La recompensa que nos espera

MEDITACIÓN
SOBRE LA RECOMPENSA DE NUESTROS TRABAJOS

I. Lo que al presente sufrimos es poca cosa en comparación con la recompensa que nos espera. Por tanto, no debemos inquietarnos por los males que nos acaecen. Si comparamos nuestra vida de un momento con la eternidad que la sigue, y que será su premio, nuestras pruebas nos parecerán poca cosa. Todo lo que acaba es corto (San Agustín).

II. La recompensa que nos ha sido preparada en el cielo es eterna en duración e infinita en grandeza. ¿Por qué amamos tan ardientemente esta vida, que nos mantiene alejados de una tan completa felicidad? ¿Por qué no buscamos aquello por lo cual adquirimos una felicidad eterna? ¡Que Dios sea el único objeto de nuestros deseos! ¡Él a quien veremos sin fin, a quien amaremos sin disgusto, a quien alabaremos sin fatiga! (San Agustín).

III. La sola esperanza de poseer a Dios debe ya hacernos dichosos y ponernos contentos desde esta vida. Esta esperanza es la que da a los mártires la fuerza para soportar terribles tormentos, a los penitentes endulza sus lágrimas y austeridades. Contempla, pues, a menudo el cielo, y en viéndolo, di: ¡He ahí el trono que me prepara Dios! Todo pasa, sólo la eternidad perdura. Pasaron nuestros hermanos, pasamos también nosotros y nuestros descendientes nos seguirán (San Euquerio).

“El justo vive de la fe”

“Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe.” Esta Fe en Dios tiene diversos grados y quilates. Esforcémonos por alcanzar la perfección de la Fe. Sólo la Fe perfecta es la que vence al mundo.

Subimos el primer escalón de la Fe, cuando vivimos según ella, cuando amoldamos nuestra vida a sus exigencias.

La fe sin obras es una fe muerta. El que conoce la voluntad del Señor y no la ejecuta, el que tiene en su boca el Nombre de Dios, pero lo deshonra con sus obras, se hace digno de mayor castigo que el que no ha conocido nada de la Fe. “No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que ejecute la voluntad de mi Padre”.

Más perfecto que someterse forzadamente a las exigencias de la Fe, retardando así constantemente la llegada a su cumbre, es entregarse a ella alegre y generosamente. Este es el segundo grado.

El que vive en la Fe como un niño en casa de su padre, como el hombre libre en su domicilio, ya no siente más el peso de la Fe, que tanto oprime a las almas esclavas. Vive en ella como en su propia patria, y camina en la luz y en el mundo de la Fe con una naturalidad y una clarividencia que causa la admiración y la envidia de cuantos no poseen una Fe parecida.

Es en verdad algo grande el que la Fe, con sus exigencias sobre nuestra inteligencia y sobre nuestra voluntad, llegue hasta el punto de establecerse en nosotros como en su verdadera morada.

Pero todavía es algo más grande el que nosotros vivamos de la Fe. Este es el tercer grado, la plenitud.

La Fe vive en nosotros, y nosotros vivimos de la Fe.

Los que viven de la Fe, no necesitan indagar con gran esfuerzo lo que Dios quiere de ellos. En todos los sucesos, circunstancias y negocios de la vida reconocen y advierten, instintiva y como naturalmente, a Dios, la presencia y la acción de Dios.

No tienen necesidad de fiestas impresionantes ni de medios extraordinarios para ponerse en la presencia de Dios. Sienten presente a Dios aun en medio de sus más penosos trabajos y en medio de la batahola del mundo. Su vida es una continua llama de amor, que se consume en la presencia divina.

Este es el fruto de la vida de Fe.

La Fe para ellos ya no es algo externo: es la misma alma de su vida. Esta es la Fe que ha hecho los Santos.

Cuando esta Fe viva en nosotros, y nosotros vivamos esta Fe, entonces habremos vencido al mundo, con sus concupiscencias, habremos vencido al pecado y al amor propio, y no descansaremos hasta haber cumplido la última exigencia y el último consejo con que la Fe excite nuestro amor y nuestra generosidad.

