hacer la guerra a los santos y vencerlos; se le concedió poderío sobre toda raza, pueblo, lengua y nación. 8. Y la adorarán todos los habitantes de la tierra cuyo nombre no está inscrito, desde la creación del mundo, en el libro de la vida del Cordero degollado. 9. El que tenga oídos, oiga. 10. «El que a la cárcel, a la cárcel ha de ir; el que ha de morir a espada, a espada ha de morir». Aquí se requiere la paciencia y la fe de los santos.

11 Vi luego otra Bestia que surgía de la tierra y tenía dos cuernos como de cordero, pero hablaba como una serpiente. 12 Ejerce todo el poder de la primera Bestia en servicio de ésta, haciendo que la tierra y sus habitantes adoren a la primera Bestia, cuya herida mortal había sido curada. 13 Realiza grandes señales, hasta hacer bajar ante la gente fuego del cielo a la tierra; 14 y seduce a los habitantes de la tierra con las señales que le ha sido concedido obrar al servicio de la Bestia, diciendo a los habitantes de la tierra que hagan una imagen en honor de la Bestia que, teniendo la herida de la espada, revivió. 15 Se le concedió infundir el aliento a la imagen de la Bestia, de suerte que pudiera incluso hablar la imagen de la Bestia y hacer que fueran exterminados cuantos no adoraran la imagen de la Bestia. 16 Y hace que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se hagan una marca en la mano derecha o en la frente, 17 y que nadie pueda comprar nada ni vender, sino el que lleve la marca con el nombre de la Bestia o con la cifra de su nombre. 18 ¡Aquí está la sabiduría! Que el inteligente calcule la cifra de la Bestia; pues es la cifra de un hombre. Su cifra es 666.¨

La bestia de dos cuernos claramente se puede aplicar y referirse al nuevo sacerdocio conciliar.

La pone San Juan debajo de la metáfora de una bestia con dos cuernos semejantes a los del cordero.

Nuestro sacerdocio católico, que como buen pastor, y no mercenario, debía defender el rebaño de Cristo, y poner por él su propia vida, es ahora, en estos tiempos de apostasia un ¨sacerdocio¨ que es el mayor escándalo, y el mayor y más próximo peligro para las ovejas.

¿Qué tenemos, pues, que maravillarnos de que el sacerdocio cristiano pueda en algún tiempo imitar en gran parte la iniquidad del sacerdocio hebreo? ¿Qué tenemos que maravillarnos de que sea él simbolizado en esta bestia de dos cuernos?

Este sacerdocio conciliar de los últimos tiempos, corrompido por la mayor parte, ha sido capaz de corromperlo todo, y arruinarlo todo, como lo hizo el sacerdocio hebreo. El “sacerdocio” nuevo, así como en aquellos tiempos, con su pésimo ejemplo, con persuasiones, con amenazas, con milagros fingidos, etc., es capaz de alucinar a la mayor parte de los fieles, deslumbrarlos, cegarlos, hacerles perder la fe. “Se levantarán muchos falsos profetas, y engañarán a muchos. Y darán grandes señales. Y porque se multiplicará la iniquidad, se resfriará la caridad de muchos.”

Las simples ovejas de Cristo de toda edad, de todo sexo, de toda condición, viéndose perseguidas de la primera bestia (El Concilio Vaticano II), y amenazadas con la potencia formidable de sus cuernos, han intentado ponerse al abrigo de sus pastores, implorando su auxilio… pero los encuentran con la espada en la mano, no cierto para defenderlas, como era su obligación; sino para afligirlas más, para espantarlas más, para obligarlas a rendirse a la voluntad de la primera bestia.

Queriendo poner los ojos en sus pastores, como en su único refugio y esperanza, las ovejas solo los ven temblando de miedo, mucho más que ellos mismos, a vista de la bestia, y de sus cuernos coronados, por consiguiente los ven aprobando prácticamente toda la conducta de la primera bestia, aconsejando a todos que se acomoden con el tiempo por el bien de la ¨paz y tranquilidad¨, que por este bien de la paz (falsa a la verdad) tomen el carácter de la bestia en las manos o en la frente, esto es, que se declaren públicamente por ella, fingiendo para esto milagros y portentos, para acabar de reducirlas con apariencia de religión.

