Oración a San Benito

Oh glorioso San Benito, modelo sublime de todas las virtudes, vaso puro de la gracia de Dios. Heme aquí, humildemente postrado ante ti. Imploro tu corazón lleno de amor para que intercedas por mí ante el trono divino de Dios.
A ti recurro en todos los peligros que a diario me rodean. Protégeme contra mis enemigos, contra el maligno enemigo en todas sus formas e inspírame a imitarte en todas las cosas Que tu bendición esté conmigo siempre, de modo que pueda huir de todo lo que no es agradable a Dios y evitar así las ocasiones de pecado.
Dulcemente te pido, que me consigas de Dios los favores y gracias de las cuales yo estoy tan necesitado, en las pruebas, en las miserias y en las aflicciones de la vida.Tu corazón siempre estuvo tan lleno de amor, compasión y misericordia hacia los que estaban afligidos o con problemas de cualquier tipo.Tú nunca has despedido sin consuelo y asistencia a cualquiera que haya recurrido a ti. Por lo tanto, invoco tu poderosa intercesión, con esperanza y confiado en que tú escucharás mis oraciones y me alcanzarás la gracia especial y favor que tan seriamente te imploro (pedir el favor a recibir), si es para la mayor gloria de Dios y el bien de mi alma
Ayúdame, Oh gran San Benito, vivir y morir como un hijo fiel de Dios, que sea siempre sumiso a Su santa voluntad, para lograr la felicidad eterna del cielo.

Amén

APARICIONES

ENSEÑANZAS TRADICIONALES DE LA IGLESIA ACERCA DE LAS APARICIONES

El mundo está hoy asediado, como nunca antes, por pretendidas apariciones celestiales…

A lo largo y ancho del mundo, hay literalmente cientos de supuestas vistas celestiales y hechos milagrosos. ¡Y los videntes no se contentan con mensajes de una o dos líneas…! La suma total de los volúmenes de los mensajes celestiales que han sido publicados en los últimos treinta años, podría competir fácilmente con la suma de las palabras de todas las encíclicas pontificias publicadas por la Iglesia Católica. Si el contenido de estos mensajes puede compararse con la sustancia de las enseñanzas pontificias, eso es otra cuestión…
Además, la gente que sigue estas apariciones ha desarrollado una tal devoción, una tal avidez por estos y los futuros mensajes, que dicha devoción y avidez aparecen como la característica principal de su vida espiritual; la más leve duda expresada en su presencia acerca de la verdad o santidad de estas supuestas manifestaciones celestiales, provoca de inmediato un furor emocional difícil de ser apaciguado.

En una época en que la ciencia-ficción, el misticismo oriental, el uso de drogas alucinógenas, la parapsicología y el ocultismo corren desenfrenados en nuestras sociedades, realmente no debería sorprender que los católicos modernistas, -ansiosos de ser notados- quieran también tener la posibilidad de disfrutar de fenómenos sobrenaturales “católicos”… Pero cuando católicos que pretenden mantener las enseñanzas tradicionales de la Iglesia en un mundo que se ha vuelto loco, cuando son estos los que de buen grado y sin cuestionarse aceptan la validez de estas supuestas visitas, uno puede preguntarse si es que alguna vez han entendido verdaderamente la responsabilidad inherente a su condición de católicos, la responsabilidad de mantener las enseñanzas tradicionales de la Iglesia acerca de las revelaciones, visiones y locuciones privadas. Se halla uno en la necesidad de cuestionar, no solo la autenticidad de las apariciones mismas, sino también la actitud de estos católicos respecto a las apariciones. ¿Porque se ignoran las enseñanzas tradicionales de la Iglesia?