Creamos. Vivamos según la Fe, vivamos en la Fe, vivamos de la Fe.

El mundo nos odiará por ello; pero así debe ser. El mundo no puede comprender el espíritu que anima a los cristianos.

Nuestra patria, nuestro mundo es el de la Fe. Cuanto menos nos comprenda el mundo, cuanto más nos desprecie, más debemos agradecérselo a Dios.

Estimemos y amemos sobre todas las cosas la santa Fe que hemos recibido en el Santo Bautismo. No descansemos hasta convertirla en nuestra propia carne y sangre, hasta hacer desaparecer por medio de ella todo pensamiento puramente humano y natural. Entonces habremos alcanzado la virtud perfecta de la Fe.

Oraciones en tiempo de epidemia

ORACIONES PARA TIEMPOS DE EPIDEMIA.

-Entremos en la presencia del Señor
-Para cantarle y salmodiarle a nuestro Dios.
-Dios mío ven en mi auxilio
-Señor date prisa en socorredme.
Por la señal † de la Santa Cruz, de nuestro † enemigos líbranos Señor † Dios nuestro.
En el Nombre del Padre y del Hijo † y del Espíritu Santo. Amén.
-Nuestro auxilio está en el nombre del Señor
-Que hizo el cielo y la tierra.
Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en un principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos, amén.
V. Entre el vestíbulo y el Altar, lloren los sacerdotes, ministros del Señor, diciendo.
R. Perdona, perdona a tu pueblo, Señor.
V. Señor, no nos trates según nuestros pecados.
R. Ni nos castigues según nuestras culpas.
V. Señor, no recuerdes nuestros antiguos crímenes.
R. Ni tomes venganza de acuerdo con nuestros delitos.
V. Ayúdanos, Dios, Salvador nuestro.
R. Y líbranos, por la gloria de tu Nombre.
V. Senos propicio, Señor, a pesar de nuestros pecados.
R. Por tu Santo Nombre.
-Señor escucha nuestra oración
-Y llegue a Ti nuestro clamor.
Acto de contrición: Señor mío Jesucristo…
Oración.
 ¡Oh Dios Omnipotente! que en tu ira enviaste la peste sobre tu pueblo en el desierto, por su obstinada rebelión contra Moisés y Aarón; y así mismo en tiempo del Rey David, destruiste con pestilencia a setenta mil personas, y con todo esto, acordándote de tu Misericordia, salvaste a los restantes: ten piedad de nosotros miserables pecadores, que al presente nos hallamos amenazados  con enfermedad y mortandad, para que como entonces aceptaste el arrepentimiento y la penitencia de tu pueblo y mandaste cesar al Ángel exterminador, de igual modo te dignes mandar cesar ahora esta epidemia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Salmo 90
*Tú que habitas al amparo del Altísimo,
a la sombra del Todopoderoso,
dile al Señor: mi amparo, mi refugio
en ti, mi Dios, yo pongo mi confianza.
*El te libra del lazo
del cazador que busca destruirte;
te cubre con sus alas
y será su plumaje tu refugio.
*No temerás los miedos de la noche
ni la flecha disparada de día.
ni la peste que avanza en las tinieblas
ni la plaga que azota a pleno sol.
*Aunque caigan mil hombres a tu lado
y diez mil a tu derecha,
tú permaneces fuera de peligro;
su lealtad te escuda y te protege.
*Basta que tengas tus ojos abiertos
y verás el castigo del impío
tú que dices: “Mi amparo es el Señor”
y que haces del Altísimo tu asilo.
*No podrá la desgracia dominarte
ni la plaga acercarse a tu morada,
pues ha dado a sus ángeles la orden
de protegerte en todos tus caminos
*En sus manos te habrán de sostener
para que no tropiece
tu pie en alguna piedra;
andarás sobre serpientes y leones
y pisarás alacranes y dragones.
*”Pues a mí se acogió, lo libraré,
lo protegeré, pues mi Nombre conoció.
Me llamará, yo le responderé
y estaré con él en la desgracia.
*Lo salvaré y lo enalteceré.
Lo saciaré de días numerosos
Y haré que pueda ver mi salvación”.