Muchos fieles justos y bien instruidos en sus obligaciones, conociendo claramente que no pueden en conciencia obedecer a las órdenes que salen de sus superiores, se determinan a obedecer a Dios antes que a los hombres, lo arriesgan todo por Dios, y se ven por esto abandonados de todos, arrojados de sus casas, despojados de sus bienes, separados de sus familias, privados de la sociedad y comercio humano, sin hallar quien les dé, ni quien les venda, ¡y todo esto por orden y mandato de sus propios pastores!

Todo esto porque no se les ve ni en las manos ni en la frente señal alguna de ser contra Cristo. Todo esto porque no se declaran públicamente por Anticristos. Con razón dice San Pablo: que en los últimos días vendrán tiempos peligrosos (II ad Tim. III, 1) y con razón dice el mismo Jesucristo: si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva… (Mat. XXIV, 22).

Persecuciones de la potencia secular las padeció la Iglesia de Cristo terribilísimas, y casi continuas, por espacio de 300 años, y con todo eso se salvaron tantos, que se cuentan no a centenares ni a millares, sino a millones. Lejos de ser aquellos tiempos de persecución peligrosos para la Iglesia, fueron por el contrario los más a propósito, los más conducentes, los más útiles para que la misma Iglesia creciese, se arraigase, se fortificase y dilatase por toda la tierra.

No fue necesario ni conveniente abreviar aquellos días por temor de que pereciese toda carne; antes fue convenientísimo dilatarlos para conseguir el efecto contrario. Así los dilató el Señor muy cerca de tres siglos, muy cierto y seguro de que por esta parte nada había que temer. Sin embargo en la crisis actual sucede todo  contrario: “Porque habrá entonces grande tribulación, cual no fue desde el principio del mundo hasta ahora, ni será. Y si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva.”

La verdadera razón de una diferencia tan grande, es que la bestia nueva de dos cuernos que ahora consideramos, o lo que es lo mismo, el ¨sacerdocio” conciliar, ayudando a los perseguidores de la Iglesia y de acuerdo con ellos, por la abundancia de su iniquidad, destruye la Iglesia desde dentro bajo las apariencias de pastores “católicos”.

En las primeras persecuciones hallaban los fieles en su sacerdocio o en sus pastores, no solamente buenos consejos, instrucciones justas y santas, exhortaciones fervorosas, etc., sino también la práctica de su doctrina. Los veían ir delante con el ejemplo; los veían ser los primeros en la batalla; los veían no estimar ni descanso, ni hacienda, ni vida, por la honra de su Señor, y por la defensa de su grey.

Los pastores buenos son tan pocos, y tan poco atendidos, respecto de los otros, como lo fue Elías respecto de los profetas de su tiempo quienes persiguieron a los profetas de Dios.

El “sacerdocio” conciliar persuade a los fieles que adoren a la primera bestia, a la nueva religión del hombre que se pone en el lugar de Dios, con adoración de latría como a Dios. En expresión de San Juan: ¨Que la tierra y sus moradores adorasen a la primera bestia…¨

Así, el hacer adorar a la primera bestia, no puede aquí significar otra cosa, sino hacer que se sujeten a ella, que obedezcan a sus órdenes, por inicuas que sean, que no resistan como debían hacerlo, que den señales externas de su respeto y sumisión, y todo esto por temor de sus cuernos.

San Juan vió a la bestia con dos cuernos semejantes a los de un cordero; la cual semejanza, aun prescindiendo de la alusión a la mitra, que reparan varios doctores, parece por otra parte, siguiendo la metáfora, un distintivo propísimo del sacerdocio, que a él solo puede competir. De manera, que así como los cuernos coronados de la primera bestia significan visiblemente la potestad, la fuerza, y las armas de la autoridad de que aquella bestia se ha de servir para herir y hacer temblar toda la tierra; así los cuernos de la segunda, semejantes a los de un cordero, no pueden significar otra cosa, que las armas o la fuerza de la potestad espiritual, las cuales aunque de suyo son poco a propósito para poder herir, para poder forzar, o para espantar a los hombres; mas por eso mismo se concilia esta potencia mansa y pacífica, el respeto, el amor y la confianza de los pueblos; y por eso mismo es infinitamente más poderosa, y más eficaz para hacerse obedecer, no solamente con la ejecución, como lo hace la potencia secular, sino con la voluntad, y aun también con el entendimiento.