Todos los teólogos católicos concuerdan en que las revelaciones, visiones y locuciones privadas deben ser estudiadas con gran cuidado, teniendo siempre en mente la posibilidad de ilusiones humanas, auto-engaño, influencias diabólicas o, incluso, ¡simple fraude! El R. P. Tanquerey, en su tratado sobre Teología Ascética y Mística, resume la actitud propia del católico respecto a las revelaciones privadas:

“Nada mejor podemos hacer que imitar la juiciosa reserva de la Iglesia y de los Santos. La Iglesia no acepta las revelaciones sino de largas y cuidadosas investigaciones. Por lo tanto, no debemos asegurar la existencia de una revelación privada sino hasta tener las pruebas convincentes que el papa Benedicto XIV enumera en su obra sobre las canonizaciones… Cuando un penitente manifiesta a su director espiritual sus supuestas revelaciones, este último debe abstenerse cuidadosamente de demostrar admiración, puesto que esto induciría al vidente a considerar estas visiones como verdaderas y quizás a enorgullecerse de ellas. El director espiritual debe, por el contrario, explicar que tales cosas son de mucho menor importancia que la práctica de la virtud, que uno puede engañarse fácilmente en estas cuestiones, y que uno debe, por consiguiente, sospechar de tales visiones más que tomarlas en consideración. Esta es la regla establecida por los Santos”.

No necesitamos más que citar unos pocos pasajes de San Juan de la Cruz para ilustrar acerca de los peligros del auto-engaño y de las ilusiones diabólicas. Ésta es la sólida doctrina de uno de los más grandes Doctores de la Iglesia acerca de las cuestiones místicas. ¿Porqué los católicos de hoy no se han preguntado acerca de estos peligros, antes de correr precipitadamente a la aceptación, aprobación y promoción de estas supuestas locuciones?

En la subida al Monte Carmelo, San Juan de la Cruz dice:
“Estoy aterrado por lo que sucede en estos días, es decir, que cundo un alma con la más mínima experiencia de la meditación, si se dá cuenta de ciertas locuciones de este tipo cuando se recoge para meditar, de inmediato las atribuye como viniendo todas de Dios, diciendo: “Dios me dijo…”, “Dios me ha contestado…”, cuando en realidad no son así, sino que son ellos que se lo dicen a sí mismos”
Y en el libro II, capítulo 11 de la misma obra, nos advierte del peligro de la ilusión diabólica, especialmente cuando el alma es crédula y ni siquiera considera la posibilidad de tal ilusión:
“Siempre se debe temer que estas locuciones procedan del demonio más que de Dios, pues el demonio tiene más influencia en lo que es exterior y corpóreo… Como estas locuciones son tan palpables y tan materiales, excitan grandemente los sentidos y el alma es llevada a considerarlas más importantes cuando más las siente. Corre el alma detrás de ellas y abandona la segura guía de la Fe, creyendo que la luz que le dan es la guía y el medio para alcanzar lo que ella desea, la unión con Dios. Y así el alma cuanto más se ocupa de estas cosas, mas se le aleja del recto camino y de los medios perfectos, es decir, la Fe. Además, cuando el alma se percibe sujeta a estas extraordinarias visitaciones, frecuentemente se introduce la autoestima, y se piensa ser algo en los ojos de Dios, lo que es contrario a la humildad. El demonio sabe también muy bien como insinuar en el alma una secreta -o a veces abierta- auto-satisfacción. Con este fin, el demonio presenta a los ojos las formas de los Santos y las más hermosas luces; causa voces adecuadas para halagar nuestros oídos, y con deliciosos aromas nuestro olfato; produce dulzuras en los labios, y espasmos de placer en el sentido del tacto; y todo esto para hacernos desear tales cosas y así poder desviarnos hacia mucho mal. Por esta razón es que debemos siempre rechazar y tener en poco estas representaciones y sensaciones”
En el libro II capítulo 16, resume sus advertencias: Es interesante notar que el rechazo de tales apariciones es la actitud propia que debe ser observada en el caso en que estas provengan verdaderamente de Dios, pues, tal como el Santo lo explica, este es el modo de probar que son verdaderamente de origen divino:
“Por lo tanto diré, con respecto a estas impresiones y visiones imaginarias, de cualquier modo que sean, ora sean falsas, provenientes del demonio, ora sean conocidas como verdaderas, viniendo de Dios, que el entendimiento no debe aturdirse respecto de ellas, ni alimentarse de ellas; el alma no debe aceptarlas voluntariamente, ni descansar sobre ellas, para poder permanecer despegada, pura y sinceramente simple, lo cual es la condición para la divina unión”.
A pesar de las abundantes advertencias que se hallan en las obras de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, sin embargo aún existen miles de devotos de los videntes contemporáneos que jamás se han planteado ni la más mínima duda acerca de la autenticidad de estas supuestas apariciones. Santa Teresa, quien ascendió por todas las moradas de la vida contemplativa, a menudo ejerció esta cautela y duda acerca de la autenticidad de las visiones y voces que ella misma experimentaba… ¡Pero eso no es para los adeptos de nuestros días! Ellos están seguros de que sus “voces” son divinas y no necesitan seguir las enseñanzas tradicionales de la Iglesia…