Gloria al Padre…
FORMA DE REZAR EL ROSARIO DE LAS SANTAS LLAGAS.
1.-  Oh Jesús, Redentor Divino, sed misericordioso con nosotros y con el mundo entero. 
2.-  Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, tened misericordia de nosotros y del mundo entero. 
3.-  ¡Perdón! ¡Misericordia, Jesús mío!; durante los presentes peligros cubridnos con vuestra preciosa sangre. 
4.- Padre Eterno, ten piedad y misericordia por la Sangre de Jesucristo vuestro único Hijo; tened piedad y misericordia de nosotros, os lo suplicamos. Amén, Amén, Amén.
(En las cuentas grandes del Rosario. En lugar del Padrenuestro, se reza la jaculatoria):
 Padre Eterno, yo os ofrezco las Llagas de Nuestro Señor Jesucristo, tu amadísimo hijo, por medio de las Inmaculadas manos de María para curar las llagas de nuestras almas.
(En las cuentas pequeñas del Rosario: En lugar de las 10 Avemarías, se repite 10 veces la jaculatoria):
 Jesús mío, perdón y misericordia por los méritos de Vuestras Santas Llagas.
Gloria al Padre…
Madre llena de aflicción de Jesucristo las llagas grabad en mi corazón.
Al terminar el Rosario se repite tres veces:
Padre Eterno, yo os ofrezco las Llagas de Nuestro Señor Jesucristo, tu amadísimo hijo, por medio de las Inmaculadas manos de María para curar las llagas de nuestras almas.
Letanías de la Preciosa Sangre
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo óyenos.
Cristo escúchanos.
Dios Padre celestial, ten piedad y misericordia de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo,
Dios Espíritu Santo,
Santísima Trinidad, un solo Dios,
Sangre de Cristo, el Unigénito del Padre Eterno, Cúbrenos en los presentes peligros y sálvanos.
Sangre de Cristo, Verbo de Dios encarnado,
Sangre de Cristo, del Nuevo y Eterno Testamento,
Sangre de Cristo, derramada sobre la tierra en la agonía en el huerto,
Sangre de Cristo, vertida copiosamente en la flagelación.
Sangre de Cristo, brotada de la coronación de espinas,
Sangre de Cristo, derramada en la Cruz,
Sangre de Cristo, precio de nuestra salvación,
Sangre de Cristo, sin la cual no hay perdón,
Sangre de Cristo, bebida y limpieza de las almas en la Eucaristía,
Sangre de Cristo, manantial de misericordia,
Sangre de Cristo, vencedora de los Demonios,
Sangre de Cristo, fortaleza de los mártires,
Sangre de Cristo, sostén de los confesores,
Sangre de Cristo, que haces germinar vírgenes,
Sangre de Cristo, escudo en el peligro.
Sangre de Cristo, alivio de los afligidos,
Sangre de Cristo, consuelo en el llanto,
Sangre de Cristo, esperanza de los penitentes,
Sangre de Cristo, auxilio de los moribundos,
Sangre de Cristo, paz y ternura de los corazones,
Sangre de Cristo, prenda de la vida eterna,
Sangre de Cristo que libras a las almas del Purgatorio,
Sangre de Cristo, acreedora de todo honor y de toda gloria,
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, perdónanos Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, escúchanos Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad y misericordia de nosotros.
V.- Oh, Señor, nos has redimido en tu Sangre.
R.- Y nos has hecho reino de nuestro Dios.
Oremos: Dios omnipotente y eterno, que has hecho de tu hijo Unigénito el Redentor del mundo, y has querido ser aplacado por su Sangre, concédenos, te suplicamos, que de tal modo adoremos el precio de nuestra salvación, que por su virtud nos salvemos de los peligros de la vida presente especialmente de esta epidemia, y alcancemos el gozo de sus frutos eternamente en el Cielo. Por el mismo Señor nuestro Jesucristo, tu hijo, que contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos, Amén.
✠ ORACIÓN A NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO ✠
