Domingo después de la Ascensión

Domingo Infraoctava de la Ascensión, Domingo de los testigos, del testimonio mediante el martirio…

A despecho del Sanedrín y de sus reiteradas prohibiciones, los Apóstoles continuaron dando testimonio, predicando a Jesús resucitado; lo que acarreó una guerra sin tregua contra ellos.

La nación judía no podía soportar que se propagase en Palestina y a través del mundo el reino de un falso Mesías para ellos, condenado al suplicio de la cruz. El judaísmo estaba empeñado en cerrar el camino a los Apóstoles y crucificar, si fuera necesario, a los discípulos de Jesús a continuación de su Maestro. De aquí surgieron 7 persecuciónes sangrientas que duró 300 años.
100 millones de mártires, TESTIGOS en esos tres siglos.

Un hombre providencial, Constantino, proclamado emperador por las legiones de la Galia, pasó los Alpes para combatir al tirano. Al llegar cerca del Tíber, rogaba al Dios verdadero, el de su madre Santa Helena, a quien aún no adoraba, que le diera la victoria.

Un prodigio extraordinario, cuyos detalles él mismo refiere, fue la respuesta a su oración. Declinaba el sol en el horizonte, cuando vio sobre el astro radiante una Cruz luminosa y en ella esta inscripción: In hoc signo vinces, en este signo vencerás…, esta Cruz te dará la victoria.

Sus soldados fueron testigos de la aparición. En la noche siguiente, mientras meditaba acerca de aquel extraño acontecimiento, se le apareció Jesús con el mismo signo y le ordenó grabarlo en los estandartes de todas las legiones, como una prenda cierta de la victoria.

Constantino obedeció: el Lábaro se destacó sobre las águilas romanas; y los soldados, confiando en aquel Dios que tan visiblemente les protegía, arrollaron en el primer encuentro a Majencio y a su ejército. Empujado hacia el Tiber, el tirano se ahogó en él con sus batallones.

Constantino entró triunfante en Roma e hizo ingresar con él a Cristo en medio de las aclamaciones del pueblo y del ejército.

Hecho ya cristiano, el emperador proclamó en un edicto solemne la libertad de la Iglesia, reedificó los templos destruidos, devolvió a los cristianos los bienes confiscados por los perseguidores y cubrió a Roma con magnificas basílicas en honor del Cristo Salvador, de sus Apóstoles y de sus mártires.

Además, para dejar al Dios de la Cruz la suprema dignidad real, le entregó la capital del mundo; y como centro del imperio edificó una nueva ciudad que llevó su nombre, Constantinopla.

La Roma de los falsos dioses vino a ser desde entonces la Roma de Jesucristo; el trono de San Pedro reemplazó al trono de los Césares; el estandarte de la Cruz flotó en la cima del Capitolio.

Sobre las ruinas del mundo pagano, Jesús levantó su propio imperio. De todos aquellos elementos en fusión, vencidos y vencedores, Romanos y Bárbaros, nació la Sociedad Cristiana, la más bella después de la del Cielo.

En verdad, como dice el himno de las Vísperas de la fiesta de San Pedro y San Pablo, la ciudad de Roma puede considerarse dichosa y feliz de haber acogido en su seno a las dos columnas principales de la Iglesia y de haber absorbido con su arena la sangre de los Príncipes de los Apóstoles.

¡Oh, Roma feliz, consagrada por la sangre gloriosa de dos Príncipes!

¡Oh, Roma feliz!, hermoseada y engalanada con la sangre de San Pedro y de San Pablo, tú aventajas de manera única a las demás bellezas del mundo. A ellos dos debes toda tu verdadera y única grandeza, porque por ellos recibiste, providencialmente, al cristianismo; y por ellos, de capital del Imperio Romano llegaste a ser el centro del mundo cristiano, origen de la Cristiandad, la Ciudad Eterna, la Ciudad Santa… De maestra del error, pasaste a ser discípula de la Verdad; y de centro de corrupción te transformaste en propagadora de la moral de Cristo Redentor. Cuanto más tenazmente te hallabas encadenada por el diablo, tanto más admirablemente fuiste liberada por Cristo.