Otro escándalo a este respecto es la diligencia con que muchos católicos distribuyen la literatura y los mensajes provenientes de los distintos lugares de “apariciones”. Las imprentas se ponen en marcha tan pronto como un “vidente” aduce haber escuchado o visto algo nuevo. Y a sus devotos les falta el tiempo para diseminar las últimas noticias del “Cielo”…
La regla dada por Santa Teresa es que un vidente no debe hablar a nadie acerca de sus supuestas locuciones, excepto a su director espiritual, quien tendrá sumo cuidado en que solo las autoridades eclesiásticas examinen y den su juicio sobre el caso. No es esto lo que sucede con los videntes de nuestros días: Los mensajes y profecías son publicados sin permisos y sin reservas. Cuando se los confronta con la legislación tradicional de la Iglesia, opuesta a la publicación de las revelaciones privadas, algunos católicos responden: “Ah! ¿Pero no sabe usted que Pablo VI ha revocado tal legislación? Ahora está permitido publicar los mensajes!”…
Por más de 350 años, desde el decreto de Urbano VIII en 1625, la Iglesia prohibió severamente la publicación de visiones y revelaciones privadas sin una especial aprobación eclesiástica. Las razones son las citadas por San Juan de la Cruz y Benedicto XV. El decreto de Urbano VIII llegaba hasta imponer la mayor reserva, incluso en las conversaciones privadas, acerca de los hechos sobrenaturales de cuya autenticidad no hay prueba. Así el pueblo cristiano era protegido de los peligros inherentes a la actual “aparicionitis”, peligros de adhesión, curiosidad, engaño… Pero sobre todo, estas leyes encarnaban a la doctrina tradicional de la Iglesia Católica, acerca de ejercer la más juiciosa reserva con respecto a todas las supuestas revelaciones privadas.
Algunos católicos ignoran todo esto con una simple frase: “Es sólo un decreto disciplinario. Los papas pueden cambiar este tipo de leyes”. ¡Pero no! Cundo un cambio en una ley disciplinaria implica un peligro para la fe y las costumbres, los católicos deben ver en esto un abuso de autoridad, y, por consiguiente, retener sólo las antiguas prácticas, aferrándose a la tradición. Aquellos católicos que verdaderamente comprenden lo que significa mantener la Tradición Católica en todos los aspectos de la vida diaria, jamás leerán, publicarán, o distribuirán los relatos o mensajes de éstas supuestas visiones o apariciones sobrenaturales. Prefieren seguir a los buenos papas de los últimos 350 años, más que seguir a algún liberal reciente que haya pasado leyes contrarias a la Tradición.
Finalmente, debe insistirse sobre el gran daño que causa a la vida espiritual tal curiosidad y entusiasmo por las “apariciones. En su obra “Las tres edades de la vida interior” del R.P. Garrigou-Lagrange, o.p. cita a San Juan de la Cruz, al decir que el deseo por tener revelaciones es al menos un pecado venial, aun cuando el alma tiene en vista un buen fin:
“San Juan de la Cruz reprueba fuertemente el deseo de tener revelaciones. En este punto, está completamente de acuerdo con San Vicente Ferrer, y demuestra que el alma que desea revelaciones es vana, que pos su curiosidad da al demonio la oportunidad de desviarla del recto camino, que esta inclinación quita la pureza de la fe, es un obstáculo para el espíritu, revela una falta de humildad y expone a innumerables errores.. Esta curiosidad es una deformidad del espíritu que arroja al alma en la ilusión y la confusión y la desvía de la humildad mediante la vana complacencia en las vías extraordinarias”