Mas esta bestia en la apariencia mansa y pacífica, esta bestia en la apariencia inerme, pues no se le veían otras armas que dos pequeños cuernos semejantes a los de un cordero, esta bestia tenía una arma horrible y ocultísima, que era su lengua, la cual no era de cordero, sino de dragón: “hablaba como el dragón”.
Habla con dulzura, con halagos, con promesas, con artificio, con astucias, con apariencias de bien, abusando de la confianza y simplicidad de las pobres ovejas para entregarlas a los lobos, para hacerlas rendirse a la primera bestia, para obligarlas a que la adoren, la obedezcan, la admiren, y entren a participar o a ser iniciadas en su misterio de iniquidad.

Y si algunas se hallaren entre ellas tan entendidas que conozcan el engaño, y tan animosas que resistan a la tentación contra éstas se usarán, o se pondrán en gran movimiento las armas de la potestad espiritual, o los cuernos como de cordero, prohibiendo que ninguno pueda comprar, o vender, sino aquel que tiene la señal, o el nombre de la bestia. Éstas serán separadas de la sociedad y comunicación con las otras, a éstas nadie les podrá comprar ni vender, si no traen públicamente alguna señal de apostasía: porque ya habían acordado los judíos, dice el evangelista, que si alguno confesase a Jesús por Cristo, fuese echado de la sinagoga (Joan. IX, 22).

Basado sobre el Papa Pío IX, ya nos alertaba sobre estos tiempos, uno de los grandes guardianes de la fe de nuestros siglos, Monseñor Lefebvre, en su Sermón del 19 de noviembre de 1989:

“Ahora os diré algunas palabras sobre la situación internacional. Me parece que tenemos que reflexionar y sacar una conclusión ante los acontecimientos que vivimos actualmente, que tienen bastante de apocalípticos.

Es algo sorprendente esos movimientos que no siempre comprendemos bien; esas cosas extraordinarias que suceden detrás, y ahora a través, de la cortina de acero.

No debemos olvidar, con ocasión de estos acontecimientos las previsiones que han hecho las sectas masónicas y que han sido publicadas por el Papa Pío IX. Ellas hacen alusión a un gobierno mundial y al sometimiento de Roma a los ideales masónicos; esto hace ya más de cien años.

No debemos olvidar tampoco las profecías de la Santísima Virgen. Ella nos ha advertido. Si Rusia no se convierte, si el mundo no se convierte, si no reza ni hace penitencia, el comunismo invadirá el mundo.

¿Qué quiere decir esto? Sabemos muy bien que el objetivo de las sectas masónicas es la creación un gobierno mundial con los ideales masónicos, es decir los derechos del hombre, la igualdad, la fraternidad y la libertad, comprendidas en un sentido anticristiano, contra Nuestro Señor.

Esos ideales serían defendidos por un gobierno mundial que establecería una especie de socialismo para uso de todos los países y, a continuación, un congreso de las religiones, que las abarcaría a todas, incluida la católica, y que estaría al servicio del gobierno mundial, como los ortodoxos rusos están al servicio del gobierno de los Soviets.

Habría dos congresos: el político universal, que dirigiría el mundo; y el congreso de las religiones, que iría en socorro de este gobierno mundial, y que estaría, evidentemente, a sueldo de este gobierno.

Corremos el riesgo de ver llegar estas cosas. Debemos siempre prepararnos para ello.¨

Conmemoración de Nuestra Señora de los dolores (Padre Ceriani)

Todo es sencillo en el Evangelio, pero todo es profundo.

Estos dos caracteres son distintos, al par que se hallan unidos. El Evangelio es una narración, en toda la sencillez del sentido histórico, al paso que es un misterio, en toda la profundidad del sentido doctrinal.

A la primera lectura es tal su sencillez, que parece que el Evangelista no ha comprendido la doctrina de los hechos que nos refiere; pues no deja sospechar ningún misterio.

Esta ausencia tan completa de reflexiones y afectos en la pintura de un acontecimiento que trastornó toda la naturaleza, es sublime en sencillez y en desinterés histórico, hasta el punto de no poder explicarse sino por una inspiración divina.