Atiéndenos, Señor, salvación nuestra, y mediante la intercesión de la bienaventurada y gloriosa siempre Virgen María, Madre de Dios, del bienaventurado San Roque y de todos los Santos, libra a tus fieles de los terrores de tu ira, y hazles que se sientan seguros con la abundancia de tu misericordia.
Señor, escucha propicio nuestras súplicas y oraciones, cúranos los males del alma y cuerpo, para que alcanzado tu perdón, con tu constante bendición nos alegremos. Por los siglos de los siglos. Amén
(El Excmo. Sr. Arzobispo de Buenos Aires, Dr. Mariano Antonio Espinosa, concedió 100 días de indulgencia a este ejercicio piadoso el 17 de Mayo de 1920).
Salmo89
*Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.
*Antes que naciesen los montes
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios.
*Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornad, hijos de Adán».
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó;
una vela nocturna.
*Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.
*¡Cómo nos ha consumido tu cólera
y nos ha trastornado tu indignación!
Pusiste nuestras culpas ante ti,
nuestros secretos ante la luz de tu mirada:
y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,
y nuestros años se acabaron como un suspiro.
*Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil,
porque pasan aprisa y vuelan.
*¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,
quién ha sentido el peso de tu cólera?
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
*Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos;
por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
*Danos alegría, por los días en que nos afligiste,
por los años en que sufrimos desdichas.
Que tus siervos vean tu acción,
y sus hijos tu gloria.
*Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Gloria al Padre…
ORACION.
Una cruz protectora contra la plaga, aprobada por el Concilio de Trento.
+ Oh Cruz de Cristo, sálvame.
Z. Que el celo por tu gloria me libre.
+ La Cruz conquista; la Cruz reina; la Cruz gobierna; por la Santa Cruz líbrame, oh Señor, de esta epidemia.
D. Dios, Dios mío, aleja esta epidemia de mí y de este lugar, y líbrame.
I. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, mi corazón y mi cuerpo.
A. Antes del cielo y la tierra, Dios ya existía; y Dios puede librarme de esta epidemia.
+ La Cruz de Cristo expulsará la peste de mi casa y de mi cuerpo.
B. Es bueno esperar la ayuda de Dios en silencio, para que aleje de mí esta peste.
I. Inclinaré mi corazón a realizar tus acciones justas, y no me confundiré, porque te he llamado.
Z. Tenía envidia en ocasiones de los impíos, al ver la paz de los pecadores; pero he esperado en ti.
+ La Cruz de Cristo pone a los demonios en fuga, el aire corrupto; y ahuyenta la peste.
S. Yo soy tu salvación, dice el Señor; grítame y te escucharé, y te líbrame de esta epidemia.
A. El abismo llama al abismo, y has expulsado demonios con tu voz; Líbrame de esta peste.
B. Bendito el hombre que espera en el Señor, y no mira las vanidades y las falsas extravagancias.
+ Que la Cruz de Cristo, que una vez fue la causa de escándalo e ignominia, y que ahora es gloria y nobleza, sea para mi salvación y expulse de mi casa al demonio, el aire corrupto y la epidemia de mi cuerpo.
Z. Que el celo por el honor de Dios me convierta antes de que muera y, en tu nombre, sálvame de esta epidemia.
+ La señal de la Cruz librara al Pueblo de Dios, y a aquellos que confían y claman a él, de la peste.
H. ¿Volverá este necio al Señor? Cumple tus votos, ofreciéndole un sacrificio de alabanza y fe, porque él puede librar mi casa y a mí, de esta peste; porque el que confía en él no será confundido.