Es triste reconocer que, en nuestros días, no sólo los videntes sino también un gran número de fieles quebrantan estas prudentes reglas tradicionales por su curiosidad y avidez de escuchar lo último que “nuestra Señora ha dicho”. En verdad, algunos de éstos sitios de “apariciones” se están convirtiendo en oráculos hacia los que se vuelven más fieles, considerándolos como la más segura fuente para conocer la voluntad de Dios. Práctica pagana, tal como se ha visto en la historia del cristianismo. Nuestro Señor Jesucristo estableció una Iglesia visible y dijo a Sus Apóstoles, y a través de ellos, a sus sucesores, los Obispos” “El que os escucha, a Mí me escucha”. Si los católicos reemplazan el Magisterio de la Iglesia por estos oráculos, estarán invitando al demonio a dirigir sus vidas. San Juan de la Cruz concluye sus palabras sobre ésta cuestión del modo siguiente:

“El demonio se regocija grandemente cuando un alma busca las revelaciones y está dispuesta a aceptarlas, pues tal conducta le da muchas oportunidades para insinuar engaños y alejarla tanto como pueda de la fe, porque el alma se hace áspera y ruda, y cae frecuentemente en muchas tentaciones y malos hábitos”.

IV Domingo de Epifanía

Evangelio del día nos lleva a reflexionar sobre las tempestades morales que tenemos que experimentar durante la vida, así como en la conducta que debemos observar durante ellas.

Las tempestades morales son de dos clases: unas públicas, otras privadas e individuales.

Tempestades públicas son las que atacan a la Iglesia de un extremo al otro del universo: en lo exterior, las sectas enemigas que se levantan contra ella; en lo interior, las de los malos pastores y malas ovejas, que la despedazan o escandalizan.

A las tempestades públicas se agregan las tempestades privadas e individuales son las que se arrojan sobre las almas en todas las edades de la vida. Tempestades terribles que, despedazando la nave de nuestra alma, no le dejan más que una tabla con qué llegar al puerto, y causan la eterna condenación de muchos náufragos espirituales.

Estas tempestades vienen ya de afuera, ya de adentro.

Las de afuera son los negocios que preocupan, los reveses que agobian, los malos ejemplos que seducen, la contradicción de las lenguas, el choque de las voluntades y de los caracteres, los estorbos de toda especie.

Tempestades de adentro son las pasiones, el orgullo, la lujuria, etc., que pierden a las almas sin que ellas lo sospechen; los sentidos que se sublevan, los deseos que atormentan, la imaginación que se desata y el espíritu que se disipa en inútiles pensamientos, en temores quiméricos o en vanas esperanzas.

Cuando nos asaltan las tempestades, el principal medio de enfrentarlas es el confiado abandono en la voluntad de Dios.

En efecto, toda la perfección, toda la santidad consiste en ejecutar lo que Dios quiere de nosotros; en una palabra, la voluntad divina es regla de toda bondad y de toda virtud.

Si queremos la santificación, debemos aplicarnos únicamente a no seguir jamás nuestra propia voluntad, sino siempre la de Dios. De ahí que toda la perfección se puede resumir y expresar en estos términos: Hacer lo que Dios quiere, querer lo que Dios hace.

Ahora bien, la voluntad divina se muestra para nosotros reguladora y operadora.

Como reguladora, es la regla suprema del bien, significada de diversas maneras; y que debemos seguir puesto que todo lo que ella quiere es bueno.

Como operadora, es el principio universal del ser y de la acción; todo se hace como quiere, y no sucede cosa que no quiera. A esta voluntad es deber nuestro someternos, ya que Dios tiene absoluto derecho de disponer de nosotros como le parece.

Dios nos hace, pues, conocer su voluntad, sea por las reglas que nos ha señalado, sea por los acontecimientos que nos envía. He ahí la voluntad de Dios significada y su voluntad de beneplácito.

La voluntad significada nos propone previa y claramente las verdades que Dios quiere que creamos, los bienes que debemos esperar, las penas que hemos de temer, los mandamientos que tenemos que observar y los consejos que seguir.

La conformidad de nuestro corazón con la voluntad significada consiste en que queramos todo cuanto la divina Bondad nos manifiesta ser de su intención.