Este silencio del sentido humano en el Evangelio nos muestra, en lo que nos oculta, la profundidad del sentido divino. A nosotros corresponde penetrarlo.

Notemos como el silencio del Evangelio acerca de la presencia de la Virgen María en todas las otras escenas de la Pasión da gran realce a la asistencia de esta Madre al pié de la Cruz.

Sólo hace mención de María junto a la Cruz, y de pié, como para un oficio. Se encontraba allí firme, como para la cita de un sacrificio.

Esto es lo que significa el Stabat del Evangelio: rasgo sencillo, que concuerda con el silencio de la manifestación de la Virgen en todas las otras escenas de la Pasión, y que recibe por ello un valor sublime.

La concurrencia de María al pié de la Cruz brilla especialmente en fidelidad y heroísmo, considerándola en oposición con su ausencia en todas las escenas de gloria en que su divino Hijo se reveló a sus discípulos.

De pié, junto a la Cruz, está la Madre; y en la defección universal era la única que llevaba y retenía la perfección de la Fe; firme como una columna…,

El Evangelio nos dice que con Ella estaban su hermana María, mujer de Cleofás, María Magdalena y San Juan. Pero del contexto mismo de esta narración resulta que ellos sólo estaban allí como el séquito de María; e incluso puede con verdad decirse que no estaban allí con el espíritu con que estaba María, con espíritu de fe.

Esto se demostró claramente por su duda y su pasmo en las escenas de la Resurrección. Y la ausencia de la Madre en estas últimas escenas ilumina también con una luz sobrenatural su presencia al pié de la Cruz, y la hace aparecer única.

El mayor espectáculo que hubo jamás, que llenó de admiración a todos los Ángeles del Cielo y asombrará a todos los Santos por toda la eternidad; este misterio inefable por el cual fueron vencidos los demonios y reconciliados los hombres con Dios; en fin, este prodigio pasmoso de un Dios padeciendo por sus esclavos y sus enemigos, sólo tuvo por testigo a la Santísima Virgen.

Los judíos y los paganos sólo vieron allí a un hombre a quien odiaban, o a quien despreciaban; las mujeres de Galilea sólo vieron a un justo a quien se hacía morir cruelmente. Sólo María, la Virgen Madre, representando a toda la Iglesia, vio allí a Dios padeciendo por los hombres.

María sola, por consiguiente, compadecía estos divinos padecimientos; y sólo Ella participó de su infinidad.

Y al decir infinidad dejamos la sencillez y entramos en la profundidad del Misterio.

Los padecimientos y la muerte de Jesucristo en la Cruz no han sido divinos e infinitos solamente en virtud, sino también en extensión. Si han calmado tantas penas; si han hecho dulces o heroicas tantas muertes, es porque han tomado sobre sí todas las amarguras y todos los horrores; y si nos han rescatado de la muerte eterna, es porque han pesado sobre la víctima con un peso infinito.

Este es el peso que sólo María llevó con Jesús; esta Pasión fue la medida de su Compasión; esta atrición formó su contrición.

Así, el Profeta Jeremías, después de haber buscado en toda la naturaleza con qué comparar la inmensidad de este dolor, que llama con su propio nombre (de contrición), no encuentra sino el mar, cuya extensión, profundidad y amargura puedan figurarla: Cui comparabo te, Virgo filia Sion? Magna est sicut mare contritio tua.

Así lo pública Ella misma al pié de la Cruz por medio de estas patéticas y penetrantes palabras, que el misino Profeta pone en sus labios: Oh, todos vosotros los que pasáis por el camino, considerad y ved si hay dolor semejante al mío.

Así lo ha ratificado la humanidad entera, llamando a María Santísima con los grandes nombres de Virgen de los Dolores, Nuestra Señora de la Piedad, Nuestra Señora de la Soledad, Nuestra Señora de la Compasión…, y yendo a llevar a los pies de sus altares, para templarlos y sobrellevarlos con su ejemplo supremo, los dolores más agudos que, sin Ella, no tendrían modelo ni consuelo.

Probemos de sondear este océano de los dolores y de las amarguras de María.