Tratemos de descubrir cuáles fueron las virtudes características de esos dos Apóstoles, prototipo de todos los testigos, de todos los mártires, y por cuya prédica Roma, de sede del error, pasó a ser la cátedra de la Verdad, y de letrina de todos los vicios se convirtió en fuente de santidad y pureza.

Es muy importante que hagamos el esfuerzo por conocer las virtudes que más se destacaron en San Pedro y San Pablo…

Y ¿por qué?, me preguntarán ustedes.

Porque la situación de la sociedad moderna, la situación religiosa-política-social-cultural de la moderna sociedad es muy parecida a la de aquella en la cual predicaron nuestros Santos Apóstoles.

En efecto, la verdadera y única religión, la religión católica, hoy ha sido profanada, adulterada, corrompida.

El hombre moderno, por otra parte, rechaza a Cristo, detesta su doctrina y su moral. La sociedad contemporánea está infectada de neopaganismo, de idolatrías, de falsas religiones; en una palabra, del culto del hombre que las resume a todas.

Vivimos en el paganismo y en la corrupción; pero es peor aún, porque todo esto se presenta debajo del título de progreso, de adelanto, de civilización…; y, además, porque aquellos eran simplemente paganos, mientras que éstos son apóstatas…

Para peor de males, la Roma católica, maestra de la Verdad y propagadora de la Moral cristiana, ha vuelto a ser discípula del error y esclava de la inmoralidad.

La Roma actual, que debería alegrarse y celebrar el triunfo de la verdad del Evangelio y de la religión católica sobre la mentira y la falsedad de todas las sectas, esa Roma moderna es hoy centro de la falsedad y difusora de los vicios.

En su locura ecumenista se impregna de los errores de todas las falsas religiones y se hace líder en todo el mundo de esa última herejía que es el humanismo, el culto del hombre, bajo la forma de una religión universal sin dogmas ni dioses.

Al igual que la Roma Imperial, asume los errores de todas las humanas religiones porque no quiere rechazar su falsedad.

Por todo esto se nos hace necesario, indispensable, poseer las mismas virtudes que animaban el celo apostólico de los Bienaventurados Pedro y Pablo y de todos los mártires, de todos los testigos…

¿Cuáles fueron esas virtudes fundamentales? La Fe y la Fortaleza.

Nosotros también, en estos momentos de crisis, en medio de la situación dramática de la sociedad y de la Iglesia, debemos tener una Fe profunda, firme, y una Fortaleza férrea, inquebrantable.

Sólo de este modo podremos resistir la avalancha de la revolución anticristiana y sólo así seremos capaces de preparar el Reino de Nuestro Señor Jesucristo.

¡Qué hermoso programa de vida! ¡Qué emotivo ideal!

Así como un día aquellos campeones de la Fe entraron en Roma para derribar todos los ídolos y para establecer todas las costumbres; de la misma manera nosotros, en nuestras ciudades, estamos obligados a resistir en nuestra Inhóspita Trinchera.

Termino con la exhortación de San Pablo en su Carta a los Hebreos:

“No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene una grande recompensa, puesto que tenéis necesidad de paciencia, a fin de que después de cumplir la voluntad de Dios obtengáis lo prometido: “Porque todavía un brevísimo tiempo, y el que ha de venir vendrá y no tardará.” Y “El justo mío vivirá por la fe; mas si se retirare, no se complacerá mi alma en él”. Pero nosotros no somos de aquellos que se retiran para perdición, sino de los de fe para ganar el alma.”

Un comentario sobre “Domingo después de la Ascensión

  1. FELIZ FIESTA DELA ASCENSION DE NUESTRO SENIOR , EXACTAMENTE PADRE IDOLATRIA EN MISMO ROMA. GRATIAS PADRE

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