La voluntad de beneplácito de Dios es la que hemos de considerar en todos los acontecimientos, en todo lo que nos sucede; en la enfermedad y en la muerte, en la aflicción y en la consolación, en la adversidad y en la prosperidad, etc.

Donde hay que ver la voluntad de Dios es principalmente en las tribulaciones, que por más que Él no las ame por sí mismas, las quiere emplear, y efectivamente las emplea, como excelente recurso para satisfacer el orden, reparar nuestras faltas, curar y santificar las almas.

Más aún, hay que verla incluso en nuestros pecados y en los del prójimo: voluntad permisiva, pero incontestable. Dios aborrece el pecado, lo reprueba y lo castigará; pero, para no privarnos de la libertad que nos ha concedido, lo permite.

Por otra parte, Él quiere sacar bien del mal, y para ello hace que nuestras faltas y las del prójimo sirvan a la santificación de las almas por la penitencia, la paciencia, la humildad, la mutua tolerancia, etc.

Quiere también que, aun cumpliendo el deber de la corrección fraterna, soportemos al prójimo, viendo hasta en sus exigencias y en sus sinrazones los instrumentos de que Dios se sirve para ejercitamos en la virtud.

Existen profundas diferencias entre la voluntad de Dios significada y la de beneplácito.

1º La voluntad significada nos es conocida de antemano, y por lo general de manera clarísima mediante los signos del pensamiento, a saber: la palabra y la escritura.

Al contrario, casi no se conoce el beneplácito divino más que por los acontecimientos. Decimos casi, porque hay excepciones; lo que Dios hará más tarde, podemos conocerlo de antemano, si a Él le place decirlo; también se puede presentir, conjeturar, adivinar, ya por el rumbo actual de los hechos, ya por las sabias disposiciones tomadas y las imprudencias cometidas.

Mas, en general, el beneplácito divino se descubre a medida que los acontecimientos se van desarrollando, los cuales están ordinariamente por encima de nuestra previsión. Aun en el propio momento en que se verifican, la voluntad de Dios permanece muy oscura: nos envía, por ejemplo, la enfermedad, las sequedades interiores u otras pruebas; en verdad que éste es actualmente su beneplácito, mas ¿será durable?, ¿cuál será su desenlace? Lo ignoramos.

2º De nosotros depende siempre o el conformarnos por la obediencia a la voluntad de Dios significada o el sustraernos a ella por la desobediencia. Y es que Dios nos deja la elección de obedecer a su ley o de quebrantarla hasta el día de su justicia.

Por su voluntad de beneplácito, al contrario, dispone de nosotros como Soberano; sin consultarnos, y a las veces aun contra nuestros deseos, nos coloca en la situación que nos ha preparado, y nos propone en ella el cumplimiento de los deberes. Queda en nuestro poder cumplir o no estos deberes, someternos al beneplácito o portarnos como rebeldes; mas es preciso aguantar los acontecimientos, queramos o no, no habiendo poder en el mundo que pueda detener su curso.

3º Dios nos pide la obediencia a su voluntad significada como un efecto de nuestra elección y de nuestra propia determinación.

Por el contrario, si se trata de la voluntad del beneplácito divino, es necesario esperar a que Dios la declare mediante los acontecimientos: sin esa declaración no sabemos lo que Él espera de nosotros; con ella, conocemos lo que desea de nosotros, primero, la sumisión a su voluntad, después, el cumplimiento de los deberes peculiares a tal o cual situación que Él nos ha deparado.

Y aquí es donde entra a jugar el santo abandono.

Reflexionemos siguiendo la doctrina de Dom Vital Lehodey.

Ante todo, ¿por qué la palabra abandono?

No decimos resignación; pues aunque la resignación mira naturalmente a la voluntad divina, y no la mira sino para someterse a ella, pero sólo entrega, por decirlo así, a Dios una voluntad vencida, una voluntad, por consiguiente, que no se ha rendido al instante y que no cede sino sobreponiéndose a sí misma.

El abandono va mucho más lejos.

El término aceptación tampoco sería adecuado; porque la voluntad del hombre que acepta la de Dios, parece no subordinársele sino después de haber comprobado sus derechos. De manera que no nos conduce a donde queremos ir.