María era Madre… Con esto, al parecer, se dice todo; porque la misma causa que hace a las madres fecundas para producir, las hace tiernas para amar. Y es tal en la madre la fuerza de este sentimiento, que arrancó esta respuesta a una madre enlutada, a quien se proponía el ejemplo del sacrificio de Abraham: Nunca Dios lo exigiera de una madre…

María era Madre; pero, ¡qué Madre!, y ¡de qué Hijo! La Madre más perfecta, la más pura, la más fiel, la más tierna, la más Madre; y del Hijo más perfecto, más bello, más amable, más Hijo.

Era Madre; pero Madre Virgen. Aquí al pensamiento le falta capacidad. Una madre virgen, una virgen madre… Tanto más Madre cuanto que es Virgen; y tanto más Virgen cuanto que es Madre.

¿Quién puede comprender la riqueza de tal Corazón en el que se multiplican las cosas contrarias para formar el supremo amor?

Dije que la misma causa que hace fecundas a las madres, las hace tiernas para amar… Aquí hallaremos que, siendo el Espíritu Santo la causa que hizo fecunda a María, Ella ama a Jesucristo con este mismo divino Amor; su ternura es una irradiación del principio de su fecundidad…, del Amor eterno…

Era Madre; pero Madre de Dios… ¡Qué nuevo abismo! María amaba a Dios en su Hijo, y amaba a su Hijo en Dios.

El amor materno y el amor divino se presentaban en Ella recíprocamente, para hacer de éste el amor más delicado, el más fuerte, el más justo, el más sagrado, el más natural, el más sobrenatural, el más absoluto…, en una palabra, el más maravilloso de todos los amores.

Era Madre, en fin; pero Madre del Redentor, de la Víctima de nuestra salvación, y, por tanto, Madre Corredentora y compasiva en vista del sacrificio de su Hijo.

No pudiendo el Hijo de Dios padecer y morir en su naturaleza divina, tuvo que adaptarse un Cuerpo, una naturaleza pasible, una aptitud de víctima.

Y esta disposición para el sacrificio la tomó en el seno purísimo de María; de la Madre, a la que pudo decir como a su Padre: Corpus aptasti mihi… Me has preparado un cuerpo…, una hostia…

Madre predestinada por Dios para el mismo fin que inclinó a Dios a ser su Hijo, para un fin de inmolación y de sacrificio; lo que la hizo Madre de Dios la hizo al mismo tiempo Madre de compasión y de dolor; de tal suerte, que todo cuanto había en Ella de amor, de gloria, de grandeza, con relación a Jesús, sólo se le concedió con tal largueza para hacerla más apta para sufrir con Jesús con los mismos padecimientos; para ponerla al pié de la Cruz como el centro de todas los dolores que le es dado soportar a una criatura.

En una palabra, la grandeza de su dignidad debía ser la de su dolor, para llegar a ser la de su gloria.

Por eso vemos en la gran profecía de Simeón que este doloroso destino de María se halla tan implicado con el de Jesús; de modo que la misma espada de dolor que herirá al Hijo traspasará también a la Madre.

Esto es lo que se ve al pié de la Cruz. María sufre allí todos los dolores de la naturaleza como la Madre más tierna, viendo espirar en los más crueles y más ignominiosos padecimientos al Hijo más digno de ser amado.

Siendo su dolor proporcionado a su amor, no hay ningún dolor comparable al suyo, porque no hay ningún amor comparable al que brota de su Corazón.

Pero además de los dolores de la naturaleza, experimentaba María dolores más profundos: los dolores de la gracia, que elevando, enriqueciendo la naturaleza, le da más delicadeza a la par que más energía para sufrir.

¿Cuál no debía ser la inmensidad del dolor de María, llena de gracia, y por consiguiente elevada en sensibilidad y en capacidad de padecer sobre todas las criaturas?

Tanto más, cuanto que esa misma gracia le descubría en este Hijo, objeto de sus dolores, la perfección infinita sumergida en el océano de los crímenes del género humano.

Puede decirse, pues, que sobre los dolores de la naturaleza, y sobre los dolores de la gracia, María soportaba también el peso inmenso de los dolores divinos. Lo que sucedió en su alma en el momento de la pasión y muerte de su Jesús, debió ser de la misma naturaleza y de la misma proporción de lo sucedido en su alma el día de la Encarnación del Verbo y la noche de Belén.

Y así como en estas horas sobrevino el Amor eterno, y la cubrió con su sombra la virtud del Altísimo para hacerla Bendita entre todas las mujeres; así también en aquellas debieron cubrirla y abismarla en un dolor tan divino como su Maternidad.