G. Si no te voy a alabar, déjame que se me pegue la lengua al paladar y a las mandíbulas; libera a los que esperan en ti; en ti confío; Líbrame a mí y esta casa, oh Dios, de esta peste, porque tu nombre ha sido invocado en oración.
F. A tu muerte, oh Señor, la oscuridad cayó sobre toda la tierra; Dios mío, haz que el poder del diablo sea débil y muy débil, porque es para esto que has venido, oh Hijo de Dios vivo: para destruir las obras del diablo con tu poder, salga de mi casa y de mí, tu siervo, esta epidemia; y el aire corrupto se aleje de mí, hacia la oscuridad exterior.
+ Defiéndenos, oh Cruz de Cristo, expulsa de nuestras casas la epidemia, y libra a tus siervos que estamos aquí reunidos de esta epidemia, tú que eres amable, piadoso, de mucha misericordia, y verdadero.
B. Bienaventurado el que no mira vanidades y falsas extravagancias; En el día del mal, el Señor lo librara; Señor, he confiado en ti; Líbrame de esta peste.
F. Dios se ha convertido en mi refugio; porque he confiado en ti, líbrame de esta peste.
R. Mírame, oh Señor mi Dios Sabaoth, desde Tu trono sagrado de tu Majestad, ten piedad de mí, y gracias a tu misericordia, líbrame de esta peste.
S. Tú eres mi salvación: cúrame y seré curado; sálvame y seré salvo.
“Yo te saludo, Yo te adoro, Yo te abrazo, Oh admirable Cruz de mi Salvador. Protégenos, guárdanos, sálvanos. Jesús te amo tanto, por su ejemplo, Te amo. Por tu imagen santa calma mis temores, que Yo solo sienta paz y confianza.” O Crux Avem specs unica “Et Verbum caro factum est”. Oh Jesús, vencedor de la muerte, sálvanos.
Oremos.
Óyenos, Dios Salvador Nuestro, y por la intercesión de la Gloriosa siempre Virgen María, Madre de Dios, de los Santos Roque y  Sebastián, y de todos los santos, libra a tu pueblo del pavor de tus castigos, dándole la confianza en tu inmensa misericordia.
Te rogamos, Señor, que apartes propicio la muerte y la epidemia, a fin de que nuestros corazones mortales reconozcan que sufren flagelos cuando te enojas, y que Tú también eres Quien los hace cesar por tu gran misericordia. Te lo pedimos por Jesucristo, Señor nuestro. Amén.
“STELLA CAELI”. PARA TIEMPO DE EPIDEMIA.
Virgen Purísima, Estrella del Cielo, que dio de lactar al Señor quién
destruyó la peste de la muerte.
Dígnese ahora esta Estrella aplacar al cielo,
que airado contra la tierra destruye a los pueblos con la cruel plaga de muerte.
Oh piadosísima Estrella del mar, Líbranos de la peste.
Sé propicia a nuestras oraciones, oh Señora, pues tu Hijo, que nada te niega, más bien te honra.
Oh Jesús, sálvanos, a aquellos por los que ruega la Virgen María, tu Madre.
A los que contra esta epidemia, en Vos amparo buscamos,
Ángeles y Santos extiendan Vuestro manto celestial, y así no tema le infeste
Quien Tu protección implora.
V/. En todas nuestras tribulaciones y angustias,
R/. Socórrenos, auxílianos oh piadosísima Virgen María.
OREMOS: Dios de misericordia, Dios de piedad, Dios de perdón, que te conmueves por la aflicción de tu pueblo, y le dijiste al Ángel que golpeó a tu pueblo: detén tu brazo; por el amor de esa gloriosa Estrella, María Santísima de cuyo precioso cofre bebiste suavemente la leche contra el veneno de nuestros pecados; ven a ayudarnos con Tu gracia divina para que, por intercesión de la Santísima Virgen María, su Madre y de san Roque, sin duda nos veamos libres de cualquier contagio pestilente y muerte imprevista, y nos salvemos del peligro de perdernos. Por Jesucristo, Rey de gloria, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
San Miguel Arcángel…
Madre mía y esperanza mía…

Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal. Líbranos Señor de la peste y de todo mal. (3 veces)

Por Vuestras llagas, por Vuestra Cruz. Líbranos de la peste, Divino Jesús. (3 veces)

Madre mía y esperanza mía…

Jesús, Jose y María, amparadnos noche y día.

Vayamos en paz, a glorificar a Dios con nuestras vidas.

Cómo luchar coronavirus

Oración a San Roque contra las epidemias

Misericordiosísimo y benignísimo Señor Jesucristo, que con paternal providencia castigas nuestras culpas, y por la infección del aire nos quitas la salud y la vida corporal, para que reconociéndonos y humillándonos en vuestro acatamiento, nos des la vida espiritual de nuestras almas:

Yo os suplico humildemente por la intercesión de San Roque, que si es para vuestra mayor gloria, y provecho de nuestras almas, me guardes a mí y a toda esta familia y patria de cualquiera enfermedad y mal contagioso y pestilente, y nos des entera salud del alma y cuerpo, para que en vuestro santo templo te alabemos y perpetuamente te sirvamos.

Y tú, oh bienaventurado Santo, que para ejemplo de paciencia, y mayor confianza en vuestro patrocinio, quiso Dios que fueres herido de pestilencia, y que en vuestro cuerpo padecieses lo que otros padecen, y de vuestros males aprendieses a compadeceros de los ajenos y socorrieses a los que están en semejante agonía y aflicción.

Míranos con piadosos ojos, y líbranos, si nos conviene, de toda mortandad, por medio de tus fervorosas oraciones, alcánzanos gracia del Señor, para que en nuestro cuerpo sano o enfermo viva nuestra alma sana, y por esta vida temporal, breve y caduca lleguemos a la eterna y gloriosa, y con vos gocemos de ella en los siglos de los siglos.

Amén.

Ayuno y abstinencia

DE UN SERMÓN DE MONS. LEFEBVRE:

Nuestro Señor nos dio el ejemplo durante Su vida, aquí en la tierra: orar y hacer penitencia. Nuestro Señor, siendo libre de la concupiscencia y el pecado, hizo penitencia y ofreció reparación por nuestros pecados, mostrándonos así que nuestra penitencia puede ser beneficiosa no sólo para nosotros mismos, sino también para otros.

Orad y haced penitencia. Haced penitencia con el fin de orar mejor, con el fin de estar más cerca de Dios Todopoderoso. Eso es lo que todos los santos hicieron, y es lo que nos recuerdan todos los mensajes de la Santísima Virgen.
¿Osaríamos decir que esta necesidad es menos importante en nuestros días que lo que fue en tiempos pasados? Por el contrario, podemos y debemos afirmar que hoy, más que nunca, la oración y la penitencia son necesarias porque se ha hecho todo lo posible para disminuir y denigrar estos dos elementos fundamentales de la vida cristiana.

Nunca antes se había visto que el mundo buscase satisfacer, sin ningún límite, los desordenados instintos de la carne, incluso hasta el punto de asesinar a millones de inocentes niños no nacidos.
En estos tiempos, cuando incluso los hombres de Iglesia se alinean con el espíritu del mundo, somos testigos de la desaparición de la oración y la penitencia, particularmente en su carácter de reparación de pecados y para obtener el perdón de las culpas.

En el Concilio los obispos pidieron una disminución del ayuno y la abstinencia en tal manera que las prescripciones prácticamente han desaparecido. Debemos reconocer el hecho de que esta desaparición es consecuencia del espíritu ecumenista y protestante que niega la necesidad de nuestra participación para la aplicación de los méritos de Nuestro Señor para cada uno de nosotros en la remisión de nuestros pecados y la restauración de nuestra filiación divina, esto es, nuestro carácter de hijos adoptivos de Dios.

En el pasado los mandamientos de la Iglesia preveían:
Ayuno obligatorio todos los días de la Cuaresma (excepto los Domingos), los días de las Témporas y en muchas vigilias;
Abstinencia todos los Viernes del año, los Sábados de Cuaresma y, en numerosas diócesis, todos los Sábados del año.