Hubiéramos podido emplear la palabra conformidad, que es convenientísima y, si cabe, la consagrada para la materia. Sin embargo, este vocablo refleja mejor un estado que un acto; estado que por lo demás parece presuponer una especie de ajuste asaz laborioso y paciente. Y aun cuando la conformidad se lograra sin trabajo, siempre quedaría algo, un no pequeño resabio de frialdad.

La palabra más indicada en este caso es, por tanto, abandono. Y en verdad, no hay otra que así describa el movimiento amoroso y confiado con que nos arrojamos en manos de la Providencia.

Abandonar nuestra alma y dejarnos a nosotros mismos, no es otra cosa que despojarnos de nuestra propia voluntad para dársela a Dios.

En este movimiento de amor, que es el acto mismo del abandono, hay, por consiguiente, un punto de partida y otro de término; porque es preciso que la voluntad salga de sí misma para entregarse toda a Dios.

Se sigue, pues, que el abandono contiene dos elementos: la santa indiferencia y la entrega completa de nuestra voluntad en manos de la Providencia; el primero es condición necesaria, y elemento constitutivo al segunda.

Sin la santa indiferencia el abandono resultará imposible.

Nada es en sí tan amable como la voluntad de Dios. Significada de antemano, o manifestada por los acontecimientos, a nada tiende si no es a conducirnos a la vida eterna. Dios mismo es quien viene a nosotros como Padre y Salvador, con el corazón rebosante de ternura y las manos llenas de beneficios.

Mas con ser tan amable y todo, ésta su voluntad halla en nosotros no pocos obstáculos. En efecto, todo cuanto pertenece a la voluntad significada, nos impone mil sacrificios diarios; eso sin contar otra porción de dificultades imprevistas y añadidas con frecuencia por el divino beneplácito a las cruces de antemano conocidas.

La mayor dificultad, sin embargo, viene del pecado original, que nos deja llenos de orgullo y sensualidad e infestados de la triple concupiscencia. Son harto numerosos los motivos por los cuales corremos frecuentes riesgos de rechazar la voluntad divina, e incluso de no verla.

La voluntad humana debe, pues, ante todo acostumbrarse y disponerse a sentir privaciones y soportar quebrantos, a no hacer caso del placer ni del dolor; en una palabra, debe aprender lo que los santos llamaban perfecto desasimiento y santa indiferencia.

Esta indiferencia no es insensibilidad enfermiza, ni cobarde y perezosa apatía. Es la energía singular de una voluntad que, vivamente esclarecida por la razón y la fe, desprendida de todas las cosas, dueña por completo de sí misma, en la plenitud de su libre albedrío, aúna todas sus fuerzas para concentrarlas en Dios y en su santísima voluntad.

Un alma santamente indiferente se parece a una balanza en equilibrio, dispuesta a ladearse a la parte que quiera la voluntad divina. Esta alma es maleable, como una bola de cera en las manos de Dios, para recibir igualmente todas las impresiones del eterno beneplácito.

La santa indiferencia ha hecho posible la entrega completa de nosotros mismos en las manos de Dios. Añadamos ahora que esta entrega amorosa, confiada y filial es el elemento positivo del abandono y su principio constitutivo.

Antes de que sucedan los acontecimientos, con previsión o sin ella, esa entrega es, según la doctrina de San Francisco de Sales, una simple y general espera, una disposición filial para recibir cuanto quiera Dios enviar, con la dulce tranquilidad de un niño en los brazos de su madre.

La actitud preferida de un alma indiferente es no entretenerse en desear y querer las cosas, sino dejar que Dios las quiera y las haga por nosotros conforme le agradare.

Después de suceder los hechos y cuando ya han declarado el beneplácito divino, esta simple espera se convierte en abandono.

San Francisco de Sales llama a este abandono la muerte de la voluntad, en el sentido de que nuestra voluntad traspasa los límites de su vida ordinaria para vivir toda en la voluntad divina.

Pero, ¡atención!, es un craso error considerar el abandono como una virtud puramente pasiva y creer que el alma no ha de hacer otra cosa que echarse a dormir en los brazos divinos que la llevan. Sería olvidar este principio de León XIII, no existe ni puede existir virtud puramente pasiva. Además de que implicaría un falso concepto del divino beneplácito.