Bendita como su Fruto, por una parte, debió, por otra, ser como Él objeto de maldición…

Y de este modo, el Magnificat de su alegría nos da la medida del Stabat de su dolor…

Por esta virtud del Altísimo, puede decirse que su Compasión estaba a la altura de la Pasión del Hombre Dios.

Y es tal el efecto de la simpatía entre tal Madre y tal Hijo, que la Madre sufre en la carne del Hijo, y el Hijo en el alma de la Madre; y lejos de templarse sus dolores por la participación, ésta sólo sirve para redoblarlos.

A diferencia de todos los otros mártires, que recibían consuelos de Jesucristo, María recibe de Él sus padecimientos. Y Jesucristo siente también en la Compasión de María como una nueva pasión. Ambos se hieren con mutuos golpes.

No obstante, en lo más recio de esta tempestad de inefables dolores, entre la sangre y las lágrimas del suplicio, las blasfemias de los verdugos, los insultos del pueblo, la consternación de los discípulos, las lamentaciones de las mujeres piadosas, las últimas palabras y el gran grito de la víctima, la conmoción y el oscurecimiento de la naturaleza entera, María, superior a su sexo, superior al hombre, superior a la humanidad, sola con la Divinidad, inmóvil…, permanecía de pié: Stabat.

Y si María resistía, es porque el mismo Espíritu Santo, la misma Virtud, que la había hecho Madre de Dios, le daba fuerza para soportarlo.

Esta divina Maternidad, fuente de su dolor, era, al mismo tiempo, la de su valor.

Y no se crea que este valor disminuía su dolor; al contrario lo hacía más profundo y pesado, impidiéndole desahogarse.

Su Maternidad tiene el mismo objeto que la Encarnación: la Redención.

La distancia que separa la Cruz del Pesebre no interrumpe ni debilita en lo más mínimo esta correlación.

La Cruz, respecto al Hijo, no es sino la consumación de un sacrificio que comienza en la Encarnación; de donde se sigue que, al darlo a luz María en el Pesebre, lo ofreció para la Cruz; y la inmolación del Calvario sólo es para Ella el término de su concepción.

El perfeccionamiento del parto virginal de María, lo que lleva a su fin su Maternidad divina, es el que parto espiritual, que se verificó en la Cruz.

El primero no fue para Ella más que lo que fue para su Hijo: el medio del segundo…

No dio a luz al Hijo de Dios para que viviese, sino para que muriera a fin de que nosotros viviésemos…

El parto de esta Maternidad tuvo dos actos, en dos misterios: el misterio de la Encarnación y el misterio de la Redención; el Pesebre y la Cruz; en el Pesebre dio a luz la Cabeza; en la Cruz, alumbró a los miembros.

En este gran misterio hemos sido restituidos a la dignidad de hijos de Dios por la operación de Jesucristo, por su Pasión; pero no sin la cooperación, sin la Compasión de María.

De manera que, como ha dicho San Pedro Damiano, así como nada fue hecho sin Cristo, así nada fue rehecho sin la Virgen.

Tuvo, pues, María en la Redención la parte que tuvo en la Encarnación, y la tuvo por una cooperación no menos directa y efectiva.

Si por una parte dio a luz a Jesucristo, por otra da a luz a los fieles; por una parte al inocente, por otra a los pecadores. Pero al inocente lo dio a luz sin dolor, y a los pecadores los da a luz entre penas y tormentos.

Fue preciso que fuese Madre de los cristianos a costa de su Hijo único; fue necesario que, por el sacrificio que hizo de Él, cooperase a nuestro nacimiento…

María es la Eva de la nueva alianza y la Madre común de todos los fieles; pero esto le cuesta la muerte de su Primogénito; esto la asocia al eterno Padre y, de común acuerdo, entregan al suplicio a su común Hijo.

Por esto la Providencia la ha llevado al pié de la Cruz; allí va a inmolar a su verdadero Hijo: ¡muera Él para que los hombres vivan!

Tal es el sentido, el valor y el efecto de la Compasión de María.