Lo que quedó de esas prescripciones fue el ayuno el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, y la abstinencia para el Miércoles de Ceniza y los Viernes de Cuaresma.
Uno se sorprende ante los motivos de tan drástica disminución.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de santidad, pues serán saciados. La santidad se obtiene por medio de la Cruz, la penitencia y el sacrificio. Si verdaderamente buscamos la perfección, debemos seguir el Camino de la Cruz.
Escuchemos, durante este tiempo de Cuaresma, el llamado de Jesús y María, y comprometámonos a seguirlos en esta Cruzada de Oración y Penitencia.

Que nuestras oraciones, nuestras súplicas y nuestros sacrificios nos alcancen del Cielo la gracia para aquellos que están en lugares de responsabilidad en la Iglesia retornen a la verdadera y santa tradición, que es la única solución para revivir y florecer nuevamente las instituciones de la Iglesia.

Meditación

LA MORTIFICACION

I. Es necesario mortificar el cuerpo para expiar el placer que has gustado en el pecado. No podrías satisfacer de otro modo a la justicia divina. Si no pagas tu deuda en esta vida, te será menester que la canceles en la otra. Elige. Es preferible soportar algo en este mundo, porque en él los sufrimientos son más llevaderos, más cortos y merecerán una corona en el cielo. En el purgatorio, la medida de nuestros suplicios será la de los placeres que hayamos gustado en este mundo; porque seremos castigados por aquello mismo por donde hayamos pecado (San Bernardo).

II. Es preciso mortificar los sentidos para no caer en pecado. Si te tomas la libertad de ver todo, de oír todo, de decir todo, pecarás a menudo. Acaso no sea pecado ver, oír, decir tal o cual cosa, pero, con frecuencia, te dispone a él. Si no te abstienes de las cosas permitidas, caerás pronto en las que están prohibidas. Vigila tus sentidos, son las puertas por las cuales entra el pecado mortal a tu alma. ¿Qué violencia haces a tus sentidos? Casi nada les rehusas, acaso nada.

III. Tus pasiones deben ser reprimidas tanto como tus sentidos; ellas son las que suscitan en tu alma esas tempestades en las que tan a menudo naufraga tu virtud; ellas son las que turban tu tranquilidad y te hacen desdichado. Examina, pues, con atención, cuáles son tus pasiones dominantes; son las víctimas que debes inmolar al pie de la Cruz. Adora lo que has quemado, quema lo que has adorado (San Remigio).

Porque hay que tener paciencia?

MEDITACIÓN
SOBRE LOS TRES MOTIVOS QUE DEBEN
MOVERNOS A PACIENCIA

I. Es menester sufrir en este mundo, porque el sufrimiento es inevitable en esta vida. Somos hombres, es decir, tenemos un cuerpo y un alma que nos proporcionarán una infinidad de ocasiones de ejercer la paciencia: nuestro cuerpo por sus flaquezas, nuestra alma por su ignorancia y sus pasiones. ¿Cómo sufres tú las incomodidades de esta vida? ¿No te impacientas? Recuerda que eres hombre y que no está en tu poder el escapar a las tribulaciones.

II. Somos pecadores y en calidad de tales debemos soportar pacientemente los sufrimientos, que son, por lo común, efectos de la justicia y de la cólera de Dios. ¡Ah! ¡cuán agradable te resultarán las cruces si consideras que has merecido el infierno! ¡Dios mío, hiéreme, castígame en esta vida, con tal que me perdones en la otra! (San Agustín).

III. Eres cristiano y debes vivir la vida de Jesucristo, vale decir, continuar su pasión en tu cuerpo. He ahí a lo que te obliga tu bautismo. ¿Has reflexionado en las distintas razones que tienes para soportar pacientemente tus penas? ¿Habría algo capaz de afligirte si estuvieras realmente persuadido de estas verdades? Puesto que es preciso sufrir necesariamente en este mundo, suframos con paciencia, suframos con alegría, para hacernos dignos de nuestro título de cristiano.