Antes de los sucesos el alma se pone en manos de Dios por una simple y general expectación, sin que excluya la prudencia. Todas las providencias pertenecen a la voluntad de Dios significada y no se deben omitir so pretexto de abandono, pues no podemos dejar a Dios el cuidado de hacer lo que nos ha ordenado cumplir por nosotros mismos.

Durante los sucesos es necesario ante todo someterse voluntariamente. Si aun después de someterse a la decisión final, se juzga oportuno pedir a Dios desde el principio que aleje este cáliz, como hay derecho a hacerlo, esto constituye de la misma manera un acto.

Después de los sucesos se pueden temer consecuencias desagradables para los demás o para nosotros mismos en lo temporal o en lo espiritual, como sucede en las calamidades públicas, en la persecución, en la ruina de la fortuna, en las calumnias, etc. Si está en nuestra mano apartar estas eventualidades o atenuarlas, haremos lo que de nosotros dependa, sin aguardar una acción directa de la Providencia, porque Dios habitualmente se reserva obrar por estas causas segundas, y puede ser que precisamente cuente con nosotros en esta circunstancia, lo que con frecuencia nos impondrá deberes que cumplir.

Después de los sucesos, por ser manifestaciones del beneplácito divino, hay que hacer brotar también de ellos los frutos que Dios mismo espera para su gloria y para bien nuestro: si acontecimientos felices, el agradecimiento, la confianza, el amor; si desgraciados, la penitencia, la paciencia, la abnegación, la humildad, etc.; cualquiera que sea el resultado, un acrecentamiento en la vida de la gracia, y por consiguiente un aumento de la gloria eterna.

Para concluir, consideremos los fundamentos del Santo Abandono

La condición previa de una perfecta conformidad es el perfecto desasimiento. Porque si nuestra voluntad tiene intensas aficiones, si se encuentra pegada y como clavada, no se dejará cautivar cuando sea preciso hacerlo para unirla a la de Dios.

Luego viene la fe en la Providencia; pues nada sucede en este mundo sin orden o permisión de Dios; todo cuanto existe ha sido creado por Él, y todo lo creado lo conserva y gobierna enderezándolo hacia su fin. Mas si la Providencia combina por si misma sus designios, confía su ejecución, por lo menos en gran parte, a las causas segundas.

Hay algunos casos fortuitos, accidentes inesperados; mas son fortuitos e inesperados solamente para nosotros…, en realidad son un designio de la Providencia soberana, que ordena y reduce todas las cosas a su servicio.

Finalmente, la confianza en la Providencia.

Lo que se posee de más precioso jamás se deposita en manos de otro, a menos de tener una gran confianza en él. Para el ejercicio del Santo Abandono, es, pues, necesaria una plena confianza en Dios.

En vez de tener confianza en nuestras propias luces y de desconfiar de todos, incluso de Dios, debiéramos suplicarle para que se haga su voluntad y no la nuestra, porque su voluntad es buena, buena en sí misma, benéfica para nosotros, buena como lo es Dios y forzosamente benéfica.

Por lo tanto, por más que se levanten recias tempestades que cubran con sus olas nuestra alma…, por más que Jesús esté durmiendo…, confiemos en la divina Providencia para no merecer el reproche ¿Por qué teméis, hombres de poca fe?

Tarde o temprano Jesús se pondrá de pié. Imperará a los vientos y al mar, los cuales se apaciguarán y se seguirá una gran bonanza

Meditación de la Agonía de Nuestro Señor Jesucristo Parte 1

Por medio de la práctica de las virtudes cristianas y de los consejos evangélicos, a la par que disminuye en nosotros la vida natural, sube y se eleva la vida divina. Esto nos dispone para recibir cada vez más frecuentemente los dones del Espíritu Santo y poder sufrir nuestras cruces cómo Cristo las sufrió.

De tal suerte estaba Jesús hambriento de sufrimientos por nuestro amor, que no quiso perder un instante.

Desde su Encarnación la muerte y los tormentos estaban tan claramente presentes al Alma de Nuestro Señor, cual si estuvieran presentes.