Y esto es lo que forma y explica el maravilloso carácter de ese dolor de María, tan profundo, tan inmenso y amargo juntamente, que el mar sólo es de él una débil figura; y tan generoso, tan heroico, que una sola palabra resume su actitud: Stabat…

Esto es lo que se nos muestra en la Compasión de María: en su Corazón hay dos amores, ambos extremos, que luchan entre sí; el amor de la vida de Jesucristo, y el amor de la Redención de los hombres. El uno es más tierno, el otro más fuerte; el uno hace el martirio, el otro el sacrificio; el uno agita cruelmente el alma, el otro la avigora; el uno forma la tempestad en este océano, el otro la calma.

¿Cuáles no deben ser nuestros afectos de filial veneración, de amor y de agradecimiento para con tal Madre?

Mas por abundantes y fuertes que nazcan estas consecuencias de la Compasión de María, la Víctima no quiso dejarnos el cuidado de sacarlas… Jesucristo, moribundo, quiso proveer Él mismo a este culto filial de los cristianos para con María, quiso proclamar su Maternidad y nuestra deuda en el mismo instante en que nacíamos a fuerza de tantos dolores.

Habiendo Jesús visto a su Madre, y junto a Ella al discípulo a quien amaba, dijo a su Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí a tu Madre.

Al pié de la cruz sintió María estas angustias de parto, donde se hizo Madre nuestra por la muerte de Jesucristo.

Esta Hostia fue un instrumento de suplicio, una cruz, en la cual padeció en su alma cuanto aquel objeto amado padecía en su Cuerpo, ofreciendo con Él, con una misma voluntad, un mismo holocausto, derramando ambos su Sangre: el uno la de sus venas, la otra la de su Corazón; y muriendo los dos por la salvación del mundo: Él con una muerte que ponía fin a sus padecimientos, Ella por una supervivencia que era una muerte.

Con gran razón los pintores y escultores dan a cada uno de nuestros Mártires el instrumento propio de su suplicio: a San Pablo su espada, a San Lorenzo sus parrillas. Cuando se trata de la Reina de los Mártires, le ponen sobre las rodillas y en los brazos el Cuerpo exánime de su Hijo, como para decirnos que éste es su tormento y el instrumento propio de su suplicio.

Éste es también el precio con que hemos sido comprados y que Ella presenta, cual patena dorada, a nuestra piedad, para movernos al amor de su divino Hijo.

No faltemos a la cita…

Juxta Crucem tecum stare

Et me Tibi sociare

In planctu desidero.

Junto a la Cruz contigo estar

y contigo asociarme

en el llanto es mi deseo.

 

El Santo Nombre de María

Dulce Nombre de María
12 de septiembre

Dulcísimo Nombre de la Bienaventurada Virgen María. En este día se recuerda el inefable amor de la Madre de Dios hacia su santísimo Hijo, y su figura de Madre del Redentor es propuesta a los fieles para su veneración.

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Ha sido San Lucas en su evangelio quien nos ha dicho el nombre de la doncella que va a ser la Madre de Dios: “Y su nombre era María”. El nombre de María, traducido del hebreo “Miriam”, significa, Doncella, Señora, Princesa.

Estrella del Mar, feliz Puerta del cielo, como canta el himno Ave maris stella. El nombre de María está relacionado con el mar pues las tres letras de mar guardan semejanza fonética con María. También tiene relación con “mirra”, que proviene de un idioma semita. La mirra es una hierba de África que produce incienso y perfume.

En el Cantar de los Cantares, el esposo visita a la esposa, que le espera con las manos humedecidas por la mirra. “Yo vengo a mi jardín, hermana y novia mía, a recoger el bálsamo y la mirra”. “He mezclado la mirra con mis aromas. Me levanté para abrir a mi amado: mis manos gotean perfume de mirra, y mis dedos mirra que fluye por la manilla de la cerradura”. Los Magos regalan mirra a María como ofrenda de adoración. “Y entrando a la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron y abriendo sus cofres, le ofrecieron oro, incienso y mirra”. La mirra, como María, es el símbolo de la unión de los hombres con Dios, que se hace en el seno de María. Maria es pues, el centro de unión de Dios con los hombres. Los lingüistas y los biblistas desentrañan las raíces de un nombre tan hermoso como María, que ya llevaba la hermana de Moisés, y muy común en Israel. Y que para los filólogos significa hermosa, señora, princesa, excelsa, calificativos todos bellos y sugerentes.