El 19 de mayo de 2025, el Papa León XIV se presentó ante los líderes del judaísmo, el islam, el protestantismo y la ortodoxia oriental, no para llamarlos a la conversión, sino para reafirmarlos en sus errores.
Habló de “oración compartida”, de “unidad sin división”, de “construir puentes” y de “caminar juntos”. Invocó los sueños ecuménicos de Francisco y Juan XXIII. Elogió Nostra Aetate, defendió Fratelli Tutti y pidió nuevas estructuras sinodales para profundizar la fraternidad interreligiosa.
Pero la Iglesia Católica ya se ha pronunciado. Ha definido, de una vez por todas, que no hay salvación fuera de sus muros. Que Cristo no es uno entre muchos, sino el único nombre bajo el Cielo por el cual los hombres se salvan. Que la unidad sin verdad es traición. Que afirmar una religión falsa es negar el Evangelio. Lo que ocurrió en la Sala Clementina no fue un testimonio de la fe. Fue una contradicción de ella. No nos burlamos. Lloramos lo ocurrido. Y rogamos a todos los católicos que presten atención a lo que está sucediendo. Que oren por la conversión del Papa. Que ofrezcan reparación al Sagrado Corazón. Y que se aferren a la única fe verdadera, íntegra e íntegra, sin concesiones.
(Tomado de un artículo del Catholic Trumpet )


Es una época de marketing. Dos o tres palabritas bastan para inflar a una persona. El mundo está lejos de Dios y la Iglesia, en vez de evangelizarlo, trata de adaptarse a él, traicionando a Crudto, en Quien ya no cree. Lo hemos visto a lo lsrgo de estos terribles doce años. Y esto sigue, aunque con más finura y sutileza. Muy peligroso y difícil de detectar.